Mentiras palestinas

Nosotros somos los verdaderos palestinos, es una frase que se le ha oído muchas veces a Golda Meir, en diferentes tonos: “Cuando en 1921 llegué a Palestina, una provincia turca escasamente poblada, nosotros, los pioneros judíos, fuimos los palestinos declarados”. Y tenía razón, nunca, ninguna nación árabe reivindicó esa denominación como propia, para identificarse; siempre consideraron la región como el sur de Siria.
Pinhas Rutenberg creo la Corporación Eléctrica Palestina en 1923, la actual Corporación Eléctrica de Israel. Con su nombre escrito en yidis se fundó en 1924 el Palestinische Kommunistische Parteien, filial Palestina del Komintern, la Internacional Comunista, que luego sería Partido Comunista de Israel (MAKI); como dato curioso, aunque no eran sionistas, el dirigente del partido, Meir Vilner, tiene el alto honor de aparecer firmando el Acta de Independencia de Israel, cuando todavía no había cumplido treinta años.
El Palestine Post, fundado en 1932, es el actual Jerusalem Post. Asimismo, la Orquesta Sinfónica de Palestina, fundada por Bronislaw Huberman en 1936, pasó a ser, después de la independencia, la actual Orquesta Filarmónica de Israel.
Hubiera sido impropio que el naciente Estado Judío se llamara Palestina, porque ese fue el nombre que el emperador Adriano eligió para borrar Judea de la faz de la tierra; pero aunque se barajó este último para bautizar al nuevo país, se optó por el nombre de Israel: “pues has luchado con Dios y con los hombres y has vencido”.
Quizás la mentira fundacional, la primera y más grande, sea esa de pretender considerar a Israel como si fuera una potencia colonial contra la cual luchan unos nativos árabes para conquistar su independencia nacional. Cualquier estrategia política o militar que se monte sobre esta falsa premisa está irremediablemente condenada al fracaso.
La verdad es que cuando Yasser Arafat inventó la Organización para la Liberación de Palestina en 1964 lo hizo por razones estrictamente burocráticas, para poder entrar en la nómina del Kremlin que financiaba los llamados movimientos de liberación nacional.
Podría argumentarse que el pueblo árabe palestino sí tuvo precursores, como el gran muftí de Jerusalén, Amín Al-Jusayni, con el pequeño inconveniente de que éste era un nazi al descampado, amigo personal de Adolfo Hitler y promotor del Holocausto, es decir, un sujeto francamente impresentable.
Otra dificultad no pequeña es que desde mucho antes el mismísimo camarada Stalin y su canciller Gromyko habían reconocido al sionismo como un movimiento de liberación nacional que a la sazón luchaba contra un amenazante imperialismo británico; pero ser consecuentes no es virtud de la que pueda acusarse a los soviéticos de manera que lo que hizo Stalin bien podía deshacerlo Jrushchov, aunque el canciller siguía siendo Gromyko.
De este pecado original se derivan muchos otros, como el mito de “la potencia ocupante”.
Israel es el único Estado en el mundo que “ocupa” su propio territorio, esto es, aquel que correspondía al Mandato Británico de Palestina antes de la transformación política iniciada el 14 de mayo de 1948, con las modificaciones derivadas de los tratados celebrados válidamente por el Estado; parafraseando al uti possidetis iuris, que es el principio jurídico en el que basan sus derechos territoriales las naciones latinoamericanas.
La disparatada Resolución 2334 del Consejo de Seguridad de la ONU, del 23-12-2016, puede servir de ejemplo ilustrativo de hasta dónde puede llevar lo que mal se inicia. La misma aprobación de la Resolución fue rocambolesca, primero, con iniciativa de Egipto, que se retractó, al parecer por presión de Trump que ya estaba electo pero no en funciones, lo que aprovechó Obama, en una decisión que en EEUU llaman “de pato rengo”, para abstenerse y dejarla pasar.
Debe destacarse la triste intervención de Venezuela que, ante el retiro de Egipto, presentó la Resolución en manos de su embajador Rafael Ramírez, quien sin duda con satisfacción y característica irresponsabilidad representó ese infame papel ante la historia, como ha hecho su primo, Ilich Ramírez, mejor conocido como Carlos, El Chacal.
Y es que la historia tiene sus ironías, coincidencias y misterios insondables, que dan tanto para pensar: Rafael Ramírez atinó a estar en el lugar y momento apropiados para infligirle daño a Israel, más que todo el que pudo causarle su primo, con tantos riesgos, peligros y espectacularidad, con su militancia en el Frente Popular para la Liberación de Palestina y con más astucia, porque mientras éste paga varias cadenas perpetuas en una cárcel de máxima seguridad en Paris, aquel se pavonea con absoluta impunidad en un Rolls Royce plateado por las playas del sur de Francia.
La Resolución 2334 es no solo un adefesio jurídico y político sino incluso lógico y moral, de imposible ejecución y sin ninguna consistencia interna. Por ejemplo, dice que Israel en la guerra de 1967 “ocupó” lo que llama “territorios palestinos”; pero la verdad es que quien ocupaba esos territorios, sin derecho alguno, era Jordania quien, por cierto, antes se llamaba Transjordania por lo que al lado occidental del río se le llamó Cisjordania.
Ahora bien, desde 1988 Jordania renunció a toda reivindicación de soberanía sobre esa región por lo que los términos Transjordania y Cisjordania dejan de tener sentido, si es que alguna vez lo tuvieron. Allí no hubo entonces, ni hay ahora y seguramente que no habrá en el futuro ningún Estado Palestino susceptible de ser “ocupado”.
Pero el CS de la ONU se comporta como el Soviet Supremo de la URSS, una instancia capaz no solo de diseñar el futuro sino de transformar el pasado a conveniencia de su agenda política del momento. Hay que repetirlo de nuevo: la “ocupación” es una relación entre Estados, en la que uno, el Estado ocupado, no desaparece (debellatio); mientras que el otro, el Estado ocupante, ostenta ciertas potestades administrativas, de policía y orden público, recaudación de impuestos, representación exterior, etcétera.
Era la situación de Europa bajo la ocupación del Eje y fue la situación de Alemania, ocupada por las potencias aliadas después de la II guerra mundial hasta hace poco, que el país se reunificó y los ejércitos extranjeros se retiraron.
Esto no es en absoluto comparable con la situación de Israel que declaró su independencia del imperio británico a partir del territorio del mandato y es conveniente repetirlo: nunca delimitó sus fronteras ni en su carta fundacional ni en ninguna otra, porque no las ha puesto en una Constitución, sino que las ha ido configurando con líneas de armisticio en las sucesivas guerras que les han sido impuestas por sus vecinos.
Esto da pie para otra mentira más, que tiene que ver con la Franja de Gaza, en la que se oye hablar del paso de un lado a otro de una supuesta “frontera” que tampoco existe. Desde el día uno de la independencia esa Franja fue ocupada por Egipto, que la tuvo bajo su dominio casi veinte años, hasta que fue desalojado en esa guerra de 1967 a que alude la Resolución 2334 y, otra vez, allí no había ningún “territorio palestino” como tanto se afirma, estaba Egipto, sin derecho alguno.
En virtud de los acuerdos de Camp David de 1978 Israel devolvió a Egipto toda la península del Sinaí; pero éste renunció a la Franja. Con los acuerdos de Oslo Israel hizo concesión del terreno a la llamada Autoridad Nacional Palestina porque iba a construir allí el “Singapur del Medio Oriente”. Muy por el contrario, después que Israel se retiró en 2005 en forma unilateral y completa, la ANP fue echada violentamente de Gaza por el Hamas que ya se sabe que fue lo que construyó.
Ahora bien, Israel nunca le hizo ninguna concesión territorial a Hamas, que no firmó ningún acuerdo de Oslo, por cierto, tampoco firmó el Estatuto de Roma de la CPI: Son usurpadores en sentido estricto. Pero con algo más: Ni siquiera reconocen la existencia de Israel, tanto menos van a reconocer la línea que los separa que, para ellos, tampoco existe. Las fronteras presuponen un tratado de delimitación y en este caso, ¿con quién se celebraría tal tratado?
La ANP no puede volver a Gaza gratuitamente, sin disparar un tiro y como si nada hubiera pasado, por su culpa, en veinte años.