Gobierno «Quisling»

La expresión se popularizó a fines de la II Guerra Mundial en el sentido de gobierno traidor, sirviente de una potencia extranjera, referido al Reino de Noruega bajo la administración de Vidkun Quisling, durante la ocupación alemana, de 1942 a 1945, mucho antes que “gobierno títere” (puppet regime) con que se designaban los regímenes bajo imperio de la Unión Soviética.
Condición en la que estuvo Cuba durante casi 40 años, de 1959 a 1989 cuando, más que la emancipación de los países vasallos, fue Rusia quien se desembarazó de una carga de alianzas que había exacerbado su estancamiento económico y el parasitismo político de lo que hoy se llamarían “países chulos”.
La mayoría de los crímenes, persecuciones y atropellos de las dictaduras socialistas del este de Europa fueron perpetrados por los mismos nacionales, según la experiencia importada de las repúblicas socialistas soviéticas; reservándose la intervención de los tanques rusos como ultima ratio, sólo en caso de resultar insuficientes los mecanismos de represión internos.
De este largo período de oscuridad proviene la experiencia y maestría que el régimen cubano exhibe en el manejo soterrado de los hilos del poder que es característico del neocolonialismo socialista.
La expedición militar cubana al África a mediados de los años 70 fue una operación neocolonial en que los soviéticos pusieron el capital, el transporte, las armas, la logística y los cubanos la carne de cañón.
Quizás nunca se sepa el número de muertos, heridos y desaparecidos en esta aventura; pero lo que sí se sabe es que oficiales y tropas veteranos del África sobresalen en el cuerpo expedicionario que hoy ocupa a Venezuela, a donde han importado los brutales métodos africanos.
No hay que ser antropólogo para advertir que la implacabilidad con que se llevan las cosas hasta sus últimas consecuencias no son propios de la manera de ser de los venezolanos, especialistas en que la sangre no llegue al río, en el guabineo y en, tú sabes, una mano lava la otra; por no hablar de la espeluznante crueldad de ciertos crímenes o el pasmoso descaro de la fiscalía y los tribunales.
Hoy deslumbraría la nitidez, la falta absoluta de ambigüedad con que las potencias occidentales identificaban a los gobiernos que llamaban “Quisling”, más en editoriales periodísticos que en comunicaciones oficiales, lo que significa que no había discusión incluso en la opinión pública con respecto a la naturaleza de estos gobiernos que eran llamados por el nombre exacto que les correspondía.
Al contrario, un rasgo característico del neocolonialismo cubano es que se oculta tras una propaganda patriotera y mientras más genuflexos sean sus agentes, tanto más fácil se les puede identificar por la repetición viciosa de las palabras “Patria” y “bolivariano”.
Una vez expulsadas las fuerzas de ocupación VQ fue fusilado el 24 de octubre de 1945, con la vergonzosa suerte de haber dejado su nombre como sinónimo de alta traición.