Caracas, Miércoles, 23 de abril de 2014

Sección: Cultura

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Mario Abreu o un mago saltaplaneta

Carlos Yusti

Lunes, 18 de septiembre de 2000

Objeto mágico. Titulo: Ángel de la creación
“Tú, gran mago, Mario Abreu
serás siempre el pajarraco que viene del porvenir de una nube
la perla oculta en la sonrisa del emir
la guitarra que toca el lobo de la noche
el gato de la mirada de susurro
el oro azul que sube hacia el techo de la reina de la arena enamorada
el ring del cigarrón
la muñeca de pierna escarlata que baila siempre para ti en el
gong del barco pirata
el señor de la floresta azul…”


Fragmento del poema “Gran mago” dedicado al pintor Mario Abreu de Caupolicán Ovalles /1990

Mi pasión por Mario Abreu la despertó el pintor y trikster, como el mismo se denomina, Javier Téllez. Me invitaba siempre a que tratara de perderme en el colorido de los cuadros de Abreu, a que me introdujera de alma y corazón en los objetos mágicos, que en lo particular me resultaban adminículos azarosos más cercanos a la tomadura de pelo que al arte. Me insistía mucho en su importancia y aseguraba: “Todos venimos de Mario. Esto nadie no lo sabe, ni yo mismo lo sabía. Ojalá pueda ser consecuente con las enseñanzas del maestro”. A todos, quizás, se refería a los pintores jóvenes como él. Lo cierto es que a mí me quedó esa inquietud por conocer y descifrar una obra y una trayectoria estética coherente, sensible y gran ímpetu creativo.

Objeto Mágico. título: Yo Mario, el saltapleneta


Mario Abreu no es un pintor desconocido, impenetrable o lleno de manías. Tampoco fue un payaso exhibicionista de salones y bienales. Su trabajo estético obtuvo el reconocimiento oficial, sólo que se le ha colocado como un pintor más, cuando en realidad fue un pintor “otro”, un pintor que tenía la plena convicción que el arte poseía cierta capacidad crítica, cierta posibilidad para transformar la sociedad.

Nació en Turmero, estado Aragua, un 22 de agosto del año 1919. Hijo de Georgina Abreu y de Ramón Pérez Guerrero. Parte de su infancia la pasó al lado de su madrina Amelia Borges, inclinada a la magia y al culto de los santos populares.

En el año 1928 trabaja en la bodega de Tomás Belmonte como dependiente. Cuando ya era un pintor reconocido en alguna entrevista reconoció esta etapa de su vida y lo crucial que fue para la concepción de los objetos mágicos o como él mismo lo explicó: “En la pulpería yo disfrutaba organizando la estantería, colocaba latas de sardinas, dulces, refrescos. Por cierto recuerdo la cerveza alemana que tenía un perrito dibujado en la lata. Todas las tardes organizaba esos estantes porque no resistía verlos vacíos, los ponía bonitos. Yo digo que esos fueron los primeros objetos mágicos que empecé a percibir”.

A mediados del año 1940 reside en Caracas. Trabaja como obrero en la Casa Benzo. Estudia de noche y termina sus estudios primarios. Luego asiste de 9 a 11 de la noche a los cursos nocturnos de la escuela de Artes Plásticas y Aplicadas de Caracas, dirigida por Antonio Monsantos. Tiene como profesores a Pedro Ángel Gonzáles, Vicente Fabianni, Luis Alfredo López Méndez, Francisco Narváez, César Prieto y Marcos Castillo. En el año 1942 gana un concurso de pintura y obtiene una beca de 100 bolívares mensuales lo que permite dejar el trabajo en el almacén Benzo y asistir a los cursos diurnos de la escuela. Sus compañeros de clase son: Alejandro Otero, Mateo Manaure, Carlos Cruz Diez, Luis Guevara Moreno, entre otros. En 1947 egresa de la Escuela de Artes Plásticas y en 1975 obtiene el premio Nacional de Artes Plásticas.

El Gallo


En el trabajo pictórico de Mario Abreu posee elementos constantes como el rico y explosivo tratamiento del color, la figura como sacada del álbum de los sueños y el paisaje tratado desde la sutileza de lo imaginativo. Aunque consustanciado con firmeza con el realismo social su pintura expresa su crítica desde otros parámetros menos trillados. El color transgrede las normas académicas y la atmósfera onírica en algunos de sus cuadros trastoca esa percepción, siempre limitada y prejuiciosa, que tenemos de la realidad. En sus pinturas iniciales el paisaje en la pintura de Abreu tuvo siempre un tratamiento poco convencional. Un ejemplo de esto son sus cuadros “Paisaje de Yaracuy”(1950) y “Flora”(1948).

Cuadros como “Esqueletos verdes”(1948) puede tenerse como el preámbulo de su obra posterior. Y aunque las siete(o seis) figuras (hay una figura que simula un árbol o algo parecido) poseen un dramatismo distante, acentuado con colores fríos como el azul y el verde, pueden percibir pequeños toques de color blanco y rojo. Hay en el cuadro como una fuerza contenida. Con su pintura “El gallo” el color estalla en la tela. Amarillos, ocres, naranjas, verdes y rojos se desbordan en la retina del espectador. El motivo central del cuadro (un gallo con innegables acotaciones cubistas) parece cobrar vida y movimiento.

Paisaje de Yaracuy


A principio de los años 50 Abreu, viaja a Europa. Se establece en París. Su periplo de aprendizaje lo lleva a varios museos importantes. Conoce y contacta a pintores de varias partes del mundo. En París comprende que la actividad de un artista no puede estar sujeta a ningún tipo de parámetro. El paso del lienzo a los ensamblajes de objetos y la escultura trabajada desde esa visión de Duchamp, quien intervenía objetos comunes y corrientes hasta transformarlos en objetos estéticos, se gesta durante este periplo parisino. También adquiere Abreu en París una visión renovada de su espacio. Sus cuadros “Dama vegetal” (1954-68) y “Selva Amazónica”(1956-60) son característicos de esta etapa. En el primero el estallido del color denota vitalidad y alegría. La dama que reposa misterio. Estos contraste le dan a la tela su gran atractivo. Estas posiciones de calma y euforia encontradas armonizan de impecable. En el segundo el paisaje se presenta algo compacto. El color parece ocultarse y la luz parece comprimida. Pueden distinguirse algunos animales y flores de aspecto extraño.

Mario Abreu tuvo presente que la pintura debía cumplir un rol social y político. En una entrevista expresó: “La pintura en América está condicionada por estructuras económicas que imponen sus criterios de valor, que nada tienen que ver con lo artístico en sí. Los mecanismos oficiales que sirven de instrumento para la difusión de la cultura, están plegados colonialísticamente a esas mismas estructuras. Las capillas, los clanes, los grupos y los intereses, en un momento político dado, imponen las modas, sus líderes y las directrices del arte”.

De nuevo en Venezuela Mario Abreu retoma un tema que fue clave en su infancia: la religiosidad popular. En el año 1963 su exposición en el museo de Bellas Artes de Caracas le permite mostrar sus nuevos enfoques estéticos. Ahora mezcla pintura con objetos y relieves. Presenta ensamblajes con objetos disímiles donde da cuenta de las creencias populares. Sintetiza los altares de santos caseros y los somete a su visión crítica creando de esta manera varias piezas artísticas conocidas como “objetos mágicos”.

Objeto mágico. Título: Recuerdo de Hiroshima

Se podría argumentar que los “objetos mágicos” representan una de las etapas plásticas más sobresaliente de Abreu. Son ensamblajes (sobre soportes circulares o en cajas rectangulares) donde lo onírico, la crítica, lo lúdico y un sentido espiritual se entremezclan para ofrecer al espectador una visión barroca y poética de la realidad religiosa. El significado que posee un objeto mágico puede ser muy rico y variado, pero dejando cualquier especulación retórica Mario Abreu fue exacto cuando dijo: “Busco a través de las ordenaciones plásticas y de los contrasentidos, y en las oposiciones de fuerza, develar el acto mágico; sacrificando los estados complacientes para crear fuerzas vivas y de esta manera animar los objetos; en ellos aporto la evidencia de mi propia demarcación en la geografía física y psíquica…”

En objetos como “Ángel de la creación”(1966) y “El hijo de Mandrake” (1965-77) se aprecia esa reunión anárquica de objetos. No obstante conjugados y yuxtapuestos alcanzan una inquietante armonía. Objetos donde hay humor, pasión y dolor. Su objeto “Recuerdo de Hiroshima” nos recuerda aquella foto donde unos niños corren asustados, gritando, por una carretera vietnamita luego de un bombardeo. En esa foto hay una niña desnuda que grita debido a que el napalm quemó gran parte de su espalda.

Objeto Mágico. Título: El hijo de Mandrake

Los objetos mágicos también nos recuerdan los santuarios domésticos realizados por la madre, la tía o la abuela. Sólo que los altares objetuales de Abreu nos inquietan, sacuden nuestra modorra religiosa y nuestra apática espiritualidad. No sin razón Abreu decía: "construyo mis propios santuarios desvirtuando los viejos santuarios,…” Marta Traba con respecto a los objetos mágicos escribió: “Los objetos fetiches de Abreu, además, emplearon los recursos más triviales para generar conjuntos mucho más divertidos, creativos y surrealistas que las cajas de los europeos como Arman y Ben”.

Para el año 1973 Abreu traza nuevos derroteros en su quehacer artístico. De esta fecha es su famoso autorretrato. Es un cuadro con recursos pictóricos bastante rudimentarios y simplificados. El retrato es bastante fidedigno sólo algunos detalles le proporcionan características especiales: de la pipa no sale humo, sino una columna totémica hecha de cascabeles, luego tenemos una rosa plástica que se prende de la camisa (no pintada, sino incorporada al cuadro) los anteojos borran los ojos. Otra obra peculiar es “Las flores del mal”. Un arreglo de flores plásticas sobre una silla como de mimbre. Mal gusto y cursilería cuestiones tan postmodernas hoy ya Abreu las trabajaba con menos pomposidad publicitaria.

No descansaba en eso de asumir nuevos retos plásticos. En sus últimos retomó el paisaje, pero en esta oportunidad es límpido y luminoso, parece un paisaje de cuentos y leyendas (“La selva y resplandor” (1990). De los objetos pasa a las cajas (“Los pasos de la noche”). Su obra “Un pie en abanico” transforma un viejo mueble de madera(especie de platera) en una escultura de incuestionable méritos estéticos. No puede faltar su “Toro constelado”, donde el color y la fuerza de la tauromaquia adquiere visos de innegable poesía.

Toro constelado


Sencillo, lúcido y de espíritu crítico, Mario Abreu nunca tuvo pretensiones de pertenecer a ese círculo de artistas que viven haciendo genuflexiones para figurar en las páginas sociales de diarios y revistas promocionando como un gran artista o como él mismo lo ha manifestado: “la verdad que como no me dedico a cultivar las relaciones públicas y digo lo que pienso y siento, no soy bien visto por la “claqué” que vive en grandes mansiones. A este tipo de personas es muy difícil que les interese mi pintura. Un objeto mágico no se puede ver con la misma comodidad con que se observa una obra cinética”.

Mario Abreu fue un prestidigitador noble y sencillo. La deuda de Zerpa, de Javier Téllez, Víctor Julio González, de Francisco Sevilla y muchos otros es innegable con Abreu, quien tuvo el arte como una posibilidad para cruzar los espejos, que trató de aprender la magia secreta de los objetos, que intentó dignificar ese ritual de vivir con la lucidez que sólo brinda el corazón.


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Columnista:

 

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