Caracas, Viernes, 18 de abril de 2014

Sección: Política

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El entierro de Chávez

Román José Sandia

Viernes, 20 de octubre de 2006

No sé dónde leí la historia de un alcalde de pueblo alemán que estaba obsesionado con su entierro. Para imaginarlo mejor, todos los días se metía en un ataúd que había dispuesto en la sala de su casa. Allí, dentro de la mullida urna, soñaba despierto –los ojos cerrados- con los homenajes que le harían los compungidos ciudadanos por sus invaluables servicios.

Con el nuevo entierro de Perón y los infaltables disturbios que acompañaron a su cuerpo en vida y desde hace treinta años en muerte, recordé la historia del maniático alcalde alemán. Historia que podría haber escrito Borges, el argentino que nunca fue peronista.

Los populistas –y Perón es el arquetipo latinoamericano- sueñan con sus pompas fúnebres como la meta vital más importante. Así como a muchos políticos les gustaría que sencillamente los recordasen, los dictadores populistas desean que el pueblo vista de luto y se manifieste apoteósicamente en sus exequias.

El cadáver de Perón no ha tenido tantas peripecias como el de Evita, minuciosa y magistralmente descritas por Tomás Eloy Martínez en “Santa Evita”, pero ha sido mutilado al cortársele las manos e igualmente embalsamado. También ha sido motivo de reclamos –como ahora- por fanatizados seguidores y hasta recurso para probar la paternidad de una señora que manifiesta ser su hija.

¡Qué más grande gloria que ser llevado en los hombros del pueblo a su última morada! Para ello, el populista no debe tener en su actuación (nunca mejor dicho) pública como objetivo el convencer sino el emocionar. No debe analizar con cifras y estudios los problemas y sus posibles soluciones, sino buscar la empatía que movilice los sentimientos. Y todo para que el día de su entierro tal emoción se manifieste en tristeza, solidaridad y dolor, expresados en la asistencia al funeral (si es de Estado, mejor).

Chávez, con su intención ya no disimulada de quedarse hasta su entierro en Miraflores, no hace otra cosa que seguir la tradición de los dictadores de la América populatina. Sueña con esa multitudinaria asistencia a la inhumación de su cuerpo embalsamado al compás de las bandas de su amado Ejército. Pero así como Perón destruyó la economía y la universidad argentinas, Chávez sueña con arrasar Venezuela.

No otra cosa dijo el día 13 de abril de 2002, después de la comedia de enredos que protagonizaran los generales Lucas Rincón, Vásquez Velasco y el expresidente de Fedecámaras, Pedro Carmona. Chávez, con su infatuada voz de siempre, dejó caer una amenaza más al decir que mientras viajaba en el helicóptero que lo traía de vuelta al poder, vio varios incendios en alguna zona de Caracas y pensó en El Bogotazo, aquel triste episodio que dejó tanta destrucción y muerte en la capital colombiana, una vez que se conoció el asesinato del líder liberal Jorge Eliécer Gaitán. En su ego no cabe otra cosa que pensar eso: después de él, el diluvio o el incendio neroniano.

El ingenuo y filomortuorio alcalde alemán sólo pensaba en los discursos, las coronas florales, los acordes de ocasión y las lágrimas de sus conciudadanos. Chávez, que desea un final más dramático, como un bogotazo, debe ser convencido de que tendrá honores militares como teniente coronel para cuando muera -que ojalá sea a una edad provecta-, pero fuera del poder.

Así nos ahorraríamos la destrucción total de Venezuela.

rjsandia@hotmail.com

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Román José Sandia

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