Caracas, Miércoles, 23 de abril de 2014

Sección: Sociedad

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El homófobo de Miraflores

Edilio Peña

Miércoles, 10 de abril de 2013







   Foto: Google

Los hombres son la pasión fundamental de muchos revolucionarios. Por eso sus vidas se consumen tras la figura de un hombre que consideran único y excepcional. Esta obsesión pueden disfrazarla con las ideas o la ideología que pregonan; pero como no pueden confesar su pulsión reprimida, degradan la hombría con el machismo. Porque el machismo contiene la voluntad inconfesable de lo que más temen reconocer.

Esa voluntad que se expresa en su plenitud platónica, cuando están ante el máximo líder de la revolución o cuando sueñan con él. Sin embargo, Hugo Chávez, mientras vivió no pudo reprimir lo que sentía profundamente por Fidel Castro, y arrobado, un día le lanzó besos al hombre que le había robado su corazón.

Pero si la muerte arrebata a los revolucionarios su máximo líder, como viudas despechadas acusan a la muerte de contrarrevolucionaria. Entonces, en un acto de rabiosa venganza contra lo inevitable, embalsaman el cadáver del líder a fin de darle existencia más allá de la muerte. Eso ocurrió con el cadáver de Lenin en la Rusia revolucionaria. Paradójicamente, el tiempo roba lo que más se cuida. Algunos revolucionarios lamentan, también en el fondo, que la revolución tenga nombre de mujer. Eso explica el por qué algunos de ellos gustan de golpearlas con saña y brutalidad, y tratarlas, además, como esclavas. Quizá porque envidian la hendidura que las hace singulares y sublimes.

El paradigma de la revolución del siglo XX, extirpó de su conducta, lo que era natural en los antiguos guerreros espartanos y macedónicos, a quienes no les importaba la condición sexual por encima del valor y los principios. La relación de Alejandro Magno y su general predilecto, Hefestión, es uno de los testimonios más emblemáticos de esa libertad. En las dictaduras comunistas que existieron, y en otras que aún existen, como la cubana, se crearon campos de concentración, escuelas de reeducación, y psiquiátricos, para borrar lo que consideran un estigma que avergüenza a la revolución. Por lo general, han sido homófobos los encargados de ordenar la ejecución de tan castradora medida. Porque estos funcionarios, delegados para tan macabra operación, reconocen en cada homosexual lo que más desean ser, o lo que más detestan de sí.

Es el caso de Raúl Castro, quien a comienzo de la revolución, avaló la idea de que en la nueva Constitución de Cuba se execrara a los homosexuales, como si estos fueran una mancha pestilente salida de los cañaverales. Como ministro de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, Raúl Castro afinó la persecución y la crueldad contra todos los homosexuales de la isla, particularmente contra aquellos que lo superaban en inteligencia y ostentaban un talento superlativo en el arte de la guerra, las ciencias y humanidades. Él y su hermano, Fidel Castro, desgraciaron la vida del novelista Reinaldo Arenas y del dramaturgo Virgilio Piñera; prohibieron escuchar los boleros de Benny Moré -porque su voz era muy dulce, negra y femenina-, y de tantos otros confinados y torturados en sórdidos calabozos donde, en medio de la oscura noche de su larga agonía, los Castro los empalan con barras de acero. Pero como le dijo el ciego Tiresias a Edipo Rey, en la obra de Sófocles: "El hombre que buscas es a ti mismo", habría que decirle a Raúl Castro, más cuando la ebriedad a veces lo balancea como a una palmera en un cabaret.

Raúl Castro, tuvo una hija que devino en sexóloga, quien en un ejercicio de hipócrita humanidad, ha querido redimir la dignidad de homosexuales y transexuales de Cuba. Pero, ¿quién contiene los horrores que sigue cometiendo su padre, cuando en el fondo de su intimidad, la comunidad gay representa la proyección de lo que éste más teme? Jean Genet, el celebrado escritor de obras sobre el travestismo psíquico, atinó a percibir esa sombra doble y criminal, en los inicios de la revolución cubana. Esa doblez la conoció y la padeció también Vilma Espín, su esposa, quien tuvo que haberse llevado los secretos más inconfesables de Raúl Castro, a la tumba.

Usufructuando el Palacio de Miraflores, Nicolás ha apostado a la misma tarea delegada por su jefe supremo, Raúl Castro. Ha arremetido, sucesivamente, contra la comunidad homosexual venezolana, tratando de desprestigiar al candidato de la oposición, con la denominación con la que acostumbran a agredirlos en Cuba: Mar... Cuando fue a inscribir su candidatura para la Presidencia, y sin que nadie se lo preguntara, dijo que a él si le gustaban las mujeres. Pareciera no darse cuenta que esa persistencia de agredir al otro, defenderse de sus fantasmas y buscar reafirmarse, lo enreda y lo expone con la mentira.

Entonces, en esta hora meridiana de Venezuela, donde un gobierno fraudulento la destruye, emerge un pregunta puntual ante su apartheid: ¿Se puede votar por un ser que apuesta al machismo del caudillo y no a la dignidad de la persona?

 

 

edilio2@yahoo.com

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