Caracas, Miércoles, 23 de abril de 2014


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La otra Manuela

Viaje al pueblo en donde murió “La Libertadora”

Alfredo Molano Bravo - Especial para El Espectador / Colombia

Jueves, 20 de abril de 2006

Piura es la puerta de Paita. Allí, algo de desierto comienza a respirarse, de ese desierto que rodea por el norte, por el sur y por el poniente al Perú, un país que Bolívar ambicionó pero nunca amó. Piura es una pequeña ciudad cercana a la frontera con Ecuador y que gira más en torno de Guayaquil que de Lima. Es el reino del trupillo, un árbol de hojas pequeñas y graciosas, rejudo y espinoso, que da unas vainas largas y olorosas como habichuelas. Nuestra Guajira está llena de ellos.

No es fácil llegar a Paita; el único bus que viaja, sale a las 6 de la mañana y regresa a las 5 de la tarde. Total, hay que ingeniárselas para llegar a ese puerto del Pacífico, donde murió Manuela Sáenz el 26 de septiembre de 1856, a los 48 años, casi a la misma edad que Bolívar.

El paisaje que hoy se ve no debe ser muy diferente al que se veía a mediados del siglo XIX, si no fuera por las bolsas plásticas que, arrastradas por el viento, terminan atrapadas en cualquier trupillo. Es una región plana, monótona y polvorienta. Por trechos hay cabras que cuida un pastor melancólico y sediento. Pero Paita misma tiene un mar azul, y una bahía abrigada que de tarde en tarde es cubierta por una neblina inoportuna y densa. Es el principal puerto del Perú en el Pacífico. Hoy es un pueblo de dos pisos. Arriba está la zona franca repleta de contenedores en fila, fábricas de hielo y varias empacadoras de pescado y de mariscos.

Están construyendo una enorme catedral en cemento armado, gris como el desierto y fea como un búnker. Guarda una estatua en madera de la Virgen de la Merced, venerada por tener una herida en el cuello hecha por un pirata ingles, que la botó al mar dándola por destruida. Tres días después, como cualquier cadáver, el mar la devolvió a la playa.

En el piso de abajo hay un muelle largo, un pequeño depósito y unas grúas. A todo lo largo de la costa pululan las ventas de pescado frito. Todo huele a aceite rancio. La pobreza se arrastra por el muelle. Sobrevive el edificio de la aduana, construido a fines del siglo 18. Tiene tres pisos y un mirador que vigila la bahía y que se cae a pedazos. Los vendedores de lotería, los tramitadores de aduana, los negociantes de sandía, colorada y fresca, lo han hecho su sede.

Al frente hay una iglesia, llamada hoy la Antigua Catedral. Construida a principios del siglo XIX, vive cerrada, salvo los domingos. A su lado hay otra iglesia, más vieja, siempre cerrada. En el campanario revolotean golondrinas; en el altar de madera pululan las ratas. No se sabe si Manuela tuvo oficios fúnebres, porque murió siendo una hereje y, además, de difteria, una fiebre infecciosa temida en los puertos.

La casa de Manuelita

La casa de la Bella Insepulta, como la llamó Pablo Neruda, pasa desapercibida para quien no la busca. Y aun para el que la busca. Nadie da razón de ella. La rodea un secreto, un sigilo que se esconde o que se goza. Manuela Sáenz sigue siendo una desaparecida. Alguien siempre traiciona y señala desde lejos la calle, y en la calle, al disimulo, la casa.

No queda al nivel de las otras casas. Tiene un corredor corto con barandas. Está construida en adobe y hoy tiene techo de zinc oxidado. Está pintada con cal de un ocre desteñido. Hay una placa conmemorativa. Para entrar hay que golpear la puerta de madera, y hacerlo con insistencia y vigor, porque se debe superar el volumen de la telenovela de turno. Una muchacha medio aperezada me abre la puerta y, sin mediar palabra, me ofrece un folleto de 20 soles con la estampa de Manuela.

Es todo, quisiera decirme, pero yo empujo con la rodilla la puerta y le pregunto: ¿Aquí vivió ella? ¿Dónde dormía? ¿Dónde dormían Jonathás y Nathan? ¿Dónde comía? ¿Dónde murió? ¿Qué fue lo último que vio? La muchacha me mira como a un invasor. Pero nada me responde. ¿Murió en una cama o en la silla de ruedas? La televisión seguía sonando a grito herido. La miré a los ojos: Oye, dime, ¿dónde colgaba la hamaca? “Ahí —me contestó— señalándome una argolla”. En el ángulo opuesto estaba la otra argolla. Es el único resto de Manuela. En su diario, un día de nostalgia escribió: “Estoy sentada frente a la hamaca, que está quieta como si esperara a su dueño. El aire también esta quieto; esta tarde es sorda”.

En la sala hay una mesa de plástico blanca con asientos, también de plástico; un espejo redondo que alguna vez fue tocador, un sofá desvencijado, una mesita alta llena de revistas de modas. Atrás hay dos alcobas con tres camas, un armario y las fotos de santos, tías, abuelos, parientes de la familia Godos, propietaria de la casa. Hay una ilustración enmarcada que alguna vez fue portada de una revista con un dibujo de Manuela Sáenz, “Caballeresa de la Orden del Sol”.

El general San Martín, a quien en Perú se honra más que a Bolívar, la condecoró con esa orden a instancias de Rosa Campuzano, su amiga íntima y querida del Protector. Quizás haya un baño y una cocina en un patio de atrás. Frente hay un parque de esquina con un busto de Bolívar de espaldas a la casa donde su amante vivía. “Doña Manuela nunca —me explica la muchacha— perdió la esperanza de que Bolívar volviera y de que la muerte de él fuera un embuste. Vivió mirando al puerto. Era mujer muy valiente, se transformaba en hombre para proteger al Libertador”.

Manuelita, como la llama el pueblo, es una de las figuras más atractivas de la independencia americana. Hoy se recuerda más como una amante de Bolívar que como una patriota que luchó hombro a hombro con los soldados en las batallas de Junín y Ayacucho, y que fue nombrada por Sucre en el campo de batalla Coronel de los ejércitos patriotas. Fue una de las tantas juanas, de esas mujeres que andaban detrás de las tropas y que combatían al lado de sus hombres. Llevaban la peor parte: alimentar a sus maridos, curarlos cuando eran heridos y enterrarlos cuando morían. Las relaciones de Bolívar con Manuela fueron apasionadas. Mucho se ha escrito sobre ellas.

En la última carta conocida, Bolívar la llamaba: “En mí sólo hay despojos de un hombre que sólo se reanimará si tú vienes. Ven para estar juntos. Ven, te ruego”. Pero ella no alcanzó a llegar a Santa Marta. La noticia de la muerte del Libertador la detuvo en Guaduas. Vivió cuatro años más en Bogotá, vigilada y asediada por el gobierno. Optó por exiliarse en Jamaica, como el Bolívar de 1813 y bajo los auspicios de la misma persona, Maxwell Hyslop. Desesperada entre la pobreza y la soledad, volvió al Quito que adoraba y donde poseía una gran hacienda en litigio. Aún vivía su marido James Thorne, a quien ella había abandonado cuando Bolívar pasó victorioso por Lima. El gobierno de Vicente Rocafuerte la expulsó del Ecuador y así, llegó con sus dos esclavas a Paita. Había dejado en Bogotá un baúl lleno de cartas que se cruzaron con Bolívar, y que sólo unos días antes de su muerte logró trastear a Paita.

La vida de Manuela en Paita fue muy dura. Fue un exilio. La pensión que le correspondía como oficial del ejército le había sido suspendida por Santander, y sus bienes en Ecuador confiscados por el gobierno. Vivió asediada por la pobreza y la soledad. “No tengo a nadie. Estoy sola y en el olvido. Desterrada en cuerpo y alma, envilecida por la desgracia de tener que depender de mis deudores que no pagan nunca”.

Se rebuscaba con dignidad en lo que podía: amarrando tabaco, haciendo postres de cidra y limón, tejiendo carpetitas. En 1840 “vino a visitarme el señor José Garibaldi, muy puesto aunque un poco enfermo… Jonathás y yo —escribe con picardía— no tuvimos reparo en desvestir a este señor y aplicarle ungüentos en la espalda”. Por Paita pasó en 1845 Herman Melville, quien andaba recogiendo información sobre la vida de las ballenas para su novela Moby Dick; seguramente lo conoció, porque Manuela mandaba todos los días a Jonathás a mirar quién había llegado al puerto. En febrero del 1854 la visitó el maestro de Bolívar, Simón Rodríguez, según ella “el creador de sus desgracias”. Fue un encuentro desbordante de alegría al comienzo, que terminó en un abismo. “Hablamos y discutimos, pues defiende a Santander”. El viejo se despidió un tanto amargado, diciéndole: “Dos soledades, Manuela, no se hacen compañía”. No volvieron a verse.

Ricardo Palma, autor de "Tradiciones Peruanas", la visitó poco antes de su muerte. La encontró en “un sillón de ruedas… abundante en carnes… vestía pobremente… los ojos negros animadísimos en los que parecía reconcentrado el fuego que aún le quedaba”. Dos años después, el general Antonio de la Guerra escribía el 28 de diciembre a su esposa: El 23 pasado a las seis de la tarde dejó de existir nuestra amiga doña Manuela Sáenz... Luego de ser enterrada en el cementerio local, se dispuso de sus bienes sin que hubiera motivo de recato de las autoridades, procediendo a cercar los linderos de su casa y a quemar todo… (para evitar el contagio) con la abominable e infernal enfermedad de la garganta”, la difteria. El baúl con la mayoría de las cartas de Bolívar —“ese señor que me forzó a seguir viviéndolo”— se quemó también.

El pueblo de Paita

No muy lejos de la casa de Manuela, en un alto, está el cementerio, reinaugurado por un alcalde en 1911. Tiene dos zonas. Una nueva, de galerías y muertos ordenados. El fenómeno llamado el Niño, en 1993 destrozó algunas y muchos esqueletos permanecen al aire. Cuando entré, los deudos de un tal Buenaventura, muerto dos años atrás, le daban una serenata de cumpleaños. Un trío cantaba y los asistentes aplaudían. La viuda lloraba. La zona antigua tiene las tumbas en el piso. Una cruz si eran católicos o una tabla si eran protestantes o desconocidos señala el sitio del muerto. La que dicen que es de Manuelita, tiene su nombre y unas flores azules de plástico. Yo le llevaba un floripondio amarillo que corté a la entrada del cementerio, lo puse en la cruz y volví a rezar con Neruda: “Adiós, Manuela Sáenz, contrabandista pura, guerrillera, tal vez tu amor ha indemnizado la seca soledad y la noche vacía”.

De Paita salí para Amotape, el pueblito donde murió Simón Rodríguez. No está muy lejos de Paita. Se atraviesa un trecho del desierto, se llega a un puente medio caído que rompió el mismo Niño del 93 y que aún no ha sido reparado. El río al reclamar siempre su lecho ha hecho una zona fértil que interrumpe la aridez. Se cultiva maíz, arroz y algodón. La mayoría de estas tierras, hoy en poder de pequeños campesinos, hacían parte de la famosa hacienda de Casas Grandes que el general Velasco Alvarado le expropió a una familia alemana y repartió entre parceleros que el gobierno organizó en cooperativa. En el 95 el Congreso emitió una ley que autorizaba la asociación de campesinos de las cooperativas rurales y transformarse en sociedades anónimas. Hoy los inversionistas están comprando parcelas y reconstituyendo las antiguas haciendas.

Al fondo del valle está el pueblo. Cuatro cuadras de largo por cinco de ancho. Una gran iglesia con altozano, la casa consistorial, tres chicherías y 50 casas que mueren de calor y hastío. A las tres de la tarde, cuando llegamos, no se movía la hoja de un árbol. El viento no pasa por Amotape. A dos cuadras de la plaza principal, llamada de Armas en Perú, está la casa donde murió Simón Rodríguez o Samuel Robinsón o “el diablo en andas”, a decir de Manuelita. El niño que me llevó me explicó por el camino como para evitarme una sorpresa: “¡Pero él ya no vive ahí!”. Dónde, le pregunté. Él murió, me respondió con disimulo, y cayó en un silencio ceremonioso de donde salió para agradecerme la moneda que le ofrecí.

Es una casa azul de paja que tiene dos habitaciones. En una, a la entrada, hay dos camastros y un arrume de maíz medio gorgojeado. En la otra, un colchón cubierto con un mosquitero. Es triste. Ni una placa, ni una referencia. Como tragado por el tiempo. Al salir vi las argollas donde el viejo debió colgar, como Manuelita, una hamaca para rumiar recuerdos. Simón vivía de una humilde pensión que Bolívar le había dado y que, es previsible, poco o nada le llegaba a un pueblo que a duras penas hoy se sabe dónde queda. Lo enterraron en el suelo de la iglesia. El sacristán actual, en cuanto nos vio interesados en el ilustre cadáver, no dijo con gran sigilo: “Si ustedes nada dicen, les voy a mostrar a don Simón”. Nos llevó detrás del altar mayor. En un rincón había un cajón de madera. La tapa estaba asegurada con unos baldosines rojos. Quitó uno por uno, insistiendo en que nada diríamos, “bajo juramento de personas creyentes”, remató al levantar la tapa. Tenía un esqueleto completo y casi bien conservado. Y ¿cómo sabe —le pregunté— que es el de don Simón? Porque lo desenterramos del mismo sitio donde lo metieron. Pero podía ser otro, argumenté. “No —dijo—, no. Yo mismo traje un retrato de él, lo puse a su lado y eran igualitos, igualitos. Don Simón era menudito y tenía el cabello muy largo. Lo desarregló la gente que quería tocarlo y por limpiarle los ojitos y la boquita, lo destrozó, Pero fue por eso, no por hacerle daño”.

Me sentí muy conmovido por el privilegio de conocer en persona la momia de quien acompañara al Libertador en el Monte Sacro. “Simón —dicen que dijo Bolívar—: juro libertar a América de esos vergajos”. Fue Rodríguez al decir de Manuela quien le metió tantas ideas en la cabeza al Libertador y a quien hace responsable, por tanto, de sus desgracias.

A la salida de la iglesia un hombre viejo nos dijo: “Simón fue robado de aquí y sus restos están en Caracas. Chávez mandó a una antropóloga forense y estableció que el cadáver que ustedes vieron es de una mujer fallecida a los 50 años, hace un siglo”.


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