Caracas, Domingo, 20 de abril de 2014

Sección: Cultura

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El día en que Cocorote cubrió sus calles de miel muy fina

Martes, 9 de abril de 2013







   Foto: Cortesía de Hugo Alvarez Pifano

A la entrada de Cocorote, lanza en ristre, sobre su caballo en actitud de alzar el vuelo, con las patas delanteras del corcel suspendidas sobre el aire, en un gesto altanero de desafiar al viento y pronto a girar completamente sobre si mismo, al grito de “vuelvan carajos” se alza el monumento de José Antonio Páez, el más intrépido de los generales de la gesta emancipadora de nuestra América latina. La estatua ecuestre es obra del escultor valenciano Andrés Pérez Mujica, quién la llevó a cabo en 1903, al ganar el premio único para la realización del proyecto. El monumento de Cocorote es una réplica en bronce, llegó al Yaracuy en 1990, algunos dicen que el original se encuentra a la salida de Valencia camino al campo de Carabobo (la que se encuentra en Caracas, en la Plaza Madariaga, es de otro autor y muy inferior en calidad artística). A mí siempre me ha parecido que las tres estatuas son distintas, pero sin ánimo de polemizar, yo encuentro que la mejor es la de Cocorote, por diversas razones que explico a continuación: está montada sobre un hermoso pedestal, en una plazoleta, situada en la cumbre de una pequeña colina sembrada de gramilla fina o grama pata de perdiz, rodeada de arbustos típicos de la zona. Se puede acceder a la misma por mosaicos de terracota, franqueados por un brocal de piedras. Cuando se llega a Cocorote por la avenida perimetral que viene de San Felipe, el Centauro de los Llanos emerge de pronto, al improviso, encarándose de frente con el viajero desde su monumento, es entonces cuando nos damos cuenta de la fiereza de su mirada, el gesto decidido de su rostro, expresado a través de su mandíbula volitiva y su enorme lanza, que sin lugar a dudas, alguna vez lució intensamente roja de sangre, como las lanzas coloradas que portaban sus célebres lanceros. 


Hay dos acotaciones que tengo que hacer de seguidas para que se entienda el desenlace final de esta historia. La primera: cuando se trató de montar esta pesada estatua ecuestre de seis mil kilos sobre su pedestal, se utilizó una gigantesca grúa, que por impericia en su manejo o falta de fuerza de la misma dejó caer el monumento, el resultado fue un machucón en la pierna del héroe y una grieta en la panza del caballo. Los periodistas locales registraron el suceso, pero no explicaron cómo se remediaron los daños, debemos presumir que el problema fue resuelto como mejor se pudo. La otra, es que el Yaracuy no puede prescindir de historias y leyendas, la hermosa nuez de su mágico mundo interior gira montada en un carrusel en el que cobran vida, casi a diario, las figuras mitológicas de El Negro Miguel, Rey en su corte de abalorios; Faustino Parra, “negro el pelo, negro el rostro, negra como un cuervo negro la punta del corazón”; el zambo Andresote, con su inmenso torso de bronce, desaparecido con los primeros rayos de luz en una aurora de libertad; Cecilia Mujica, la bella heroína local de formación masónica; la Reina María Lionza, absolutamente desnuda, con su larga cabellera de azabache, sus ojos verdes enigmáticos; y aún, muchos más, entre los personajes encantados que pueblan sus noches, danzando al conjuro de un aire embriagado con olor a jazmines y malabares de sus modestos jardines, olorosas hojas de tabaco de sus sembradíos y a los naranjos en flor de sus numerosos huertos. 


Fue en estas circunstancias, de lugar y tiempo, que mi primo Carmelo Pifano y mi entrañable amigo Jorge Alcalá Palencia “pipote de miel” -ambos aseguran que en esto nada tuvieron que ver los vapores del alcohol- ellos marchaban en un auto por la perimetral que conduce a Cocorote, súbitamente sobre una nube de polvo y al resplandor de una brillante luz más radiante que el amanecer - y era media noche- hicieron tiempo para ver al general José Antonio Páez y su caballo de bronce que corría con mil lenguas de fuego incendiando el firmamento, los ojos del corcel de metal estaban cuajados de un fulgor como colas iridiscentes de millares de luciérnagas y cocuyos de un interminable ferrocarril. Al improviso el héroe de cien batallas victoriosas se abalanzó sobre el auto en una carga de lanceros. De seguidas, Carmelo bajó del automóvil, desenfundó su revólver y le disparó los seis tiros de su funda. En Venezuela existe un dicho: “Eso es más fácil que pegarle un tiro al suelo” efectivamente, mi primo Carmelo era incapaz de dar con un tiro en el blanco, no pasaba de ser un hábil disparador de municiones que iban a chocar indefectiblemente contra el suelo. Sin embargo, alguien por pura maldad, dijo que uno solo de los seis disparos dio en la barriga del caballo y le causó una perforación. Esto hubiera sido un verdadero milagro, tal vez, la realidad fue que el corpachón del caballo tenía una grieta producto del accidente con la grúa.


Como es sabido, la miel es un fluido dulce cuyas bondades vienen determinadas por el tipo de néctar que cosechan las abejas. Desde muy antiguo Cocorote ha sido un predio rodeado de naranjales, plantaciones de tabaco y muchas matas de jazmines y malabares, cuyas flores de exquisito aroma, producen el néctar más fino que pueda servir de corona al panal de miel digno de un cuento de hadas, para no decir de un banquete de reyes. Durante todo el día las industriosas abejas vuelan por entre los naranjales y las fragantes flores del tabaco. Fue así, como una de estas obreras se introdujo por el agujero de la barriga del caballo y decidió fundar una colmena. Poco a poco el gigantesco corcel de bronce se fue llenando de miel, lentamente en un trabajo de años se fueron acumulando en su interior centenares de litros de una miel muy olorosa a flores. En una noche de plenilunio las dos patas traseras del caballo, agobiadas por el peso de su dulce carga -como diría el poeta- cedieron, la estatua cayó de su pedestal y se abrió, comenzó a rodar calle abajó mientras iba derramando toda la miel que había almacenado en su interior.


Al siguiente día, el pueblito de Cocorote se despertó con un maravilloso amanecer, despuntó un sol alegre que parecía asomarse tímidamente por entre las nubes, sus montañas lucían adornadas de espesas neblinas a su alrededor y las aguas de sus quebradas, mostraban a la luz de un travieso sol, ágiles y cambiantes reflejos. Toda la calle principal amaneció sazonada con sabor a miel e impregnada de un maravilloso olor a flores. Al despertar los habitantes del poblacho gritaron al unísono, al no ver la estatua en su pedestal: - ¡se robaron al General José Antonio Páez, se lo llevaron para el estado Portuguesa!
Para concluir, tengo una deuda con mis lectores: la estatua del héroe fue encontrada en un barranco, se acondicionó adecuadamente y está de nuevo en su pedestal, cabalgando en su corcel de bronce sobre el aire fresco de las noches de Cocorote. ¿Por qué en el Yaracuy? Toda la familia de José Antonio Páez es originaria de Guama y Cocorote, también sus agnados y colaterales, Carmelo Fernández, el pintor, para citar a uno de sus sobrinos más notables. Ocurrió que el padre de Páez, un campesino sin tierras de Guama, construyó una casita a orillas del río Curpa en el estado Portuguesa y allí plantó su conuco. Páez señala en su autobiografía: “nací en una casita a las orillas del río Curpa” La historia de Venezuela dice: Páez nació en Curpa, estado Portuguesa. Curpa no era un pueblo ni siquiera un caserío. Así como la nación germana requiere que para ser alemán es necesario ser hijo de alemanes “ius sanguinis” José Antonio Páez en el más estricto sentido del “ius sanguinis” es yaracuyano, por ser hijo de yaracuyanos, padre y madre, por esa razón su más imponente estatua ecuestre está en Cocorote. Por esa misma razón también, el héroe de cien batallas gloriosas, en un sentido homenaje a su “patria chica de sangre” cubrió las calles de Cocorote de fina miel, con aroma a malabares y jazmines, fragantes hojas de tabaco y más de mil naranjos en flor.

Fotografía:
Estatua ecuestre del General José Antonio Páez, obra del escultor valenciano Andrés Pérez Mujica. Se encuentra a la entrada de Cocorote, en la Avenida Perimetral que conduce de San Felipe a Cocorote (Foto Alcier). Foto de presentación.


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