Caracas, Miércoles, 16 de abril de 2014

Sección: Sociedad

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Ensayo de Don Mariano Picón Salas

Luis José Oropeza

Miércoles, 1 de mayo de 1996

Un ensayo sobre el más grande ensayista venezolano de todos los tiempos, Don Mariano Picón Salas, nos acaba de entregar Simón Alberto Consalvi. Un mérito incuestionable se destaca en este trabajo. Es su aporte inestimable para la difusión del pensamiento, la obra creadora y los rasgos más destacables de la peripecia vital de nuestro insigne escritor. No es sólo un intento biográfico de uno de los testimonios humanos más fascinantes y depurados del alma nacional. Es algo más. Logra con éxito indiscutible desentrañar la evolución de las ideas del gran merideño, observadas desde las diversas perspectivas de tiempo y de lugar en que le correspondió actuar.

Las generaciones más jóvenes y no por ello menos desprevenidas de la Venezuela presente, conocen poco de la obra inmensa del notable escritor. El hondo vacío de esa desinformación desesperante, nos debe servir como un alerta que nos estimule a adquirir conciencia de la patética circunstancia en que se debate la crisis de nuestra educación. Que muchos egresados de las escuelas de postgrado de nuestra universidad hayan jamás leído en la prosa más limpia e impecable de nuestro idioma, las disquisiciones de Picón Salas sobre la cultura de la conquista y la independencia hispanoamericana, sobre el devenir y el acontecer de nuestro pueblo, sobre la vida de algunos de nuestros héroes o nuestros villanos, sobre sus meditaciones en torno a la cultura del escenario europeo y latinoamericano, o sobre las pinceladas magistrales de sus autorretratos donde nos cuenta las vicisitudes de su agitada y fecunda existencia, es síntoma de las grandes carencias que conmueven a la vocación espiritual de la nación de hoy. Desde este angulo, el trabajo diligente de SAC viene en la buena hora de sus reflexiones sobre el itinerario intelectual y espiritual de Picón Salas, a contribuir con mucha fuerza a revitalizar la validez perdurable de sus ideas y sus indagaciones en torno a la identidad del tiempo y el espíritu hispanoamericano, iluminadas por la luz de uno de los exploradores más vivaces y penetrantes que jamás hayamos tenido.

Y leyendo estas páginas encuentro en la singular peripecia de quien irrevocablemente está llamado a presidir el repertorio de nuestros valores más egregios, una explicación al drama de la vida venezolana de nuestro tiempo. Un intelectual dotado con la sabiduría y la erudición más vasta, sembrada en uno de los temperamentos más lúcidamente fértiles que hayamos logrado y divulgada además en el estilo de la prosa más acabada y nítida, debió sin embargo soportar en más de una ocasión el embate inmisericorde de la incomprensión, de la mezquindad y el encono de la estridencia ideológica. Y algo peor aún. Debió esperar casi el ocaso de su vida, para que al fin nuestros dirigentes pudieran llamarlo a ocupar un sitio digno de su dimensión gigante. Ocurrió cuando fue llevado, pocos años antes de su muerte, a dirigir el Ministerio de la Secretaría de la Presidencia de la República.

Tiempos de pobreza en Chile, la atmósfera que más contribuyó a cultivar su inteligencia para el afán de las letras, horas desoladas del exilio, ingratitud de una sociedad que sólo le llamó cuando era ya una figura cumbre de la inteligencia nacional, para ejercer modestísimo destino en el servicio exterior y el cual, sin embargo, le fuera revocado por una destitución intempestiva. En la carta del ilustre agraviado para el Canciller de entonces, deploraba los procedimientos que recordaban, por su falta de forma, a aquellos que prevalecieron durante una época de la política venezolana que todos creían superada. Eran los mismos procedimientos de los cuales había sido víctima el propio Ministro de Relaciones Exteriores en el año de 1921, cuando en el discurso inaugural de la estatua ecuestre del Libertador en el Central Park de New York, el Doctor Esteban Gil Borges, como para resguardar sus cívicos pudores en un escenario de la más alta civilización, dejó de mencionar el rústico nombre de Juan Vicente Gómez. Fue entonces la destitución de Don Mariano, la concesión oficial a una campaña de descrédito dirigida contra un incomparable servidor público, acusado por las intrigas del fanatismo religioso de entonces, como tantos lo serán más tarde, de comunista, enemigo de la juventud, de la iglesia y de la patria. Era el tributo que la discordia, la desmesura, la intolerancia y la incomprensión del debate ideológico- los mismos duendes que vestidos de otros ropajes todavía entre nosotros deambulan- hacían pagar a la sensatez, a la interpretación desprejuiciada y a la incalculada voluntad de servir.

De excepcional interés para la contrastante interpretación de nuestra hora, resulta el análisis de la cercanía y la amistad entrañable de este gran venezolano con aquella otra personalidad legendaria, casi única entre nosotros, de su paisano merideño llamado Alberto Adriani. En la ocasión absurda de su muerte inesperada, en medio de la pesadumbre y la congoja de la nación entera, Picón Salas escribió sobre el gran Ministro: —Desde los tiempos magníficos de un Santos Michelena o un Fermín Toro, allá en el alba de la República, no se había sentado en el sillón del Ministerio de Hacienda de Venezuela, un hombre de la mirada más universal y de pasión patriótica más vigilante—.

Es que los gobernantes de entonces, y es el reconocimiento que el General López merece como pocos, tenían de la función pública un juicio tan elevadamente inapreciable, que siempre se cuidaban de convocar a los más altos destinos a quienes de verdad sabían pensar y alertar sobre las genuinas conveniencias nacionales. Y los hombres como Alberto Adriani, formado en la Europa de principios de siglo para servir a su país, como ahora a tantos se les relega por el pavor que ellos infunden a la mediocridad circundante, no podían quedar marginados. Y porque el insigne Ministro ya advertía los peligros de los desbordamientos del populismo y el manirrotismo de las regalías y subsidios, Adriani, sin ninguna reserva le dijo con toda responsabilidad y franqueza, en un país esencialmente rural, a los agricultores venezolanos de entonces: —Es necesario no imponer la mendicidad obligatoria y trocar a los agricultores en mendigos que agradecen una dádiva. Producir y saber lo que vamos a producir, es lo que necesita nuestra economía—.

El libro sobre Picón Salas, enriquecido con las citas del gran estilista, está plagado de observaciones y acotaciones perspicaces de la pluma de Consalvi, otro merideño de excepción. Leer y revisitar las páginas de —Profecía de la Palabra—, es una de las formas más ricamente provechosas de aproximarse a las ideas, a la obra imperecedera de uno de los grandes maestros venezolanos, al sobrio colorido de la estampa de la prosa de don Mariano, un estilo y una cadencia en la magia del lenguaje, como tal vez en ningún tiempo en el género del ensayo, la haya logrado nadie entre nosotros.

Podríamos sugerir en torno al trabajo de Simón Alberto, algo parecido a lo que alguien alguna vez dijo del libro de Unamuno sobre la Vida de don Quijote y Sancho. Resulta de su lectura la más escueta y jugosa de las maneras de repasar y asimilar los vericuetos de la vasta e inagotable sabiduría recogida en la obra inmortal de don Miguel de Cervantes.

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