La masificación de Internet

Roberto Hernández Montoya

Tres tiempos

Las nuevas tecnologías pasan por tres momentos:

Así ha sido con automóvil teléfono, la televisión, el cine, los electrodomésticos, todo, desde el laboratorio a su actual ubicuidad. Tal vez la rueda, el fuego, el arco y la flecha pasaron por etapas similares.

Internet salió hace tiempo de los laboratorios de Arpanet y de los gabinetes académicos para entrar en la etapa de los entusiastas. Todavía la población internauta es exigua en relación con el censo mundial. Internet sigue siendo huroneo de devotos como tú y como yo. Aún tiene pendiente la etapa de masificación y trivialización.

Ya llegará, pues otra característica de las nuevas tecnologías es su carácter arrollador. Al principio hay desconfianzas e incomprensiones, del tren se decía, por ejemplo, que, pasada la barrera de los 50 Kph, se congelaría la sangre de los pasajeros. Finalmente el público se acerca a las nuevas tecnologías con creciente familiaridad y hasta desparpajo. Las nuevas generaciones las funden con el paisaje y desde hace décadas nadie levanta la vista para ver un avión, desde que mi abuela Marcolina Zambrano salió disparada del río Uracoa cuando creyó que venía el Apocalipsis porque vio el avión de Lindbergh sobrevolando la sabana. Pero para esa familiaridad conceptual y práctica, es necesario que la nueva tecnología se abarate.

Ha ocurrido muy rápido con las computadoras. La Lisa, de Apple en 1983, precursora de la Macintosh, por ejemplo, costaba $ 10.000 y tenía una unidad de diskettes de 5" y 360 Kb (no tenía disco duro), una memoria ram de 1 Mb y un procesador Motorola 68000 de 8 MHz. En cambio las nuevas G3 de 1999, hasta el momento de escribir esto, tienen un disco duro de 9 Gb, RAM de 128 Mb y procesador Motorola G3 de 400 MHz. Cuestan $ 3.000. Parecido se puede decir de las basadas en procesadores Intel, es decir, las compatibles que corren —cuando lo logran— el sistema Windows, Linux, etc. Las computadoras ya no son un misterio como lo eran hace menos de un lustro. Han invadido de tal modo el mundo, se han hecho tan cotidianas, que estamos aterrados ante el llamado bug del año 2000, que pudiera paralizarlo todo. Uno de los sueños de los años '60 —"paren el mundo, que me quiero bajar"— está a punto de realizarse del modo más perverso, gracias a la trivialización de las computadoras, desde las mainframes que manejan los cajeros automáticos de los bancos hasta los relojes digitales de pulsera.

Pero todavía hay un gentío para quien la palabra Internet designa una entelequia y una agresión porque para llegar a ella se requiere

Como para odiar a Internet, como se odia aquello de lo que uno es excluido. Pero de todas estas limitaciones la más dolorosa es la de la conexión telefónica porque es un gasto constante, considerable y creciente. Los otros gastos se hacen una sola vez y, por onerosos que sean, cesan algún día. Los equipos son cada vez más baratos mientras las tarifas telefónicas son cada vez más caras.

Coitus interruptus

El tiempo de conexión a Internet es cardinal. Una conexión de tiempo limitado es inútil, porque, como las guerras, se sabe cuándo comienzan las búsquedas fecundas, no cuándo terminan. Pueden incluso ser indefinidas para realidades cambiantes. Hallar un tesoro escondido o un continente perdido requiere de un lapso indefinido, dejarse llevar por las corrientes oceánicas y no temer extraviarse en laberintos. Tal vez no hemos descubierto la Atlántida y El Dorado por falta de tiempo. El suspenso de desconectarte ya ya ya, porque la cuenta sube minuto a segundo, distrae de un modo destructivo que por tanto obstaculiza el entendimiento de lo que estás haciendo, es decir, desnaturaliza la esencia misma de Internet porque la esteriliza y reseca sus jugos. No tiene sentido ese coitus interruptus que impide la concepción de ideas, informaciones, descubrimientos. Muchos hallazgos sobrevienen por accidente, por lo que en lengua inglesa se conoce como serendipity, es decir, tal como Colón llegó a América: por equivocación, por andar buscando lo que no se le había perdido. Para eso tenía tiempo y equipos, para eso lo financiaba una monarquía con un horizonte de grandeza: tú y yo somos hijos de esa grandeza. De una monarquía que promovió el cambio más radical del hombre mientras promovía la institución más retrógrada de la historia: la Inquisición. El ser humano, es decir, tú y yo, podemos ser paradójicos, asombrosos y capaces de pequeñeces y grandezas. La tarifa telefónica grande, por ejemplo, es hija de una pequeñez, porque reserva a Internet como privilegio de ricos y profesionales.

Pero Internet es también comercio y comunión con otras personas por correo electrónico, chats, Web, etc. Es juego, trabajo, lujuria, cometidos todos que necesitan maduración. No se teje una amistad entre desconexiones espasmódicas. Tampoco una enemistad. Ni el amor de tu vida. A lo mejor esa pasión está al otro lado de la línea y te la impide una tarifa, buen tema para la gran telenovela contemporánea.

Con tiempo limitado Internet es una caricatura. Pero ¿cómo financiar tiempo indefinido? No soy ni economista ni experto en comunicaciones, de modo que no puedo informarte ciertas cosas. Pero como usuario asiduo sé lo que es una navegación útil. Ignoro cómo se hace un disco duro más grande y más seguro, pero sé que hace falta. Igual desconozco cómo se hace una tarifa plana, pero entiendo que se necesita. Tarifa plana: dícese del pago fijo mensual por cualquier cantidad de tiempo de llamadas a teléfonos locales. Ideal para Internet. En los Estados Unidos cuesta menos de $ 20 mensuales. No es privilegio de países industrializados. En Panamá existe. No es, pues, un sueño delirante.

Ver Tarifa plana.

Hay otros obstáculos. Ya mencioné el costo de las computadoras. Sigue siendo alto, por único que sea. Pero mientras se abaratan los equipos, puede haber modos sociales de dar acceso a Internet. No puedes comprarte un avión —no creo que puedas—, pero sí alquilar un asiento en uno. No puedes poner un laboratorio farmacéutico, pero puedes comprar un frasco del remedio que necesitas. Hay formas sociales de acometer actividades costosas y hacerlas accesibles a la mayoría, se llama economía y se estudia en la universidad. En el caso de Internet hay componentes costosos que recaen sobre el usuario individual: el costo del equipo del consumidor final y el costo de conexión, cuyo mayor peso se desploma sobre el cliente, no sobre la telefónica y tal vez tampoco sobre el proveedor de servicio, que de todos modos es lo de menos en esta cadena de gente carera. Claro, estamos en la segunda etapa de los entusiastas que tenían cómo financiarse un automóvil cuando no había ni carreteras asfaltadas ni donde poner gasolina. Todavía Internet es privativa de ricohombres y ricahembras. Dejará de serlo cuando se cumplan, me parece, ciertos...

Usos comunales

En ellos pueden participar estructuras antiguas: escuela, concejo municipal, club, gremio, sindicato, gobierno regional, bibliotecas públicas, partido político, centro de estudiantes. Ya ha comenzado en muchos países, hasta en Venezuela existe, aunque de modo incipiente. Pero esta gestión sigue siendo obstaculizada por los costos, especialmente el de conexión telefónica. Tal vez cuando tengamos tarifas planas y fibra óptica podremos allanar el camino de Internet para todas esas instituciones.

Participará también el sector privado:

La imaginación es el límite, como tanto se ha dicho, y los empresarios imaginativos tendrán éxito inventando iniciativas inteligentes. Ha ocurrido con todas las tecnologías. Ferdinand Porsche abarató el automóvil cuando inventó el Volkswagen. Casio hizo baratos los relojes que los suizos hacían caros. Steve Jobs y Steve Wozniak desarrollaron la computadora personal útil, la Apple I, en el famoso garaje, y sin saberlo dispararon Internet y tantas cosas. Empresarios así hacen falta, no los que aumentan tarifas cuando las cuentas no les cuadran. Les convendría saber que parte del carácter arrollador de Internet está en su flexibilidad. Así como una conexión sortea los obstáculos dinámicamente, Internet es capaz de adoptar y adaptar muchas y dispares tecnologías y si el teléfono se opone, será sustituido por la fibra óptica, el satélite o lo que vaya apareciendo. Y así como la señal deja atrás servidores paralíticos, puede vadear tecnologías que se le atraviesen con intención de detenerla. Como el teléfono, por ejemplo, que si no se adapta a Internet puede llegar a ser desplazado enteramente por ella, pues ya es cada vez más viable la conexión por otros medios y la transmisión de imagen y sonido por medio de Internet. Muy pronto las telefónicas despertarán contemplando que ya no necesitamos el teléfono y entonces cualquier tiempo pasado les parecerá mejor. A menos que aviven el seso y se anticipen a las tendencias actuales. El que se va a caer no ve el hoyo. Ojalá se acuerden de los fabricantes de reglas de cálculo, que no estaban pendientes.

Aborto

¿Y si pasa con Internet lo que ha pasado con tecnologías de interés solo para un nicho de personas? Fue lo que ocurrió con los radioaficionados luego de una primera etapa de euforia, pues los obstáculos técnicos y económicos los constriñeron a una afición de grupo específico y no tuvo un uso generalizado como el teléfono.

Si ello ocurre con Internet, no será

Será en todo caso por culpa de las tarifas telefónicas, quizás por la ausencia de una tarifa plana. No lo lograrán, claro, Internet es demasiado potente para sentarse a esperar a empresarios inertes. Las telefónicas que se rehúsen a ese proceso formarán filas con aquel pobre presidente de Digital que preguntó una vez, ante la proposición de una computadora pequeña, creyendo que se la estaba comiendo: "¿Y quién necesita una computadora personal?". Dije pobre porque siempre se lo cita para hacer reír y poner un ejemplo perfecto de miopía histórica. Pobre tipo. No quisiera que pasara eso a las telefónicas porque no me gusta que le pase eso a nadie y porque tampoco me conviene. Ni a ti. Ni a ellas.

Y por cierto, ¿qué pensará sobre estas cosas el nuevo gobierno?

Ver Breve teoría de Internet

rhernand@analitica.com