Caracas, Viernes, 18 de abril de 2014

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La «autocracia» de Guzmán Blanco

El Universal, miércoles 28 de julio de 1999

En los primeros años de su gobierno, ejerció un mandato sin restricciones, como la situación de guerra parecía imponerlo. Pero apenas tuvo oportunidad, convocó un Congreso de Plenipotenciarios

A cien años de su muerte, se sigue hablando de «la autocracia de Guzmán Blanco». Para conocer su pertinencia, conviene entonces comenzar por someter a estudio, a crítica, el término mismo de «autocracia» y su derivado «autócrata». Según el DRAE, lo primero es «Un sistema de gobierno en el cual la voluntad de un solo hombre es la suprema ley», y el autócrata «Aquella persona que ejerce por sí sola la autoridad suprema de un Estado». Como es lógico que sea en un diccionario de la lengua, esta definición escueta no da una idea exacta de lo que, en la realidad, significa el término.

De hecho, aun cuando haya algunos regímenes que acepten ser una dictadura, hoy no hay ninguna, ni la más absoluta, que acepte ser una autocracia. Acaso el calificativo perdió todo prestigio cuando en febrero de 1917, se derrumbó el imperio del Zar «autócrata».

Ninguna acepta serlo

En todo caso, es lo que asienta Mario Stoppino en el Diccionario de Política editado bajo la prestigiosa dirección de Norberto Bobbio : que a diferencia de otros términos conexos o sinónimos, la autocracia ... «no tiene una connotación histórica precisa ; no fue acuñado para denominar un tipo particular de sistema político concreto»..., con aquella excepción del zarismo. «Es», dice Stoppino, «un término abstracto que no siempre es usado en modo unívoco», aunque «Una autocracia es siempre un gobierno absoluto, en el sentido de que detenta un poder ilimitado sobre sus súbditos». Basados en esa definición, creemos posible demostrar que el término «autócrata», tanto intrínsecamente como en sus sinónimos «dictador», «tirano», «déspota» es difícilmente aplicable a Antonio Guzmán Blanco. Esa demostración la intentaremos en dos partes : en la primera se hablará del origen y la realidad del término aplicado a Guzmán mismo; en la segunda, se verá en qué medida Guzmán debió compartir su poder con fuerzas reales: es la tensión permanente generada por la tendencia centralizadora comprensible y hasta inevitable en quien trataba de construir un estado nacional, y los impulsos disgregativos de un poder disperso y un país desarticulado, contradicción que se hacía mucho más evidente e insoportable por ser Guzmán un producto directo del federalismo revolucionario.

I.- Cómo nació la palabra

Que sepamos, la palabra autócrata referida a Guzmán Blanco se empleó por primera vez en un libro de intención biográfica dedicado al Ilustre Americano, en los años cuarenta del siglo XX. El libro de R.A. Rondón Márquez, intenta al final un balance, pero es menos un análisis que una descripción simple. Lo cual no le impide aplicar el calificativo a Guzmán, sin inquietarse demasiado por sus aspectos metodológicos, entre ellos el significado mismo del término.

Esto no es una interpretación nuestra: en el prólogo, el autor se refiere a la boutade de Francisco González Guinán según la cual su elefancíaca Historia Contemporánea de Venezuela era letra de Landaeta Rosales y música de El consejero de la juventud, una obra de intención moralizante escrita por el mismo González Guinán. Qué decir de ésta mi obra, se preguntaba Rondón Márquez, la cual es letra de González Guinán, sin música? Eso ya revela el fondo de su escritura . Porque la obra de González Guinán es una narración detallada y en ocasiones tremendamente aburrida de los acontecimientos del siglo XIX. Y siendo más descripción que análisis, y en ese caso, las preocupaciones metodológicas son muy secundarias si no inexistentes.

Tres posibles orígenes

De todas formas, hay tres posibles orígenes del vocablo aplicado a Guzmán. El primero pareciera haber sido la necesidad, menos histórica que propagandística, de encontrar un término que designara a un gobierno liberal, tan polémico como el que había inventado Guzmán el viejo, «oligarquía». De modo que lo de «autocracia» debe tomarse aquí en todo su sentido peyorativo : es una designación de los conservadores, o de sus herederos historiográficos.

El segundo : en verdad, lo que se le reprocha a Guzmán es lo prolongado de su dominio. Porque si se toma la autocracia por su origen, la legitimidad de todos es la misma, al menos después de la dictadura e incluso del primer gobierno de Páez: las armas. Y en cuanto al poder muy grande y en ocasiones absoluto, ningún gobernante anterior deja de tener rasgos de esa autocracia: ni Monagas, ni Julián Castro, ni el dictador Páez del 61, incluso ni Falcón.

Finalmente, hay la práctica efectiva de la dictadura en Guzmán. En los primeros años de su gobierno, ejerció un mandato sin restricciones, como la situación de guerra parecía imponerlo. Pero apenas tuvo oportunidad, convocó un Congreso de Plenipotenciarios. Como lo había hecho Páez

Quiso con eso darle un asiento legal y constitucional a su mandato. Y no intentó prolongarse en el gobierno más allá de lo establecido constitucionalmente. Cierto, como habían hecho Páez con Soublette y José Tadeo con José Gregorio, para sucederle designó con Alcántara y Crespo a hombres de su entera confianza. Aunque Guzmán se jactaba de que era él solo, por sí y ante sí el responsable (y por lo tanto de los méritos) de su acción de gobierno, nunca actuó en esa forma absoluta que le atribuían sus enemigos. Es por eso que Polanco Alcántara constata que Guzmán

«Demuestra un sentido de trabajo en equipo que le permite, sin perder el control del conjunto, hacer actuar a colaboradores escogidos entre personas de su más cercana confianza, a quienes respeta y deja trabajar, pero siempre dentro de los límites que les ha señalado».

II.- Vivir con la Federación

El segundo capítulo del acta acusatoria que contribuye a mantener a Guzmán en el infierno de la historia venezolana, está formado por los agravios centralizadores que infligió a una federación de donde provino su poder. Y sin embargo, nadie hizo tanto como él para respetar sus fueros. Con sus tendencias autoritarias y por lo tanto centralizadoras, con todo y la exageración presupuestívora de su monumentalismo «caraqueño», con toda su egomanía centrípeta, fue sin embargo uno de los gobernantes más «federalistas» que haya tenido Venezuela.

Para argumentar esta última afirmación, se impone precisar qué se quiere decir con eso de «gobernante» y, por supuesto, también con lo de «federalista». Lo primero se refiere al hecho de ser Guzmán Blanco quien puso los mayores hitos para la formación del Estado venezolano en la República de Venezuela durante el siglo XIX; y un gobernante de verdad, que enfrentó en todos los sentidos a la «federación» y no que simplemente se dejó dominar por ella. Lo de «federalista» no alude tanto a una disposición constitucional como a una situación de facto. La Constitución de 1864 no «implantó» la federación en Venezuela : ella lo estaba en los hechos, no sólo desde el inicio de la República, sino antes de ella. Las diversas regiones que fueron administrativamente enlazadas en 1777 como Capitanía General de Venezuela, nunca formaron una nación orgánica.

En el terreno económico, igual situación. Las diversas regiones estaban acostumbradas a comunicarse directamente con las metrópolis europeas o americanas, o con sus colonias caribeanas, sin pasar por la capital de la República: poca, si alguna, comunicación o comercio había entre ellas. De la misma manera, todas tenían su propia área de acción política, o lo que es lo mismo, todas obedecían en primer lugar a su propio caudillo, y hasta soportaban sus gabelas regionales.

Plenamente consciente

Guzmán estaba plenamente consciente de esa situación. No se necesita ser adivino para saber que pensaba de esa manera, ni tampoco es necesario ir a espulgar los archivos para encontrar el documento que lo pruebe: eso era la evidencia misma. No era entonces muy original al verlo como lo veía, pero sí tal vez la solución que encontró para asegurar la paz y su propio dominio en la regla de oro de los ingleses : if you cannot fight it, join it. Al verse incapaz de pacificar y dominar el país como más tarde pudo hacerlo Gómez, anulando su poder, decidió entonces que cada uno de esos caudillos actuase con bastante libertad en su territorio, siempre y cuando pudiese garantizarle allí la paz y la estabilidad. Es así como llegó a establecer lo que podría considerarse un atisbo de lo que en nuestro siglo llegarían a ser las proposiciones de regionalización, y que él mismo bautizó «delegaciones militares». Ellas no tendrían la organización ni el nombre de tales, sino más bien del respectivo caudillo. Eran las regiones dominadas por Joaquín Crespo, Jacinto Lara, José Eusebio Acosta, Gregorio Cedeño y Juan Araujo. Este último nombre tenía carácter de símbolo, porque al revés de los anteriores, no era un caudillo liberal sino «godo». De modo que ese pacto con el «León de la Cordillera» revelaba que para Guzmán, la garantía de la paz pasaba por encima de cualquier congenialidad ideológica o compadrazgo político.

Opuesta a la fórmula de Gómez

Eso no era todo: Guzmán va a asegurar también esa paz en forma diametralmente opuesta a la que, cuatro décadas más tarde, empleará el general Gómez : reduciendo el presupuesto del Ministerio de Guerra . Esa era también una manera si no de limitar, por lo menos de dar cierta coherencia al poder de los caudillos : si querían tener su propio ejército, debían pagar su precio para ello.

Hay que decir, por otra parte, que los propios «federados» se dieron cuenta de que serlo no sólo traía ventajas sino también perjuicios. Es así como los estados «pobres» (o sea los que no tenían minas, o salinas) al encontrarse en desventaja, no solamente acogían entusiasmados lo que al final era una forma de control por parte del poder central, como era el caso del situado constitucional. Fueron más lejos: llegaron a proponer ese control porque la autonomía de la explotación y comercialización de las salinas por parte de los estados, las había llevado a la ruina, y de paso a quienes habían creído beneficiarse con ese sistema. Pero todas esas concesiones no tanto a la letra de la ley como a la realidad del país, tenían una contrapartida, hasta podría decirse una contraprestación: la autoridad de Guzmán Blanco no podía ser discutida, y mucho menos con el habitual y casi único recurso de la revuelta armada.

Acaso a regañadientes

Y esto era algo que tal vez los caudillos dominantes, acaso a regañadientes estaban dispuestos a aceptar como garantía final de ese dominio en sus regiones. Pero no rezaba esa regla para quienes eran simples aspirantes a esa misma condición dominadora, ya señalada. Combínese todo eso con la teoría del «ciudadano armado» expresada por Falcón en Palmasola, y se tendrá como resultado lo que el propio Guzmán expresó en aquella frase que ha terminado haciéndose famosa: «Venezuela es como un cuero seco: la piso por un lado, se me levanta por el otro».

Guzmán buscó aplanchar ese cuero seco recurriendo no solamente a su fuerza militar y a sus propias condiciones como jefe de ejércitos demostrada durante la Guerra Federal, sino también a espectáculos públicos que pudiesen golpear la imaginación popular e infundir miedo a los aspirantes, siguiendo el siempre eficaz consejo maquiaveliano : es preferible ser temido a ser amado, porque los hombres pueden cambiar de amores, pero el temor del castigo es siempre el mismo.

El rigor llevado hasta la crueldad lo demostró en el fusilamiento de Matías Salazar el 18 de mayo de 1872. Al ajusticiarlo Guzmán estaba infringiendo la más importante garantía del Decreto de Falcón en 1863.

«Matiítas» el torero

Pero, además, estaba fusilando a «Matiítas», ese antiguo torero que llegó a ser uno de los guerreros más populares de la Revolución de Abril y que por todas esas razones, podía proponer una especie de guerra de clases o colores en el interior mismo de la causa liberal: Guzmán tenía en la historia el ejemplo del Libertador haciendo fusilar a Piar. Humillación suprema para el ajusticiado como para su verdugo, quien dirigió el pelotón fue uno de los más tristes personajes de la historia venezolana, Julián Castro. El teatralismo guzmaniano se manifestó más abiertamente en el combate a la insurrección de Pío Revollo en Guayana, Guzmán le dio a ese alzamiento un tratamiento sin común medida con la importancia de su dirigente ni de la acción emprendida: no podía dejar pasar la ocasión de un castigo ejemplar. No por cierto quitándole la vida, como en el caso de Salazar, sino por medio de una espectacular degradación pública el 31 de marzo de 1880. El impacto que pudo haber causado el espectáculo se puede inferir de la sola descripción de lo que González Guinán llama «muerte moral» del general Revollo.

La culpa de todas esas tensiones no puede achacarse, como suele hacerse, exclusivamente a la egolatría del Ilustre Americano. Detrás de eso está la debilidad por no decir inexistencia de las instituciones públicas en Venezuela, lo que hacía muy difícil despersonalizar un liderazgo nacional. O sea, que quien mandaba no era el Presidente de la República, sino Antonio Guzmán Blanco. Ni siquiera se podía decir que mandase el Partido Liberal, pues su propio padre fundador, Antonio Leocadio Guzmán, había acuñado una fórmula para designar a quienes gobernaban: «los liberales de Antonio», o sea de su hijo. Hemos citado la frase de Antonio Leocadio sobre los liberales «de Antonio» para dejar claro que estamos conscientes de hasta dónde llegaba y llevaba la voluntad de dominio del Ilustre Americano. En un país donde la tradición o cuando menos las tendencias autocráticas no faltaban, debió contar, y lo hizo, con otro tipo de tradición: las pulsiones centrífugas, que eran tan fuertes y tradicionales no sólo como una imposición de la geografía, sino de una vieja implantación en América.

No es esta, por cierto, el único terreno donde sea posible demostrar que Guzmán Blanco no fuese un «autócrata», pero es el más significativo. No se puede decir que el ilustre Americano haya sido un Louis XIV: más bien se parece a los predecesores del Rey Sol.


Manuel Caballero en La BitBlioteca
Antonio Guzmán Blanco, Decreto de Instrucción Pública

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