Caracas, Jueves, 24 de abril de 2014

Sección: Política

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A propósito de la visita de Fidel Castro

El Posmodernismo y la parálisis de la sociedad

Indira Ramírez de Peña

Lunes, 6 de noviembre de 2000

El 26 de octubre, con un recibimiento apoteósico organizado por el gobierno de Hugo Chávez, llegó a Venezuela el dictador de Cuba, Fidel Castro. Si bien, según diversos sondeos de opinión, la mayoría de los venezolanos informados se oponía radicalmente a esta "visita de Estado", no se llevaron a cabo acciones eficientes y organizadas que impidieran el viaje o, al menos, hicieran notar en forma contundente el desagrado que sentían los venezolanos ante la presencia de quien muchos consideran como un asesino sanguinario, que sólo busca apropiarse de los recursos de nuestro país a fin de expandir su "revolución" al resto del continente.

No es la primera vez que la sociedad civil venezolana fracasa en sus intentos de defender los más altos intereses nacionales. Paso a paso, frente a sus propias narices, las fuerzas pertenecientes al Foro de Sao Paulo (1) han avanzado y penetrado en cada rincón del país, y ya poco les falta para obtener el control absoluto de las instituciones nacionales.

Ante semejante panorama, muchos optan por irse del país, otros por darle la espalda a la cruda realidad, y el resto ha caído en la más profunda desmoralización. Son muy pocos los que están dispuestos a luchar activamente, y aún éstos no han podido determinar de dónde proviene la parálisis que aqueja a la clase media venezolana y cuál es la secreto para enfrentar las graves amenazas que se ciernen sobre la patria.

Aunque la bonanza petrolera, manejada durante décadas con criterio rentista, ha ocasionado graves daños en la mentalidad del venezolano, ésta no es la causa principal de la parálisis, sino la influencia destructiva de ciertas corrientes filosóficas y culturales, particularmente la que se conoce con el nombre de posmodernismo o posmodernidad.

¿Qué es el posmodernismo?

Es una corriente caracterizada por el individualismo exacerbado y el hedonismo que, desde los años veinte, y promovido masivamente a través de las artes plásticas, la poesía, la literatura, la música, el cine y la televisión, se ha ido convirtiendo en un patrón general de conducta en el mundo entero. Se manifiesta como un culto a la liberación personal que rechaza toda forma de coacción y limitación –justificada o no- a la autonomía privada. O más sencillamente, el triunfo del egoísmo como paradigma de comportamiento.

El posmodernismo no acepta autoridad alguna, ni divina ni humana, mucho menos verdades universales inmutables, dando paso a nuevos valores que apuntan al libre despliegue de la personalidad íntima, la legitimación del placer y, aunque parezca increíble, la modelación de las instituciones en base a las aspiraciones personales de los individuos. Es, sin duda, la manifestación última y radical de la ideología individualista.

La angustia nuclear, las amenazas de guerra, el terrorismo, la subversión, los problemas económicos irresueltos y el clima de pesimismo y de catástrofe inminente, magnificado por el cine y la televisión a través de las películas de muerte y violencia extrema, han provocado una crisis de confianza hacia los líderes políticos y han generado una retirada hacia el presente inmediato. Unicamente la esfera privada parece salir victoriosa de ese maremoto: "más vale gozar hoy al máximo" –se dice- "porque no sabemos si mañana podremos disfrutar".

Vivir el presente, sólo en el presente y no en función del pasado y del futuro: "Vivimos para nosotros mismos, sin preocuparnos por nuestras tradiciones y nuestra posteridad: el sentido histórico ha sido olvidado de la misma manera que los valores y las instituciones" (2).

Posmodernismo y modernidad

Se le llama "modernidad" a la época inmediatamente posterior a la Revolución Francesa, caracterizada por la filosofía de autores como Voltaire, Montesquieu, Rousseau, y Diderot. La modernidad rompe con las estructuras sociales basadas en derecho divino y establece una separación entre razón y revelación (ciencia y fe), eliminando cualquier concepción de un Dios personal y negando la condición trascendente del hombre.

La modernidad rechaza la existencia de una ley natural inscrita en el alma del ser humano que pueda indicarle el camino del bien y advertirle el del mal, comenzando porque no reconoce la existencia del alma en el hombre, reduciendo su naturaleza a la de un mero ser pensante, superior, pero no muy distinto a los animales.

Las verdades universales inmutables no existen, son todas relativas y provienen de la reflexión de ser humano, condicionada por las circunstancias y el medio que lo rodean. Las relaciones sociales se gobiernan por medio de un "contrato social", basado en la voluntad de la mayoría, y no en los parámetros tradicionales de carácter moral. En lo político, rompe con la monarquía hereditaria y establece el sistema democrático basado en el sufragio universal, es decir, la mayoría de los votos determina quien gobierna.

Muchos autores contraponen la modernidad con el posmodernismo, considerándolos antagónicos, porque aquélla todavía respeta las estructuras centralizadas, verticales y jerárquicas; mientras que éste promueve la disolución de las instituciones, las estructuras horizontales y la ausencia de toda autoridad, pero, en realidad, una deriva de la otra. Al negar la existencia de Dios y de principios universales permanentes, la modernidad dio paso naturalmente, con el transcurrir del tiempo, a una versión más escandalosa y degradada de sí misma: el posmodernismo.

Manifestaciones del posmodernismo

Uno de los hechos sociales y culturales más significativos del posmodernismo es vivir libremente, sin represiones, escogiendo íntegramente el modo de existencia de cada uno. Lamentablemente, aunque no todos lo ejerzan, también se incluye el "derecho" de asumir comportamientos patológicos, como la liberación de las costumbres y sexualidades, el aborto, el uso de sustancias psicotrópicas, etcétera.

Pero, aunque se reafirman todos los "derechos" del individuo, paralelamente se denigra abiertamente de la especie. El posmodernismo rechaza el predominio tradicional –incluso bíblico- del ser humano sobre el resto de la naturaleza. Aunque estamos de acuerdo en detener el preocupante deterioro de la naturaleza, actualmente se invierten muchos más recursos y energías en defender las especies animales en peligro de extinción y en proteger el ecosistema, que en salvar a los millones de seres humanos que anualmente mueren en el vientre de sus madres. De hecho, se responsabiliza al hombre y a la tecnología de la destrucción de la "madre tierra", considerada como una deidad.

Muchas veces se ignora que no es la tecnología lo que más destruye, sino la falta de ella. Por ejemplo, en la medida que se desarrollan nuevas fuentes energéticas, pasando de la combustión de madera, carbón, e hidrocarburos, altamente contaminantes, al dominio de la descomposición del hidrógeno o fusión (no confundir con la fisión del uranio y otros materiales radioactivos), se obtienen fuentes abundantes y limpias de energía. También se olvida que el hombre puede aumentar la densidad poblacional de las demás especies, al convertir amplias zonas desérticas o boscosas, y hasta territorios sumergidos bajo el agua, en zonas agrícolas y ganaderas. Sin duda, el posmodernismo es profundamente maltusiano.

Otra de las características de la posmodernidad es la democratización sin precedentes. Todas las opiniones, provengan o no de expertos, son consideradas iguales y del mismo peso específico, porque lo importante no es la búsqueda de la verdad (ya que según el posmodernismo ésta no existe), sino la posibilidad de expresarse libremente. "Cada quien es incitado a llamar a la central telefónica de un programa de radio, a fin de decir algo a partir de su experiencia íntima, porque todos podemos hacer de locutores y ser oídos. Pero es como las numerosas pintas en los grandes muros urbanos: cuanto mayores son los medios de expresión, cuanto más subjetividad, más anónimo y vacío es el efecto. Paradoja reforzada aún más por el hecho de que nadie, en el fondo, está interesado por esa profusión de expresión, con una excepción importante: el propio emisor" (3). Lo mismo ocurre con las listas de correo electrónico: todos opinan y todos los mensajes tienen el mismo valor –o ninguno, para ser más crudos- porque lo importante es opinar, no la opinión.

Eso nos lleva al otro hecho característico del posmodernismo: la indiferencia, absoluta y descarada, sin que eso conlleve sentimiento alguno de culpa. Si Nietzsche proclamaba que "Dios ha muerto", pero en medio una gran angustia existencial, el hombre posmodernista lo secunda, pero sin importarle un bledo. La contradicciones emocionales propias del existencialismo y del teatro del absurdo de hace algunas décadas, han sido sustituidas por un descompromiso emocional. Esa apatía se refleja en el ambiente político: la abstención, el derrumbe de los partidos, los líderes que se ven obligados a asumir el rol de animadores para tener alguna repercusión, anuncios gubernamentales de relevancia que son inmediatamente desplazados en las noticias por la sección deportiva, y así sucesivamente.

Cabe resaltar que la indiferencia posmoderna no es producto de la falta de información, sino del exceso de ella. Los numerosos medios de comunicación impresos y televisivos no constituyen para el ciudadano posmoderno una fuente de información, sino un mero estímulo. Más importante que un programa determinado, es poder cambiar de canal varias veces en un minuto, es decir, tener "opciones". Paradójicamente, ocurre muchas veces que la apatía es mayor entre los "más informados" que entre los ignorantes. Ya no es miseria y alienación lo que determinan la apatía, sino la indiferencia pura y por si misma.

La educación, antes autoritaria, se ha vuelto enormemente permisiva, atenta más a los deseos de los niños y adolescentes que a los requerimientos rigurosos de una formación integral. El prestigio y la autoridad del cuerpo docente se han socavado al punto que casi han desaparecido, sobre todo en los colegios públicos. El discurso del maestro ha sido desacralizado y banalizado. Al no haber verdades, las enseñanzas del maestro son más bien consideradas como "puntos de vista". De manera que hay que innovar a cualquier precio para captar la atención de los jóvenes: siempre más liberalismo, participación, y otras "técnicas" de motivación. El aprender ya no es una motivación por sí misma.

En cambio, existe un gran interés –obsesión a veces- por el cuerpo, el sexo, la diversión, las vacaciones, el tiempo libre. El ejercicio físico ha pasado de ser una práctica para conservarse saludable o para incentivar la disciplina, a una forma de mantenerse "bello", porque el posmodernismo atribuye a la belleza externa un valor superlativo. El sexo ya no es un medio para procrear hijos y para expresar amor a la pareja que se ama y con la que se está comprometido "hasta que la muerte los separe", sino para satisfacerse a sí mismo, buscando la máxima diversificación y variedad, aunque en el fondo quede un enorme vacío. El trabajo ya no es una herramienta para realización y el perfeccionamiento personales o para servir a los demás, sino para obtener los medios requeridos para la diversión y las vacaciones, porque vivir sin ideales y sin objetivos trascendentes es posible y hasta deseable.

El individualismo, el rechazo a la autoridad, la democratización, el libertinaje y el indiferentismo posmodernistas, se traducen en la política en una anarquía que impide a los ciudadanos organizarse frente a las amenazas más evidentes e inmediatas, y Venezuela no es la excepción.

Existe la queja recurrente: "no hay líderes", pero ¿cómo podría haberlos, si nadie está dispuesto a apoyar -y mucho menos a subordinarse- a aquellos que arriesgan su vida para pregonar la verdad y que han demostrado sobradamente su capacidad intelectual y entereza moral?

El hombre posmodernista se tiene a sí mismo por prioridad, no a la Patria. No tiene motivos para sacrificarse o para luchar por ideales nobles. Cuando sigue a alguien, solo lo hace por interés o por necesidad, e incluso cuando lo hace, sólo sigue a quienes, por razones coyunturales, tienen la oportunidad de acceder a alguna cuota de poder, aunque no sean idóneos. Es una forma de impotencia, porque no confían en sí mismos y en que, con su apoyo, podrían darle poder a quien mejor podría manejarlo. Buscan al que ya tiene cierto poder, aunque no lo merezca. "No somos nada" –es el típico comentario- "sigamos a fulano que sí tiene chance". Prefieren la casa hecha en arena, que construir una de la nada, pero en terreno sólido.

Sacudirnos del posmodernismo

Sin saberlo, y sin proponérnoslo, todos somos víctimas de una o otra manera del posmodernismo; basta para ello recibir una dosis en el cine, en un programa de televisión, a través de una lectura, en una conversación, y hasta al escuchar una canción, porque se trata de una corriente que se ha apoderado de casi todos los ámbitos de la expresión humana. Afecta a los más cultos y pudientes, porque tienen más acceso a los diversos medios escritos y audiovisuales y porque el ocio está más a su disposición, pero, a su manera, también afecta a los más pobres e ignorantes.

Afortunadamente, nuestra matriz cultural católica, basada en la caridad y en el servicio al prójimo - todo lo contrario al egoísmo posmoderno-, está profundamente enraizado en los hispanoamericanos y subyace en cada átomo de nuestro ser. Por eso, el venezolano tiende a romper con el egoísmo adquirido artificialmente para dar de sí todo el amor que le es intrínseco por tradición.

Para sacudirnos del egoísmo y del indiferentismo posmodernistas, basta entonces reforzar una actitud o un sentimiento de entrega verdadera, que surge espontáneamente, por ejemplo, cuando un ser querido tiene problemas o cuando la Patria está en peligro. Luego, se extiende como fuego en la sabana, porque cualquier placer efímero no es comparable con el gozo sublime que se experimenta al vivir con ideales nobles y hermosos, aunque ellos puedan costarnos la vida.

Quizá la venida de Fidel Castro y el nefasto proyecto político que sin ningún recato planteó para Venezuela, sirvan de aliciente para reflexionar sobre cuáles son las razones que mantienen paralizadas a las clases media y alta –que son las llamadas, por su mayor preparación intelectual, a liderizar el verdadero cambio- y promueva el retorno a nuestros valores tradicionales, basados en el amor a Dios y a la Patria, y así se despierte un deseo de lucha incontenible que derrote los efectos del posmodernismo y, por ende, a los neomarxistas del Foro de Sao Paulo.

* El Foro de Sao Paulo es una organización creada en 1990 por Fidel Castro que agrupa a todos los movimientos izquierdistas de Hispanoamérica, incluyendo la subversión armada, como las FARC y el ELN colombianos. Para mayor información ver artículo titulado "Radiografía del Foro de Sao Paulo", disponible en el buscador de Venezuela Analítica (www.analitica.com) o en la edición aniversaria de la revista Fuerza Productiva (Vol II. Núm. 1).

- La Era del Vacío, Lipovetsky, Editorial Anagrama, 1990, Página 51

- Lipovetsky, Página 14

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