Caracas, Miércoles, 16 de abril de 2014

Sección: Cultura

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Hacer el primo

José Antonio Molero*

Sábado, 22 de octubre de 2005

El significado de esta frase es conocido de todos y se utiliza bastante en la lengua coloquial. Lo que, quizá, puede resultar desconocido para muchos de quienes la emplean es su origen, el hecho histórico que la justifica.

En cuanto a la palabra primo, el Diccionario de la Lengua Española admite, como uno de sus significados, el de «persona incauta que se deja engañar o explotar fácilmente». Más adelante, y en la misma entrada, interpreta las diferentes frases en que aparece el término, y así tenemos los significados «dejarse engañar fácilmente» para caer de primo y «engañar fácilmente» para coger de primo, las dos, al igual que la que nos ocupa, de uso coloquial.

Las obras consultadas coinciden en afirmar que el empleo de estas expresiones con tales significados se halla en el uso protocolario de la palabra «primo» por parte de la Casa Real española durante el siglo XVIII, que utilizaba el término como fórmula de tratamiento entre los grandes de España, tanto en cartas privadas como en documentos oficiales.

Coincidiendo con la explicación más generalizada, podemos ubicar cronológicamente su origen a comienzos de siglo XIX, en los albores de la Guerra de la Independencia, concretamente en las cartas que dirigió el mariscal francés Murat al infante don Antonio y al Consejo de Regencia que presidía el anteriormente mencionado, cartas que encabezaba con las tradicionales fórmulas de tratamiento cortesano, como veremos luego, a la hora de exponer el marco histórico en que se formularon. Este uso no plantearía problema alguno si no fuese por el matiz peyorativo con que lo empleamos actualmente en nuestras conversaciones informales, cuyo sentido acabamos de exponer más arriba.

Hasta aquí la explicación del fenómeno lingüístico. Pero ¿qué contexto sociopolítico concreto pergeñó el dicho? ¿Qué hechos fueron testigos históricos del nacimiento de una expresión así? Hagamos un poco de memoria histórica.

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Obsesionado por la idea de la unificación de Europa bajo el predominio de Francia, Napoleón emprende, a partir de 1804, la conquista del continente por la fuerza de las armas. A pesar de algunos descalabros iniciales con la armada inglesa, sucesivas victorias sobre austriacos, prusianos y rusos desmembraron el Imperio Romano-Germánico y sembraron Europa de Estados satélites de Francia, culminando el proceso dominador con el Tratado de Tilsit (julio de 1807), que pone en sus manos el dominio de Europa. Su alianza con España le garantizaba el frente sur, de manera que sólo Inglaterra (y Portugal, su aliado) constituía un serio obstáculo a sus propósitos hegemónicos.

En medio de las difíciles circunstancias por que atraviesa Europa, la Corte de Carlos IV de España era un semillero de intrigas y ofrecía un espectáculo bochornoso y denigrante. El exorbitante poder de Manuel Godoy, valido de rey, le había acarreado la enemistad de numerosos nobles y la animadversión de don Fernando, príncipe de Asturias y heredero del trono, que agrupaba a su alrededor a todos los descontentos con la privanza del favorito.

Ansiosos de hacerse con el poder, tanto Godoy como los fernandistas competían en halagos a Napoleón, cuyas simpatías y protección se disputaban vergonzosamente. Así, Godoy, para complacer a Napoleón, hizo que España se adhiriera oficialmente al bloqueo continental contra Inglaterra, y, por su parte, el príncipe don Fernando, viudo ya de María Antonia de Nápoles, solicitó del Emperador la mano de una princesa de su familia. Napoleón aprovechó la necedad de ambas partes para hacer a España víctima de sus planes imperialistas y convertirla en poderoso auxiliar en su lucha contra Inglaterra.

Conocedor de la vanidad y la ambición del favorito, Napoleón, con el pretexto de obligar a Portugal a adherirse al bloqueo continental contra Inglaterra, consigue de Godoy el Tratado de Fontainebleau (octubre 1807) por el que se pacta, en caso de negativa, la invasión y reparto del país. Pero el tratado no era más que una estratagema contra el favorito. Por una cláusula secreta se acordaba que un ejército francés entraría en España para invadir Portugal, al que se uniría otro español, pero el mando correspondería a un general francés. Antes de ratificar el tratado, las tropas francesas, mandadas por el general Andoche Junot, entran en España, siendo bien recibidas por los dos partidos de la Corte: el de Godoy, que veía en ello el fiel cumplimiento del Tratado de Fontainebleau, y el fernandino, que consideraba próxima la caída de Godoy y el reinado de Fernando.

La negativa de Portugal a su adhesión al bloqueo hace que el ejército francoespañol se apodere fácilmente de Portugal, cuya familia real se refugia en Brasil. Entonces, Napoleón decide llevar a cabo su plan de apoderarse de España. A este fin, en enero de 1808, nuevas tropas francesas penetran en España y van haciéndose alevosamente con el mando de las fortalezas fronterizas más estratégicas (San Sebastián, Pamplona, Barcelona y Montjuich). El mariscal Jacques Murat, cuñado de Napoleón, fue nombrado comandante jefe de todas las fuerzas de ocupación.

Mientras la Corte no se explicaba aún con qué fin entraban en España, el partido fernandista seguía creyendo ingenuamente que estas tropas estaban destinadas a derribar a Godoy, pero el regreso a Madrid del embajador español en París puso de manifiesto las verdaderas intenciones de Napoleón. Como el ejército de Murat se acercaba a Madrid, la Corte, que residía en Aranjuez, decide trasladarse a Sevilla y, en caso necesario, embarcar para América. Pero los preparativos de viaje alarmaron al pueblo, hasta el punto de que, para calmarlo, fue necesario fijar una proclama de Carlos IV negando el proyectado viaje. Sospechando el pueblo que Godoy había traicionado a España, se subleva contra el favorito y asalta su residencia de Aranjuez (17 de marzo de 1808). Godoy es ultrajado y herido, y logra salvar la vida gracias a la intervención de unos Guardias de Corps, que le escondieron en una rollo de alfombras. Tomando el motín como un incidente contra su persona, Carlos IV abdica en su hijo Fernando.

Al día siguiente de haber llegado a Madrid las tropas de Murat, entraba en la capital Fernando VII (24 de marzo), siendo recibido con gran entusiasmo. Pero Murat consigue de Carlos IV una retractación privada de su abdicación, al tiempo que anuncia la próxima llegada de Napoleón, aconsejando a Fernando VII la conveniencia de que saliera a recibirle a Burgos, proyecto que acepta, temeroso de que se adelantase Carlos IV.

Dejando el gobierno a un Consejo de Regencia presidido por su tío, el infante don Antonio, Fernando sale al encuentro de Napoleón, pero no lo encuentra en Burgos ni en Vitoria, y a pesar de la actitud hostil del pueblo y de la oposición de algunos cortesanos, estimulado por una carta del Emperador, decide continuar el viaje hasta Bayona, donde se encontraba Napoleón. A los pocos días llegaron Carlos IV y Godoy. Después de vergonzosas escenas entre el padre y el hijo, que pusieron al descubierto sus resentimientos y su debilidad en presencia de Napoleón, éste consigue que Fernando renuncie a la Corona y que su padre la abdique a su favor, a cambio del palacio de Compiègne y del castillo de Chambord, como residencias, y unos cuantos millones anuales. A Fernando se le concedían también varias posesiones y una renta. Tal fue la vergonzosa claudicación de Bayona, que es recordada como una de las páginas más bochornosas, lamentables y tristes de nuestra historia. Carlos IV, su esposa y Godoy salieron para Fontainebleau, y Fernando, para Valençay, donde habría de permanecer, vigilado, durante seis años.

Pero el pueblo español no se dejó engañar tan fácilmente como sus soberanos. Cuando llegó a Madrid la noticia de que Fernando no era reconocido como rey por Napoleón, estalla el descontento popular contra los franceses y el Consejo de Regencia se resiste a obedecer a Murat. Por esos días, Carlos IV ordena al presidente del Consejo que hiciera salir para Francia al infante Francisco de Paula, niño de trece años, y a otros miembros de su familia. Murat dispuso la marcha para el día 2 de mayo.

El pueblo madrileño, reunido ante el Palacio Real para presenciar la salida, fue excitándose con la noticia de que el infante lloraba, negándose a irse, y se dispuso a impedir el viaje por la fuerza, cortando los correajes de los coches y profiriendo insultos contra los franceses. Para sofocar la rebeldía, y temiendo una insurrección generalizada, Murat envía un batallón francés, que, sin previo aviso, comienza a disparar contra la multitud indefensa. Los madrileños, indignados, se disponen a vengar la afrenta y se alzan contra los franceses. La Puerta del Sol y calles adyacentes fueron testigos de la enconada lucha de una muchedumbre irritada contra los escuadrones de mamelucos y polacos, lucha inmortalizada por Goya en su célebre cuadro “El dos de mayo”.

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Ese mismo día, Murat, como comandante de las fuerzas ocupantes, envía unas cartas al infante don Antonio y al Consejo de Regencia para darles cuenta de los incidentes ocurridos instándolos al apaciguamiento de los sublevados, en las cuales emplea la fórmula protocolaria de la Corte española de «Señor Primo, Señores miembros del Consejo de Regencia», encabezamiento que hacía seguir, en un tono amenazador que no se prestaba a interpretaciones, «Anunciad que todo pueblo en que un francés haya sido asesinado será quemado inmediatamente [...]. Que los que se encuentren mañana con armas, cualesquiera que sean, y sobre todo con puñales, serán considerados como enemigos de los españoles y de los franceses, y que inmediatamente serán pasados por las armas...». Esta carta en concreto concluía como sigue: «Mi Primo, Señores del Consejo, pido a Dios que os tenga en santa y digna gloria».

En efecto, el mariscal francés había querido atenerse, más por seguir una tradición que por respeto a las instituciones a que se dirigía, a las fórmulas protocolarias de la Corte española, pero el pueblo llano, siempre más perspicaz, siempre más inteligente que sus gobernantes, no quiso hacer el primo en ningún momento cayendo en el engaño y los falaces manejos de Napoleón, y tomó el tratamiento como una burla del francés a los incautos miembros del Consejo de Regencia y al ingenuo y crédulo infante que la presidía, cuya actitud vergonzosamente sumisa ante un extranjero ponía de manifiesto la carencia de cualquier forma de poder decisorio y efectivo en materia de gobierno.

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El levantamiento popular sería pronto sofocado y seguido de cruel represión (fusilamientos del tres de mayo), pero el 2 de mayo de 1808 marcó el principio del levantamiento nacional contra la agresión napoleónica y el principio de la Guerra de la Independencia, legítima y gloriosa resistencia de todo un pueblo contra la invasión extranjera.

El uso de este tratamiento en las circunstancias en que se dieron cayó en conocimiento de la gente, que, con el paso del tiempo, cargada de ese gracejo y salero tan típicos del madrileño, incorporó la expresión hacer el primo al acerbo popular con el sentido que hemos argumentado.

BIBLIOGRAFÍA FUNDAMENTAL CALLES VALES, José y Belén BERMEJO MELÉNDEZ (2001): Dichos y frases hechas. 1.ª ed., Ed. Libsa, Madrid.

CANDÓN, Margarita y Elena BONNET (1993): A buen entendedor... Diccionario de frases hechas de la lengua castellana. 1.ª ed., Grupo Anaya, Madrid.

CEJADOR Y FRAUCA, Julio (1921-1925): Fraseología o Estilística Castellana. Libr. y Casa Ed. Hernando, Madrid; tomo 2.

Diccionario de la lengua española (2001): ‘hacer el primo’, s.v. ‘primo’, acepciones 5 y 20. RAE, Madrid.

DÍEZ BARRIO, Germán (1997): Dichos populares castellanos. Castilla Eds., Valladolid.

GARCÍA DE CORTÁZAR, Fernando [dir.] (2004): Memoria de España. 1.ª ed., RTVE/Aguilar/Santillana, Madrid.

IRIBARREN, José María: El porqué de los dichos. 4ª. ed., Ed. Aguilar, Madrid, 1974.

SEIJAS PATIÑO, Francisco de Paula (1859): Comentario al “Cuento de cuentos”, de Quevedo. Biblioteca de Autores Españoles, Madrid; tomo 48.

Fuente cortesía de Gibralfaro.net

*José Antonio Molero Benavides (Cuevas de San Marcos, Málaga) ha cursado los estudios de Magisterio y Filología Románica en la Universidad de Málaga, en donde ejerce en la actualidad como profesor de Lengua, Literatura y sus Didácticas. Desde hace ya casi cuatro años está al frente de la dirección de GIBRALFARO, revista digital de publicación mensual patrocinada por el Departamento de Didáctica de la Lengua y la Literatura de la Universidad de Málaga.


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