La importancia del presente

Emiro Rotundo Paul *

Lo existente es el presente. El pasado transcurrió. El futuro está por verse. Estas afirmaciones, auténticas perogrulladas, parecieran no decir nada nuevo, nada significativo situado más allá del significado propio e inmediato de las palabras y no obstante, si reflexionamos detenidamente sobre ellas, podemos obtener mucho más, porque siempre es posible hallar un significado más profundo detrás de las palabras. En nuestro caso, ¿cuál sería ese significado y qué importancia tendría? Resaltar el presente, darle al aquí y ahora una mayor relevancia, declarar que en cada instante de nuestra vida lo que tenemos con nosotros es el presente, no el pasado ni el futuro, y que cada uno de esos instantes pudiera ser trascendental: podría ser el último de nuestra vida o el primero de una nueva forma de vivir, de una nueva orientación o sentido que diéramos a nuestra existencia

En nuestro idioma existen varias frases hechas que intentan destacar la importancia del presente: "hoy es el primer día del resto de nuestras vidas'', "vivamos el día de hoy como si fuera el último de nuestras vidas'', "no dejes para mañana lo que puedes hacer hoy'', etcétera. Desde luego, está también la locución latina carpe diem, de la conocida oda de Horacio, en la cual el poeta nos recomienda disfrutar bien cada uno de nuestros días porque la brevedad de la vida se los lleva con más rapidez de la que pensamos y en algún momento caemos en cuenta que nuestra vida ha llegado a su fin con tristeza y nostalgia desfilan entonces fugazmente ante nosotros los días pasados, los días perdidos, en los que pudimos haber sido felices y no lo fuimos por no haberlos apreciado como correspondía.

La existencia humana ha sido siempre un dilema, no tan sólo por la incógnita siempre acuciante del más allá, sino también por la valoración del presente. ¿Qué es mejor, vivir intensa y plenamente el presente o sacrificarlo en pos de un futuro incierto? ¿Qué bueno fuera que tal disyuntiva no se planteara jamás, que todos nuestros días transcurrieran ligeros, felices y alegres, que el futuro no fuera una preocupación del presente y que éste último pudiera ser disfrutado sin reservas ni renuncias! Lamentablemente la existencia humana está exenta de esas bondades. La previsión del futuro, en amarga contraposición al presente, es una de las muchas monedas del precio que hemos pagado por salir de la animalidad y elevarnos a la hominidad.

Negar esta realidad, creer que la podemos burlas con subterfugios, con evasiones, con comportamientos al margen de lo establecido, es un error que suele pagarse caro. Quienes por rebeldía, falta de voluntad o pérdida del juicio, huyen de ella para no enfrentar los rigores la vida ordinaria y se refugian en el falso sosiego de la droga, el alcohol o la vagancia, lo pasan aun peor: culminan sus esfuerzos en las cárceles y en los manicomios o vagando como espectros solitarios y andrajosos por las orillas de las carreteras y por los recovecos de las ciudades.

El presente es sin duda producto del pasado, como el futuro lo será del presente. Somos lo que somos porque en el pasado fuimos engendrados, en ese pasado hicimos o dejamos de hacer determinadas cosas, aprendimos lo que pudimos o quisimos y a golpes de buena o mala ventura adquirimos la experiencia vital que hizo de nosotros lo que somos. También nuestro futuro, en gran medida, estará condicionado por lo que hacemos o no hacemos en el presente. Pero nadie nos garantiza el futuro. Estamos expuestos permanentemente al azar. En cualquier momento, y por cualquier causa impensada, nuestra vida puede ser truncada, nuestras ambiciones y esperanzas rotas, nuestros esfuerzos y sacrificios burlados.

No debemos por ello ignorar el futuro. Tampoco debemos sacrificar íntegramente el presente en aras de aquél. Allí radica el quid del problema: por un lado, aprovechar lo mejor posible el presente disfrutando los momentos de felicidad y de placer que la vida nos depara y por el otro, prever las consecuencias que los actos del presente nos puedan acarrear para el futuro. Debemos actuar sabiamente, sin sacrificar radicalmente el presente pero sin amenazar seriamente el futuro. Todo exceso, todo abuso, en alguna medida, compromete nuestro futuro, sea porque nos debilite la salud, nos depare enemistades, merme nuestros recursos o por cualquier otra causa. El aurea mediocritas, la dorada medianía, tan apreciada por el ya mencionado poeta latino, debe ser entendida, no como una loa la mediocridad, sino como un elogio al equilibrio, al buen juicio, a la sensatez y la sabiduría de quien, entendiendo la importancia del presente y la brevedad de la vida, no por ello se desboca ni desmanda en la búsqueda frenética del placer y la felicidad porque sabe que al final de ese camino hallará ineludiblemente la desilusión y al sufrimiento.

Un ejemplo claro y patético de lo dicho anteriormente, que por corresponder a nuestro tiempo hemos podido observar en toda su crudeza, ha sido la actuación desaforada de muchos jóvenes (y de algunos no tan jóvenes) de las últimas décadas, quienes en el goce inmoderado de las nuevas libertades y bajo el influjo hipnótico de la sociedad consumista y opulenta, se lanzaron al frenesí del sexo y de la droga con las funestas consecuencias del Sida y la drogadicción.

* Profesor (J) de Administración de la UCV.


Economía Hoy,18 de febrero de 1999