Populismo versus Neo-populismo
El populismo es un movimiento político que nace y surge, a partir del siglo XIX, en los partidos clásicos, y que ha tenido profundas disyuntivas críticas para el desenvolvimiento de la democratización política en la historia de los continentes, tanto el europeo como el americano.
Del populismo se pasa a la forma de neo-populismo que se alimenta de las crisis políticas de los sistemas democráticos establecidos como componente antipolítico. Así, el término de neo-populismo es muy controversial, pese a que es visto de modo convencional para describir a ciertos actores políticos que han surgido en América Latina en los últimos años, como es el caso de Fujimori en Perú, Menem en Argentina, Bucaram, y Lucio Gutiérrez en Ecuador, y Chávez en Venezuela.
Dicho prefijo «neo», el populismo de esta época de continúa crisis de la gobernabilidad, por la desconfianza de los ciudadanos a los partidos políticos, y que promueve liderazgos anti-sistemas institucionales ya establecidos, es totalmente diferente con el populismo del siglo XIX y mediados del siglo XX, que se construía por un discurso político motivador que apelaba al pueblo como sujeto revolucionario de las clases obreras que identificaba pueblo, nación y Estado; que propugnaba el protagonismo estatal en la economía con ideas redistributivas y que incorporó a las clases populares en la política mediante mecanismos corporativos; y todo esto, además, en torno a la figura de un líder carismático, que es la parte comparable del populismo con el neo-populismo.
Es decir, a raíz de la debacle de los partidos políticos, el clientelismo de Estado, más el déficit de la democracia en las últimas décadas en toda la región, el liderazgo personalista y autoritario se apodera de ciertas mentes de la izquierda borbónica y de tecnócratas de la derecha empresarial, anti-partidos como formas y métodos de superar la crisis de identificación y adhesión de los ciudadanos hacia la política como resurgimiento de ese populismo pretérito.
Así, podemos observar cómo, desde la época del general Boulanger hasta la llegada al poder de Hugo Chávez, ha sido y sigue siendo un fenómeno sinónimo de crisis social, política y económica por la fractura entre los ciudadanos, fractura entre los que se beneficiaron y los que fueron víctimas de la modernidad, en el proceso de establecimiento de la democracia y los partidos, que en muchos sentidos se alejaron de las formas modernas de la política para satisfacer las demandas sociales por la no rendición de cuentas hacia la población, que demandaba mejoras sociales, y que el Estado de bienestar, entorno a la social democracia y el social cristianismo, no suplió. Mucho menos el comunismo y socialismo de corte totalitario.
Por ello, los movimientos neo-populistas acuden a una dialéctica simplificadora y anti-política en la cual enlazan argumentos procedentes de ideologías teóricamente heterogéneas, que para épocas de globalidad política y globalización económica no dan respuestas satisfactorias.
Así las cosas, se busca la victimización del pueblo y el mito de la conspiración forman parte de la retórica-discursiva tradicional como propaganda política de “líder” “único” e “insustituible” en contra de un imperialismo inexistente. Que hoy lo pregonan, los anti-globalización. Así, se ocultan ciertos aspectos del populismo autoritario y engendran representaciones fundamentales para la conquista de la opinión pública. Aunque cambie según los periodos y el contexto, político-social, el proyecto oficial es regenerar la vida política y acabar con la aparente o real decadencia de las instituciones y de la moral públicas. Base de la hipocresía propuesta como proyecto revolucionario, mermando así el desempeño de la democracia y el Estado de Derecho.
Para alcanzar este objetivo, algunos movimientos populistas proponen reformas que son democráticas en un comienzo. Otros se estructuran en organizaciones “anti-políticas” y presentan alternativas autoritarias y xenófobas, que pretenden satisfacer las frustraciones de las clases desposeídas y de los grupos sociales que no se consideran representados por el poder político Tradicional.
De hecho, existen tipologías que han permanecido a lo largo del tiempo y que es común a cualquier forma tanto de populismo, como de neo-populismo: el culto al jefe. El líder populista reivindica el “sentido común” (Roland Barthes, Mythologies, 1957, p. 87) y se presenta como la alternativa a la crisis. Es el Mesías, que intenta simbolizar los valores del pueblo bajo una retórica marginal.
A cambio del culto al “jefe”, se propone una vuelta a una mítica edad de gloria, a los equilibrios tradicionales alterados por la corrupción de los políticos, bajo reformas plesbiscitarias de participación. El culto al jefe, desde las perspectivas míticas, casi religiosas, se presenta como un elemento indispensable para la comprensión del populismo y su vertiente moderna, el neo-populismo.
Por ello, populistas y neo-populistas como el Mariscal Averescu en Rumania, Perón en Argentina, Poujade en Francia y Ross Perot en Estados Unidos, Silvio Berlusconi en Italia, Lula Da Silva en Brasil, así como Hugo Chávez en Venezuela, entre muchos otros, son constancia palpable de ello y remarcan el papel fundamental que el populismo desempeñó y el neo-populismo desempeña en las crisis institucionales tras las oposiciones políticas sin brújula.