Caracas, Lunes, 21 de abril de 2014

Sección: Cultura

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Ramón Díaz Sánchez , del puerto a la academia

Eduardo Casanova Sucre

Lunes, 21 de febrero de 2011







   Foto: Google
Por su origen, Ramón Díaz Sánchez debería haber estado cerca del mar y de lo popular, pero estuvo mucho más cerca de la tierra y de lo culto que casi todos sus contemporáneos. Nació en Puerto Cabello el 14 de agosto de 1903, en pleno gobierno del “Cabito” Cipriano Castro, poco después de que se firmara el Protocolo de Washington que terminó con el bloqueo anglo-alemán al que se sumaron los italianos, los franceses, los holandeses, los belgas, los españoles y los mexicanos, todos empeñados en cobrar por la fuerza las deudas venezolanas. Puerto Cabello, desde luego, fue uno de los sitios en donde más se sintió aquel abuso internacional contra el país. Y allí vivían sus padres, Ramón C. Díaz y de Rosario Sánchez, y fue allí donde recibió sus primeras enseñanzas, en las escuelas Francisco Kepper, José R. Pelayo y Bartolomé Salom. En 1916 la ruina de su familia obligó a su padre a conseguirle un empleo en la casa comercial Otto Raddler Sucrs. Poco después se empleó como ayudante en un taller mecánico, fue “todero” y hasta pintor de carteles del único cine del lugar. Paralelamente se dedicó a estudiar por su cuenta y a leer cuanto le caía en las manos, hasta que logró entrar a trabajar, en 1920, en el Boletín de Noticias, y luego en El Estandarte, ambos en Puerto Cabello. Al cumplir la mayoría de edad (1924), optó por irse a Maracaibo, en donde ya empezaba a notarse la influencia del petróleo. Allí se relacionó con La Información, Excélsior y La Hora Literaria, además de con la mayoría de los intelectuales zulianos, especialmente con los que formaron un grupo cuyo nombre apuntaba hacia el porvenir: el grupo Seremos (1925), en el que participaron Valmore Rodríguez, Gabriel Bracho Montiel, Aníbal Mestre Fuenmayor y otros intelectuales que se identificaban con los movimientos de vanguardia y, tal como los de la Generación del 28, se enfrentaron con valor a la barbarie gomista. Esa actitud le acarreó un par de años en los calabozos del Castillo de Puerto Cabello (1928.1929). Al ser liberado permaneció en el sitio, en donde se casó con Rosa Flores. Luego regresaría a Cabimas, en donde vivió entre 1930 y 1935. A la muerte de Gómez decidió probar suerte en Caracas, y los aires de renovación alentados por el general Eleazar López Contreras lo ayudaron a conectarse con la intelectualidad capitalina. Fue jefe de publicaciones del Ministerio de Agricultura y Cría (1937-39), director del Gabinete del Ministerio de Educación (1940-41) y director de la Oficina Nacional de Prensa (1942-43), y entre el 43 y el 45 diputado oficialista por Carabobo. También se convirtió en colaborador de El Universal, El Nacional, El Heraldo y La Esfera, además de Élite, Billiken y Fantoches. Estaba en el auténtico epicentro de la cultura venezolana. Se inició como narrador con El sacrificio del padre Renato (1926), obra que después él mismo decidió ignorar. En 1932 dio a conocer su ensayo Cam y en 1933 publicó Cardonal, un libro de cuentos. Tres años después se dio a conocer como un novelista importante con Mene, que fue muy bien recibida en Caracas, a pesar de que en ese tiempo ya la crítica literaria del país estaba de retirada. La novela, que trata de los campos petroleros, fue premiada por el Ateneo de Caracas. Como cuentista se anunció con bombos y platillos en Caminos del amanecer, y en 1946 ganó el concurso anual de cuentos de El Nacional con La virgen no tiene cara, en el que ya se deja entrever, a pesar de la diferencia de géneros literarios, como el excelente novelista que se había anunciado en Mene. En 1948 esa promesa se cumplía plenamente con su novela Cumboto, que recibió el Premio Arístides Rojas y significó la consagración definitiva de su autor, aunque muchos estudiosos han señalado que se trata de una novela demasiado elaborada, demasiado “cultista” y alejada de la vida, y cuyo detallado desarrollo termina perjudicándola por el afán del escritor de manejar técnicas narrativas de aparente vanguardia. Esa tendencia se acentuaría aún más en sus otras novelas: Casandra (1957) y Borburata (1960). Domingo Miliani sintetizó la opinión de ese puñado de críticos venezolanos sobre la novelística de Díaz Sánchez con las siguientes palabras: El escritor había llegado a una madurez de escritura, pero el afán cultista de hacer “arte” y no de crear “Ilusión de realidad” debilitó la capacidad de tensión narrativa que perfiló a Mene como una gran novela. El artesano se vio demasiado a las claras, o si se quiere el artífice de situaciones premeditadas al exceso. Cumboto fue, con todo, la novela consagratoria. Luego vino el declinar por el despeñadero de una excesivamente cuidada elaboración de esquemas cíclicos. Casandra quiso volver tardíamente al mundo novelístico de la “vida en la región petrolera del Zulia”. Sólo que ya no fue una novela vivida sino recreada sobre un remoto y macerado mundo de vivencias juveniles y la fuerza ya era escasa. Reanudó el trabajo narrativo de Cumboto, aun dentro de la conformación de su rigidez omnisciente, en Borburata; pero ya los aromas del cacao se habían evaporado y la novela falseó situaciones otra vez sobre el persistente problema de una discriminación racial no muy convincente. Bastante más generoso con el escritor porteño fue Oscar Sambrano Urdaneta al decir: El poderoso creador y paciente escritor… el hombre que venía casi de la nada y que a golpes de coraje y de corazón, en abierta lucha contra la adversidad y apenas con la ayuda ajena, se había abierto con decoro un sitio de primer orden en la inteligencia venezolana. No estuvo Díaz Sánchez entre quienes repudiaron la dictadura militar que gobernó el país entre 1948 y 1958: actuó como Director de Cultura y Bellas Artes del Ministerio de Educación entre 1951 y 1952, y fue Consejero Cultural de las embajadas de Venezuela en Francia, Italia, España y Alemania, pero tampoco se le podría haber acusado de ser partidario de los gobiernos militares. En 1952 ingresó a la Academia Venezolana de la Lengua y en 1958 a la Academia Nacional de la Historia. En Caracas se casó en segundas nupcias con Isabel Jiménez Arráiz (“La Capitana”), que había participado activamente en los sucesos de 1928 y estaba emparentada con varios intelectuales importantes del país. En 1951, al publicarse Guzmán, elipse de una ambición de poder, le fue adjudicado el Premio Nacional de Literatura. Como autor teatral estrenó en Caracas tanto dramas (La Casa) como comedias (El caso de la mujer asesinadita). En 1965 tuve oportunidad de mantener con él largas conversaciones en Buenos Aires, cuando asistió al congreso de Academias de la Lengua española. Luego no pude profundizar esa relación, porque antes de mi regreso a Venezuela, Díaz Sánchez murió de repente, en la mañana del 8 de noviembre de 1968. Al día siguiente, en una tarde lluviosa, el poeta y ensayista larense Luis Beltrán Guerrero le dedicó una oración fúnebre en la que dijo entre otras cosas: Estamos trayendo aquí a uno de los hijos de la pródiga democracia social venezolana. Un hombre que surgió de los más pobre de su pueblo de Puerto Cabello y que por su tesón, por el estudio, por su capacidad para escribir y su sentido comprensivo del ser venezolano, sirvió a su país con el afecto con que lo amó, con su pluma con que la sirvió, con su entera imaginación que la que iluminó, mirando su pasado para entender su presente. Y siempre con la entereza de su carácter que le permitió alzarse desde aquel niño porteño cuya familia tenía escasos recursos hasta el gran maestro que fue cuando creó las grandes palabras con las que nos enriqueció. Por ello hasta el cielo llora por él en este atardecer.


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