Caracas, Lunes, 21 de abril de 2014

Sección: Cultura

ENVIAR A UN AMIGO  |  ENVIAR AL DIRECTOR

Amo y esclavos

Hector Cóncari

Domingo, 10 de marzo de 2013







   Foto: Google
Más que del maestro, la película se ocupa de su discípulo, por no decir de su siervo. La trama se abre y cierra en torno a Freddie Quell, un veterano de guerra alcohólico, dado a los ataques de ira y por si fuera poco obseso sexual, cuya habilidad para producir un destilado de calidad dudosa, lo acerca a un charlatán y su secta.

Por motivos que la película se cuida de explicar, maestro y discípulo, opuestos radicales, establecen una relación perdurable, a través de años, estados y continentes.

Uno hubiera esperado un film de denuncia sobre la cientología (del denostado L. Ron Hubbard), pero el director Anderson prefiere internarse por caminos menos inmediatos, lo que hace de El maestro una película singular. Solo por momentos la trama hace un esfuerzo por desnudar a Lancaster Dodd como un mercachifle barato, que inventa ejercicios ridículos para lo que él denomina la Causa, un grupo entre filosófico y militante cuyos designios y creencias tampoco son explícitos.

El espectador apenas si atisba la tontería conceptual propuesta por escenas aisladas que llevan al falso profeta (y su esclavo) a la cárcel, o por la inquisición de una alumna demasiado inquieta que pregunta por el reemplazo gratuito entre recordar e imaginar en el corpus doctrinario.

Anderson parece estar más interesado en el seguidor, tal vez porque a diferencia del maestro, es una figura terrible pero vulnerable al extremo, que solo parece poder protegerse en una vuelta imaginaria al útero (de una escultura de arena en la playa, estadio último de lo evanescente), imagen que se repite al comienzo y al final. Entretanto todo es violencia para este personaje que solo busca la protección que, muy deficitariamente, le ofrece el maestro, a contrapelo de los consejos de sus seguidores. Alphonse Daudet definía la rabia como la cólera de los débiles y esta rabia contenida es un posible vaso comunicante entre los dos personajes. En Phoenix es una violencia tosca, epitelial, que aflora a la menor provocación y encuentra su mejor excusa en la defensa del maestro. En Hoffman, la ira es igualmente absurda, pero surge cuando se ve acorralado intelectualmente, desnudado en sus mentiras por gente que percibe más inteligente (acaso, en su visión del mundo, más importante que él).

En el fondo ambos son pobres diablos que no logran insertarse en un país que sale victorioso de una guerra justa. Quell arrastra una historia familiar deplorable y sueña con una novia abandonada, y se entera, en una escena desgarradora, de que ella a su vez lo ha abandonado. Dodd es un recipiente vacío, que solo vive de la pleitesía que le rinden sus acólitos, a los que en el fondo desprecia y que la película, con el mismo desprecio, trata apenas como teloneros. En el fondo ambos se unen porque solo se pueden entender en un contexto de violencia, y lo que los vincula son sus carencias. De alguna manera la película es una nueva exploración de Anderson en algunos de sus temas predilectos.

Hard Eight era, en 1996, una versión menos compleja, de maestro y discípulo en el ambiente del juego en Las Vegas. Boogie Nights era un año más tarde una descripción del porno californiano de los 70 y 80 a través de un grupo humano, cuya cabeza pensante era un titiritero mayor (Burt Reynolds), que le daba la bienvenida a su nuevo protegido (Mark Wahlberg).

Magnolia intercalaba varias historias cuyo denominador común era la soledad, para no hablar del patriarca capitalista de There Will be Blood .

A su manera, todos los personajes de Anderson son mutilados afectivos. El progreso de este maestro está en la destreza con la que el director entrelaza dos soledades en un marco general de colores chillones (una guerra acaba de ser ganada y es tiempo de estridencias) que camuflan un clima de soledad y tristeza singular.

Anderson apunta alto al describir este periplo hueco, por el cual el personaje se da a un mesías barato, que solo puede regresarlo, al filo de los años y la violencia repetida, al mismo lugar del que partió: una playa desierta, con la imagen mentirosa, lejana y débil de una mujer deseada, que se destruye al tocarla.

Un film ­además, y dicho sea de paso­ muy oportuno en estos tiempos de bruma.

EL MAESTRO (The Master). EEUU, 2012. Director Paul Thomas Anderson. Con Phillip Seymour Hoffman, Joaquin Phoenix, Amy Adams.



 
fuente:talcualdigital.com


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