Caracas, Miércoles, 16 de abril de 2014

Sección: Sociedad

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Corte Calé

Santos Malandros de Caracas

Rossana Miranda

Domingo, 10 de abril de 2005

Dedicado a Isabelita:
Porque la venganza
no es dulce sino exquisita


En nombre del ladre, el tiro y el espíritu landro
Amén
“Salsa y control” de José Roberto Duque

La mujer me mira fijamente y dice que Tomasito está posado detrás de mí, protegiéndome. Me interroga sobre mi curiosidad por los Calé. Le contesto cualquier excusa y sigo indagando sobre el origen de esta peculiar corte, aferrando aún más mis manos en las estampitas de los malandros que acabo de comprar. No tengo nada que temer, son las 4:00 p.m. y estamos en plena avenida Baralt, pero algo en el ambiente me inquieta, una presencia que siento y no puedo ver.

“De todos los santos, ellos son los que tienen menos luz por ser más humanos que el resto y tener poco tiempo en el lado espiritual. Fueron delincuentes en vida”, explica Ligia, una santera que vende estatuillas y pociones en un puesto de buhonería en el centro de Caracas.

Si bien la Corte Malandra es parte del culto marialioncero (conformado por la Santísima Trinidad Alternativa de María Lionza, el cacique Guaicaipuro y el Negro Felipe), en la mayoría de las tiendas esotéricas que hay en la avenida Urdaneta, avenida Lecuna, avenida Baralt y Quinta Crespo, no saben ni dicen nada de los santos Calé, mucho menos venden objetos relacionados con ellos. La razón: no son bien vistos en muchos círculos de santería por tratarse de malandros que cargan energías negativas.

Pero Ligia se siente diferente al resto de las consultoras de la zona y dice que cree en las segundas oportunidades, así sean después de la muerte. “En vida hicieron mucho daño, porque, aunque era por causas nobles, ellos robaban a la gente. Pero ninguno de ellos mató, nunca. Eran malandros que decían: ‘hágame el favor y me da lo que tiene, señora’. No como los de ahora, que así le des la plata te pegan un tiro”.

Me asegura que no está en la santería para hacer dinero y que sólo quiere ayudar a la gente. Por eso me habla sin reservas de la Corte Malandra. “De todos, el de mi preferencia es Jhonny. Para mí él es clase aparte. Era un muchacho bien, su familia tenía dinero, vivía en Los Chaguaramos. Lo que pasa es que la droga lo llevó hacia las malas juntas y lo mataron. Cada vez que lo veo, siento demasiada pureza, lo adoro”, me confiesa viendo hacia el vacío.

Culto de los noventa

Los santos malandros eran en vida individuos comunes y corrientes que, tras 10 años de su muerte, pasaron a formar parte de una comunidad divina a la que el resto de los mortales comenzó a rendirle culto.

Aunque vivieron durante la década de los años 70, la revelación de sus espíritus y la adoración por parte de los creyentes aumentó luego de los sucesos del “Caracazo” o “Sacudón” de febrero de 1989, cuando el aumento de la gasolina desató una rebelión popular en contra de las duras medidas económicas tomadas por el entonces presidente de la República, Carlos Andrés Pérez. A partir de ese suceso, y en los años siguientes, la violencia callejera y las represiones incrementaron sus índices a niveles casi insoportables.

El “Caracazo” es punto de inicio de este fenómeno ya que, según Fernando Coronil y Julie Skurski (en Dismembering and Remembering the Nation: The Semantics of Political Violence in Venezuela) tras este acontecimiento el pueblo pasó de ser la “fundación virtuosa de la democracia” a convertirse en parásitos sociales que debían ser disciplinados por el Estado.

A diferencia del concepto de malandreo como forma de rebelión e innovación que plasmó Juan Carlos Echendía en el CD “Venezuela Subterránea”, en este contexto la figura del malandro es prueba de la discriminación que se tiene hacia los ciudadanos con menos recursos económicos. Todos, alguna vez, hemos sentido el acecho de un malandro en alguna esquina de la ciudad, ya que desde finales del siglo XX se le han atribuido a este personaje características de violencia, agresividad y criminalidad dentro del imaginario urbano. Para ser un “malandro en potencia”, solo basta pertenecer a una de las zonas marcadas y tener algunos rasgos de esta cultura satanizada.

Los Robin Hood caraqueños

En el trabajo de investigación “Memorias afligidas. Historias orales y corpóreas de la violencia urbana en Venezuela” de Francisco Ferrándiz Martín se apunta que los malandros son “espíritus más bajos, más terrenales, de menor luz mística dentro de la jerarquía del panteón de María Lionza, cercanos a las ánimas del purgatorio”. Es decir que están en un primer nivel de lo que sería la escala espiritual (encabezada por la reina de Sorte y los santos católicos) y están más próximos a las tentaciones y pecados mortales.

Quizás por eso cuando poseen el cuerpo de un mortal, éstos reaccionan bailando, riendo, cantando, fumando y bebiendo. Piden drogas y se muestran nerviosos si hay algún efectivo de seguridad en un perímetro de varios kilómetros. Y es que aun muertos siguen siendo delincuentes.

Sin embargo, testimonios de los seguidores de la Corte Malandra aseguran que son motivos nobles los que impulsaron a estos santos a robar, hurtar, amenazar y cometer otros delitos. Especies de Robin Hood locales que, como el legendario héroe, tuvieron que someter a los más potentados para abastecer de alimentos y dinero a los pobres. Los valores de justicia popular y la solidaridad en la comunidad están arraigados en éste culto como principales mandamientos.

Si estos hombres que después de la muerte han hecho el bien (probablemente para redimir sus culpas) llegarán a tener el mismo prestigio de figuras como María Lionza, Santa Bárbara o el propio José Gregorio Hernández, no puede saberse aún. Lo que sí es cierto es que –al igual otras creencias espirituales o del mismo estado social del país- la Corte Malandra se resiste a cualquier forma de análisis racional.

Ya se habla de una nueva corte, la Corte de los Encantos, conformada por niños que murieron en trágicas circunstancias. En el mundo de la santería, como en el musical o deportivo, pasan las euforias y nuevas figuras se posicionan como las favoritas desplazando a las anteriores. No obstante, al igual que la necesidad del hombre de creer en fuerzas superiores a él, la Corte Malandra nunca dejará de existir. Como los malandros en la historia de la humanidad (entendiendo el malandreo en la acepción de Juan Carlos Echendía) y la delincuencia en las grandes urbes.

Ofrendas terrenales

En el Cementerio General del Sur, detrás del panteón de María Francia (entrando a la derecha) se puede observar a “La niña”, una joven que es guardiana de la tumba de Ismael desde que un disparo en la cabeza la dejó cuatro meses en cama.

Al parecer, el verdadero nombre de Ismael, el padre de la Corte Malandra, es Juan Francisco Carrillo y su tumba no está tan próxima a la entrada del camposanto. Unos santeros, hace más de 20 años, lo habrían fundado allí para hacer más fácil el acceso. Las autoridades custodian permanentemente el lugar, ya que muchos devotos consumen alcohol y drogas en las inmediaciones.

“La niña” cuenta que como cuidadora de las ofrendas de los santos malandros ha visto pasar a generales de las fuerzas armadas, policías e incluso abuelitas y mujeres que son golpeadas por sus parejas.

Otro de los espacios emblemáticos de la Corte Malandra es el callejón Eduvigis de la zona 7 de Petare. También conocida como “la calle de los brujos”, este sitio es lugar de encuentro para devotos y médiums de la corte que dan asesorías y practican rituales. Dicen que en la calle La Paz, de la zona colonial, se puede ver caminar a Ismael con un tabaco en la boca y calzado de una 38.

Ligia, santera y vendedora de objetos y productos esotéricos en la avenida Baralt, explica que a los santos malandros se les pide por familiares o amigos presos, con problemas de conducta, drogas o actos delictivos. También para salir ilesos de tiroteros, enfrentamientos o calles peligrosas.

A diferencia del culto a María Lionza (en el que las promesas se pagan en bailes de candela -caminando sobre brasas- y ponen en riesgo la vida como ocurrió con dos personas que fallecieron por incineración en las montañas de Sorte, estado Yaracuy, la pasada Semana Santa Santa) en la Corte Malandra el devoto debe ofrecer al santo en agradecimiento un cirio de siete colores, un cigarrillo, un vaso de anís o ron y una canción de salsa.

El canto más recurrente en las ceremonias de la Corte Malandra es “La Cárcel” del Sexteto Juventud, pero también aceptan merengues y las tradicionales piezas santeras como “María Lionza” de Rubén Blades. Hay algunos que piden marihuana o bazuco, así como también armas blancas como un chuzo o puñal de fabricación casera.

Las estatuillas de los santos malandros, armadas con revólveres, lentes oscuros, vestidos con camisas y gorras de la NBA, pueden adquirirse en las tiendas esotéricas por Bs. 6.000 (“Mundo místico” en Petare). Estampitas, collares con cuencas de diferentes colores y jabones también conforman la iconografía de esta pandilla milagrosa.

Santos no tan santos

Ismael: Originario del barrio Lídice de Caracas murió apuñalado en una pelea en la parroquia 23 de enero. Según ha dicho en algunos rituales, los barrios Guarataro y Pinto Salinas también eran parte de su territorio. Se dice que era un ladrón inofensivo, defendía su zona de la incursión de otros malandros y robaba bancos para repartir el botín entre los vecinos más necesitados. En varias ocasiones, amenazaba a los dueños de abastos y supermercados mientras los pobres saqueaban el local y huían cargados de alimentos.

Isabelita: Figura líder de la Corte Malandra. No se tiene seguridad sobre su verdadera procedencia pero cuentan que pertenecía a una familia adinerada y fue violada a los 12 años de edad. Se casó con un hombre negro, de Barlovento, estado Miranda, que le fue infiel con una amiga. Por esa razón juró vengarse de todos los hombres. Su estatuilla no puede estar en un altar santero que también tenga la figura de algún negro. Tiene amplio poder para resolver toda clase de problemas.

Tomasito: Murió de 132 tiros (sin contar la balas que pasaron por el mismo hueco) durante un intento frustrado de robo a un banco. Sus cómplices (que creía sus amigos) lo dejaron solo al llegar la policía.

Jhonny: Muchacho de buena familia. Vivía en un apartamento que sus padres le compraron en Los Chaguaramos. Su pecado fue no cumplirle a unos jíbaros que le dieron muerte. Se dice que es el más pacífico de la Corte.

Elizabeth: Su estampilla reza: “De recia personalidad y esbelta figura, Elizabeth irradia dominio y poder. Invóquela en momentos difíciles y logrará un gran apoyo. Téngala con usted en algún lugar visible de su hogar. Ofréndele velas rojas”. No es la misma que salía en televisión.

Otros santos son Petróleo Crudo, Miguelito, Pez Gordo, Luis Sánchez, Juan Hilario, Ramón, Freddy M (no se sabe si su apellido era Martínez o Machado), William, Yiyo, Jacobo, Antonio y El Ratón, entre otros.

Sincretismo urbano

Para el antropólogo Arturo Jaimes, la Corte Malandra tiene su origen en la capacidad de sincretismo presente en las comunidades con mayor apertura en sus sistemas de creencias, así como también en la proyección del personaje de héroe o mártir proyectados sobre un momento histórico, a través del relato de la epopeya o de sus cualidades como personaje con actitudes reconocidas en vidas.

“Eso le ha permitido al panteón de la santería ir sumando personajes de diferentes épocas con distintas cualidades, que suelen ser significativas para el seguidor y aquel que necesite una ayuda desde el altar, en diferentes momentos y contextos”, explica.

De ese modo, según el antropólogo, la Corte Malandra viene a adecuarse a un nuevo escenario urbano en donde la religiosidad es una forma corriente del sistema de creencias en localidades donde hay patrones de habitantes provenientes de otros lugares del país o de otras nacionalidades, por sectores del barrio e inclusive por las actividades que desempeñan.

“Y es aquí donde entraría este nuevo simulacro y el correspondiente performance de las cualidades que se le asignan al trío de la corte. Porque es curioso que conforman -al igual que en el cristianismo- el trío de la Santísima Trinidad, con la contraposición de género (dos masculinos y uno femenino), y vienen a suplir necesidades de mucha complejidad en que viven estas comunidades de creyentes en su medio de acción”, apunta Jaimes.

El investigador hace referencia al video “Quiero hacer plata” de Guerrilla Seca en el que una imagen se relacionaron el altar de la Corte Malandra. Dicha representación, unida a la letra y a la gesticulación del dúo, evidencian el metalenguaje detrás de esa creencia.

Por último, señala que las creencias poco ortodoxas suelen reformarse en su interior en la medida en que se adecuan a los nuevos tiempos y constituyen una salida necesaria para la comunidad de creyentes. Su auge depende de la atribución de situaciones sobrenaturales o milagros, es decir, de su efectividad.

(*): Reportaje producido por el Semanario CCS, en su edición 24 del viernes 08.04.2005

rossana@semanarioccs.com

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