Caracas, Miércoles, 16 de abril de 2014

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Disociación psicótica

2001

Nota: Este es un texto escrito complementado otro que, sin estar firmado, llegó a mi buzón de correo. En su concepción reviste importancia, a pesar de pecar de debilidad argumental y deficiencias de estilo. Es por ello que, manteniendo la línea argumental, me atreví a complementarlo, tanto más que aborda una situación social plenamente vigente que merece ser tomada en cuenta.

A continuación les someto el texto modificado.

Grupos de especialistas (psicólogos, psiquiatras, comunicadores sociales y expertos en asesoría de imagen) vienen trabajando para dirigentes políticos de la oposición, habiendo elaborado campañas que buscan captar la atención de determinados sectores sociales, y de esa forma condicionarlos con el contenido de ellas.

De esta manera, durante los dos últimos años, han manejado determinados códigos psicológicos que buscan motivar y convencer a los sectores a los cuales están dirigidos. El resultado que se proponen obtener es influir al receptor del mensaje de tal manera que pierda su capacidad de discernimiento y obnubilarlo del tal forma que termine por renunciar a cualquier análisis crítico del mensaje del que es receptor, causándole así una patología mental llamada «Disociación psicótica».

Explicándolo grosso modo, para no extenderme demasiado, la disociación psicótica es un proceso de manejo de códigos psicológicos donde se crea en el subconsciente del individuo una realidad ficticia en la que «TODOS» los males, y por ende «TODO» lo negativo que le sucede, proviene de una sola causa o de una sola persona. Establecido el patrón mental en el subconsciente del individuo, este llega a un estadio que le induce a creer que eliminando la causa de los males que le aquejan, habrá de alcanzar la felicidad absoluta. Estando dirigida a un colectivo la campaña requiere que el mensaje sea, además de asimilado, retransmitido a otros individuos pertenecientes a dicho colectivo. Para ese fin la oposición ha contado con el respaldo de los medios de comunicación social, los que de manera sistemática y reiterada han hecho llegar el mensaje al receptor. En forma más primaria (los medios aún no tenían ni la tecnología, ni la penetración que hoy tienen) Goebbels manejó códigos similares, por lo que la sociedad alemana llegó al convencimiento pleno de que los judíos eran los únicos responsables de la crisis económica de 1929, que tenía por finalidad imponer el comunismo en Alemania. Para ello se creó una matriz de opinión según la cual el sionismo era un instrumento de la Unión Soviética, quien aspiraba imponer el sistema comunista en escala mundial.

En nuestro caso, es decir en Venezuela, se trata de Chávez.

Chávez como único responsable de los males que aquejan a la clase media, para la cual está dirigido el mensaje. Una clase media que de manera inconsciente ha desarrollado la certeza de que la implantación del comunismo en Venezuela es el fin último que él persigue. La que visceralmente se niega a leer el texto constitucional, satanizándolo sin siquiera haberlo ojeado. La que repite que el país está en la ruina, a pesar de seguir cambiando de vehículo año tras año, de seguir concurriendo a costosos restaurantes sin importarle el monto de la factura a pagar, de seguir viajando al exterior por lo menos dos veces al año, etc. La que no duda en creer que los aliados de Chávez no son otros que los que Bush definió como el «Eje del mal», por lo cual en Venezuela transitan libremente y a plena luz del día, terroristas venidos de Colombia, de Libia, de Irak, de Jordania y de Irlanda. Para la que los Círculos Bolivarianos son organizaciones paramilitares fuertemente armadas que en cualquier momento habrán de saquear y quemar las urbanizaciones en las que la clase media vive, por lo que la clase media ha desabastecido las armerías y procedido a organizarse en comités de autodefensa para defenderse de los acólitos de Chávez.

De allí que el odio sea tan recalcitrante y visceral en el seno de la clase media, llegando a un paroxismo que solo se podría alcanzar si Chávez les hubiese matado a algún familiar. Un odio que ha alcanzado tal extremo de irracionalidad, que los lleva a no poder manejar sus vehículos sin estar compulsivamente accionando la corneta, para reproducir el eslogan: «¡Chá-vez-vete-ya!».

Por lo cual esta patología, ya que ha llegado al estadio de patología, aliena al individuo de un mundo «real» y lo sumerge en un mundo «creado» (no se puede hablar de un mundo «ficticio», puesto que lo tiene por «real»), en el que todo encaja de acuerdo a su inconsciente «verdad».

Ejemplifiquemos.

No importa que se les muestre la filmación de Carmona firmando el Decreto que daba al traste con todas las instituciones democráticas del país, para ellos aquello fue un acto absolutamente legal, y en todo momento rechazarán que el 11 de abril se consumó un golpe de Estado. No pudo haber golpe de Estado ya que los conjurados lo que hicieron fue llevar a cabo lo que ellos, desde su odio particular (mundo «creado»), consideraban que es lo que debía de hacerse. Y desde ese mundo «creado» se obtiene una visión de la realidad «virtual disociada», desde la cual es imposible procesar hechos que se niegan a tener por reales. En consecuencia, la reacción popular de los días 12 y 13 de abril para ellos no existió, como tampoco existen personas para las cuales tengan «sentido» las políticas que impulsa el Gobierno.

Están, pues, en un estado avanzado de disociación que no permitirá que nada de la realidad vaya en contra de «su realidad» (creada), así el conciente les diga que hay pruebas reales y objetivas de que no están en lo correcto.

Se trata, pues, de una patología psiquiátrica creada, la que requiere de permanentes estímulos. Por eso la oposición no deja de aplicar diariamente estímulos a esos códigos psicológicos y con el concurso de los medios acentúa la campaña para reafirmar en su convencimiento al individuo que la ha desarrollado, buscando además que el mensaje penetre en otros individuos, por lo general con gran fragilidad psicológica, que emocionalmente (están insertos en un grupo que los coerciona) estén dispuestos a recibirlo y a procesarlo, por lo que cada vez más ese tipo de patología se desarrolla en otros venezolanos.

Uno de los síntomas inequívocos de la disociación es que la persona, una vez desarrollada la patología, no puede pasarse del estímulo. Siendo los medios el instrumento fundamental de esa campaña, la persona en fase de «disociación psicótica» no podrá, por ejemplo, dejar de ver Globovisión (el impulso emisor), canal que habrá de sintonizar de manera compulsiva, porque de no hacerlo se le habrán de presentar síntomas de ansiedad similares al síndrome de abstinencia en los drogadictos, fumadores, alcohólicos, etc. El individuo que está disociado, al igual que sucede con los drogadictos, alcohólicos o fumadores, no habrá de reconocer que está inmerso en un problema, por lo que afirmará una y otra vez estar libre de cualquier patología.

En Venezuela esto ha llegado a ser ya un serio problema de salud pública. Basta observar en nuestro entorno para comprobar cómo se manifiestan miles de personas, inclusive nuestros propios vecinos o familiares, para las cuales nada de malo tendría que alguien matase a Chávez (la única causa de sus males), y que nada malo ven en que sus hijos anden por allí con una cacerola en la mano, y gritando a voz en cuello: «¡Muérete maldito!» o «¡Muera Chávez!». Así como tampoco les alarma oírles decir que les gustaría tener un arma para matar al tirano. Debido la disociación psicótica que los atenaza no están en capacidad de comprender que se está condicionando a esos niños, de tal forma que al llegar a adultos podrían tomar un arma y arremeter contra cualquier persona que no concuerde con ellos o a la que por cualquier razón estén haciendo responsable de sus fracasos, actuarán así para librarse del que han identificado como el causante de sus males.

Quien padece de disociación psicótica corre además el peligro de que cuando su realidad comience a serle insoportable, o que cuando por algún motivo la causa aparente de todos sus males resulte no serlo, con la misma intensidad padecerá una profunda frustración, tan profunda que puede llegar en muchos casos a límites extremos de consecuencias impredecibles. Por lo que estamos ante un problema de Estado que repercute en la seguridad interna de la nación y en la salud pública, que hace necesario tomar medidas de manera inmediata.

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