Populismo y Chavismo
El populismo moderno tiene como antecedentes históricos a los movimientos populistas decimonónicos en EE. UU. (People’s party) y en Rusia (Narodniki), que fueron fundamentalmente movimientos agrarios que reaccionando, frente a los cambios violentos, iniciados por la urbanización y la industrialización, propugnaban una «vuelta al pasado» a través de la afirmación de los valores «campesinos». El moderno populismo latinoamericano surge también como respuesta a los «traumas» sociales desatados por el desarrollo económico y lo que Deutsch llama la movilización social o sea «el proceso por el cual son desgastados o destruidos grandes grupos de los antiguos compromisos sociales, económicos y psicológicos, y la gente queda disponible para adoptar nuevas pautas de socialización y conducta». Pero, a diferencia de sus antecedentes no mira al pasado sino que está, en teoría por lo menos, a favor del cambio y la modernización.
El chavismo en Venezuela tiene buena parte de las peores características del populismo latinoamericano. En Letras Libres se cita a Kurt Weyland, que entiende el populismo como “una estrategia política a través de la cual un líder personalista busca o ejerce el poder gubernamental a partir del apoyo directo, inmediato y no institucionalizado de grandes cantidades de seguidores generalmente no organizados”. En el Dossier se menciona que en torno a la personalidad de un líder populista carismático tiende a estructurarse una “tentación autoritaria”. En Venezuela esto es evidente y además reforzado por ser el líder máximo un militar y en general por la hegemonía del estamento militar en el régimen. Además del autoritarismo, el chavismo posee las características clásicas del populismo latinoamericano: el clientelismo, el patrimonialismo y la corrupción generalizada, como mecanismos fundamentales para el control de las masas. En materia económica, el populismo clásico se basa en los ingresos del sector exportador de materias primas para impulsar una industrialización por sustitución de importaciones. El chavismo en cambio ha despilfarrado un millón de millones de dólares en repartos clientelistas insostenibles, en donaciones a países satélites y en importaciones masivas, que han destruido buena parte del parque industrial nacional. El chavismo también tiene una absoluta falta de preocupación por la inflación y el déficit presupuestario, que han conducido a la mayor parte de los experimentos populistas latinoamericanos a hundirse en la catástrofe de la hiperinflación.
Otra característica del populismo autoritario chavista es su oposición esencial al principio del pluralismo, inscrito en la Constitución, por tanto no hay respeto ni tolerancia por el adversario. Negociación, concesión y compromiso son malas palabras. Se trata de una ideología monista, que considera que hay un enfrentamiento entre “el pueblo” y la “oligarquía” que, a su vez, constituyen algo homogéneo y carente de divisiones. La oligarquía es enemiga del pueblo, por tanto, como el error frente a la verdad, no tiene derechos. Para el chavismo además, como para los bolcheviques, la verdad es aquello que es útil a la revolución y mentira lo que le es perjudicial. El problema para el chavismo es que, en las últimas elecciones parlamentarias, la supuesta “oligarquía” obtuvo el 52% del voto frente al 48% del supuesto “pueblo” y parece que la tendencia electoral tiende a favorecer a esa mal llamada “oligarquía”.