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“Ser O no ser, he ahí la cuestión”

Tuve una productora, lo que ya parece fue hace una eternidad. Tenía clientes que querían hacer videos impactantes que impactaran y ayudaran a expandir el posicionamiento de su marca. Invariablemente, cuando les preguntaba por los principios corporativos que representaba su marca, recibía un garabato de ideales sin sentido, ideales que creían les ayudaban a vender su imagen y productos. Algunos de estos clientes eran marcas de renombre mundial. También trabajé durante años como agente de ventas en Barcelona, y lideré equipos en el proceso.

Las organizaciones no son más—ni mejores—que las personas que trabajan en ellas… y no me refiero a la gerencia.

Ahora bien, si la Ley de Price establece que el 50 % del trabajo en una organización lo realiza la raíz cuadrada del número total de empleados, entonces es evidente que solo una pequeña fracción de individuos está impulsando la mayor parte de negocio de la organización. Y si las marcas no tienen claridad sobre por qué hacen lo que hacen, esta falta de dirección solo amplifica la disociación entre propósito y ejecución; por tal razón, incluso los trabajadores más talentosos perderán el compromiso y se desalinearán, y la organización en su conjunto sufrirá. Puedes tener los mejores productos, los mejores ingenieros y todo el dinero para desarrollar e implementar estrategias, pero si tu objetivo es ser el primero en un juego infinito que nunca termina, estarás persiguiendo un arcoíris… y, tarde o temprano, la organización fracasará.

Un estudio de McKinsey reveló que la vida promedio de las empresas listadas en el índice Standard & Poor’s 500 era de 61 años en 1958. Hoy es de menos de 18 años. McKinsey estima que, para 2027, el 75 % de las empresas actualmente listadas en el S&P 500 habrán desaparecido.

El Juego Infinito de Simon Sinek.

La IA no va a marcar la diferencia

Puede que solo acelere la caída. Lo que realmente marcará una diferencia estratégica es si los recursos humanos de una organización elevan su capacidad general de implementación resiliente. Permíteme explicar esta idea.

Para que una bellota se convierta en un roble adulto, necesita buena tierra, sol y agua. Nosotros, los seres humanos, necesitamos mucho más que crianza y sustento para llegar a ser individuos plenamente maduros. Necesitamos que nuestras decisiones y elecciones tengan un propósito y una buena orientación; cuando esto se combina con determinación, el individuo alcanza la madurez.

Lo que determina en quién se convierte una persona es un número muy reducido de rasgos de carácter. Para alcanzar una persona plenamente desarrollada, yo los llamo “habilidades resilientes”: autoconocimiento, agilidad o flexibilidad mental, confianza, capacidad para pedir apoyo, sentido de propósito, regulación emocional, optimismo y, por encima de todo, una actitud de perseverancia y tenacidad ante la vida y el trabajo. Nadie las posee todas en plenitud, pero desarrollar hábitos que las integren al carácter es lo que permite a una persona prosperar en todo lo que hace. Ese tipo de recurso humano es el que puede marcar la diferencia en una organización que intenta implementar IA en sus procesos y estrategias.

El Factor Humano será el rasgo ganador.

Una última nota: solo las sociedades occidentales tienen la infraestructura social necesaria para lograr esto. Pero tener los recursos no es lo mismo que tener la voluntad. Si el nuevo paradigma impulsado por la IA ha de prosperar, debe estar cimentado en un esfuerzo deliberado por desarrollar individuos resilientes y orientados por un propósito—no solo en los roles de liderazgo, sino en todos los niveles de la organización. Las organizaciones deben enfocarse en inculcar las “habilidades resilientes” mencionadas antes; solo entonces las personas prosperarán en la transformación constante… y las organizaciones serán transformadas.

IA a las organizaciones: “¡Prepárense para el impacto!”

Existe algo llamado el Principio de Pareto—una ley organizacional bien conocida que indica que el 80% de la productividad proviene del 20% del esfuerzo; y el inverso también es cierto. Si incorporamos la IA en esta ecuación organizacional y aplicamos tanto la Ley de Price como el Principio de Pareto, el resultado es desolador: prácticamente no hay posibilidad de que las grandes organizaciones integren la IA como un power-tool sin una transformación drástica, y con consecuencias dramáticas… y no me refiero solo a despidos masivos o nuevas contrataciones. Tienen que cambiar el paradigma organizacional—y eso, para las grandes empresas, es una tarea monumental.

Al final, no será la tecnología la que defina el éxito, sino el carácter de quienes la manejan.

Esta es la nueva entrega de la serie «IA, ¿amigo o enemigo? que investiga el tema de la inteligencia artificial; mostramos qué es, cómo va a cambiar nuestras vidas y cómo podemos prepararnos para vivir en un mundo donde todo parece moverse a la velocidad del rayo.

EL PUNTO a la i

El historial de la columna está en www.cdots.substack por si quieres revisar artículos anteriores.

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