Caracas, Miércoles, 23 de abril de 2014

Sección: Sociedad

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Del Socialismo del Siglo XXI a la Venezuela del Siglo XXI

Luis Antonio Sánchez

Domingo, 10 de marzo de 2013

Creo que el final del gobierno de Hugo Chávez puede significar no sólo el cierre de un período histórico que comienza y acaba con su figura, sostengo que de hecho puede representar el cierre de la particular modernidad venezolana







   Foto: Google

No es sencillo atinar con una respuesta a la interrogante sobre qué sociedad somos hoy los venezolanos. Ir a los fundamentos que nos constituye, aquellos que pueden ayudarnos a comprender nuestra conducta y motivaciones profundas, nunca estará exento de cuestionamientos. Sin embargo, el ejercicio se impone ante la importancia de la encrucijada que hoy se abre al país.

Opino que la tesis de Mario Briceño Guerrero relativa a los “discursos de fondo que gobiernan el pensamiento americano” (y entre ellos, entonces, el venezolano), puede ofrecernos una guía pertinente. Briceño Guerrero reconoce en su libro El Laberinto de los Tres Minotauros (1994), al menos dos formas de comprender y actuar con el mundo que conviven en nosotros: aquella cónsona con la “Europa segunda”, caracterizada por la racionalidad propia de la modernidad (la ilustración, la mecanización, la industrialización), y aquella que hunde sus raíces en la “Europa o razón primera”, dominado por el discurso mantuano de la España Imperial, y concretado en el sistema de castas que le siguió.

En nosotros se debaten dos formas mutuamente excluyentes de ser: por un lado reconocemos la validez de la “Europa segunda” en los principios modernos como la igualdad, la imparcialidad, la libertad, la autodeterminación; y por otro vivimos la “Europa primera” en atributos pre-modernos como el caudillismo, la sujeción a lealtades señoriales, la discrecionalidad y el sectarismo.

Convenir con Mariano Picón Salas que la entrada de Venezuela al siglo XX se produjo con la muerte de Gómez, en 1936, es convenir que a partir de ese momento tendrían cada vez mayor peso los atributos modernos en las formas de gobierno del país. Y en efecto fue así: a lo largo del siglo XX el militarismo y el caudillismo fueron cediendo paso a los dos grandes proyectos de la modernidad: el liberalismo y el socialismo. Nuestros partidos políticos contemporáneos se conformarían alrededor de dichos proyectos y en adelante asumen la escena política venezolana. Pero aunque cedieran paso, tanto el militarismo como el caudillismo conservarían fuerte presencia en nuestra sociedad.

Fue esto lo que conformó nuestro particular siglo XX: una entrada incompleta a la modernidad, la existencia contradictoria de valores modernos y pre-modernos; en palabras de Briceño Guerrero: la prevalencia de “lo señorial y lo feudal bajo la forma de caudillismo carismático de orden militar o civil, con revestimiento verbal e ideológico moderno”. Y son estas contradicciones aumentadas las que precisamente caracterizaron al gobierno de Hugo Chávez. Si algo definió su presidencia, fue la exacerbación de todos los contrasentidos que plagaron nuestras formas de gobierno recientes. Es ilustrativo a este respecto el llamado que reiteraba por el respeto a la Constitución Nacional, junto a su también reiterada violación a esa misma Constitución.

Creo que el final del gobierno de Hugo Chávez puede significar no sólo el cierre de un período histórico que comienza y acaba con su figura, sostengo que de hecho puede representar el cierre de la particular modernidad venezolana. Pero esto depende del rumbo que tomemos. Es esta la encrucijada que se nos presenta hoy: entre el socialismo del siglo XXI y la Venezuela del siglo XXI. Podemos optar por la modernidad incompleta que caracterizó nuestro siglo XX, con toda la violencia derivada del sectarismo propio de las formas señoriales que nos legaron los caudillos, o podemos optar por darle alcance a las sociedades más progresistas del mundo y abrazar la post-modernidad: renunciar a los grandes proyectos modernos, revalorizar lo local, darle cabida al pensamiento múltiple, conformar las políticas públicas respetando la diversidad social, priorizar la negociación sobre la imposición. En otras palabras, que el Gobierno se conforme de acuerdo a las variadas voces del pueblo y no a la inversa. Esta sería nuestra entrada al siglo XXI.

La reflexión viene al caso. En el breve tiempo que tienen al mando los sucesores del último caudillo venezolano del siglo XX, se ha recrudecido la persecución y el sectarismo, mostrándonos que no son ellos quienes allanarán el camino hacia una sociedad más justa y equilibrada. En el otro lado, la opción que lidera la Mesa de la Unidad ha mostrado atributos de convivencia y entendimiento con el pensamiento divergente. Este último es un camino que no está construido, pero que ofrece más posibilidades de incorporar los aportes y las críticas de quienes deseamos y creemos en un país erigido en igualdad de condiciones por todos, uno que recoja los anhelos y las metas de todos, a aquel país hecho a imagen y semejanza de un sólo hombre.

 

 

Sociólogo

@luisantoniosanz

 

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