El burro flautista
El respeto a los padres, a los maestros y a los mayores en general, era una obligación ineludible. Las diversiones también eran otras. Construir y volar papagayos en época de Semana Santa, construir garrufios aplastando tapas de refrescos con un martillo o al paso del tren, jugar perinola, metras, escondido, gárgaro… juegos que hoy están archivados.
La lectura era una actividad primordial. En casa, gracias al regalo que nos hizo nuestro padrino de confirmación, tuvimos y leímos con fruición y deleite “El tesoro de la juventud”, también leíamos los “cuentos de Callejas”, las fábulas de Esopo, Samaniego e Iriarte; las novelas de Julio Verne y de Emilio Salgari eran del conocimiento de todos.
Tomás de Iriarte y Oropesa, canario del Puerto de la Cruz, nacido en 1750, destacó en el arte de las fábulas. Composiciones literarias, que en prosa o en verso tienen intenciones didácticas y/o moralizadoras. Él fue el creador de las fábulas dentro el género literario español. Una de sus composiciones más famosas es la que tiene por título el de estas líneas:
El burro flautista
Tomás de Iriarte
Esta fabulilla, salga bien o mal,/me ha ocurrido ahora por casualidad.
Cerca de unos prados que hay en mi lugar, /pasaba un borrico por casualidad.
Una flauta en ellos halló, que un zagal /se dejó olvidada por casualidad.
Acercóse a olerla el dicho animal, /y dio un resoplido por casualidad.
En la flauta el aire se hubo de colar, /y sonó la flauta por casualidad.
«iOh!», dijo el borrico, /«¡qué bien sé tocar! /¡y dirán que es mala la música asnal!» /Sin regla del arte, borriquitos hay /que una vez aciertan por casualidad.
Traemos a colación esta fábula pues la relacionamos con los “éxitos” que Venezuela ha tenido en el campo del manejo de las reservas monetarias internacionales, representadas en barras de oro.
Nuestro país, gracias a la vision de competentes hombres que dirigieron el Banco Central de Venezuela durante sus primeros cincuenta años, respaldó el valor de nuestro signo monetario con una porción importante del preciado metal. Debemos recordar la famosa querella que le presentó don Henrique Pérez Dupuy a la nación venezolana, cuando se emitió el decreto que obligaba a los bancos privados a que entregaran todas sus tenencias de oro al B.C.V. Eran épocas donde la justicia era justa… valga la actual contradicción.
Recordamos cuando nuestro primo segundo Leopoldo Díaz Bruzual “el bufalo” en los primeros ochenta, dio el paso de ir revaluando la tenencia de oro del B.C.V. a valores prudentes, en relación a los precios de mercado. Hoy, en este régimen que destruye la nación, se contabiliza el oro al precio del día, evento que creemos, viola tanto los dictados de la prudencia como los principios de contabilidad “generalmente aceptados”. Hemos revisado los conceptos con amigos auditores y nos ha sorprendido las modificaciones que se han aprobado y que permiten estas liberalidades.
Ahora, sorpresivamente y con dudosas y turbias razones, el palacio de misia Jacinta ha instruido u ordenado al B.C.V. realizar operaciones que están inmersas dentro de la opacidad y ponen en tela de juicio la calidad y seguridad de nuestras reservas monetarias.
Las reservas internacionales de Venezuela tienen valores crecientes y muy beneficiosos, pero a las autoridades del B.C.V. les ha sonado la flauta por casualidad.