Caracas, Sábado, 19 de abril de 2014

Sección: Enfoque Económico

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El caso de Turquia: receta para el desastre economico

Roberto Palmitesta D.

Martes, 13 de marzo de 2001

La reciente crisis financiera en Turquia y la fuerte devaluación que sufrió su moneda trae muchos recuerdos para tantas naciones afectadas por el malestar económico, pero que –inexplicablemente- vuelven a caer repetidamente en los mismos vicios, exponiéndose a nuevas crisis. Analicemos lo que sucedió en Turquia para tratar de derivar lecciones de su dificil situación actual, algo que parecía improbable en una nación que siempre se ha asimilado a Europa (a pesar de estar ubicado en Asia), es miembro de la OTAN desde su creación y recientemente ha solicitado ingresar a la Unión Europea, por lo que su economía se consideraba bastante sólida.

Incidentalmente, su membresía en la OTAN –que quizás puede parecer anacrónico- es un reducto de la guerra fría, pues a principios de los 50 se necesitaba un aliado que colindara con la URSS para ubicar bases aéreas y misilísticas con acceso fácil al vasto territorio ruso-europeo y algunas de sus provincias asiáticas. Turquía cumplía con esos requisitos, a pesar de su errático comportamiento en las dos guerras mundiales, pues en la primera combatió a los aliados (perdiendo la guerra y las vastas colonias del imperio otomano en los Balcanes y el Oriente Medio) y en la segunda se mantuvo neutral, sirviendo de base para el espionaje entre las partes en pugna. Incluso parece extraño que también su eterno archirival, la vecina Grecia, esté junto con Turquía en la OTAN, pero eso no le impidió que invadiera la tercera parte de Chipre para evitar su acercamiento y eventual anexión a Grecia, poniendo en entredicho sus relaciones con Occidente. En la era de Kemal Ataturk, Turquía empezó a modernizarse, adoptando el alfabeto latino y liberalizando su estructura religiosa para no apoyar una religión estatal como antes. Sin embargo aunque el islamismo permanece muy extendido, existe una mayoría musulmana de la secta sunita, contraria a la chiíta que es la base del fundamentalismo que tanta tensión geopolítica está causando en el norte de Africa y Asia desde la revolución iraní.

Con un territorio un 20 % menor que el venezolano, pero con una población que la supera tres veces, Turquía tiene una economía bastante variada, basada en textiles, siderúrgica, maquinaria eléctrica y equipos electrónicos, pero su escasez de recursos energéticos aporta muchas tensiones a su economía, pues la factura petrolera es bastante alta y la reciente triplicación de los precios del crudo obviamente ha empeorado sus problemas económicos. Su ingreso per cápita ronda alrededor de los 3000 dólares anuales (al igual que el de Venezuela), por lo que se le considera un país tercermundista, mayormente debido a su excesiva población, con una densidad tres veces la venezolana, en una geografía bastante accidentada, árida y azotada por frecuentes terremotos.

Pero la similitud más sorprendente con Venezuela es el modo como ha manejado su economía en años recientes, sin contar la constante inestabilidad política que sufre desde hace una década, marcado por a frecuente intromisión militar, por la abundancia e partidos y la dificultad en formar un gobierno estable apoyado por el parlamento. Los partidos islamistas, de reciente data y afiliación creciente, tienen mucha afinidad con el iraní, lo cual ha alimentado algunas facciones extremistas e incluso el terrorismo urbano. La minoría kurda en el este también añade un elemento de violencia por su actitud desafiante e intenciones secesionistas. Sin embargo, Turquía ha apoyado a la coalición en la guerra del Golfo, así como a los dos aliados anglosajones –privó aquí la conveniencia económica- en la imposición de las zonas de exclusión aérea en Iraq, a pesar de que el gobierno iraquí también combate a la minoría kurda alojada en el norte por ser un foco constante de rebelión. Estos problemas políticos, junto con las extendidas prácticas de corrupción administrativa y la rivalidad entre facciones en altas esferas del gobierno y el parlamento, no podían sino precipitar la crisis actual, que es típica de todos los países tercermundistas que no terminan de estabilizarse políticamente y no quieren acogerse a la disciplina fiscal que exige los organismos multilaterales para frenar el deterioro económico y el caos financiero.

En efecto, desde 1999 Turquía estuvo tratando de adaptarse a la receta usual del FMI para tener acceso a sus créditos blandos y así apuntalar su débil economía, marcada por una inflación que se ha acercado al 100% interanual, como sucedió con la tasa venezolana en algunos años de la década de los 90. Igualmente, los bancos derivaban sus ganancias invirtiendo mayormente en bonos del tesoro, en lugar de la concesión de préstamos a inversionistas locales. Incluso, recurrían a créditos de entes occidentales a intereses mucho más bajos, para invertir en bonos gubernamentales. Así se fue creando una economía artificiosa cuyo crecimiento no dependía de la producción sino de la especulación financiera y del aprovechamiento de la devaluación monetaria, que explica tantas fortunas aleatorias pero poco merecidas. El gobierno, al igual que en muchos países azotados por crisis financieras, tuvo que rescatar a una docena de bancos, tomando su control o subsidiándolos, lo cual fue un costo altísimo para el Estado (se habla de 15 millones de dólares diarios), lo mismo que sucedió en la crisis financiera venezolana de los años 90.

Sin el soporte de la productividad y el ahorro, la debacle no pudo sino esperar la catálisis de una crisis política, que no tardó en presentarse gracias a la rivalidad entre el primer ministro (el inefable veterano Ecevit) y el presidente del país. La desconfianza en la economía afectó rápidamente el mercado bursátil y la divisa turca, obligando a una fuerte devaluación de la moneda, la cual fue perdiendo valor contra las el euro y el dólar, en alrededor del 200% en tres años. El ahorro, factor importante para cualquier economía sana, era casi inexistente debido a la inflación pues la gente prefería gastar su dinero antes de que perdiera valor. Además, las tasas pasivas internas eran poco atractivas y estaban siempre detrás de la inflación, mientras eran suficientemente altas para frenar la inversión y el crecimiento económico, de modo que el público prefería tener depósitos en el exterior antes que en los bancos locales.

Así se fue conformando un cuadro de creciente deterioro, similar a muchos casos del tercer mundo. Sin ir muy lejos, la economía venezolana presenta signos igualmente preocupantes, al desanimar el ahorro familiar con bajas tasas pasivas, mientras los bancos hacen la mayor parte de sus ganancias con la compra de atractivos bonos del gobierno, en lugar de recurrir al papel usual de la banca, o sea la intermediación financiera. En fin, vemos en Turquía se repitió el fenómeno típico de tantas economías deficitarias, que dependen mucho de préstamos blandos para seguir funcionando, alimentando así la improductividad, la ineficiencia y la corrupción. El caso de Turquía representa un voz de alerta oportuna para tantos países que van por el mismo camino, incluyendo el venezolano, país monoproductor altamente dependiente del ingreso petrolero y sin una buena base industrial, mayormente debido a la desconfianza en sus erráticas políticas económicas, la tradicional ineficiencia gubernamental y la criticable ansia especulativa de sus empresarios, todo producto de los valores negativos que han prevalecido en las últimas décadas, como lo es la corrupción, la improvisación y el amiguismo.

La lección obvia para los gobernantes es que deberían darse cuenta de la estrecha relación que existe entre la política y la economía, siendo esta última muy sensible a la inestabilidad institucional, los cambios en la legislación, la inseguridad jurídica y la violencia interna, todo lo cual aleja a los inversionistas e impide la reactivación económica. El triste ejemplo de Turquía es uno de tantos que abundan en el mundo subdesarrollado, cuyos países deben madurar políticamente y adaptarse mejor a las realidades sociales y económicas, si realmente desean una mejor calidad de vida para su ciudadanía, especialmente la parte depauperada que sigue muy susceptible a la demagogia y el mesianismo de políticos oportunistas. Esta mejoría cualitativa sólo sucederá cuando las mayorías tomen conciencia de que no pueden seguir indefinidamente dependiendo del paternalismo estatal, y que sólo la integridad, la cooperación, el trabajo y la austeridad pueden sacar a un país de una crisis y enrumbarla hacia mejores niveles de bienestar.

Al mismo tiempo, el liderazgo político y la burocracia, a todo nivel, debe hacer un examen de conciencia y darse cuenta que gran parte de las crisis se debe a la distorsión de sus objetivos y funciones, pues al mismo tiempo que aparentan una engañosa eficiencia y sensibilidad social, en la práctica se dedican principalmente a la perpetuación de sus privilegios, consumiendo el grueso de los recursos públicos mientras las mayorías siguen sumidas en la pobreza y la desesperanza. Pero, tristemente, la intuición y la lógica nos dice que es difícil pedirle soluciones a los sectores poderosos, ya que son poco afectados por la problemática socioeconómica, lo cual explica la persistencia de las crisis del mundo subdesarrollado.

E-mail: Palmit@cantv.net

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