Caracas, Viernes, 25 de abril de 2014

Sección: Política

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De la Reforma Agraria a la Ley de Tierras

Enrique Prieto Silva

Lunes, 8 de octubre de 2001

No se ha descubierto el agua tibia, ni la fórmula para resolver el problema de la distribución de la tierra, si de eso se trata. Son muchos los años que la humanidad pensante. La que quiere que la revolución industrial y hoy la tecnológico-cibernética, tenga el necesario sustento en la producción del campo o de la tierra (agropecuaria), para generar los alimentos y otros productos necesarios para satisfacer las necesidades básicas y elementales de la creciente población mundial. Lamentablemente se ha desviado el interés solo a la tenencia de la tierra, a ser propietario, sin pensarse en la capacitación para su producción. Es la “indigenización”, “campesinación” o “indigentización” del agro. ¡Que tristeza! ¡Que mala concepción de “soberano”!

Durante nuestro largo periplo en la docencia y en la investigación jurídico-ecológica (ambientalista), hemos estudiado y analizado la situación del campo venezolano y es triste el resultado del estudio: “No hay fórmula de reforma agraria que valga o de resultados efectivos, mientras no eliminemos la conceptualización que antes indicamos. El campo no se desarrollará con reparto de pedazos de tierra y tractores, aplicando métodos agrícolas medioevales, en contradicción con la alta tecnología que se utiliza en el mundo para lograr la eficiencia productiva y cuando compiten en nuestro medio dos competencias gerenciales de producción, una en manos del Estado, la petrolera y otra en manos de los particulares que se atreven a invertir en el campo, con el permanente temor de que el gobierno los expropie para satisfacer el ansia de tierras de los desamparados”. Es el cuento del desempleado que pide un cargo a su compadre Presidente y, ante el requerimiento de éste para que le identifique el cargo que le gusta, le responde: “ese que tiene el individuo que en la banda del Estado, lo único que hace es mover de un lado a otro una varillita”.

El asunto no es la distribución de tierras

La producción minera nunca ha desmayado. Por el contrario, su incremento desde la industrialización petrolera, ha marcado diferencias entre las otras producciones del sector primario de la economía, llegando al extremo de crear una clase social y trabajadora diferente. Soñada por todos y aceptada sin discusión, al menos en Venezuela, que además, ha sido la causa de la debacle en el campo por el éxodo campesino y del olvido de su evolución y cultivo, toda vez que la generación petrolera suplantó las otras fuentes de generación energética, transformando al mundo en un desarrollo creciente de la luz, pero no de las luces. He aquí el problema, que no puede resolverse quitando y dando tierras, mientras se utiliza la industria petrolera para premiar y para satisfacer los anhelos de la corrupción. Vivir y mantener un Estado “saudita” para generar ínfulas de poder con el calificativo de revolución.

La reforma agraria de 1960, en las tres primeras décadas de la aplicación de la Ley, incorporó al campo 170.000 familias. Un número que representó aproximadamente el 50% de los campesinos con derecho a tierra, conforme a la consideración previa hecha por el legislador en 1959.

En un comienzo, los informes sobre el progreso de la Reforma Agraria, arrojaron resultados positivos, que nunca fueron óptimos para el motivo principal de la Ley, la eliminación o reducción del latifundio, a pesar de que el 20% de los 22 millones de hectáreas de tierras afectas al sistema, inventariadas en 1959, fueron expropiadas y utilizadas como dotación a los campesinos que la requirieron. Pareciera que hoy, estuviéramos ante un espejo de esta situación, a pesar de que la historia nos indica que, con la distribución de tierras, solo se cambió de propietario, pero el latifundio se reconstruyó o se dañaron las tierras, motivado entre otras causas: a la desidia del campesino agricultor, que no se hace, sino que nace, al éxodo de éste al medio urbano y la improductividad del campo por falta de vocación y capacitación del adjudicatario, quien solo ve la posibilidad de construir un rancho y contar con la ayuda del Estado para subsistir.

El ejemplo siempre se repite y en el campo, el viejo campesino o industrial del campo vuelve a recuperar sus tierras, bien por abandono del propietario adjudicatario, o porque éste la venda al mejor postor, al convencerse de que sembrar o ser campesino no es tan fácil. Muchos menos ser un productor eficiente, para apoyar la industrialización y el desarrollo deseado por el gobierno. El tractor se acaba y el crédito se consume en sustento, mientras que el campo queda sin semilla y sin trabajo. Es erróneo pensar en una reforma agraria, partiendo solo del reparto de las tierras, con la gravedad de que se utiliza el procedimiento para castigar al propietario, precario o no, quien ha dedicado su vida, su esfuerzo y su trabajo a ser un venezolano progresista, creando una infraestructura o patrimonio familiar no indigente.

Los errores no deben repetirse

No podemos ser enemigos de la reforma agraria, pero verla solo con la óptica del concepto político y populista, como se viene repitiendo, volveríamos a la repetición de la mala implementación que se hizo a partir de 1960, cuando se utilizó la demagogia sindicalista y la aplicación del oportunismo invasor de las tierras en producción, como medio para forzar al gobierno a expropiar y dotar las tierras, sin la aplicación de la técnica prevista en la normativa legal y en los modernos manuales de la agricultura, la ganadería y la agroecología. Lamentablemente hoy, dirigidos por entes gubernamentales ignorantes e incapaces, aupados por el discurso incendiario, oportunista y demagogo del Presidente, quien se ha obcecado con una caprichosa e inconsciente “ley de tierras” que, jamás podrá ser mejor que la vigente Ley de Reforma Agraria.

Los autores, muchos de ellos políticos, hablan de una reestructuración de la reforma, para volverla nuevamente al campesino. Ellos hablan de una reforma agraria radical, integral y efectiva que entregue tierras a los campesinos, les conceda créditos baratos, los concentre en poblados rurales y los salve de los intermediarios. Es un argumento para sostener que sigue vigente la reforma agraria. Sería un ideal entender con ellos, (tal como lo expone el mexicano Alfonso Cebreros en su obra: “La modernización del sector agropecuario: un cambio de paradigma”) que “los principios de la reforma agraria siguen vigentes por encima de su actual desconocimiento, ya que ellos responden al nuevo paradigma del neoliberalismo, el de la integralidad: lo tecnológico deberá acompañarse de lo ecológico; lo económico será tan importante como lo social; los rendimientos productivos dependerán de la combinación de los factores empleados con base en consideraciones agroecológicas y la cantidad se sustentará en la calidad. En suma, cualquier acción deberá tomar en cuenta su interrelación con los otros componentes”.

A nuestro entender, la Reforma Agraria en Venezuela, no ha fracasado totalmente, pero ha adolecido de grandes deficiencias, entre las que podemos anotar como importante, querer mantener la marginalidad intelectual y económica del campesino, como prototipo del sujeto de la Reforma, lo cual pareciera ser la orientación del gobierno actual. No podemos seguir con el criterio de que, cuando un campesino progresa y transforma la actividad productiva del agro en un ambiente de gran productividad tecnológica; se le mire como un contra reformista u oligarca como hoy se le denomina. No podemos seguir pensando que, si el campesino sujeto de la reforma, deja de ser un marginal intelectual, económico y tecnológico; para los ojos de la Reforma Agraria, deja de ser un campesino y por lo tanto, deja de ser sujeto de ella.

No podemos, ni es conveniente, dejar que nuestros políticos y líderes agrarios, sigan identificando el concepto de “campesino” con el de subdesarrollo del agro, ni que se mantenga como visión de progreso el ortodoxo uso de los métodos de producción, relegados sólo al empleo del tractor y a la siembra de productos tradicionales, hoy, cuando la tecnología ha simplificado los métodos de siembra relegando el arado y el riego tradicional, que ha sustituido por la perforación individual de cada plantón, con el consecuente ahorro de semillas, de agua, de abono, de trabajo y la disminución del riesgo agrícola. Este defecto o atraso conceptual debe ser sustituido, ya que de lo contrario, en el mas corto plazo, volveremos a tener los efectos del fracaso de la reforma agraria, la destrucción de siembras y cultivos productivos, el deterioro y depredación de los suelos y ver de nuevo relegado el campesino al uso tradicional del suelo, al empobrecimiento, al abandono del campo y a la renovación del éxodo hacia la gran empresa en que se ha transformado la buhonería.

En consecuencia, resurgirá la toma del campo por las empresas y organizaciones con grandes capitales y avanzadas tecnologías. Ello se constituye en una preferible antireforma necesaria.

E-mail:eprieto@c-com.net.ve

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