Caracas, Jueves, 24 de abril de 2014

Sección: Política

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Monagas y Chávez

Fernando Spiritto

Domingo, 7 de septiembre de 2003



Cambio, democracia y desarrollo económico

Cualquier sistema político, no importa la época o el país de que se trate, genera fuerzas transformadoras que deben ser absorbidas eficientemente a riesgo de que el sistema colapse para dar paso a un nuevo arreglo.

Tradicionalmente, ha sido la democracia y el desarrollo económico los factores generadores y encauzadores del cambio. La primera canaliza el conflicto y garantiza la convivencia social. El segundo eleva el bienestar material de la gente y reduce en el largo plazo las fuentes potenciales de conflicto. Democracia y desarrollo económico “filtran” los efectos sociales provenientes del aumento poblacional, las influencias externas, la mayor productividad proveniente de la innovación tecnológica, los cambios estructurales de la economía (desarrollo urbano vs. rural), o la preeminencia de las masas en la política. Las llamadas “rupturas históricas” que observamos en las historias nacionales tienen normalmente como causas subyacentes algún cambio económico o político que permea todo el tejido social.

De las varias rupturas históricas experimentadas por Venezuela, dos muestran sorprendentes similitudes, especialmente en lo que tiene que ver con los personajes que dominaron el país una vez que se restableció el equilibrio político. Nos referimos a la caída de la llamada Oligarquía Conservadora en 1848 y al colapso de la democracia puntofijista en 1998. De ambos sucesos históricos surgen José Tadeo Monagas y Hugo Chavéz, respectivamente, como los caudillos de turno. Ambos personajes significaron para Venezuela la destrucción de sus instituciones, el aumento de la miseria y la violencia política. Su poco talento y la ambición desmedida impidieron que el país encauzara los cambios económicos y sociales presentes en ambos momentos históricos. Mas que ser los culpables de sus males, el “pecado” histórico de estos dos hombres consistió en empujar al país por el camino incorrecto, por la senda del personalismo y el atraso económico, cuando lo conducente era incluir a los distintos sectores en el proceso político y fomentar el desarrollo económico. Al final, Monagas guió la nación hacia la guerra civil. Chávez ha intentado lo mismo mediante el propósito deliberado de polarizar a la sociedad en revolucionarios y anti-revolucionarios, oligarquía y pueblo, pobres y ricos. Todavía está por verse las consecuencias de esa criminal conducta política.

Aunque no es correcto extraer lecciones lineales que puedan aplicarse en cualquier situación histórica, los períodos en consideración muestran algunos paralelismos dignos de ser resaltados. Repasemos cuáles son esos paralelismos con la esperanza de que el desenlace del primero período (la guerra entre hermanos) no se repita en la Venezuela de comienzos del siglo XXI.

José Tadeo Monagas y el fin de la oligarquía conservadora

Se conoce como la oligarquía conservadora a la etapa de la historia venezolana comprendida entre 1830 y 1848. El término de debe a José Gil Fortoul, quien en su extraordinaria Historia Constitucional de Venezuela habló de oligarquía porque “la clase social menos numerosa se arroga la gobernación del Estado. Por la Constitución de 1830 se requería ser propietario o rentista para gozar de los derechos políticos” (1). La Oligarquía Conservadora estaba conformada por los hombres e intereses que ayudaron a José Antonio Páez en 1830 a consumar la separación de Venezuela de la Gran Colombia. Agrupó a los beneficiarios del nuevo orden, básicamente los militares que hicieron la independencia y civiles ilustrados que rodearon a Páez para construir un sistema contrario de la participación popular en la política y partidarios del libre mercado.

De acuerdo con Elías Pino Iturrieta, la palabra oligarquía es usada por primera vez en los documentos de la “Revolución de la Reformas” en 1835 cuando una facción de militares intentó derrocar al Presidente José María Vargas. El término se incorporó definitivamente al léxico político venezolano gracias al verbo encendido de Antonio Leocadio Guzmán y sus liberales, donde destacan Ezequiel Zamora y Antonio Guzmán Blanco (2).

No obstante su marcado carácter censitario, la Oligarquía Conservadora es considerada por la historiografía nacional, tal vez influenciada excesivamente por la obra de Gil Fortoul, como una época de gran avance institucional y estabilidad política. A pesar de su sesgo excluyente y las habituales explosiones de violencia política, donde sobresale la mencionada Revolución de las Reformas, el sistema funcionó por un tiempo y logró restañar parcialmente las profundas heridas que dejó la Guerra de Independencia. Como prueba de lo anterior, podemos citar a Ramón Díaz Sánchez quien reseña en su extraordinario libro Guzmán Elipse de una Ambición de Poder el ambiente reinante en la Caracas de 1840. Allí, nos dice, “la satisfacción de vivir se refleja en los rostros de las gentes que parecen encontrarle sentido a la vida. Hay dinero no sólo para llenar las primarias necesidades de la existencia, sino para las cosas superfluas que la embellecen” (3).

La Oligarquía Conservadora arroja un balance positivo si se le compara con los años de guerra y pobreza que vendrán posteriormente. La tarea de crear un nuevo Estado se encaró con entusiasmo. Al menos de manera nominal, la idea del Estado de Derecho tendió a prevalecer en la mayoría de los actos de gobierno así como la idea del manejo transparente de las finanzas públicas. José María Vargas y Carlos Soublette son ejemplos de una honestidad poco común entre los presidentes venezolanos. La Constitución de 1830 gozó de amplio consenso al punto que, después de la de 1961, fue la de mas larga vigencia en la historia del país.

La postración económica generalizada es el rasgo distintivo del siglo XIX venezolano. La Oligarquía Conservadora hizo serios intentos para revertir tal situación, aunque sin obtener los resultados esperados. Los gobiernos conservadores intentaron fomentar el bienestar material mediante políticas concretas en materia de inmigración y construcción de infraestructura. Igualmente, fomentaron la inversión privada eliminando impuestos (diezmo y estancos) y protegiendo a los acreedores como forma de atraer capitales extranjeros (Ley del 10 de abril de 1834). Es digno de mencionarse la acción de la Sociedad de Amigos del País, creada por Páez en 1829 y cuyo primer presidente fue José María Vargas. Esta sociedad tuvo como objetivo, en palabras de Vargas, “el bien privado y público, procurando ya dar extensión y mejoras a la educación y al fomento de la agricultura, comercio y artes…” Gil Fortoul no duda en hacer un balance positivo del período: “Gracias a una administración honrada y prudente, y a pesar de cuatro revoluciones (la de Monagas, la de Gabante, la de las reformas, y la de Farfán) la prosperidad material de Venezuela había crecido rápidamente desde 1830” (4).

Como ha demostrado Asdrúbal Baptista (5), durante el período en consideración, la actividad económica, las exportaciones y el gasto público, si bien no aumentaron rápidamente como sostuvo Gil Fortoul, si lo hicieron de manera constante. Tal vez fue la mejora incremental y no la mejora en términos absolutos lo que explica las citas optimistas de Díaz Sánchez y Gil Fortoul. El intento por disminuir el papel del Estado para dar paso a los intereses privados pareció funcionar los primeros años, pero pronto los avatares de la guerra y los altibajos de los mercados internacionales se hicieron sentir con fuerza.

Las guerras internas fueron el principal obstáculo para impulsar el desarrollo material de la nación. Las pérdidas humanas, la destrucción material y la falta de un “ambiente propicio para la inversión”, como se diría ahora, no requieren mayor explicación. Adicionalmente, la presión sobre las finanzas públicas que la violencia significaba impidió un mayor rol del Estado como promotor del desarrollo. Un editorial de El Liberal citado por Díaz Sánchez 6 observa que con lo gastado por el gobierno para hacer frente a los levantamientos de 1836 y 1837 se hubiera podido pagar la deuda externa e interna de la República.

Los mercados internacionales también contribuyeron a deteriorar la situación del país. Los precios del café y el cacao disminuyeron acentuadamente en 1843 luego de varios años de lento deterioro. Miles de agricultores, ya de por si endeudados, cayeron en la ruina y el Estado vio mermado sus ingresos fiscales como resultado de la disminución de los derechos de importación y exportación. La miseria se extendió rápidamente. El debate sobre las causas y los culpables de la crisis dio a la agitación liberal, liderizada por Antonio Leocadio Guzmán, un impulso formidable. Se habló entonces de la escasez de mano de obra y la inexistencia de caminos; de los efectos de la Ley del 10 de abril de 1834 que afectaba a los deudores; del gasto excesivo del gobierno en apoyar al Banco Nacional en lugar de hacerlo con los agricultores arruinados, y de muchos otros argumentos que pueden consultarse en los libros ya citados. En todo caso, a mediados de la década de los cuarenta Venezuela era una caldera a punto de estallar.

La crisis proveyó el escenario adecuado para que los liberales tomaran la iniciativa. Antonio Leocadio Guzmán ejerció el liderazgo sobre la base de su genio propagandístico y agitador. Los liberales eran un grupo de aguerridos políticos que solicitaban el cambio de la elite gobernante para dar paso a nuevos hombres en el gobierno. Nunca cuestionaron la Constitución de 1830 y su proyecto político y económico no difería radicalmente del proyecto de los conservadores en el poder. Predicaban con mayor fuerza la profundización de la democracia en cuanto a la instauración del sufragio universal, la libertad de expresión, la abolición de la pena de muerte y la abolición de la esclavitud. Tenían menos confianza que los conservadores en las bondades del libre mercado y proponían, tal vez instintivamente, una mayor intervención del Estado en la economía. La idea de pueblo como sujeto activo del proceso político se hizo presente por primera vez en nuestra historia, aunque en la forma demagógica con la que el partido liberal la presentaba

Los liberales interpretaron las elecciones de 1846 como la oportunidad para tomar el poder. La agitación crecía a medida que se acercaban las elecciones. La efervescencia social desembocó en la violencia. Las cosas se le fueron de las manos al candidato liberal Guzmán. Se produjo la insurrección a lo largo del país, generándose toda clase de tropelías. Ezequiel Zamora en el bando liberal mostró entonces los dotes de militar que lo convertirán en héroe durante la Guerra Federal. El gobierno conservador de Soublette reprimió la revuelta y responsabilizó a Guzmán de lo sucedido. En las elecciones triunfó José Tadeo Monagas gracias al apoyo conservador (de Páez, en particular) lo que resulta difícil de explicar en el momento, puesto que existían otros candidatos conservadores con mayores méritos como el Coronel José Félix Blanco y el General Bartolomé Salom (7).

José Tadeo Monagas restituyó (al menos hasta 1853) el equilibrio político perdido a raíz de la agitación liberal. Electo con el soporte conservador, pronto les da la espalda y asume el programa liberal. El choque con el Congreso se hizo inevitable dado que los conservadores tenían allí la mayoría. Se produjeron así las terribles jornada del 24 de enero de 1848 cuando la turba Liberal-Monaguista asalta el Congreso dejando un lamentable saldo de muertos y heridos. A partir de ese momento Monagas impone una autocracia que acaba con el avance institucional y el respeto al Estado de Derecho que venía disfrutando el país desde 1830. Con Páez a la cabeza, el partido conservador tomó las armas para ser derrotado por Monagas y desaparecer definitivamente de la historia política de Venezuela.

Terminó la Oligarquía Conservadora para dar paso a una autocracia caudillista. Entre 1848 y 1858 José Tadeo Monagas y su hermano José Gregorio se alternaron en el poder para crear lo que entonces se llamó la dinastía monaguista. La profundización de la democracia que prometió el partido liberal no se materializó debido al triunfo de los caudillos. Durante esos años, el país de debatía entre el gobierno deliberativo, como bien lo describió Augusto Mijares, y el gobierno de la fuerza que personificaban hombres de guerra como José Tadeo Monagas. De poco sirvieron los avances institucionales, los intentos por crear un ejercito profesional y los ambiciosos planes económicos para darle estabilidad política al país. Los gobiernos conservadores no pudieron asimilar los embates de la crisis económica ni absorber las demandas populares que el partido liberal pretendía representar.

Monagas consolidó su poder debilitando al ejercito establecido y aplicando el terror contra sus adversarios. Redujo el número de efectivos regulares y reforzó a los caudillos regionales que lo apoyaban. Debilitar al ejercito era su prioridad porque no le convenían sectores vinculados al estatus conservador. Los terribles sucesos del 24 de enero fueron una muestra de su estilo político que consistía en aplicar violencia a la oposición por medio de bandas armadas leales al hombre fuerte. Ni siquiera las cátedras universitarias escaparon a las arbitrariedades del poder. Mediante leyes punitivas como la del 7 de abril de 1849 se aterrorizó a los empleados públicos y judiciales con amenazas que aseguraran su “constante adhesión al gobierno”. Como punto culminante de su personalismo, hizo derogar la Constitución de 1830 para eliminar las disposiciones anti-reelecionistas del presidente al menos para el período constitucional inmediato. La Constitución monaguista de 1857 reflejó la total sumisión del Poder Legislativo al Ejecutivo, hecho consumado el 24 de enero de 1848.

José Tadeo Monagas presidió la quintaesencia de lo que podemos llamar el mal gobierno. A diferencia de la autocracia de Antonio Guzmán Blanco, Monagas no aportó ningún avance material o institucional que compensara el personalismo extremo de su gobierno. La abolición de la esclavitud, que su hermano José Gregorio hizo aprobar en 1854, no redundó en beneficio de las masas de por sí ya depauperadas que poblaban este territorio. La medida respondió a un cálculo político que buscaba atacar a los conservadores, bien arrebatándoles una bandera popular, bien afectándolos como propietarios. En el mismo sentido, la abolición de la pena de muerte por delitos políticos y la aprobación de otras leyes humanitarias fueron letra muerta en un país acostumbrado a la violencia. Los delirios autoritarios de Monagas llegaron al extremo de establecer como día de fiesta nacional, mediante ley del Congreso, a las terribles jornadas del 24 de enero de 1848 fecha en la cual, nos dice uno de los considerandos, “supo el pueblo espontáneo y valientemente recobrar su dignidad sosteniendo los fueros de la libertad”. Curiosa forma de calificar el asesinato de diputados y el sometimiento del cuerpo legislativo a la voluntad del caudillo.

Monagas ignoró los grandes problemas del país que se venían discutiendo desde 1830. La inmigración, los caminos, la educación, la reforma judicial, la autonomía municipal, el fomento a la industria, el correo, las aduanas, por solo nombrar algunos temas desarrollados por Antonio Leocadio Guzmán, entonces Ministro de Monagas, en su famosa memoria al Congreso de 1849, brillaron por su ausencia en la gestión del caudillo. “José Tadeo era incapaz de comprender vastos planes de transformación social y política. Vivía bajo la obsesión del poder, y no tenía pensamiento sino para averiguar el medio de conservarlo”.(8)

Las políticas de los Monagas tuvieron efectos devastadores en la economía nacional. La guerra quebró las arcas oficiales y aumentó la deuda interna. Al final del gobierno, el 40% de los ingresos fiscales se dedicaba al pago de la deuda.9 Siguiendo recomendaciones liberales, se pasó de un régimen de total protección al acreedor, derogando la famosa ley del 10 de abril de 1834, a uno de total protección al deudor consagrado en la ley del 28 de abril de 1848. Esta ley desestimuló todavía más la inversión privada y ocasionó protestas de potencias extranjeras. En 1849 el gobierno modificó la ley para asumir el costo fiscal de pagar a los acreedores que no quisieran acogerse al período de espera, con el consiguiente peso adicional en el presupuesto de la nación.

El sector agropecuario sufrió las más duras consecuencias de la violencia y la turbulencia económica. Las penurias fiscales obligaron al gobierno a financiar la guerra mediante confiscaciones. El ganado fue el primer objetivo. Si a la acción confiscatoria del gobierno se suma el robo por los bandoleros que asolaban los caminos del país, entenderemos la casi desaparición de la ganadería durante el régimen monaguista. A lo anterior se sumó el incentivo de los ganaderos a sacrificar el ganado para evitar la confiscación o el robo. Como observa Mathews10 entre 1845 y 1855 la exportación de cueros se duplicó, lo que indica la tendencia de los ganaderos a sacar rápido provecho del animal en lugar de utilizar la carne para el comercio regular en el mercado interno.

La gestión económica del “monaguismo” fue desoladora. En los datos aportados por Asdrúbal Baptista, observamos cómo la derrota de los conservadores en 1848 y 1849 otorgaron a Monagas algunos años de paz que impulsaron el nivel de actividad económica (NAE) hasta 1855. Ese período de paz terminó en 1853 y 1854 con el reinicio de las rebeliones liberales, cuyos líderes se pasaron definitivamente a la oposición por la exclusión a que fueron sometidos por el régimen autoritario. A partir de 1855, año en que comienza el segundo gobierno de José Tadeo, hasta 1859, primer año de la Guerra Federal, el NAE disminuyó la asombrosa cifra de 42%.

Al final, el desastre económico y el caos político que generó el personalismo de Monagas dio vida a una formidable coalición (“la Fusión”) entre conservadores y liberales que en la coyuntura unieron fuerzas para insurgir contra el caudillo. La “Revolución de Marzo” de 1858 fue un raro episodio de unión entre antiguos rivales. El personalismo de Monagas se las arregló para alinear en su contra a todo el espectro político de su época. Los conservadores Manuel Felipe de Tovar y Fermín Toro hicieron causa común con los liberales Julián Castro y Antonio Leocadio Guzmán, por solo nombrar a algunos destacados representantes de ambos bandos. Bastaron trece días para que la revolución triunfara. El hombre fuerte renunció mansamente ente los primeros signos de violencia.

En suma, Monagas dio rienda suelta al caudillismo enervante que tanta tragedia causaría en los años siguientes. En lo que resta del siglo, la política tumultuaria será la norma hasta que los andinos, a principios del siglo XX, someten a los caudillos e inician la integración del país y la construcción del Estado Nacional.

Hugo Chávez y el fin de la democracia puntofijista

Ciento cincuenta años después, en 1998, la democracia puntofijista llegó a su final entregando el poder a otro caudillo.

Si la Oligarquía Conservadora es objeto de elogios por sus logros institucionales en la etapa fundacional de la República, el sistema instaurado en 1958 sobresale por haber consolidado la democracia en el país. La democracia puntofijista puede reclamar para sí, especialmente en el período 1958-1978, una larga lista de éxitos poco comunes en la historia política de Venezuela. Hacemos el corte en 1978 porque en ese año terminó el largo período de expansión económica y progreso social, que con algunas interrupciones como la crisis fiscal y cambiaria de1960-1961, venía experimentando el país desde los años sesenta. A partir de 1958, la democracia logró la neutralización del militarismo caudillista tan enraizado en la cultura política del país. Los partidos dominantes ordenaron el juego político con base en reglas claramente establecidas y supieron acomodar sus diferencias no dejando espacio al sectarismo suicida que terminó con el trienio adeco de 1945-1948. El sistema absorbió las perturbaciones iniciales causadas por la crisis económica de principio de los años sesenta, la violencia guerrillera y el golpismo en las fuerzas armadas. Los militares aceptaron su papel como subordinados al poder civil. Gracias a la exportación petrolera hubo crecimiento económico a niveles poco comunes en el ámbito mundial y mejoras sociales de la población en casi todos los aspectos. La democracia venezolana fue un ejemplo de estabilidad en un continente azotado por las dictaduras militares en las décadas del sesenta y setenta del siglo XX.

No obstante, la democracia puntofijista no sentó las bases para el desarrollo y estabilidad permanentes. Nuevamente, el sistema no supo manejar el cambio mediante más democracia y crecimiento. La renta petrolera disminuyó, con relación al tamaño de la economía y la población, así como por la creciente incapacidad administrativa del gobierno para manejarla. Paralelamente, el fallido énfasis en desarrollar empresas públicas, el proteccionismo, el deterioro de la infraestructura, la fuga de capitales, y la turbulencia política (especialmente a partir de 1989) impidieron el desarrollo de una economía privada productiva y exportadora. La consecuencia más visible de ese proceso fue el crecimiento exponencial de la pobreza, producto del colapso de la inversión, el consiguiente aumento del desempleo, la disminución del poder adquisitivo de la población debido a la inflación y el deterioro de los servicios públicos y el sistema educativo.

Al igual que la Oligarquía Conservadora, la democracia puntofijista terminó ignominiosamente en las manos de un caudillo intoxicado de poder. Los avances económicos e institucionales alcanzados entre 1958 y 1978 no fueron suficientes para evitar el avance de un proyecto autoritario. Los grandes datos económicos y sociales muestran un fracaso rotundo del sistema entre 1978 y 1998. Así, en 1977 el porcentaje de personas consideradas como pobres abarcaba al 33% de la población mientras que en 1997 esa cifra había aumentado al 67.2%11. En 1978 la tasa de desempleo era de aproximadamente 4% mientras que en 1998 alcanzaba el 11%. En 1978 el sector informal abarcaba a menos del 30% de los trabajadores, mientras que en 1998 los trabajadores informales eran cerca del 48% del total.12 Entre 1982 y 1998 el salario real se redujo 70%.(13)

Paralelamente, el régimen de partidos imperante desde 1958 perdió legitimidad por su fracaso en producir resultados materiales concretos y representar adecuadamente a las mayorías. Los partidos dejaron de ser mediadores entre la población y el sistema político para convertirse en agencias de distribución de prebendas a sus miembros. En los últimos veinte años de la democracia puntofijista, hubo escaso crecimiento económico, inflación, devaluación, endeudamiento y problemas fiscales que impidieron un papel más activo del Estado en la economía.

Se hicieron varios intentos serios por reformar las instituciones de la democracia. En 1984 el Presidente Jaime Lusinchi nombró la Comisión Presidencial para la Reforma del Estado (COPRE), que promovió varios cambios importantes en materia electoral y de descentralización. No obstante, el esfuerzo no fue suficiente para revertir la deslegitimación política.

Al igual que en 1846, cuando los liberales encarnaron las fuerzas del cambio contra la elite conservadora, el liderazgo del sistema no supo encauzar las transformaciones y perturbaciones presentes en el país. A las revueltas liberales contra la Oligarquía Conservadora del siglo XIX siguió José Tadeo Monagas y la terrible Guerra Federal. Al rechazo generalizado del sistema político partidista instaurado en 1958, siguió el movimiento surgido de los alzamientos militares de 1992 y el proyecto centralizador, militarista y arcaico del Teniente Coronel Hugo Chávez.

En las elecciones de 1998 el candidato Chávez aprovechó el desequilibrio político creado por el descontento popular y llegó al poder por vías legales. Asumió la presidencia con la firme intención de acabar con lo establecido y sustituirlo con un sistema que nunca pudo (ni ha podido) definir con claridad. Fue muy claro en decir durante la campaña electoral que su proyecto “es holístico, integral, que parte del reconocimiento de que aquí se dañaron las estructuras, en todas sus partes. Y estamos convencidos que, en consecuencia, la solución aquí es total, no por partes. No es aquella versión cartesiana, de vamos a empezar por un pedacito, por unas parte, para ver como vamos arreglando parte por parte. Y creo que esa es una condición necesaria para que haya un proyecto viable, que abarque lo económico pero también lo político, lo social, lo cultural, lo educativo. Y estamos trabajando tratando de cubrir esa visión global”14.

La acción de gobierno de Hugo Chávez entre 1999 y 2003 se adapta perfectamente al reproche que Augusto Mijares le hizo a los caudillos venezolanos del siglo XIX por su desmedida afición a los “grandes planes” en lugar del trabajo cotidiano y concreto. Mijares expresó su convicción de que la “justicia social ha de venir en estos países por medio de adquisiciones concretas, aunque parciales, antes que por ambiciosas y radicales “definiciones”, que muy a menudo fracasan por la falta de la organización básica que debe acompañarla”15.

En efecto, Chávez lideriza un proceso abstracto, que bajo la etiqueta de “Revolución”, no ha sabido dar solución a los miles de problemas que aquejan a los venezolanos. Es un gobierno incapaz en lo administrativo, corrompido y sin talento para producir e implementar políticas públicas. Lo único consistente en la acción de Chávez ha sido su empeño en concentrar el poder en su persona como si ello por sí sólo fuera suficiente para resolver los problemas del país. Así lo demuestra la famosa carta de 1999 a la entonces Corte Suprema de Justicia16, las leyes habilitantes aprobadas a su gobierno y la misma Constitución de 1999 que es la más acabada expresión del presidencialismo en América Latina (17).

Al igual que Monagas en su tiempo, Chávez está obsesionado con el poder y se aferra a él en medio de un país que se cae a pedazos18. La noción del mal gobierno se puede aplicar sin problemas a su administración, no sólo por su fracaso evidente en solucionar los problemas de la gente, sino también por haber polarizado el país políticamente, haber creado un ambiente poco favorable al desarrollo económico, debilitar instituciones claves como la Fuerza Armada y Petróleos de Venezuela y haber atentado contra la división de poderes, esencia de la democracia, al punto que durante la Quinta República no existen instituciones contraloras independientes.

La adicción al poder, la práctica autoritaria y un conjunto de ideas políticas y económicas anacrónicas, en estos tiempos de globalización y revolución tecnológica, acentúan en Chávez los rasgos caudillescos típicos de un gobernante del siglo XIX venezolano. Por ejemplo, Chávez parece tomar literalmente aquella conseja zamorana de “tierra y hombres libres”. Sus incontables declaraciones públicas y sus programas de desarrollo económico reflejan una predilección por las unidades de autoconsumo ligadas a la posesión de la tierra y bajo la tutela del Estado como el centro de las políticas económicas. Conucos, cooperativas, huertos organopónicos, gallineros verticales, rutas de la empanada, etc, son presentados constantemente en sus discursos como formas eficientes de producción que pueden generar bienestar para la población. Son éstas ideas sin sentido en las sociedades modernas, donde las unidades de producción asumen distintas formas y deben enfrentar complejas realidades tecnológicas, regulatorias e internacionales ausentes en Venezuela durante el siglo XIX.

La prestigiosa revista The Economist sintetizó de manera menos informal el proyecto chavista: “Ni socialista ni comunista. Al contrario de Fidel Castro Hugo Chávez no propone la abolición de la propiedad privada. Pero el sector privado que él tiene en mente consiste en enclaves de inversión extranjera y pequeñas firmas dependientes del Estado. Ninguno podría amenazar su control del poder”. (6-2-2003).

Pero si de comparar a Chávez con caudillos decimonónicos se trata, el mejor punto de referencia es José Tadeo Monagas.

Ambos caudillos accedieron al poder luego del fracaso de arreglos políticos que, aun siendo exitosos durante largos períodos, no fueron capaces de lograr estabilidad en el largo plazo y evolucionaron hacia nuevos esquemas que causaron enormes perturbaciones a la sociedad. El caudillismo surgió en América Latina cuando el orden colonial se derrumbó sin dar paso a una nueva situación de fuertes instituciones políticas. La ausencia de un poder central fuerte dio origen a un orden político basado en el personalismo y la violencia. El caudillismo es un rasgo bastante frecuente en las llamadas “transiciones políticas” porque la debilidad y descrédito de las instituciones del viejo orden invitan a la acción directa por parte de individuos ambiciosos y masas decepcionadas. Cambiando lo cambiable, la crisis del orden existente se manifestó también en 1848 y 1998 debido al descrédito de las viejas instituciones. La Oligarquía Conservadora y la democracia puntofijista crearon las condiciones para la aparición de fuertes personalidades que ante la debilidad de las instituciones existentes pudieron imponer su voluntad sin límites u obstáculos institucionales.

Así se explican las múltiples coincidencias que observamos en la conducta de Hugo Chávez en el poder con la de José Tadeo Monagas. En primer lugar, Chávez no tiene un proyecto político que defina con claridad el país que quiere y los medios para alcanzarlo. Su único propósito es concentrar el poder y eliminar a sus adversarios. Como presidente, le ha dado la espalda a los grandes temas de su época tal como Monagas lo hizo en su tiempo (Ver cita número 8). La administración pública chavista es la más ineficiente en la historia reciente del país. Sus logros son simples recursos retóricos utilizados por el presidente en sus interminables discursos, especialmente los relacionados con el combate a la pobreza. Así como la democracia puntofijista implementó políticas públicas de largo plazo (industrialización, reforma agraria, desarrollo del sur, aumento del gasto social) el gobierno chavista no ha sido capaz de plantear ideas transformadoras ni darle continuidad a las pocas iniciativas que ha tomado (el eje Orinoco-Apure, por ejemplo, fue tan solo otro eslogan para discursos sobre política económica).

El caudillo, por definición, no incrementa su poder mediante el buen gobierno. No le interesa el día a día de la administración pública ni hace seguimiento a los programas que ésta implementa. Es más fácil, y requiere menos talento, la intimidación del adversario. El chavismo ha propiciado el uso de bandas armadas para atacar a la oposición y ha hecho del amedrentamiento su principal herramienta de lucha política. De manera parecida a los grupos que asaltaron el Congreso el 24 de enero de 1848 o a los llamados “lincheros” que sembraron el terror en Caracas durante el gobierno de los “azules” (1868-1870)19, los famosos círculos bolivarianos han sido organizados y financiados por el gobierno chavista para aplicar violencia y reprimir en las situaciones donde no es posible hacerlo con las fuerzas de seguridad del Estado.

La Constitución, por supuesto, es el principal obstáculo al poder absoluto. Es el límite institucional al personalismo. Por eso Hugo Chávez hizo de la Constitución de 1961 su principal objetivo político. En un gesto sin precedentes, la llamó “moribunda” en la juramentación como presidente de la república. Toda su energía y capital político fueron utilizados durante 1999 para obtener una constitución a la mediada de sus deseos. Contrario a las tendencias mundiales, aumentó el período presidencial a 6 años y permitió la reelección de forma inmediata. Algo parecido hizo José Tadeo Monagas con la constitución de 1830. En 1857 hizo aprobar una constitución que le aseguraba la reelección y que también aumentaba el período a 6 años. Llegó a nombrar a su sobrino y yerno, el coronel Francisco Oriach, como vicepresidente, confirmando así la fuerte tendencia de los caudillos al nepotismo. El padre y los hermanos de Chávez son igualmente “hombres fuertes” del régimen.

El caudillo necesita símbolos, dado su personalismo y la ausencia de éxitos en su gestión de gobierno. Monagas y Chávez sacralizaron hechos terribles para la democracia venezolana y los presentaron como hitos trascendentales en la historia nacional. El 24 de enero de 1848 y el 4 de febrero de 1992 significaron el retroceso de la institucionalidad democrática. En el primer caso, el parlamento se convirtió por más un de siglo en un simple instrumento del caudillo en el poder. En el segundo caso, el país se sumió en una grave crisis de gobernabilidad que acabó con 40 años de tradición civilista en la política y arruinó la economía. Monagas hizo aprobar una ley estableciendo al 24 de enero como fecha patria. Chávez organizó desfiles militares y concentraciones populares para celebrar un golpe de estado.

Monagas y Chávez generaron formidables coaliciones opositoras. A Monagas se le opuso todo el espectro político de su época, es decir, conservadores y liberales por igual. La reacción en su contra estalló el 3 de marzo de 1858 y el 15 de ese mismo mes presentó la renuncia “mansamente” ante el congreso “en términos que por su apariencia noble y sensata merecerían el elogio incondicional de la historia si los hubiera empleado en otras circunstancias, no cuando por su culpa estaba entre la espada y la pared”20.

Chávez también generó una “fusión” en su contra. En abril de 2002 la sociedad reaccionó con fuerza ante un gobierno contrario a los valores democráticos imperantes. Casi todo el espectro político del país se opuso al régimen chavista, de la misma forma que se le opuso a Monagas en 1858. El mal gobierno generó un frente opositor donde participaron empresarios, trabajadores organizados, Iglesia, medios de comunicación, partidos políticos, sectores militares descontentos y pueblo movilizado. Chávez no fue expulsado permanentemente del poder por razones que van más allá del objetivo de este ensayo21, pero el frente opositor continúa activado, esperando nuevas oportunidades.

A mediados del año 2003 la oposición al gobierno de Hugo Chávez apostó a la solución de la crisis política mediante la salida del referéndum revocatorio. Sólo el tiempo dirá cuál camino tomará el país en la encrucijada en que se encuentra: o la violencia, tal como la que vivimos durante la Guerra Federal, o la transición pacífica a situaciones mejores al estilo de 1958.

Conclusión

Tanto la Oligarquia Conservadora como la democracia puntofijista muestran éxitos innegables a la hora de hacer sus respectivos balances históricos. Su estabilidad inicial se debió en parte a la existencia de liderazgos fuertes como los de José Antonio Páez, en el primer caso, y la elite partidista de Acción Democrática y Copei, en el segundo. En ambos períodos históricos los principales actores políticos mostraron una clara voluntad para alcanzar consensos, pactar y mostrar tolerancia ante posiciones distintas22. La Constitución de 1830 fue un compromiso entre bolivarianos y paecistas, entre centralistas y federalistas, para alcanzar estabilidad en la naciente república, cuyo régimen político se calificó como centro-federal. En 1958, igualmente, los partidos evitaron los excesos sectarios del trienio 1945-1948, buscaron el consenso y establecieron pactos para estabilizar la naciente democracia. Se hicieron importantes esfuerzos por instaurar el Estado de Derecho y la alternabilidad democrática. Los brotes militaristas como la Revolución de las Reformas y los alzamientos militares durante el gobierno de Rómulo Betancourt fueron controlados aunque, no eliminados permanentemente.

Sin embargo, la Oligarquía Conservadora y la democracia puntofijista no pasaron la prueba del largo plazo. Monagas y Chávez fueron el resultado de arreglos o sistemas políticos que no supieron asimilar los cambios de un entorno que se fue haciendo cada vez más complejo; cuyas elites no tuvieron la capacidad para solucionar los problemas que se iban acumulando y mucho menos tuvieron la previsión de reformar profundamente el sistema y propiciar una renovación del liderazgo. Tal situación sirvió de escenario a hombres ambiciosos cuya prioridad fue la acumulación del poder por el poder y no a través de la implementación de programas que propiciaran cambios positivos. El resultado fue la violencia política y la ruina económica del país. Por ello no es posible, por ejemplo, comparar a Chávez con Antonio Guzmán Blanco, otro gobernante personalista y autoritario, pero con un innegable talento administrativo como lo demuestra su obra de gobierno.

Los caudillos en el poder muestran conductas similares en muchos aspectos derivadas del hecho que su voluntad es la ley suprema y que desprecian cualquier limite institucional a su poder. En ese sentido, Monagas y Chávez no comparten rasgos que le son exclusivos. Las “similitudes” entre ambos caudillos serían más bien consecuencias obvias de cualquier proceso político que se basa primordialmente en la voluntad de un hombre cuyo objetivo explícito es aumentar su poder y negar legitimidad a sus adversarios.

En función de lo anterior es que podemos entender que ambos caudillos presidieran gobiernos fracasados en lo administrativo; que no enfrentaron con voluntad los grandes temas y problemas de sus épocas; que vieron en la constitución vigente el principal obstáculo a su poder; que alargaron el período presidencial y permitieron la reelección afectando así la alternabilidad democrática; que utilizaron bandas armadas como instrumento de lucha política; que presentaron como hechos gloriosos de la historia nacional episodios de nefastas consecuencias para el país, y que generaron amplias coaliciones opositoras sólo posibles como respuesta a un gobierno cuyos valores y prácticas se oponían radicalmente a los de la sociedad.

Desde una perspectiva histórica, Monagas y Chávez representan el hilo conductor de la política venezolana: el caudillismo. A esa tendencia histórica se contrapone la tradición civilista, pluralista y tolerante de la política moderna y representativa, que apenas se impone con fuerza en 1958. El país se mueve entre esos dos extremos. Monagas y Chávez son expresiones de corrientes profundas en la historia nacional. Como ha dicho Ramón J. Velásquez”:…Lo viejo y lo tradicional son las autocracias personalistas. Lo nuevo es la participación de la sociedad civil en el gobierno del país” (23).

El reto consiste entonces en romper el circulo maldito del caudillismo-democracia. Un sistema político que resuelva los problemas de la gente sería una buena forma de comenzar. Tal como dijimos al principio, democracia y crecimiento económico son las herramientas necesarias para realizar la tarea. Se trata de una reto difícil de vencer, pero el país tiene recursos para hacerlo: los valores de la libertad y la convivencia civilizada están enraizados en la población. La democracia puede hacer permanente sus éxitos –nos atrevemos a sugerir- si como primer paso organiza al Estado para que sea más transparente, responsable ante las demandas ciudadanas y logra combatir eficientemente a la pobreza por medio de una política económica que genere crecimiento económico en el largo plazo. Lo demás es suerte y sentido de historia.

Notas

1 Gil Fortoul, José: Historia Constitucional de Venezuela. Ediciones del Ministerio de Educación. Cuarta edición. Tomo II. P. 8.

2 Entre la astucia y la vaciedad, la oligarquía. El Universal, 24-7-2000, P. 1-6

3 Díaz Sánchez, Ramón: Guzmán. Elipse de una Ambición de Poder. Editorial Edime. Madrid, 1976. Tomo II. P. 201.

4 Gil Fourtoul, op cit. Tomo II. P.309.

5 Baptista, Asdrúbal: Una nota sobre el desenvolvimiento de la economía venezolana. Latin American Research Review. Número 3. 1988.

6 Díaz Sánchez, Op cit, Tomo I. P. 225

7 “Páez se había decidido por Monagas porque creía poder someterlo a su voluntad. Pero ni los antecedentes del caudillo oriental, ni otras demostraciones de carácter independiente, que se apresuró a dar antes de haber sido elegido presidente, prometían el triunfo al vergonzoso objetivo de su elector”. Mijares, Augusto: La evolución política (1810-1960). En: Picón Salas, Mariano y otros: Venezuela Independiente. Evolución Política y Social 1810-1969. Fundación Eugenio Mendoza. Caracas, 1975. P. 111.

8 Gil Fortoul, op cit, Tomo III. P. 66.

9 Mattwes, Robert: La Turbulenta Década de los Monagas. 1847-1858. En: Política y Economía en Venezuela. Fundación John Boulton. Caracas, 1976.

10 Mathews, op cit, P. 113.

11 Riutort, Matías: El costo de erradicar la pobreza. En: Pobreza. Un mal posible de erradicar. Volumen 1. UCAB. P. 18

12 Barcia Arufe, José: Democracia, economía y pobreza. MetroEconómica. Informe mensual. Marzo 2003. P. III-6

13 Guevara, Juan Carlos: La educación, una inversión relativa. En: Pobreza, op cit, p. 56

14 Blanco Muñoz, Agustín: Habla el Comandante. Ediciones UCV. Caracas, 1998. P. 521.

15 Mijares, op cit, P. 172.

16 La misiva presidencial es un conjunto de ideas incoherentes y mal redactadas cuyo objetivo es “confirmar ante la honorabilísima Corte Suprema de Justicia el principio de la exclusividad presidencial en la conducción del Estado”. El Universal, 14-4-1999. P. D-4.

17 La Constitución de 1999 le otorga al Presidente de la República un poder mucho mayor al que establecía la Constitución de 1961. Así, por ejemplo, de acuerdo con la constitución vigente, el presidente concede los ascensos militares sin participación de la Asamblea Nacional; puede dictar, previa autorización de la AN, decretos con rango de ley en todas las materias y no sólo en las económicas y financieras como lo establecía la Constitución de 1961; el período constitucional se elevó a seis años con posibilidad de reelección por un período similar.

18 Las cifras oficiales del Banco Central de Venezuela señalan una contracción económica del 8,9% en 2002 y 29% en el primer trimestre de 2003. Se trata de cifras sin precedentes en la historia moderna del país resultado del agudo conflicto político presente desde el año 2002, el paro general de finales de 2002 y comienzos de 2003, y la restricción del acceso a divisas a que se encuentra sometido el sector privado. El desempleo y al pobreza se encuentran igualmente en niveles récord.

19 En 1868 el anciano Monagas regresó al poder a la cabeza de una revolución bautizada como azul, porque ese color supuestamente representaba la reconciliación de los venezolanos. Monagas muere al poco tiempo y su lugar es ocupado por su hijo José Ruperto Monagas que es realmente quien organiza a los lincheros.

20 Gil Fortoul, op cit, p. 89. Tomo III. El texto de la carta puede consultarse en la misma página.

21 “Me rendí el 4 de febrero de 1992 como a las 10 de la mañana y me rendí diez años después, el 11 de abril como a las tres de la mañana; pero si ocurre una tercera vez yo no estoy seguro de que me rinda a pesar de lo que pueda ocurrir” Hugo Chávez Frías. Un hombre, un pueblo. Entrevista de Marta Harnecker. P. 63.

22 Agradezco al Dr. Gustavo Tarre esta observación.

23 El Nacional. 30-12-2001. P. F/1.

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