Opinión Nacional

Hasta Hace 55 siglos el Sahara era una Selva

Los científicos llaman: “Período Húmedo Africano” a un lapso de tiempo que transcurrió entre hace 138 siglos y hace 55 siglos. Durante esos 83 siglos, el actual desierto del Sahara—el más extenso del mundo—era una selva lluviosa parecida a la que hoy cubre a la cuenca del río Amazonas en América del Sur.

Los fósiles de antílopes, jirafas, hipopótamos, elefantes, y cocodrilos y peces, hallados por los científicos en el actual Sahara, han comprobado que este desierto fue durante el citado período una frondosa selva con muchos ríos y lagos.

La gradual transformación del Sahara desde una selva hacia un desierto fue debida a un cambio en la órbita que la Tierra recorre alrededor del Sol y a una inclinación de su eje de rotación; por ejemplo hace aproximadamente 90 siglos el eje sobre el cual la Tierra gira sobre sí misma, tenía una inclinación de 24,14 grados—por lo que nuestro planeta estaba más cerca del Sol a finales de julio. Hoy la inclinación del eje terrestre es de 23,45 grados y nuestro planeta está más cerca del Sol a comienzos del mes de enero.

El ingeniero serbio Milutin Milankovic (1879-1958), fue quien descubrió y demostró que la fuerza gravitacional de la Luna, el Sol, y del resto de los planetas del Sistema Solar, ejercen una influencia—y hacen cambiar—la órbita que nuestro planeta recorre alrededor del Sol.

Esos cambios de órbita y del eje de inclinación de la Tierra, hicieron que la cantidad y el ángulo de incidencia de los rayos del Sol sobre la superficie de nuestro planeta, produjesen los profundos cambios climáticos que transformaron a la selva del Sahara en el desierto que es hoy.

Los seres humanos que habitaban la frondosa selva del Sahara, se vieron entonces obligados a emigrar hacia el este y hacia el norte; hasta el valle del río Nilo, donde fundarían una de las más antiguas y grandiosas civilizaciones humanas, como lo fue el Egipto de los Faraones—así como hasta las costas del mar Mediterráneo y los valles de los ríos Eufrates y Tigris, que abarcan los países hoy llamados Argelia, Egipto, Libia, Marruecos, Sudán, Túnez, Turquía, Irak, Irán y Siria, donde fundaron los imperios Otomano y Persa.

Estas verdades científicas, nos comprueban que los seres humanos no estamos viviendo en el siglo 21—como creen los cristianos—y la ciencia de la antropología ha confirmado que el ser humano moderno, llamado Homo sapiens sapiens (así con el sapiens repetido), apareció en la Tierra—luego de evolucionar de un antepasado no-humano; hace entre 750 y 600 siglos.

Ese primer Homo sapiens sapiens—que habitó la Tierra hace ese montón de siglos, se originó en África, y comparte el 96,1 % de todos sus 3 mil millones de genes con el chimpancé (llamado científicamente Pan troglodytes) y el bonobo (llamado científicamente Pan paniscus), y era tan inteligente, como usted y yo. Su inteligencia llevó a ese Homo sapiens sapiens a buscarle respuestas a las mismas preguntas que sobre el Universo, nuestro planeta, y la Naturaleza, nos hacemos hoy; usted y yo—pero la ciencia no existía—y todas las respuestas provinieron de la magia y la religión—incluyendo a todas las miles de diferentes religiones que hoy existen; como el Judaísmo, el Cristianismo, el Islam, el Hinduismo, el Budismo, el Taoísmo, el Shintoismo, la Santería—que es el mismo Vodún o Vudú—entre muchísimas otras que existen en todas las comunidades humanas.

Cada una de esas miles de religiones ofrece respuestas diferentes a las preguntas que se le ocurrieron—y se le ocurren—al Homo sapiens sapiens… ¿Cuál es la verdadera?—cada religión asegura que es la suya.

La ciencia; por otra parte, que nació hace apenas unos tres siglos, ofrece respuestas que son verdaderas, comprobables y válidas, para todos los seres humanos de cualquier comunidad del mundo—y es por ello que si Venezuela aspira algún día salir del atraso y la pobreza que la agobian y transitar desde el Tercer Mundo hasta el Primer Mundo (el conjunto de naciones más desarrolladas del planeta)—está obligada a regirse por el conocimiento científico—y no por las leyendas, mitos y falsas creencias primitivas de nuestros remotos antepasados.

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