Caracas, Miércoles, 23 de abril de 2014

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Venezuela heroica

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Revista Imagen, Caracas: Consejo Nacional de la Cultura (Conac) de Venezuela, abril-mayo de 1998

Parte del dossier "Los héroes esos", del cual forman parte también:
Elías Pino Iturrieta,
Necesidad y despotismo de los héroes
Sergio Pitol,
La isla púrpura
Juan Villoro,
El guerrillero inexistente

El Estado era antes el principal promotor de héroes. Ahora, cuando los ilustres institucionales decaen, los efímeros héroes privados del show business acaparan el ánimo mitómano de los pueblos, ya no arremetiendo contra un orden, sino consolidándolo.

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Héroe: aquél cuya transgresión cumple los deseos implícitos de una colectividad. Las mitologías antiguas lo presentan como descendiente de dioses y mortales. Héroe es por tanto quien mediante sus fuerzas personales realiza un anhelo general, que, por ser voz del pueblo, es también voz de Dios. Para cumplir tal tarea hereda de los dioses las facultades extraordinarias; de los humanos la patética condición mortal. Esta dualidad lo convierte a la vez en viviente emblema del mito de la caída y en esperanza redentora. El vástago de los inmortales sólo puede ser a su vez imperecedero renunciando a utilizar para sí mismo sus desmesurados dones y poniéndolos al servicio de la efímera humanidad. No hay héroe solitario. Sólo se es héroe dentro de una colectividad. La Utopía es el héroe social. El héroe es el nombre propio que damos al gigantesco movimiento mediante el cual un pueblo intenta formarse o transformarse. A tal héroe, tal sociedad.

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El héroe es un transgresor. Si no lo reconocemos así, es porque atendemos al nuevo orden que instaura y no al que aniquila. Para cumplir el deseo implícito que abrigan todos, desafían la regla explícita ante la cual todos se inclinan. El paladín funda el nuevo orden al matar al monstruo que emblematiza la caótica dualidad entre el ayer y el mañana, entre apetito y constricción, libertad y esclavitud, conocimiento y misterio, legitimidad del poder y corruptela. En el campeón delegamos individuos y sociedades la resolución de las disyuntivas que nos desgarran. Por ello este redentor se nos presenta inevitablemente con doble faz. Atrae y rechaza. Convoca y cuestiona. Es admirado y detestado. El héroe es nuestro yo posible. Sólo viviremos rindiéndonos a él; sólo nos convertiremos en él matándolo. Esta proeza no es necesariamente épica, pero sí trascendente. Basta para cumplirla con hacer propia la divisa del primer rebelde, galantemente recogida por Stephen Dedalus: Non serviam. No serviré a aquello en lo que no creo. Este Rubicón separa a los hombres de las sombras.

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Sin altar no hay Dios; no hay héroe sin aparato cultural. El héroe es ante todo un culto. Y un culto es administración de lo oculto: mientras más amplia la difusión de una imagen, más restringido lo que ésta revela del personaje. El héroe es el hombre que la clase dominante da a las hazañas colectivas del pueblo para mejor apropiárselas. Tras los titanes se organizan religiones laicas, con teologías, templos, vestales, sacerdocios, liturgias, panegíricas, panteones, sacrificios, ofrendas, limosnas, sillones, primicias y canonjías. Se apropian de la forma para evitar consustanciarse con el fondo. Custodian el sueño del héroe y el sopor de la sociedad para evitar que el uno despierte a la otra. La heroicidad consagrada es pedagogía del rosario de transgresiones consolidatorias, es decir, de aquéllas que no cabe repetir, por ya cumplidas. El héroe desafecto a las instituciones goza por siempre de la desafección de éstas. Cada poder tiene su héroe: su versión del héroe. Con frecuencia éste es el nombre que da a las hazañas colectivas del pueblo para mejor apropiárselas. Cada poder tiene el mismo antihéroe: el pueblo. Èste fue caníbal e indolente para los conquistadores; irracional y flojo para los oligarcas; degenerado y perezoso para los positivistas; hambriento y haragán para los populistas; no globalizado y holgazán para los neoliberales. El culto del héroe sirve para evitar que el pueblo pueda serlo. El héroe sirve para todo.

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La taxonomía trágica de nuestros héroes comienza con la tríada de los Padres Fundadores: Indígenas que resisten la Conquista, Conquistadores, Libertadores. Características comunes unen destinos tan contradictorios. Todos viven y mueren por preservar o fundar un proyecto colectivo. Todos son alternativamente condenados como monstruos o celebrados como ídolos por las historiografías oficiales. Todos derivan su prestigio esencialmente del coraje físico. Todos son varones. Todos comparten destinos trágicos: los caciques mueren ejecutados o emboscados; los conquistadores se matan entre sí o perecen en insensatas búsquedas de El Dorado, los próceres entregan su vida precozmente como precursores o prematuramente como libertadores execrados por sus libertados. Como a los héroes trágicos, los hace y los deshace la hubris: la soberbia, la desmesura. Todos, en definitiva, están bajo el signo crepuscular del fracaso. O mueren antes de culminar su obra, o sobreviven grotescamente para destruirla. Nadie sabe hasta dónde hubiera llegado la carrera de Páez si hubiera tenido la suerte de morir en Carabobo.

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La República constituida engendra un quinteto de tipologías heroicas: el Caudillo Rural, el Gendarme Necesario, el Demócrata Necesario, el Revolucionario Izquierdista, el Especulador Financiero. Todos terminan utilizando las empresas colectivas como máscaras de proyectos de ascensión individual. Sobre el pedestal de la incesante convocatoria a la rebelión instauran el ídolo de la colaboración de clases. Mediante la promesa de botín movilizan a las masas que luego paralizan con la dádiva o la masacre. Sobre todos y cada uno de ellos derraman epítetos o consagraciones las academias de turno. Los Caudillos Rurales, primero exaltados zoológicamente como tigres, leones o centauros, terminan siendo apostrofados de bárbaros, de anárquicos y de atávicos por los doctores positivistas que acicalan el trono del Caudillo que acaba con todos los Caudillos: el Gendarme Necesario. La hazaña de éste significa su paradójico final: nadie necesita un matador de dragones, de jefecillos o de ratones cuando éstos se han extinguido. El Gendarme Necesario muere en su cama a tiempo para que lo releve en su inextinguible tarea de garantizar el Orden un nuevo héroe: el Demócrata Necesario.

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El Demócrata Necesario comparte algunos de los rasgos que Rómulo Betancourt atribuye en su Plan de Barranquilla al Caudillo Rural y al Gendarme Necesario. Todos son "hombres surgidos de los azares de la guerra y con profundos arraigos en la conciencia popular, que en ellos creía ver la encarnación de su destino". Pero las contiendas de nuestra contemporaneidad son urbanas: el golpe de Estado y la campaña electoral son sus batallas; los votantes clientelares reclutados mediante promesas de dádiva son sus efectivos; el abuso de los símbolos de la cultura popular y a falsa generación de expectativas sus estrategias. El Demócrata Necesario cumple la tarea histórica de postergar indefinidamente la democracia social y económica en nombre de una democracia comicial donde el acta mata voto y el escrutinio mata acta. Esta agitación inmóvil oscila durante cuatro décadas alrededor de tres partidos idénticos empeñados en una sola colaboración de clases verdadera.

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No hay héroe sin monstruo. En nuestra contemporaneidad inmediata, el papel del perfecto monstruo le fue asignado al Revolucionario Izquierdista. Éste planeaba iniquidades tan condenadas y condenables como la nacionalización de las industrias básicas, la independencia económica y la realización de la siempre postergada igualdad social. Pero aun: tildaba a los Demócratas Necesarios de corruptos, a los Especuladores Financieros de ladrones, y a ambos de cómplices. Caro pagaron los izquierdistas sus fechorías. El Pacto de Punto Fijo y la represión les negaron toda posibilidad de acción legal. El sistema convirtió así una rebelión social generalizada en una guerrilla focalizada; un insoluble problema socioeconómico en un practicable operativo militar. Los izquierdistas que no terminaron en el pozo de la muerte o en la segregación acabaron dándose golpes de pecho durante un cuarto de siglo para fenecer en el Congreso o en las instituciones culturales.

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Sobre la satanización del Revolucionario Izquierdista se consolidó el pedestal del nuevo ídolo. Ante la amenaza de la igualdad social, las mismas fuerzas que se aglutinaron alrededor del Gendarme Necesario se petrificaron en torno al Demócrata Necesario. Los marginales votaron por él porque prometió volverlos clase media, la clase media porque ofreció elevarla a oligarquía, y ésta le financió sus campañas porque juró ascenderla a transnacional. Aunque pasó exactamente lo contrario, ni siquiera así dejaron de creerle. Cuando se supo que el Demócrata Necesario malversó fondos, se enriqueció ilícitamente y endeudó en forma irrecuperable al país, volvieron a votar por él para que lo subastara en baratillo.

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La gente sólo bajó de su pedestal al Demócrata Necesario cuando empezó a llamarlo "populista" y "Estado omnipotente" el nuevo paladín: el Gran Especulador. Jamás politiquero alguno despertó entre las clases medias y la intelectualidad exquisita el arrobo que suscitó esta figura de la picaresca, sombra eterna de todos los gobiernos y testaferro de todos los poderes, eterna excrecencia de todos los saqueos, ascendida a héroe por obra y gracia de la retórica neoliberal. De creerle a ésta: bastaba con rematar todas las empresas públicas y privadas y entregar los fondos al Gran Especulador para entrar de un golpe en la Modernización y en la Globalización y pasar de la Venezuela Rentista a la Venezuela Productiva. Lo que en verdad produjo el nuevo Mesías Especulador fue la crisis financiera más grave del mundo, y el descrédito simultáneo de sus progenitores, el Demagogo Necesario y el Neoliberal imprescindible. Ambos desaparecieron del horizonte de los eventos, el primero en la cortina de humo de la Muerte de lo Político y el segundo tras la frontera de países inmunes a la extradición. Su partida de defunción es el 27 de noviembre de 1989; su velorio las encuestas; su lápida, los crecientes porcentajes de abstención electoral. Ni un solo político institucional, ni un solo partido del status, ni un solo sirviente de los organismos financieros internacionales se atreve a solicitar en forma abierta el apoyo de las masas que vendieron a una oligarquía transnacional anónima y devoradora. La colectividad ha perdido toda capacidad de reconocerse en los hombres institucionales porque éstos agotaron su facultad de generar héroes, es decir, fautores creíbles del deseo de las masas. En esta coyuntura, el país vuelve sus ojos hacia los ídolos privados.

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Una decena de campeones de boxeo, once misses, tres beisbolistas, dos motociclistas y dos ídolos de la canción son los venezolanos que han alcanzado mayor fama nacional e internacional en las últimas décadas. Su prestigio se cifra en la culminación de un ascenso individual que sólo los ingenuos confunden con un proyecto colectivo. Sus meteóricas apoteosis ni derriban a los poderes ni elevan a las masas. Es certero el lugar común que dice que "representan al país" en el exterior. En alguna forma, constituyen cierta imagen de una nación que antaño dio al mundo libertadores y filósofos de la educación, y que hoy es más conocida como exportadora de la materia prima que mantiene funcionando al planeta.

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Comencemos por el impresionante desfile de campeones de boxeo: Sonny León, Betulio, Antonio Gómez, Rondón, Alfredo Marcano, Ernesto España, Luis Lumumba Estaba, Morocho Hernández... Son muchos, pero sus biografías se parecen hasta ser colectivas e intercambiables. Todos vienen de barrios pobres. Todos empiezan a entrenar para defenderse de la violencia de sus vecinos. Todos tienen contexturas tercemundistas: mosca, ligero junior, semipesado, pluma o gallo. Todos alcanzan el estrellato hacia los veinte años. Todos declinan con rapidez, fulminados antes de la treintena por celebraciones desordenadas, peleas desiguales en categorías que no les correspondían, dietas atroces, diuréticos devastadores o uppercuts anestesiantes. A la edad en que un Muhammad Alí multimillonario todavía defendía su título, la mayoría de los criollos estaban arruinados. José Ignacio Cabrujas recuerda en conmovedora crónica haber visto al demoledor Sonny León recogiendo restos de comida en un basurero. Todos acaban en sombras humanas, que podrían decir, como lo hizo el Morocho Hernández en una magnífica entrevista de Rafael Delgado: "El error de mi vida ha sido haber pasado de la humildad a la grandeza sin el apoyo moral necesario, sin que tuviera quien me supiera administrar..." (El Nacional, 22/7/1968). Una frase que, sin más, podría aplicarse a todo un país.

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Así como la marginalidad engendra hombrecitos feos y con puños dinamiteros, la alta clase media lanza al estrellato muchachas bellas, dulces y a veces más espigadas que los personajes que salen a recibirlas en los aeropuertos con rimbombante oratoria ("Estoy ante tu presencia, reina, pronunciando mi mejor discurso", dijo Pepi Montes de Oca ante Irene Sáez), o con catilinarias feministas. Ambas penitencias son redundantes. La preparación de una miss comprende un proceso de entrenamiento y selección (a veces de remodelación quirúrgica) tan despiadado y agotador como el que produce un campeón de boxeo, con la diferencia de que ninguna árnica cura los golpes en la vanidad. Una ley no escrita impone que las misses no tengan historia visible antes de su proclamación: otra —que también rige para los boxeadores— exige que se desvanezcan sin pena ni gloria luego de las obligatorias giras y las imprescindibles declaraciones tontas, por el estilo de "Pinochet es hermoso". La transgresión de esta regla puede trasladarlos sin previo aviso del Paraíso de los ídolos privados al infierno de los héroes institucionales.

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Porque bellas y bestias, al igual que los campeones de motociclismo Cecotto y Lavado, al igual que todo el país, fían su grandeza a un recurso natural no renovable: la pegada en los primeros, el físico en las segundas, los reflejos para dominar costosas motocicletas que Venezuela no sabe producir, en el último caso. Ante tantas celebridades efímeras, apenas los cantantes José Luis Rodríguez y Óscar de León han podido mantener sus facultades hasta una temprana madurez. En este caso las condiciones han de ser cultivadas con exigente disciplina, y el atractivo, cuidadosamente dosificado en una consolidación del orden. Así como los hombrecitos de puños anestesiantes se despedazan "para ayudar a papá y mamá" y las misses ofrecen aplicar sus estremecedores atractivos al sacrificio de la carrera por el hogar, José Luis refrena su perturbadora sensualidad con sermones religiosos y con la leyenda de un hogar monogámico protegido de todo mal en Mayami Nuestro. El olvido de estas precauciones le costó al guapachoso, sabrosón y desordenado Óscar de León el ingreso en la crónica roja. Privilegio que por cierto comparte con más de un campeón de boxeo que no supo medir el uso doméstico de sus puños, y con tres misses que intentaron el suicidio. Dos de ellas con éxito.

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¿Hasta dónde se rebaja una sociedad que sistemáticamente exalta boxeadores, misses, cantantes, faranduleros? La agresión física, la apariencia externa y las artes de la seducción son sus evidentes valores. Otros intranquilizantes rasgos comparten los profesionales que en la actualidad acarrean el procerato para los venezolanos. Ya indicamos que ejemplifican un proyecto de ascensión privada en el cual la colectividad sólo figura como testigo. En segundo lugar, sus destinos orbitan alrededor del espectáculo. Descuellan dentro de las reglas de juegos donde la regimentación del oficiante se corresponde con la pasividad del observante. Así como el potro galopa sin llegar a ninguna parte en el hipódromo, los ídolos de nuestra contemporaneidad cumplen circuitos previsibles en la pasarela, en el salón de conciertos, en el ring o el campo deportivo. No son transgresores sino consolidadores de un orden. El público que los celebra proclama al adherírseles su capacidad o su resignación para mantenerse dentro de él. En tercer lugar, la certificación de este mérito, como la de nuestros deméritos, ha de ser otorgada en el exterior. Lo que embellece a la joven es la corona; lo que potencia al púgil es la faja, lo que consagra al trovador es el galardón en el festival internacional. Así como cultivamos una agricultura de puertos, cosechamos una cultura y una idolatría de puertos. Hemos colocado fuera de nuestro control, no sólo nuestro sistema financiero, sino además nuestro aparato consagrador de mitos. Nadie es héroe en su tierra.

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Se dirá que soslayo al Premio Nobel de Medicina Benacerraf, a Jacinto Convit, a la bailarina Zhandra Rodríguez, a los pintores Marisol, Soto, Cruz Diez, Zapata y Borges, a los escritores internacionalmente galardonados Adriano González León, Denzil Romero y Armando José Sequera, a Margot Benacerraf, Palma de Oro en el Festival de Cannes y pionera de tantos cineastas premiados en el exterior cuya obra no se exhibe en Venezuela. No los olvido yo, sino un país que los ignora o los rechaza, como expulsó a Teresita Carreño y a Simón Rodríguez: un país cuya eficacia en la exportación de oro negro sólo es equiparable a su competencia para la expatriación de materia gris. A pesar de sus lúcidos científicos, de sus alucinantes pintores, de sus atrevidos escritores y de sus esforzados cineastas, algo en la mecánica de la formación de sus mitos quiere que el venezolano medio se reconozca en el efímero y solitario destino de un boxeador, de una miss, de un motociclista o de un cantante.

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En la más grave crisis que enfrenta la República desde su creación, el fracaso de los hombres institucionales les impide representar el papel del héroe. Deslegitimados por el fraude y la corrupción. Demócratas Necesarios y Especuladores Neoliberales consolidan un frente cerrado que se agota en el proyecto de negarle a la población la soberanía, la igualdad socioeconómica, la asistencia, la educación pública y gratuita y hasta la vida. Les responde una generalizada protesta social: "Principios, y no hombres", ofreció el caudillo Cipriano Castro a principios del siglo XX. Concluye la centuria sin hombres y sin principios. Por ello los anhelos colectivos se vuelven hacia las otras dos categorías de héroes: hacia la dura disyuntiva de vida o muerte de los Padres Fundadores o hacia el ensueño de consagración privada transnacional de los ídolos mediáticos. No es extraño que los nuevos liderazgos recluten símbolos y rostros de ambas huestes, hasta hace poco proscritas. En la sala del angustiado imaginario colectivo espera un trono vacante.


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