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Su jsutificación 60 años después

La bomba atómica

Roberto Palmitesta D.

Sábado, 20 de agosto de 2005

Mientras los responsables político-militares del bombardeo de Hiroshima y Nagasaki justificaron su decisión, científicos como Einstein y Oppenheimer tuvieron serios cargos de conciencia.

Al cumplirse 60 años del lanzamiento de las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki en agosto de 1945, todavía existe mucha controversia sobre los aspectos éticos de la decisión de lanzarlas sobre ciudades indefensas. Así, mientras algunos analistas siguen considerando esos bombardeos como un genocidio, otros argumentan que ayudaron a terminar la guerra mundial.

El Proyecto Manhattan

Se sabe que el presidente Franklin D. Roosevelt ordenó el inicio del proyecto Manhattan esencialmente para ganarle la carrera a Hitler, que tenía planes para construir poderosas armas y cohetes con el objetivo de ganar la guerra. De modo que el proyecto atómico de EE.UU. tuvo una sólida justificación estratégica, y Roosevelt –quien murió en abril, cuatro meses antes de Hiroshima- habría seguramente autorizado su lanzamiento sobre el imperio japonés, aunque quizás no su uso sobre ciudades. Esa fatídica decisión le tocó a su sucesor Harry S. Truman, un hombre pragmático e impasible que siempre justificó el bombardeo como necesario “para salvar vidas americanas y apurar el fin de la guerra”. Su propio Secretario de Guerra Henry Stimson, quien comunicó al estado mayor la decisión de Truman de lanzarlas sobre dos ciudades japonesas, declaró a la prensa que “el bombardeo atómico le salvó la vida a un millón de americanos, y otros tantos combatientes japoneses”, pues ese era el estimado que se tenía de bajas, de procederse a la invasión armada de las islas japonesas. (Esa cifra fue calificada luego como exagerada por expertos militares.) Sin embargo, aunque ambos altos funcionarios gubernamentales parecían tener la conciencia tranquila, se reveló posteriormente que el verdadero motivo de Truman fue hacer una demostración real de fuerza frente a la URSS, que ya empezaba a desafiar a EE.UU. con su poderío militar después de la rendición de Alemania. Esto se desprende de declaraciones de Allen Dulles (entonces funcionario de inteligencia y luego director de la CIA), quien tenía evidencias en 1945 de que los japoneses pensaban rendirse, con tal que se salvaguardara la vida y dignidad de su idolatrado emperador Hirohito. Pero Truman y su estado mayor sólo aceptarían una rendición total e incondicional, aunque después del bombardeo atómico se aceptó ese requisito de los japoneses. Así que el verdadero motivo de lanzar las bombas habría estado más bien en el campo de la geopolítica, siempre sujeto a múltiples interpretaciones.

El atribulado piloto del “Enola Gay”

Por su parte, Paul Tibbets, el piloto del bombardero B-29 (bautizado como Enola Gay en honor a su madre), tampoco tuvo cargos de conciencia por su rol en la crucial misión que comandó, aunque antes de la misma estuvo a punto de sufrir una crisis nerviosa por guardar el secreto y por recibir instrucciones de suicidarse si caía en manos japonesas. El ahora general Tibbets, que vive todavía aún a sus 90 años, sigue declarando a la prensa en cada aniversario que seguía órdenes superiores, que su trabajo era ayudar a derrotar al Japón, y que lo volvería a hacer si fuera necesario, pues los japoneses hubieran hecho lo mismo si tuvieran entonces una bomba atómica. “Sería mejor tratar de evitar las guerras”, insiste Tibbets, pasándole la responsabilidad a los políticos y diplomáticos.

Pero los que tuvieron más que ver en el concepto, el diseño y la fabricación de la bomba fueron los más conmovidos por del bombardeo, especialmente después de constatar los horrores causados a la población civil, al morir en total estimado de 260 mil personas, unos en la explosión e incendios y otros con el tiempo por efecto de la radioactividad. Albert Einstein, autor de la teoría científica en que se basa la bomba atómica, fue el que convenció a Roosevelt de construirla con su fatídica carta personal de 1939, por lo que estuvo visiblemente consternado por las consecuencias del bombardeo, volviéndose en seguida un empedernido pacifista hasta el fin de sus días. Inclusive estaba convencido de que si los alemanes hubieran sido los primeros en desarrollarla y usarla, hubieran sido juzgados y ajusticiados como criminales de guerra en Nuremberg.

Los responsables de la bomba-A

Aunque el administrador militar del proyecto Manhattan, el ambicioso general Leslie Groves -condecorado y ascendido luego por Truman- jamás se arrepintió de su polémico logro, el director científico del proyecto, Robert Oppenheimer, se sintió muy culpable por el uso del arma que desarrolló, pensando en que iba a ser usado sólo con fines disuasivos contra el régimen nazi, enemigo declarado de la raza judía a la cual pertenecía. Después de retirarse del programa atómico a los pocos meses del final de la guerra, se opuso a la fabricación de la bomba de hidrógeno, mil veces más poderosa, lo que molesto visiblemente a Truman. En una entrevista entre los dos hombres, Oppenheimer se quejó amargamente del uso que le había dado el gobierno, alegando que ahora tenía “sangre en sus manos”, lo que indica el enorme peso que cargaba en su conciencia por haber fabricado el arma más letal de la historia.

A seis décadas de Hiroshima y Nagasaki, estas “armas de destrucción masiva” –como se las llamaría ahora- siguen siendo objeto de enconadas controversias en la opinión pública, pues mientras las potencias occidentales proceden con un gradual desarme nuclear, algunas naciones del sur y oriente asiático siguen acumulando arsenales nucleares. Al mismo tiempo, muchos temen que con el auge del terrorismo, una bomba “extraviada” pudiera caer en manos de extremistas inescrupulosos y amenazar alguna gran ciudad. A la larga, los temores de Einstein y Oppenheimer –junto con los de muchos analistas - parecen cada vez más premonitorios y válidos en esta era incierta iniciada el 11-9-2001, marcada por la violencia, el terrorismo y preocupantes alineaciones geopolíticas.

(*): Artículo publicado originalmente en la Revista Zeta

rpalmi@yahoo.com

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