Caracas, Sábado, 19 de abril de 2014

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Caída de los Monagas

[1858]

La dinastía Monagas en La BitBlioteca

Nosotros, el Concejo Municipal de este cantón y las demás personas que suscribimos, reunidos con motivo de la gran excitación que por todas partes se nota para tomar en consideración el estado actual de la República, declaramos lo siguiente:

Hace diez años que la nación venezolana se encuentra regida por una dinastía, tanto más detestable, cuanto que ha sembrado de abusos y de crímenes la larga carrera de su aciaga dominación. Los generales José Tadeo y José Gregorio Monagas, colocados alternativamente en la Presidencia de la República, lejos de cumplir los sagrados deberes de tan alto destino, han hecho de Venezuela su propio patrimonio y la han sumido en todo género de desgracias; sólo mencionaremos ligeramente algunas de ellas, porque sería dilatado y enojoso enumerarlas todas.

El Poder Judicial y aun el Legislativo han estado en una vergonzosa dependencia del Ejecutivo, el cual, valiéndose ya de las amenazas, ya de las promesas, ha hecho que su caprichosa voluntad sea la única ley de los venezolanos.

Las rentas públicas han sido escandalosamente dilapidadas, y los empleados en su manejo, y los Monagas, y las familias de éstos y sus favorecidos, han llevado a tal extremo su impudencia, que hacen público alarde, ostentación irritante, de sus criminales medros. Con indignación ha visto el pueblo hacerse repentinamente ricos con el Tesoro nacional a hombres que ayer no más eran pobres y menesterosos, y salir por los puertos de la República gruesas sumas de oro, destinadas por los Monagas a los bancos extranjeros; a tiempo que ni al acreedor legítimo, ni al militar inválido ni a la viuda, ni al huérfano de servidores beneméritos, ni a los empleados mismos a quienes no alcanzan la gracia y el favor del Poder se paga lo que les es debido. De aquí ese infame agio, establecido descaradamente en provecho de la dinastía y de sus adeptos, por virtud del cual está pasando visiblemente a las arcas del general Monagas y de su familia lo que la ley ha señalado como una recompensa a los servidores de la Patria. Y es tan insaciable la codicia de los Monagas, obra tan poderosamente en ellos la persuasión de que Venezuela es su patrimonio, que no contentos con absorberse la mayor parte de las rentas públicas, aumentadas en estos años de una manera asombrosa, han enajenado tierras de la nación, y aun otras propiedades que ésta debiera conservar como monumento de gloria; tales eran los hermosos cañones de bronce, que se sacaron del Castillo de Puerto Cabello para entregarlos a un hijo del general Monagas que presidía entonces la República.

Ciertos los Monagas del descontento de la nación por los abusos y crímenes de que ella es víctima, han adoptado para sostenerse un sistema de terror, propio sólo de caníbales. Por todas partes exacciones a los que ellos consideran como sus desafectos; por todas partes prisiones, extrañamientos, asesinatos; y aun se vio con espanto en la capital de la República a soldados de la guarnición disparar sus armas en las calles y matar a hombres pacíficos e inermes.

De este mismo sistema se han valido los Monagas para hacer ilusoria la libertad de imprenta, pues cuando algún escritor ha osado censurar los malísimos actos de la administración, ha sido obligado con fuertes amenazas a callar, y aun a dejar precipitadamente el país. Por eso reina en toda Venezuela un silencio sepulcral, y el mundo ignoraría lo que en ella pasa si uno que otro periódico extranjero, condolido, sin duda, de nuestra suerte, no publicase de cuando en cuando algunos de los graves males que nos aquejan.

Todo esto, aunque verdaderamente insoportable, aunque bien oprobioso para Venezuela, pudiera dejarse continuar por algún tiempo si hubiese la esperanza de que el medio legal de las elecciones produjese al fin un cambiamiento en el personal de la administración; mas tal esperanza no puede concebirse después que, reducidas en general las elecciones al corto número de los adictos a la dinastía y a algunos imbéciles que ceden al temor o a las promesas, su resultado no es ya la libre expresión de la voluntad nacional.

Ni debe esperarse tampoco que la mayoría de los venezolanos se lance a votar con su conciencia, cuando ejemplos no remotos como los horribles asesinatos de Santelis y Marchena en el cantón Ortiz, demuestran claramente que no puede haber esa patriótica decisión.

Si lo que acaba de sentarse en orden al cortísimo número de los que votan no fuese notorio; si ello no estuviese comprobado en los registros de las elecciones; si hubiese alguna duda que éstas no han sido libres, bastaría considerar dos hechos que hablan enérgicamente en favor de nuestro aserto; nos referimos a la unanimidad con que resultó electo Presidente de la República el general José Tadeo Monagas en el año de 1854 y a la mayoría que obtuvo después para Vicepresidente... ¡¡¡su hijo político Francisco Oriach!!! Unanimidad y mayoría que están en abierta contradicción con las repetidas protestas que a mano armada ha hecho la República contra la administración de los Monagas, y también con las reiteradas manifestaciones privadas y oficiales de esa misma administración, sobre haber en los pueblos una tendencia constante a sublevarse contra ella.

Por último, el general José Tadeo Monagas, después de haber vinculado el mando de la República en él y su familia, colmó la medida de sus atentados haciendo abrogar la Constitución de 1830 y sustituirla con otra en que se ve palpablemente su propósito de perpetuarse en ese mismo mando por medio de la reelección inmediata, que no permitía la Constitución derogada; bien que la titulada Constitución de 1857, monumento eterno de la ambición del general Monagas, nada vale, por haberla sancionado un Congreso que no tenía poderes para ello de sus comitentes, y que obrando con una arbitrariedad sin ejemplo se convirtió de Cuerpo constitucional que era en Cuerpo constituyente. Justo es notar aquí que, aunque todos los miembros de tal Congreso procedieron en esto con la conciencia de que no tenían misión para ello, algunos lo hicieron por temor a las persecuciones que pudiera traerles su negativa, y muchos con el designio de poner más en descubierto el despotismo y las miras del general Monagas, propendiendo así a esta revolución, que ellos mismos preveían y deseaban.

Es cierto que durante la administración de los Monagas ha sancionado el Congreso dos actos legislativos verdaderamente grandes, justos, filantrópicos; dignos, en fin, de Venezuela, y que siempre han estado en el corazón y en el pensamiento de los venezolanos; tales son el que declaró abolida para siempre la esclavitud y el en que acaba de concederse amplia y general amnistía a todos los comprometidos en los sucesos políticos de la República desde 1848; pero es también verdad que ninguna de esas medidas ha sido obra de la voluntad libre y desinteresada de aquellos dos mandatarios. En la primera sólo se propuso el general José Gregorio Monagas hacerse de prosélitos para combatir la revolución que temía, y que estalló, en efecto, el año de 1854. ¡Libertaba él a los hombres de la esclavitud personal para exponerlos a la muerte en defensa de la esclavitud civil! Respecto de la amnistía, todos saben cuánto la resistió el general Monagas, y que si al fin convino en que se diese, fue solamente porque se le hizo creer que con ella lograría disminuir el descontento público y alejar, por lo menos, el movimiento popular que tan de cerca le amenazaba. Por otra parte, esa amnistía no puede inspirar confianza alguna, porque no siendo ella del agrado de Monagas, claro es que éste no la respetaría si desapareciesen los temores que ahora le rodean, como no ha respetado nunca las garantías de los venezolanos.

En vista, pues, de tantos y tan enormes abusos; notando que nuestros males, lejos de disminuir, crecen extraordinariamente cada día; no quedándonos, por desgracia, otro medio para hacerlos cesar que el de una revolución, tanto más justificable cuanto que el general José Tadeo Monagas no tiene hoy título alguno para gobernarnos, pues que siendo nula, como evidentemente lo es, la titulada Constitución de 1857, nula es también por una consecuencia precisa, la autoridad que aquél ejerce por ella; rota como ha sido por el propio Monagas la Constitución de 1830 y disuelto, por tanto, el pacto social de Venezuela, nosotros, que, como los demás pueblos de ésta, hemos recuperado los radicales y primitivos derechos que delegamos al constituirnos, en uso de esos mismos imprescriptibles derechos, y proveyendo a la conservación de nuestra existencia política, desconocemos absolutamente la autoridad del general José Tadeo Monagas, la de su hijo Francisco Oriach y, en general, la de todos los funcionarios creados por la nula Constitución de 1857; haciendo la más solemne protesta de que nuestros principios al alzar la voz contra la tiranía que nos oprime son: derrocar de todo punto esa misma tiranía; organizar, de acuerdo con los demás pueblos de Venezuela, nuestros hermanos, un gobierno democrático; hacer real y efectivo el imperio de la ley, de modo que a ella y sólo a ella estén sujetos los venezolanos; conservar las relaciones y tratados que tenemos hoy con las naciones extranjeras; hacer cumplir religiosamente los compromisos que afectan el crédito público; establecer el más puro manejo en la administración de las rentas nacionales; conservar rigurosamente la independencia de los poderes en que debe dividirse la administración de la República; garantir la libertad de los venezolanos para emitir por la prensa sus pensamientos; proteger la religión católica, apostólica, romana; sancionar las medidas convenientes para que haya en las elecciones populares la más completa y amplia libertad; hacer, en fin, todo aquello que conduzca al bienestar y progreso de la nación. Bajo tales principios resolvemos:

Primero: Que se convoque a la mayor brevedad posible una Convención de diputados de todas las provincias de la República para que la organice en todos sus ramos, dándole un gobierno popular, representativo, alternativo y responsable.

Segundo: Nombrar, como nombramos, al señor general Julián Castro jefe de toda nuestra confianza para que, poniéndose a la cabeza de los pueblos, sostenga y lleve a cabo este pronunciamiento, y le damos cuantas facultades sean necesarias al efecto, encargándole, además, de la organización provisional de la República hasta que se reúna la Convención.

El pueblo de Valencia, representado en esta Asamblea, ofrece de la manera más solemne sostener con sus bienes y hasta con su sangre la extrema resolución que el imperio de las circunstancias le ha obligado a tomar; y cierto como está de que todos los demás pueblos de la República participan de sus sentimientos y están unánimes en el justo deseo de poner término a la bárbara y tiránica dominación de los Monagas, espera que todos ellos le ayudarán a consumar la obra de su redención. No hay ya para nosotros ni partidos políticos, ni denominaciones odiosas; queremos un olvido absoluto de nuestras pasadas disensiones, de nuestros errores, de nuestros extravíos, y que unidos todos como verdaderos hermanos, concurramos con igual entusiasmo y decisión a la noble empresa de libertar a nuestra patria. Sólo veremos como enemigos a aquellos que, sordos a la voz del patriotismo e insensibles a nuestras desgracias, se pongan de parte del tirano para combatir contra nosotros en esta lucha santa. Tentará, no lo dudamos, tentará el poder expirante de los Monagas sofocar este grito de libertad; pero nosotros confiamos en la justicia de nuestra causa, en nuestra firme resolución a sostenerla y en que la Divina Providencia protegerá nuestros esfuerzos hasta coronarlos con el triunfo; triunfo de la justicia contra la iniquidad, del patriotismo contra la tiranía, de la libertad contra la opresión.

Valencia, 5 de marzo de 1858


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