Caracas, Viernes, 18 de abril de 2014

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Más adicto será usted

Terminado en enero de 2004
Publicado en Internet el sábado 29 de mayo de 2004
Modificaciones: 31 de mayo de 2004
30 de noviembre de 2005

Ver también Adicción a la estupidez

José Ángel Ocanto, Dos textos espeluznantes

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Adicto
Publicado en papel el 27 de mayo de 2004 por la Biblioteca Básica Temática
del Consejo Nacional de la Cultura (
Conac de Venezuela),
con un tiraje de 500.000 ejemplares de distribución gratuita.

Roberto
El autor el lunes 27 de setiembre de 2004 en el
Museo de Arte Contemporáneo Sofía Ímber,
Caracas, Venezuela (foto de Clara Díaz de San Martín).

Índice

Al principio fue sagrada

La «Guerra contra las Drogas»

El discurso oficial

El vino como hostia líquida

La hostia gaseosa

Y en eso llegó el capitalismo

¿Quién dice que NO?

El Estado narcotraficante

Los bebés adictos

Qué hacer

Referencias

    La guerra a la droga es aparentemente una lucha contra las drogas peligrosas. Pero las sustancias que llamamos drogas son simplemente productos de la naturaleza (las hojas de coca por ejemplo) o invenciones del hombre (como el Valium). Estas son cosas materiales: hojas o líquidos, polvos o pastillas. ¿Entonces cómo los seres humanos pueden declarar la Guerra contra las Drogas? Se tiene que estar ciego para no reconocer que la guerra a la droga es una guerra por metáfora: en efecto, como todas las guerras, la guerra a la droga es una forma de agresión desencadenada por unos contra otros.

Tomas Szasz

(Szasz fue un pensador del movimiento de la antisiquiatría de los años 60. Citado en La Droga: entre la narcocracia y la legalización, del autor colombiano Fernando Tocora, publicado por la Editorial Forum Paci. Debo esta referencia a la Dra. Asia Villegas, de la Defensoría del Pueblo).

Al principio fue sagrada

No se conoce ninguna sociedad humana en que no se consuma alguna sustancia de esas que hoy llamamos drogas. En su mayoría provienen de culturas tradicionales. Algunas son el alcohol, el café, el chocolate, la coca, los hongos alucinógenos, la marihuana, el opio, el tabaco.

Esas sustancias se usaron siempre en todas partes para fines medicinales, religiosos, mágicos, afrodisíacos, anestésicos, tranquilizantes, excitantes, orgiásticos y para darse valor en la guerra. Ellas dimanan de las profundidades de lo simbólico, cultural, emocional, dramático, alegre y religioso. Se consumen para celebrar sucesos primordiales como el nacimiento de un niño o para comunicarse con los dioses.

En las sociedades tradicionales esas sustancias se usaron en ceremonias bien controladas. En la cultura de los indígenas, por ejemplo, el tabaco estaba reservado solo para un grupo autorizado y eso en fechas bien precisas según cada comunidad, generalmente de carácter sagrado. Formaba parte de ceremonias de naturaleza religiosa y política, como cuando se fumaba la famosa pipa de la paz.

Esas sustancias sirven, entre otros fines, para comunicarse con los dioses. Para un cristiano el vino es la sangre de Cristo, consagrado cuando dijo en la Última Cena, alzando el cáliz sagrado, nada menos que el Santo Grial:

—Bebed, que esta es mi sangre.

Más sagrado imposible. De modo que el cristiano se bebe la sangre de Dios y el sacerdote católico liba ese vino nada menos que del cáliz sagrado en la santa misa, el momento más importante del culto. Santa Teresa de Jesús confirmaba este carácter sagrado del vino al comparar la gracia de Dios con el efecto de esa bebida.

Sin embargo, en estos años seudohigiénicos se nos quiere hacer pensar que las drogas fueron creadas por bandas de bellacos, especialmente sudamericanos y asiáticos, que se benefician con la corrupción de la inocente juventud de las inmaculadas sociedades europea y norteamericana.

Hubo, entre otras perversiones, racismo entre las «razones» por las cuales se prohibieron las también llamadas «drogas recreativas».

La cocaína, por ejemplo, fue prohibida en la primera mitad del siglo XX cuando los periódicos de los Estados Unidos usaron términos insultantes como «cocainómanos negros», lo que causó un pánico nacional. Según esa prensa sensacionalista los negros podían usar la cocaína para violar a las mujeres blancas. La expresión usada era “Negro Cocaine Fiends.” La palabra Negro, que llegó a la lengua inglesa a través del portugués, fue abandonada por la prensa de los Estados Unidos durante las luchas por los derechos civiles en los años 60, por considerarse insultante. Fiend significa ‘drogadicto’, pero también ‘demonio’. Muchas fuerzas policiales aumentaron el calibre de sus armas de .32 a .38 porque según esta manipulación mediática los negros eran invulnerables a las balas de bajo calibre cuando estaban bajo la influencia de la cocaína. Hasta ese punto llegó la irracionalidad de la sociedad conservadora de los Estados Unidos. De los negros siempre se tejieron leyendas sobre su sexualidad, que eran más lascivos que los blancos, que por tanto podían violar a las mujeres blancas. Además, siempre se los vinculó al Demonio, de donde la denominación insultante «Negro Mandinga» y la expresión inglesa fiend.

Harry Anslinger, por esa época comisionado del Buró contra Narcóticos, testificó que la marihuana debía ser prohibida porque tenía un «efecto violento sobre las razas degeneradas». Se refería en este caso a los inmigrantes mexicanos que ingresaban en los Estados Unidos, buscando trabajo durante la Gran Depresión de la economía norteamericana que estalló en el famoso Viernes Negro de 1929 y se extendió por la década siguiente.

La Asociación Médica de los Estados Unidos protestó la ley y alegó que Anslinger había mentido sobre la opinión de dicha asociación en relación con la marihuana, pues los médicos no se habían opuesto a ella, como él declaró.

También la prohibición del opio tuvo una base racista, pues se dirigió a los inmigrantes chinos en los Estados Unidos. El opio había sido promovido en la China por el imperialismo inglés, para obligar a los chinos a comprarlo e ingerirlo. El opio llegó hasta la propia Inglaterra, donde el famoso detective de ficción Sherlock Holmes lo consumía. Hubo incluso «Guerras del Opio» promovidas por el Imperio Británico. En esas guerras obtuvieron grandes ganancias muchos de los antepasados de los actuales dirigentes de los Estados Unidos, persistentes en el fariseísmo.

Por su parte, la prohibición de la dietilamida ácida lisérgica (LSD), o ácido lisérgico, iba dirigida a reprimir a grupos de izquierda de los años 60, los llamados «comeflores» de aquellos tiempos, en que sustancias «extranjeras» como la marihuana, la cocaína, los hongos alucinógenos y la LSD se pusieron de moda entre muchos activistas y estudiantes. Hasta ese momento esas sustancias habían sido consumidas por grupos reducidos, generalmente ligados supuestamente al mundo del espectáculo, los intelectuales los delincuentes. Esa fama, cierta o no, fue ampliamente exagerada por la prensa escandalosa de aquellos tiempos, igual que los medios de comunicación de ahora, para alimentar el repudio social a esos sectores débiles.

Los niños blancos rebeldes de la clase media y alta no habían ingresado todavía al desprestigiado grupo de los consumidores. Fue solo en ese momento, durante los años 60 y 70, cuando las autoridades de la Guerra a las Drogas se percataron del «grave peligro». Mientras los que perdían su salud con esas sustancias fueron negros, latinos, blancos pobres, marginales, etc., no importaba mayormente.

El problema fue todavía más grave cuando entre los jóvenes hombres y mujeres de negocios, los llamados yuppies hace pocos años, comenzó a popularizarse el uso, entre otras, de la cocaína, pues les daba más energía para su intensa y estresante actividad. La coca ha sido siempre una droga «rendidora». Lo descubrieron los indios del Altiplano andino. Estos indígenas aún mascan hojas de coca o toman té de esa planta, para reducir el hambre y tener más energía, bajo la mirada complacida de los hacendados que los explotan. Actualmente los llamados «cocaleros» bolivianos están enfrentados a los gobiernos impuestos por esos mismos hacendados y grupos vinculados a los intereses de los Estados Unidos.

Como se ve, no es asunto sencillo, una simple una guerra de buenos contra malos. Es más bien un fenómeno muy complejo en el que intervienen componentes heterogéneos.

La prohibición de la mayoría de estas drogas fue una iniciativa racista y xenófoba de los sectores más conservadores de los Estados Unidos, para satisfacer su coacción contra sustancias «extranjeras» que producían modificaciones en la mente. El argumento sigue siendo el mismo hasta hoy: los extranjeros, especialmente del llamado Tercer Mundo, están dedicados a corromper la saludable juventud blanca de los Estados Unidos. Parece que no tuvieran más nada que hacer.

El combate contra el narcotráfico es por cierto un laboratorio para experimentar tácticas de represión que luego son usadas para combatir las luchas políticas de las mujeres, de las minorías, de los trabajadores, etc.

La «Guerra contra las Drogas»

La llamada «Guerra contra las Drogas» fue declarada en 1972 por Richard Nixon, presidente de los Estados Unidos en aquel tiempo (Más información, en inglés, sobre “The War on Drugs”). Se nombró desde entonces incluso un «Zar de la Droga» en el gabinete de Nixon, para que se encargara de asegurar que esa guerra se desatara con todo su arsenal de represión y persecución contra los sectores más débiles y contra los países que los Estados Unidos a su solo e inapelable juicio considerase «sospechosos» de participar en la producción y tráfico de estas sustancias.

La Guerra contra las Drogas es incompatible con la vida democrática, en la medida que lleva a las cárceles a millares de personas, en su mayoría de origen africano, latino, indígena o blancos pobres. Muchos de ellos ven ingenua o desesperadamente en el narcotráfico un modo de salir de su miseria y luego terminan cumpliendo largas sentencias en una cárcel. Tal vez el resto de sus vidas. Quieren algunos rescatar a su familia de la miseria traficando drogas y no hacen más que hundirla más.

Esa guerra es, pues, un muro de contención contra los grupos sociales más débiles, un excelente auxiliar para justificar la vigilancia y la represión violenta de esos grupos. Sin contar con que en los Estados Unidos la administración de prisiones es privada, de modo que a las empresas encargadas de regentar las cárceles les conviene aumentar la cantidad de presos. Es fácil imaginar cómo muchos jueces se ven «estimulados» por estas empresas a aumentar la población penal. Es lo que se llama sin metáforas un «mercado cautivo», en que la clientela está en manos del empresario, por largos años, literalmente atada de pies y manos. El sueño de todo empresario de esos que ponen la ganancia por encima del ser humano. Afortunadamente no todos los empresarios son así, pero lamentablemente no son siempre los que no son así los que contribuyen a elaborar las políticas del Estado norteamericano.

Esta guerra, por otra parte, sirve de pretexto para inmiscuirse en los asuntos internos de otros países, como es el caso del Plan Colombia (Plan Colombia: plan para la paz, la prosperidad y el fortalecimiento del Estado). Se trata de un plan diseñado, según dice el papel que aguanta lo que le pongan, «para la paz, la prosperidad y el fortalecimiento del Estado». Incluye la presencia en Colombia de militares «consejeros» de los Estados Unidos, ayuda para adquirir armamento militar —en los Estados Unidos, por supuesto—, el exterminio de cultivos mediante un hongo altamente contaminante que afecta la naturaleza y la represión violenta de los narcotraficantes sin que se tenga clara la diferencia entre un narco y un campesino que cultiva coca. Como en toda represión desmedida, son los más débiles e inocentes los que sufren esa represión, pues los delincuentes saben muy bien cómo evadir el brazo de la ley. Es su especialidad. No pocas veces trabajan en estrecha colaboración con los que supuestamente están encargados de perseguirlos.

¿Ha desaparecido el narcotráfico desde que se formalizó el Plan Colombia? Por supuesto que no, pues, como en el caso de la Guerra contra las Drogas, esa no es su verdadera finalidad. El verdadero objetivo es la intervención de una potencia en América Latina, con el consentimiento de uno de sus gobiernos. El propósito real es utilizar a Colombia como cabeza de playa para de paso amenazar o quién sabe si agredir a países vecinos.

El procedimiento es sencillo: los medios de comunicación crean un pánico general sobre el narcotráfico y luego viene el político demagogo a ofrecer la solución: represión indiscriminada, justicia de excepción —es decir, aquella que no cumple con los principios elementales del derecho—, abuso de autoridad, «plomo al hampa», «tolerancia cero», etc.

No es que el narcotráfico no sea un problema. Claro que es un problema, y muy grave, pero por eso mismo es por lo que no debiera manipularse como chantaje para justificar guerras y planes de represión masiva que precisamente no lo dañan, pues están destinadas a fines políticos infames, como la represión de los campesinos por parte de un gobierno vinculado con los hacendados que los explotan, a veces a través de grupos paramilitares. Un negocio perversamente redondo.

Mientras tanto las drogas siguen dando grandes ganancias no solo a los narcotraficantes sino sobre todo al sistema financiero que le sirve de sustento. Casi nunca esos medios de comunicación mencionan la participación en este negocio de la banca internacional y de muchos empresarios tan inescrupulosos como poderosos. Tan poderosos son que pueden acallar los medios de comunicación que podrían denunciarlos, hasta el punto de que a veces son sus propios dueños. Por eso los medios de comunicación no nos están diciendo la verdad sobre las drogas y más nos vale desconfiar de todo lo que informan sobre eso y sobre muchas otras cosas (ver Información verás).

No es historia nueva. Los Estados Unidos, como superpotencia imperial, han intervenido en muchos países con los más diversos pretextos, desde la primera intervención en Cuba, las Filipinas y Puerto Rico en 1898. El de la Guerra contra las Drogas es solo uno más de esos pretextos. Siempre es necesario invocar un «peligro» que amenaza la «civilización occidental» de sus enemigos exteriores: herejes, comunistas, narcotraficantes, musulmanes, apaches, delincuentes, terroristas, etc. Y si no hay enemigos, se los inventa, como cuando prohibieron el consumo de alcohol durante los años 20, lo que fortaleció la Mafia que producía y traficaba bebidas espirituosas.

Igual que el Plan Colombia, la Guerra contra las Drogas no ha dado ningún resultado desde que el presidente Richard Nixon la inició hace poco más de treinta años en 1972. Tal vez la podríamos llamar la moderna Guerra de los Treinta Años... Más bien el tráfico de sustancias prohibidas no ha hecho sino aumentar desde que esa guerra comenzó.

Guerra contra los débiles

La Guerra contra las Drogas no ha servido para disminuir el tráfico y consumo, pero es un excelente pretexto para desatar la verdadera guerra: la guerra contra los más débiles. En los Estados Unidos la policía recorre los barrios populares con una conducta amenazante, allanando hogares y apresando personas sin muchos límites legales, en nombre del combate al narcotráfico. De lo que se trata en verdad es de mantener a esas poblaciones bajo estricta vigilancia y sometimiento.

Por esa época, 1972, los Estados Unidos vivían un proceso insurreccional de mujeres, negros, latinos, indígenas, homosexuales, estudiantes revolucionarios, intelectuales, artistas, etc. Estaban luchando por los derechos civiles, contra el racismo, contra toda discriminación, contra la Guerra del Vietnam y contra toda injusticia. Estaban enfrentados al aparato industrial militar más poderoso de la historia. El gobierno tenía que reprimirlos mediante un aparato alternativo a los medios tradicionales.

Igual ocurre en los barrios pobres de las ciudades europeas. una policía de choque que mantiene una situación de tensión. Precisamente esta represión discriminada, es decir, dirigida a los más débiles socialmente, fue una de las causas de toda clase de violencias de resistencia. En las afueras de París se incendian poco menos de cien automóviles cada noche. Y entre octubre y noviembre de 2005 hubo una violencia que cobró 9.000, así como sedes del gobierno, escuelas, comercios, etc. (ver Ça commence ?).

La falsa higiene es peor que la falta de higiene

El argumento es seudohigiénico porque supuestamente se prohíbe que las personas hagan daño a su cuerpo mediante el consumo de ciertas sustancias, pero no dice nada de los daños causados por comer demasiado o sustancias dañinas pero legales, practicar deportes peligrosos o trabajar de voluntarios en el cuidado de leprosos, apagando incendios o rescatando personas en peligro. La obesidad es una epidemia en los Estados Unidos, que mata a miles de personas cada año, pero ningún gobierno tiene el menor derecho a regular cuántos alimentos ingiere cada quien o cuánto riesgo corre salvando personas en una inundación.

Esa prohibición no hace sino crear un espacio satanizado, en donde el Mal justifica todo mal. Es decir, en nombre de la Guerra contra las Drogas se desatan las peores agresiones contra los grupos que supuestamente están socialmente cerca de ese ambiente satanizado: los pobres. Jamás vemos que los cuerpos policiales de los Estados Unidos hayan capturado a algún capo de la droga. Eso solo ocurre en Colombia, donde los Estados Unidos acudieron a apresar a uno de ellos: Carlos Lehder, y donde la policía mató a Pablo Escobar Gaviria en un lance callejero. Jamás esas cosas ocurren en el territorio de los Estados Unidos, salvo en las películas, es decir, como fantasía ideológica para de paso hace propaganda a la Guerra contra las Drogas. Propaganda de guerra.

Es como la Santa Inquisición, que designó o se inventó unos herejes a quienes quemar vivos en plaza pública, para instaurar un régimen de terror similar y mantener a raya cualquier intento de rebeldía contra aquel orden injusto. A cualquiera lo podían acusar de herejía así como a cualquiera lo pueden «sembrar» ahora con drogas, es decir, colocarle drogas en su casa o en su vehículo para acusarlo de narcotraficante.

La Guerra contra las Drogas es una hipocresía por cuanto solo prohíbe algunas sustancias. El alcohol, la cafeína y el tabaco son legales en casi todo el mundo, y sin embargo causan mayores problemas de salud que muchas sustancias vedadas actualmente.

Esta prohibición ha estimulado al mercado negro a buscar sustancias nuevas y más potentes que puedan ser transportadas con mayor facilidad y con más seguridad que las actuales. Siendo más poderosas es posible trasladarlas con más desenvoltura y ganancia.

Al traficante le importa poco si estas sustancias son más peligrosas y más bien le conviene que sean más adictivas aún que las anteriores, para tener una clientela perseverante. La prohibición ha hecho que se inventen otras sustancias como el crack, mas adictivo y más peligroso que la cocaína.

En la medida en que ese tráfico es más lucrativo, los delincuentes tienen más dinero con que comprar policías y jueces. De allí que veamos constantemente en la prensa que un juez libera a un traficante capturado con varios kilos y tal vez toneladas de alguna sustancia prohibida. Mientras mayor el cargamento mayores los recursos para comprar una pronta liberación.

El soborno no se limita a comprar funcionarios, pues también puede inducir a otros hechos delictivos. Muchos policías se ven tentados de no informar de la captura de un cargamento a fin de revenderlo ellos mismos. Ciertamente la Guerra contra las Drogas no ha atraído a ningún corrupto a trabajar en favor de la ley o de las agencias contra las drogas.

Bajo este esquema de ganancias descontroladas, los traficantes venderán su producto a cualquiera, incluyendo a niños. Los mercaderes legales tienen prohibido vender alcohol y tabaco a los niños; no así los traficantes de sustancias ilegales. Para muchos jóvenes es más fácil encontrar cocaína o marihuana que ron o cigarrillos.

El discurso oficial

El discurso oficial sobre las drogas olvida dos esencias:

  1. El consumo de drogas es un fenómeno complejo, que involucra todos los elementos culturales mencionados arriba, aparte de políticos, militares, médicos y financieros.
  2. En las sociedades tradicionales el consumo está sujeto a la disciplina cultural. Las sociedades modernas no tienen la sabiduría necesaria para regularlo. No es un mero problema policial, que es un fenómeno más simple que los complejos sentidos que rigen el consumo de estas sustancias. Igual pasa en algunas sociedades indígenas con el alcohol, cuando es introducido por gente supuestamente «civilizada». Las sociedades tradicionales no tienen la sabiduría necesaria para regular ese consumo, salvo cuando ellas mismas producen esas bebidas. Se entregan entonces a la bebida sin mesura, sin ritual, sin «cultura alcohólica», sin sabiduría, como Noé, el primer borracho. El vino es una sustancia sagrada creada por Dionisos o Baco. Las drogas son un asunto poético y sagrado. En la Grecia y la Roma antiguas el vino fue creado por el dios Baco o Dionisos, y era considerado por los devotos como un don celestial.

El vino como hostia líquida

El libro del Génesis (9:18) de la Biblia narra la primera borrachera de la manera siguiente:

[Noé] plantó una viña; y bebió del vino, y se embriagó, y estaba descubierto en medio de su tienda. Y Cam, padre de Canaán, vio la desnudez de su padre, y lo dijo a sus dos hermanos que estaban afuera. Entonces Sem y Jafet tomaron la ropa, y la pusieron sobre sus propios hombros, y andando hacia atrás, cubrieron la desnudez de su padre, teniendo vueltos sus rostros, y así no vieron la desnudez de su padre. Y despertó Noé de su embriaguez, y supo lo que le había hecho su hijo más joven, y dijo:

Maldito sea Canaán;
Siervo de siervos será a sus hermanos.

Dijo más:

Bendito por Jehová mi Dios sea Sem,
Y sea Canaán su siervo.
Engrandezca Dios a Jafet,
Y habite en las tiendas de Sem,
Y sea Canaán su siervo.

El vino aparece mencionado 521 veces en la Biblia (www.winepickup.com/vins_champagnes/vin-histoire2.asp).

Y por supuesto que Noé no fue el primer borracho sino el primero que refiere la Biblia. Más tarde también Cristo libó vino nada menos que en la Última Cena y lo declaró su sangre. Antes y después de Noé hubo otros ebrios, famosos también, en las diversas mitologías, como la griega.

Baco enseñó a los humanos el cultivo de la vid y la elaboración del vino. Baco trajo además la agricultura, la comedia, la danza y la música, componentes fundamentales de la cultura griega. También Osiris es deidad civilizadora egipcia, como Baco.

Cuentan que un rey persa puso jugo de uvas en una jarra y escribió la palabra «veneno» sobre ella, para que nadie se la tocara. Una de sus esposas al ver el letrero decidió beber lo que creía veneno, pues se sentía muy triste, abandonada por el rey. Inmediatamente se sintió llena de alegría como nunca. Decidió dar de beber al rey el jugo fermentado de la uva y el rey se puso tan contento que desde entonces fue ella la favorita del harén. El rey decretó que había que fermentar el jugo de la uva para beberlo.

Se brinda con alcohol para invocar buenos augurios, para celebrar, para alegrarse. Se estrella una botella de champán sobre un barco antes de botarlo al mar. Algunos bebedores derraman las primeras gotas de una botella recién abierta «para los muertos». Dicen en Inglaterra que es de mal agüero brindar con bebidas no alcohólicas. En muchas culturas el vino es un don otorgado a los hombres por los dioses. En algunas lenguas el aguardiente se llama «agua de vida».

Y, por supuesto, el vino también trae consecuencias indeseables, como lo que le ocurrió a Noé y a otros muchos que conocemos, al consumirlo cuando no se debe, al conducir automóviles, en cantidades desmedidas o con frecuencia excesiva, como es el caso de los alcohólicos. Puede también inducir a actos violentos, como lo informan los partes de guerra de la prensa después de un fin de semana en donde mueren cientos de personas en acciones impulsivas, más que en actos de origen propiamente delictivo.

Hay, pues, sustancias que estimulan la euforia, la estupefacción, la alegría, la melancolía, la violencia y otros estados mentales especiales según la persona y el momento. Por eso se usan para comunicarse con el más allá, con las fuerzas de la naturaleza, con energías que se suponen superiores a las facultades humanas.

Pero esas sociedades antiguas, como las indígenas, eran sabias y controlaban muy bien el consumo, porque formaba parte de su cultura, de sus creencias más profundas y respetadas. Esas sociedades sabían mejor que nosotros, supuestamente «civilizados», a qué conduce el descontrol en el consumo. Así se mantuvo ese equilibrio cultural, durante miles de años. Solo el sacerdote, el curandero, el piache, el mago, el chamán, el gurú sabían cuándo, cuánto y quién debía consumir.

La hostia gaseosa

Algún residuo persiste entre nosotros de ese carácter ceremonial y sagrado. El cigarrillo, por ejemplo, sirve a muchos jóvenes como rito de pasaje hacia la vida adulta. La mayoría de los mil cien millones de fumadores que hay en el mundo comienzan a consumir antes de los 19 años (Valdés y Sánchez, 1999).

Las empresas tabacaleras saben que si una persona comienza a fumar desde la adolescencia luego se le hará muy difícil abandonar la adicción. Por eso la publicidad se dirige especialmente a jóvenes y mujeres, pues estas siguen siendo una minoría entre los consumidores. La publicidad pretende también que el fumador es romántico, atrevido, adulto, independiente, divertido, aventurero, «glamoroso», distinguido. Así ha figurado el fumador en el cine de Hollywood durante décadas. El cigarrillo es un excelente ambientador cinematográfico, muchas veces financiado por las grandes empresas tabacaleras.

Estas se han aprovechado de esta aura simbólica del cigarrillo para imponer un consumo que ha matado a millones de personas, porque no se trata solo de la nicotina, que tal vez sea lo de menos —eso no lo sabemos—, sino precisamente de quién sabe qué sustancias añaden las empresas tabacaleras y que pueden causar gravísimos problemas de salud.

La publicidad no exhibe estos problemas de salud, sino que más bien esconde el consumo bajo cuerpos saludables y hasta bucólicos. Los chicos Belmont de los anuncios lucieron durante años unos cuerpos desbordantes de salud. Y el Hombre Marlboro recorre los campos a caballo, contaminando el aire puro con su cigarrillo. Por cierto que los primeros Hombres Marlboro  murieron de cáncer: Wayne McLaren, David McLean y Darrell Winfield... McLaren dedicó sus años finales a una campaña contra el cigarrillo (más información haciendo clic aquí). La viuda y el hijo de McLean han luchado durante años contra Philip Morris (la empresa dueña de la marca Marlboro, cuya campaña fue creada por la empresa publicitaria Leo Burnett en 1955 y más que triplicó las ventas). La advertencia sobre los daños a la salud, impuesta por la ley, la recita en el cine una voz de mujer, rapidito y a bajo volumen. En esa época entre los publicistas prevalecía la idea tendenciosa de que la voz de mujer no infundía autoridad, sino todo lo contrario.

Pero, como veremos, no es solo al cigarrillo al que se añaden ingredientes nocivos, sino a muchas otras sustancias que van desde los alimentos hasta los detergentes, pastas de dientes, jabones, champús, insecticidas, pesticidas, etc.

Y en eso llegó el capitalismo

El modo de producción capitalista profanó todo lo sagrado. Arrasó con todas las creencias, todas las leyendas, todo lo divino, todo lo bendito.

El capitalismo, abandonado a su propia lógica, sin control social, cometió la máxima profanación de la religión, al convertirla en su auxiliar ideológico para controlar a la gente, como «opio del pueblo». Entonces, al quedarse sin religión genuina, sin cultura del consumo, la sociedad perdió todo recurso para controlar las viejas sustancias de la tribu.

Para complicar más las cosas, muchas sustancias, como el tabaco, se salieron de las sociedades donde se consumían. Ya no hubo entonces autoridad religiosa que controlase su empleo y terminó en manos de grandes compañías interesadas solo en promover su uso, mientras más masivo mejor, sin ceremonia, sin respeto, sin reverencia, sin dioses, sin pipa de la paz. Solo quedan los residuos indicados arriba, disfrazados de vida atrevida y animada, como la de los famosos «chicos Belmont» o el «Hombre Marlboro».

Nadie tiene ya poder suficiente para controlar qué componentes añaden las grandes compañías productoras a los cigarrillos a fin de aumentar la dependencia. El llamado «fumador empedernido» es un adicto como cualquier otro y sufre daños incluso peores que los que causan muchas sustancias ilegales. También las sustancias legales pueden producir adicción. Es imposible comerse un solo Pringle, un solo Pirulín o una sola galleta Oreo. Son sustancias adictivas.

Cuando el consumo no está regido por nada, la persona se queda ante la sensación física pura que causa la sustancia: euforia, letargo, alucinación, etc., sin que nada ni nadie respetable y respetado le aconseje o le imponga cuándo parar y lo oriente sobre cómo interpretar siquiera lo que está sintiendo.

Se llama dependencia, es decir, la necesidad compulsiva de consumir algo, sea lo que sea, sin poder controlarse y causándose daño.

Hay adictos a todo, a los deportes, a la televisión, incluso al trabajo. No hablamos aquí, por supuesto, de los aficionados, de los que disfrutan de un deporte o de un buen programa de televisión o ejecutan una labor o un arte que los apasiona. Hablamos de los que no pueden controlar lo que hacen y terminan haciéndose daño.

Hay dos tipos de dependencia: la física y la síquica o mental. Algunas sustancias causan solo dependencia mental. Pero otras causan, además de la mental, dependencia física, cuando el cuerpo exige el consumo suspendido. Cuando se suspende el uso se produce el llamado «síndrome de abstinencia», caracterizado, según la sustancia, por ansiedad, calambres, diarrea, fiebre, insomnio, náuseas, sudor excesivo, necesidad urgente de volver a consumir, etc. Los síntomas varían de persona a persona. En todos los casos hay una dependencia mental que conduce al consumo descontrolado y dañino.

La persona que depende sicológicamente de alguna sustancia la usa, muchas veces, para evadir su realidad. En el capitalismo descontrolado, el objetivo único es la ganancia. Su médula, como su nombre lo indica, es el capital, mientras el ser humano es solo uno de sus instrumentos. Cuando el capital se impone por encima del ser humano, se vuelve otra adicción, y su complejo entramado genera inflación, desempleo, soledad, aislamiento, disolución de la familia, de las amistades, depresión, agresividad, delincuencia, etc., que conducen a estados de descomposición social y emocional (ver Pierre Bourdieu, La esencia del neoliberalismo). Algunas sustancias pueden ayudar a aliviar ese malestar, aunque solamente lo hagan de un modo ilusorio, como «paraíso artificial», como lo llamaba el poeta francés Charles Baudelaire.

El adicto es el último y más débil eslabón de una cadena que comienza en el cultivo, preparación, distribución de la sustancia y finalmente por el «lavado» del capital obtenido. Es un negocio inmenso que ocupa todos los días la prensa, el cine, la radio y la televisión.

Participan en ese proceso las grandes finanzas, los grandes bancos en los llamados «paraísos financieros» (hablando de paraísos...), esos en donde el capital no está sometido a control alguno, en donde el dinero proveniente del tráfico se puede «lavar» cómodamente, es decir, se convierte en dinero que parece proceder de actividades legales. En esto participan no solo los bancos sino grandes empresas, Estados, policías, ejércitos. No todos, pero sí suficientes para mantener esta enorme operación financiera, que se ubica entre las más poderosas, probablemente solo superada por el petróleo.

El narcotráfico no es una mera banda de malvados, aislados de la sociedad, como los presentan los medios de comunicación; si así fuera no habría durado mucho. Permanece y prospera gracias a la colaboración abierta u oculta de toda una red social, en la que juega papel primordial el Estado, como veremos.

Si el narcotráfico fuera solo un problema policial, ya habría desaparecido hace mucho tiempo. Es como la mendicidad: Friederich Nietzsche decía que si la limosna solo se diera por caridad ya habrían desaparecido los mendigos. Al dejar el asunto solo en manos de la policía se asegura su perpetuación, pues la solución no es policial.

Tal vez ni siquiera se habría desarrollado. Las policías de todo el mundo saben muy bien quiénes son y dónde están los traficantes, desde el «jíbaro», como llaman en Venezuela al que vende al detal en la esquina, hasta los capos máximos. Pero no pueden hacer nada porque se trata de una voluntad política que no todos los Estados están en condiciones de tener.

No es fácil para ningún Estado enfrentar esta situación, porque el funcionamiento mismo de la policía conduce a este descontrol social del negocio. Tráfico y policía terminan siendo una sola unidad que se controla a sí misma, si es que se controla. Habría que transformar radicalmente el concepto mismo de policía como agente de represión para instaurar una contraloría social que combata sin violencia la acción delictiva, desde el cuello blanco hasta el jíbaro del barrio. Mientras la sociedad civil siga en manos de dos grupos armados —policías y delincuentes— que generalmente llegan a diversas formas de arreglo y alianza, no será posible controlar el delito y la violencia del hampa y otros criminales. Policías y traficantes han sido abandonados a su suerte por el Estado, por lo que la única autoridad que resta son los grandes capos en complicidad con altos funcionarios del Estado.

No se trata de que todo Estado sea necesaria e intrínsecamente malvado, sino de que el funcionamiento del negocio conduce a que el narcotráfico se quede en un área que ninguna sociedad puede controlar del todo. Por ello crece, porque, además, como ya vimos, la llamada Guerra contra las Drogas no persigue combatir el narcotráfico sino para la represión de los débiles y la injerencia en otros países por parte de los Estados Unidos.

El consumo se vuelve un problema cuando se sale de sus sistemas culturales propios y pasa a integrar esa cadena de máximo rendimiento económico. Y para producir el máximo rendimiento tiene que lograr la máxima adicción, sean sustancias de consumo legal —alcohol, cigarrillo, café, chocolate o medicinas compradas en la farmacia. O ilegales —cocaína, crack, éxtasis, heroína, marihuana, LSD, etc. La adicción no hace diferencias entre sustancias de distribución legal y de distribución ilegal.

La salud mental y física se ve afectada por igual por unas y por otras. La legalidad o no de una sustancia es generalmente una decisión política más que médica, y de una complejidad cuyo tratamiento va más allá del presente texto.

Lo que sí queda claro es que el narcotráfico y sus cómplices derivan grandes ganancias de esa separación entre la droga y lo sagrado.

¿Quién dice que NO?

Las campañas moralistas contra la adicción no frenan el experimento «por curiosidad» ni impiden que el adicto continúe su consumo compulsivo.

Esas campañas, como «di NO a las drogas», promovida por el presidente de los Estados Unidos Ronald Reagan entre 1981 y 1989, más bien tienden a crear un aura de misterio y aventura «glamorosa» alrededor del consumo, con sus ritos de pasaje hacia la vida adulta. «Di NO a las drogas» fue la traducción al español en Venezuela de la campaña “just say NO,” en los Estados Unidos.

Muchas veces esas campañas no hacen sino incitar más al consumo. Y el que lo hace como modo de autodestruirse, por resentimiento ante una vida miserable o por la sinrazón que sea, hasta por un despecho amoroso, se entera por esas cuñas de que la adicción puede ayudarlo en ello, si es que no lo sabía.

Muchas veces la campaña simplemente pica la curiosidad del que jamás había pensado en consumir. O puede funcionar como un desafío: «A que no te atreves a consumir». Esto es grave, considerando que muchos consumen por mera rebeldía, justificada o no.

Es más, las propagandas, esas que presentan a personas demacradas o muertas, muchas veces no hacen sino blindar el consumo al exagerar los peligros, con la idea ingenua de disuadir al que todavía no consume. Tanto este como el consumidor veterano pronto descubren la falsedad de las exageraciones. Entonces el consumidor puede confundirse, pues si un anuncio pretende que la marihuana mata, el consumidor real o posible se reirá de la exageración, pero esa risa puede llegar a hacerlo creer ingenuamente que la heroína no mata, tal vez demasiado tarde (ver Adicción a la estupidez).

Esas campañas de propaganda, en las que se gastan fortunas, no hacen más que alarmar innecesariamente gritando «¡ahí viene el lobo!». Al formar parte de la gran cadena de mercadeo publicitario, en que se gastan millones, terminan en los hechos formando parte del aparato narcotraficante, por más que no se den cuenta de ello.

Otros, más cínicos, saben esto, pero miran para otro lado para ganarse un dineral duchando la mala conciencia de los dirigentes sociales. Afán de lucro. No solo se lava el dinero proveniente del narcotráfico. También se lavan las malas conciencias.

Tanto como la Guerra contra las Drogas, la publicidad cumple objetivos distintos al de combatir el tráfico y el consumo. Su objetivo real es ser un negocio lucrativo en sí mismo, que encima lava la mala conciencia. Un negocio, pues, perversamente redondo como la Guerra contra las Drogas.

El Estado narcotraficante

El discurso seudohigiénico se aprovecha de nuestra ignorancia estratégica sobre diversas sustancias para culpar a las sociedades asiáticas y latinoamericanas que producen drogas ilegalizadas en los Estados Unidos y Europa.

Pero el problema está principalmente en la demanda. Si los Estados Unidos no consumieran tanta cocaína, los carteles colombianos no existirían o en todo caso serían pequeñas bandas sin importancia. Jamás, o en todo caso raras veces, un gran distribuidor de drogas es capturado y encarcelado en los Estados Unidos. Generalmente los presos son los pequeños distribuidores callejeros, que en Venezuela llaman jíbaros. El fenómeno es no solo de los Estados Unidos. Raras veces un gran capo estadounidense es capturado y luego encarcelado, salvo, si acaso, para fines propagandísticos. Es fácil endilgar toda la responsabilidad en la parte más débil para lavar la mala conciencia, tanto como se lavan los capitales del narcotráfico.

Sirve para el propósito ideológico de convertir sociedades débiles en chivos expiatorios para dominarlas. El discurso seudohigiénico renueva la doctrina de «soberanía limitada» de Henry Kissinger (complemento de la Doctrina Monroe: «América para los americanos», es decir para los Estados Unidos, que han decomisado para sí el nombre de América).

Ahora que no hay «peligro comunista», tenemos, aparte del supuesto «Eje del Mal», el Apocalíptico Peligro de la Droga para justificar medidas que conduzcan a la tutela de los países militar y económicamente más débiles. Este discurso seudohigiénico produjo la invasión de Panamá para capturar a su presidente Manuel Antonio Noriega, que había sido reclutado y entrenado por la Agencia Central de Inteligencia (CIA) de los Estados Unidos, cuando el director de esa agencia era George Bush padre. También sirvió de pretexto para la intervención en Colombia a fin de arrestar al narcotraficante Carlos Lehder, entre otras acciones previstas en la parte más agresiva del Plan Colombia, que no es más que legitimación de la intervención de los Estados Unidos en los asuntos internos de la región andina a partir de Colombia, usada como cabeza de puente, a fin de seguir tratando a la América Latina como un menor de edad internacional.

El efecto de la prohibición no es limitar la circulación de las sustancias prohibidas, sino crear un feroz aparato de cohesión, coacción y coerción para ejercer una represión de amplio espectro. Para detener el consumo por medios policiales sería necesario un cuerpo de policía de al menos el tamaño de la sociedad misma donde se combate la droga. O crear muchos Estados totalitarios solo para ello. En cambio se ejerce una represión selectiva en el mundo real, sirviendo otros propósitos: «No puedo encarcelarte por tus ideas, pero sí por consumir o traficar drogas».

Las sustancias ilegalizadas se convierten en una suerte de cáncer crónico, aunque no mortal, dentro del Estado, como en Colombia y los Estados Unidos, donde las mafias son aparatos de Estado alternativos para la represión y la administración de la sociedad. La Mafia y Washington se han asociado para apoyarse en sus propósitos respectivos, que no son necesariamente opuestos. ¿Cómo pudieron los Estados Unidos destruir el nazismo y son ahora impotentes ante la Cosa Nostra? ¿Cómo pueden los Estados Unidos rechazar un ataque aéreo desde el exterior y no las endebles avionetas cargadas de drogas que aterrizan allí provenientes de otros países, día a día, hora a hora, minuto a minuto? Tan lucrativo es este negocio que muchas veces los traficantes abandonan la avioneta, pues el alijo da suficiente para no tener que vérselas con esa impedimenta. Habría que preguntarse si esto no es otro negocio para el Estado norteamericano que tarde o temprano termina incautando estas naves.

Ver esto como una lucha entre héroes y villanos es colocar el problema precisamente donde no tiene solución. Así se colocó el alcohol durante la Prohibición en los Estados Unidos durante los años 20. En nombre de la represión del alcoholismo, la sociedad entera fue reprimida. La mojigatería impone a toda la sociedad los valores morales hipócritas de un pequeño grupo dominante y fundamentalista. Función de la necesidad de cohesión, coacción y coerción en el Estado ya entonces puritano y farisaico —es decir, loco. El combate contra el abuso de las drogas extiende un problema marginal a toda la población, originando una situación en que

  1. Una necesidad cultural o religiosa profunda debía ser satisfecha a través de los caminos torcidos del tráfico, esto es, de un modo delictivo y perverso. ¿Cómo conseguían los sacerdotes católicos vino de consagrar si las bebidas alcohólicas estaban prohibidas? ¿Era posible celebrar el oficio religioso católico durante la Prohibición? Así se convirtió en los años 20 en delincuente a todo el que se tomaba una copa de vino, es decir, se imponía la represión del Estado sobre millones de personas, incluyendo los curas. Y
  2. Obsesionan a la sociedad entera con lo que de otra manera sería un asunto marginal o en todo caso de menor importancia.

El narcotráfico entró en el abismo negro abierto por la afinidad obvia entre los zares de la droga y los Estados Unidos.

El tráfico es la operación más militarmente disciplinada y coordinada del mundo. Es la organización más innovadora financiera y tecnológicamente. Sin pagar publicidad, ha colocado un producto costoso y dañino en el mundo entero. Trafica a través de los medios más sofisticados y creativos. Su capacidad de innovación es impresionante —en químicos, transporte, electrónica, finanzas y en creación de redes sociales, en liderazgo y en manipulación de los medios de comunicación, la justicia y la política. Ha sido la forma más acabada de resistencia del que J. M. Briceño Guerrero (1994) llama ‘discurso salvaje’.

Parte de este argumento fraudulento es que la legalización de las drogas incrementaría la adicción. El alcoholismo no se redujo por la Prohibición, ni aumentó cuando esta fue abolida. Quizás la gente en general no podía hallar una botella de vino durante la Prohibición, pero los alcohólicos sí —esto es, los que se supone eran sus primeros beneficiarios. La represión impide las drogas solo a los que no están interesados en ellas... Los consumidores siempre se las arreglan para conseguirlas. Por eso digo que el Estado puritano es un Estado loco.

El narcotráfico entró en órbita —concepto de Jean Baudrillard (1990) que designa fenómenos amenazadores, incontrolables pero en última instancia inofensivos, como la especulación bursátil. El tráfico de drogas florecerá aún más, pues los Estados no están interesados en reducirlo sino que objetivamente lo protegen. Son Estados narcotraficantes. Los Estados Unidos no podrán imponer una solución unilateral porque la América Latina ya no puede ser manejada como manejaron las que ellos mismos llamaron «repúblicas bananeras» a principios del siglo XX.

No es un problema sin solución, pero sí radical. Los medios tradicionales han fallado y seguirán fallando miserablemente, como las campañas bien intencionadas contra el consumo. Cada vez que se transmite un mensaje «contra las drogas» miles de jóvenes comienzan a usarlas.

Los consumidores saben más que nadie el daño producido por el consumo descontrolado. Prevenirlos es ingenuidad o cinismo. No estamos hablando del uso ocasional, placentero o religioso. Las drogas son un lujo del espíritu. Los indios, que son sabios, entienden cuándo detenerse. Las sociedades llamadas civilizadas no son tan cultas.

Los niños desatendidos quiebran un plato deliberadamente para llamar la atención. Quince años después entran en una banda de delincuentes juveniles o se matan en una motocicleta a 200 Km/h. Cuestión de escala. La inatención va desde la negligencia hasta el desprecio y provoca un resentimiento que puede conducir a una suerte de suicidio vengativo. El consumo obsesivo es perversamente ideal para ese propósito: un suicido placentero, lujoso y disimulado.

Este resentimiento se dirige a cualquiera que cumpla un rol parental: padres que perdieron la brújula del afecto; educadores que ignoran lo que enseñan; líderes deportivos que prescriben el abuso de drogas a jóvenes atletas para ganar una décima de segundo. ¿De qué murió la famosa corredora Florence Griffith Joyner? Y en el centro un liderazgo hipócrita que obviamente no combatirá a sus propios capos de la droga.

El joven despreciado se dice:

—Me sacrifico para ver si impresiono al que me trajo a este mundo solo para despreciarme.

Un joven amado tendrá menos probabilidades de usar ninguna sustancia de modo desesperado. Exhortar a los jóvenes resentidos a rechazar el consumo es confirmarles que están alcanzando su objetivo de llamar la atención. Y el joven que no lo sabía se entera a través del mensaje publicitario. He allí por qué los mensajes contra las drogas solo sirven a un liderazgo ruin para lavar su imagen.

El problema individual es médico y debe ser atendido con los medios clínicos habituales. El problema a gran escala es de Estado: ¿es posible rescatar de verdad a la masa de jóvenes despreciados? ¿La sociedad los rescataría si precisamente los desprecia? En ese caso no hará falta campaña alguna. Fray Ejemplo será predicador más efectivo que todas las campañas hipócritas que dicen a una masa de jóvenes desesperados decir no a lo único que les queda para simular la emoción de estar vivos.

Esconder estos hechos es volverse parte del problema.

Otra razón para el fracaso de esas campañas es la connivencia misma del Estado en la promoción de estas sustancias, que crea rápidamente en el consumidor la convicción, plenamente justificada, de que se trata de una campaña hipócrita. Gracias a la operación de tráfico de armas, sustancias ilegales, etc., conocida como «Irán-Contras», durante el gobierno de Ronald Reagan, la ciudad de Los Ángeles, de los Estados Unidos, se inundó de cocaína hasta hoy.

El segundo Irangate o Irán-contras surgió a raíz de una operación encubierta dirigida por la Casa Blanca que consistió en la venta de armas (4000 misiles Tomahawk) a Irán en un esfuerzo por conseguir la liberación de cinco rehenes estadounidenses en poder del grupo pro-iraní Hezbollah en el Líbano. Millones de dólares de esas ganancias fueron desviados y destinados a ayudar a los «contras» nicaragüenses que combatían contra el gobierno sandinista de Daniel Ortega en 1985 y 1986, pese a que el congreso norteamericano había prohibido toda ayuda militar a los rebeldes. Esta prohibición se realizó luego de que un avión norteamericano de abastecimiento a los contras, cayera en Nicaragua y su piloto Eugene Hasenfus fuera hecho prisionero por el gobierno (tomado de Pinoleros).

Reagan quien no supo decir «no» a las drogas… Este caso, como muchos que vemos día a día, demuestra cómo toda campaña contra el narcotráfico y el consumo fracasa si no va acompañada de un combate a los grandes aparatos empresariales y de Estado involucrados en la producción y el tráfico (ver ¿Quién dice que NO?).

Otra función de la explotación capitalista sin control social de estas sustancias es servir de auxiliar de la represión en general. Año a año, día a día, en todo el mundo, sobre todo en los Estados Unidos, se reprime a la gente en nombre del supuesto combate contra el narcotráfico, que al que menos combate es precisamente al narcotráfico.

Por ejemplo, un dirigente sindical organiza una huelga y puede ser objeto de una requisa en la que «le encuentran» sustancias prohibidas. O se las «siembran», es decir, la policía, en un allanamiento, se la coloca, para culparlo de posesión ilegal y hasta de tráfico.

Son leyes auxiliares al sistema de represión política e ideológica. Por eso los medios de comunicación difaman al consumidor, adicto o no. Lo execran, lo insultan, porque toda sociedad represiva necesita un demonio al que perseguir o en nombre del cual reprimir y para justificar un cuerpo policial autoritario, que para lo que menos ha servido ha sido para combatir el narcotráfico, que sigue tan campante y cada día más fuerte. Aumenta la prohibición y aumenta el consumo, sobre todo en las metrópolis, los Estados Unidos, Europa, Asia. Es la miseria de las sociedades opulentas.

Mientras tanto se culpa del narcotráfico a los países más pobres y débiles, que se vuelven escenario de la «Guerra contra las Drogas», es decir, terminan invadidos o reprimidos. Los Estados Unidos, los mayores consumidores, deciden cuáles son los países supuestamente limpios de tráfico de sustancias ilegales y cuáles no, con la llamada «certificación» que emiten cada año como quien pasa un examen final en la escuela. Es simplemente un modo de ejercer su poder sobre otros países, violando su soberanía.

Así, el combate al tráfico de sustancias ilegales ha servido como pretexto para

  • Invadir países (Panamá en 1989).
  • Masacrar movimientos políticos (los cocaleros de Bolivia en 2003).
  • Ocupar o amenazar grandes territorios (Plan Colombia).
  • Destruir por contaminación con sustancias defoliantes las tierras cultivables de posibles competidores agropecuarios.

Se podrían citar muchos casos más.

Desde el atentado contra las Torres Gemelas de Nueva York el 11 de setiembre de 2001, se afianzó otro auxiliar ideal para la represión: la llamada «Guerra contra el Terrorismo». A los conservadores estadounidenses les encanta declarar guerras. También Nixon declaró una «Guerra contra el Cáncer». Así, en nombre del combate contra el narcotráfico y contra el terrorismo se somete a vastos sectores de la población, se invaden países, se segrega a grandes comunidades, como los negros e hispanos en los Estados Unidos y en Europa, cuyos barrios están permanentemente ocupados por escuadrones policiales con la consigna de «cero tolerancia». En realidad se trata de máxima represión. Estas brigadas supuestamente están luchando contra el narco o contra el terrorismo. En los hechos se trata de prevenir rebeliones populares so pretexto de perseguir traficantes y terroristas.

En siglos pasados el pretexto era combatir a los infieles, tanto en las Cruzadas, en que Europa invadió el Medio Oriente, o la Conquista de América, para reducir a los indígenas infieles.

Más tarde, especialmente durante el siglo XIX, el pretexto fue combatir la barbarie. Se declaró que civilizaciones como la china, la hindú, la árabe, eran bárbaras. Igual pasó cuando los conquistadores españoles declararon bárbaras las civilizaciones indígenas. En nombre de eso destruyeron, de modo bárbaro, precisamente, gran parte de esas civilizaciones o las redujeron a la servidumbre y la humillación.

Algo parecido se hizo con los africanos traídos a América como esclavos por los europeos para utilizarlos en las plantaciones de azúcar, algodón y otros cultivos.

La barbarie era más bien de la «culta Europa», que tenía que renovar constantemente la «dotación» de esclavos africanos porque las condiciones de trabajo eran tan crueles que los esclavos morían en masa en poco tiempo. Por eso decía Walter Benjamin que toda cultura contiene un elemento de barbarie.

A Venezuela, por ejemplo, vino de Nueva York un tal William Bratton (cuyas ideas represivas son bien conocidas), traído por el alcalde metropolitano Alfredo Peña, quien ya había lanzado el lema precursor «plomo al hampa». Con esta inquietante consigna, y sobre todo impelido por el portaaviones electoral de Hugo Chávez, a quien luego traicionó y hasta intentó derrocar en el golpe de Estado del 11 de abril de 2002, Peña ganó las elecciones para la Alcaldía Mayor, diseñada para coordinar bajo su paraguas institucional a las alcaldías de Baruta, Chacao, El Hatillo y Libertador (Caracas).

«Plomo al hampa» luego se transformó en «cero tolerancia» a la llegada de Bratton, quien, como los conquistadores europeos, venía a «civilizarnos» a la cañona. Los recursos exigidos por este señor fueron cuantiosos, extraídos en gran parte del Fondo de Pensiones de la Policía Metropolitana, bajo órdenes de la Alcaldía Metropolitana.

Los policías se quedaron sin recursos para su jubilación en nombre del combate a una delincuencia, combate que jamás sucedió. Como en la Guerra contra las Drogas, el objetivo era otro: echar plomo al pueblo, como siempre.

También extrajeron dinero a algunos empresarios ingenuos, los hay, que colaboraron, bajo la promesa de eliminar la delincuencia mediante la «tolerancia cero». Otros empresarios, seguramente más avisados, entendieron el juego avieso y colaboraron con más gusto. Las cantidades de dinero fueron cuantiosas y sus resultados nulos, como todo ciudadano víctima de la delincuencia comprueba diariamente.

«Plomo al hampa» en realidad vino a ser «plomo al pueblo», como se vio durante el golpe de Estado de abril de 2002, en que la Policía Metropolitana fue usada como fuerza de choque en el asalto al palacio presidencial de Miraflores y el asesinato de decenas de personas durante el golpe. La PM no necesitó que ningún «técnico» extranjero le explicara sus modos tradicionales, autóctonos y brutales de represión y extorsión, popularmente conocidos como «matraca». No es, sin embargo y lamentablemente, la única policía que luce estas características ni en Venezuela ni en el mundo.

Los Estados Unidos son el mayor productor y consumidor de sustancias nocivas en el mundo, legales e ilegales, desde alimentos aparentemente inocentes como hojuelas de maíz o seudopapas fritas, hasta sustancias no por legales menos adictivas. Las supuestas papas fritas industriales son generalmente una pasta compuesta por algo de papa y sobre todo de sustancias que las empresas no suelen revelar, en nombre de la propiedad industrial, pero también para evitar que la gente se entere de la presencia de ingredientes con frecuencia altamente nocivos para la salud.

Los Estados Unidos producen toneladas de la que allá mismo llaman «comida chatarra» (junk food), pero es a los sudamericanos a quienes se persigue por producir drogas chatarra. En los aeropuertos se nos somete a tratos ignominiosos, porque el aparato represivo del Estado narcotraficante ha vuelto a cada uno de nosotros un sospechoso de llevar alguna sustancia destinada a corromper la dulce e inocente juventud estadounidense, esa que se entremata en las escuelas día a día, como ocurrió el 20 de abril de 1999 en Columbine, Colorado (ver Pequeños asesinatos). Y ahora se añade la Guerra contra el Terrorismo, en la que somos los primeros sospechosos, como toda persona que no sea «blanca y de trato».

Los Estados Unidos son el peor terrorista del planeta. Invaden países a diestra y siniestra, sin contar conspiraciones, derrocamientos de gobiernos legítimos provocados por la Agencia Central de Inteligencia (CIA) de los Estados Unidos, la imposición de políticas económicas ruinosas a través del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial.

Ya llevan dos invasiones solo en lo que va del presente siglo XXI. Sin contar las insinuaciones de invadir otros, incluyendo a Venezuela, como sueñan algunos. Bombardean indiscriminadamente, usan o amenazan con armas de destrucción masiva para destruir las armas de destrucción masiva de Iraq, armas que nunca aparecieron. Los Estados Unidos sí usan armas de destrucción masiva, pero es a los musulmanes o sospechosos de tales a quienes se requisa en los aeropuertos. Si los poderosos fueran los musulmanes tal vez serían los cristianos los vejados. Y por extensión abusiva y racista se humilla a toda persona de piel oscura o proveniente de países del llamado Tercer Mundo. Por eso hablo de que el Estado se ha vuelto loco. Son sociedades que se alimentan de la desigualdad, a la que cuidan como no cuidan a sus bebés, como veremos más abajo en el capítulo Los bebés adictos.

Cada nueva campaña contra el narcotráfico, o contra el terrorismo, es una nueva vuelta de tuerca en la represión de los pueblos. No es que esas cosas no deban combatirse, más bien deben combatirse, pero de verdad, porque cuando se hace de modo hipócrita, como sucede casi siempre, entonces se obtienen resultados perversos y hasta contrarios a los que supuestamente se perseguían.

Cuando la vida económica se vuelve negocio puro, al servicio de sí misma y no del ser humano, todo se desnaturaliza de un modo puro. Lord Acton decía en el siglo XIX: «El poder tiende a corromper; pero el poder absoluto corrompe absolutamente». Los Estados Unidos tienen la industria de producción de alimentos más irresponsable del planeta, que elabora a diario toneladas y toneladas de sustancias que causan toda clase de enfermedades y trastornos, como diabetes, obesidad, cáncer, males cardiovasculares y un largo etcétera. Pero es solo a ciertas sustancias ilegalizadas a las que se persigue, las llamadas «drogas»: cocaína, heroína, marihuana y un cada vez más largo etcétera, porque los laboratorios, legales o no, inventan una sustancia nueva casi a diario, como el Red Bull.

Nadie persigue refrescos sobresaturados de azúcar, que pueden generar o agravar diabetes u obesidad. Nadie persigue cereales a los que se extraen vitaminas y minerales que luego se añaden para anunciar en la publicidad que han sido «enriquecidos». Pocos se alarman porque esas sustancias son consumidas desde la más temprana infancia, con ingredientes que causan enfermedades como las dichas, amén de cáncer y dolencias que la ciencia médica va descubriendo poco a poco y que los grandes medios de comunicación, financiados directamente a través de la publicidad por las empresas que producen esos «alimentos», ocultan totalmente.

O casi. En las páginas 66 y 67 de su número de noviembre de 2003, la revista Wired cita a Stuart Levy del Centro Médico Tufts. Este experto en el desarrollo de resistencia de las bacterias a las sustancias destinadas a matarlas señala que «la mayoría de los desinfectantes no actúan mejor que el agua y el jabón corrientes». Pero «algunos de ellos pueden alterar la microbiología del hogar, matando bacterias relativamente benignas y débiles y dejando prosperar las bacterias fuertes, que pueden causar enfermedades graves».

Las peores bacterias desarrollan tolerancia al triclosán, sustancia habitualmente añadida a los detergentes comunes como Dawn, Dial, Pinesol, dentífricos como Colgate, etc. Una bacteria que se hace resistente al triclosán se hace resistente también a la penicilina y a otros antibióticos.

Pero nadie hace la guerra a las grandes empresas que elaboran millones de toneladas de estos venenos.

La guerra es contra el narcotráfico colombiano a través del Plan Colombia, cuyos objetivos declarados son apoyar a los campesinos a cambiar de cultivos y a combatir las bandas de narcotraficantes. El resultado verdadero ha sido servir de cobertura a una vasta acción de terrorismo de Estado, que amenaza incluso con extender la guerra civil colombiana a países vecinos como el Ecuador y Venezuela. Allí se está usando un hongo destructivo de los cultivos de coca, pero que de paso destruye o daña irremediablemente el resto del ecosistema, con consecuencias impredecibles una vez contaminado.

La revista Wired —suerte de vocero de un extraño fenómeno que podríamos llamar «neoliberalismo de izquierda»— no llega hasta denunciar las consecuencias nocivas que el triclosán y otras sustancias pueden causar cuando llegan a ríos y mares por toneladas, a través de las cloacas.

Como se ve, las sustancias ilegales, cocaína, marihuana, heroína, etc., no son ni las únicas ni las peores. Las hay mucho más dañinas, pero amparadas por la nación más poderosa del planeta, los Estados Unidos. Ese amparo no solo es armado sino cubierto con publicidad y ese lavado masivo de cerebro llamado medios de comunicación. Ese lavado opera en ese país y en el mundo entero, que ha terminado en gran medida copiando su modelo de operación, con un éxito aterrador.

Los bebés adictos

Pero esto no ocurre solo en los Estados Unidos. También ocurre en Europa.

En 1953 la empresa alemana Chemie Grunenthal elaboró un calmante de los malestares del embarazo, que se vendió con el nombre de Talidomida o Thalidomide. La empresa no hizo todos los estudios necesarios y a consecuencia de ello nacieron unos diez mil bebés con deformidades congénitas que es mejor no describir. Esta medicina fue prohibida en 1961 en el mundo entero, luego de que se descubrieron sus horribles consecuencias.

Muchas veces los encargados de controlar la producción y distribución de fármacos están puestos allí por los grandes laboratorios para que miren para otro lado, o pagan congresos, con sus viajes, y financian profesionales de la salud, hasta que estallan escándalos como el de la Talidomida y otros similares, como la propaganda criminal contra la lactancia materna, especialmente en países más pobres.

Varios laboratorios productores de leche llamada «maternizada» se lanzaron en una campaña para promover la leche en polvo para alimentar a los recién nacidos, so pretexto de que era mejor que la leche que produce la propia madre. Y también para que las madres pudiesen ir a trabajar en lugar de amamantar. Esta fue la finalidad del inventor de la leche en polvo, del suizo Henri Nestlé, en 1860.

Esta mentira de que la leche en polvo es mejor que la materna fue voceada por una ruidosa campaña de propaganda. Aún hoy muchos médicos son pagados para contribuir con ello. Numerosas maternidades se ven todavía invadidas por un ejército de falsas enfermeras, encargadas de entrenar a las madres en el consumo de la leche en polvo.

La leche materna está diseñada por la naturaleza para alimentar al bebé con el balance exacto de nutrición que él requiere. La primera leche que produce la madre, el calostro, trasmite al bebé una cantidad de anticuerpos que lo protegen de numerosas enfermedades infecciosas. El niño que no ingiere el calostro el primer día de su vida corre muchos más riesgos de enfermarse que el que sí lo hace. Pues bien, fue esta ofrenda natural la que Nestlé se encargó de desacreditar para vender su polvillo.

En 1984, luego de un boicot internacional lanzado a partir de 1977, la Organización Mundial de la Salud obligó a las productoras de leche en polvo a someterse a algunas normas, entre ellas a divulgar la superioridad de la lactancia materna. Sin embargo, Nestlé ha seguido siendo señalada por violación reiterada de esas normas. Pocos se enteran de ello pues la publicidad de Nestlé es apabullante. Sal a la calle y encontrarás miles de anuncios: Nestea, Nescafé, sustancias poco recomendables para la salud... Enciende la televisión y verás miles de mensajes publicitarios de esa empresa para promover sus millones de enlatados (ver historia completa haciendo clic aquí).

El procedimiento es pérfidamente sencillo: las falsas enfermeras y los médicos ávidos de lucro regalan a la parturienta varias latas de leche, biberones, utensilios para esterilizarlos, etc. Cuando la madre sale de la clínica se encuentra con que ya su bebé no sabe chupar de su pezón. Pero si, encima, es pobre, se encuentra también con que la leche cuesta carísima y seguramente no tiene gas o electricidad en casa con qué hervir los biberones y mucho menos con qué comprar recipientes desechables. Entonces la madre se ve obligada a cometer dos errores graves:

  1. Diluir la leche para «rendirla», con lo que causa desnutrición al recién nacido, y
  2. no hervir los biberones, con lo que el niño corre el riesgo de contraer gastroenteritis y otras enfermedades que pueden ser mortales y más si está desnutrido.

Así fallecen miles de bebés cada día alrededor del mundo. Pero los laboratorios están felices con sus ganancias y los neoliberales se regocijan.

Ese afán de lucro no conoce fronteras ni respeta bebés o creencias. Todo lo convierte en instrumento de su lógica diabólica de máximo rendimiento.

Qué hacer

Por eso, cuando alzamos una copa o encendemos un cigarrillo, cuando extendemos una línea de cocaína, cuando sacamos una inyectadora para consumir heroína, cuando damos un biberón a un recién nacido, cuando ingerimos café descafeinado o cuando abrimos una bolsita de «papitas» plásticas o de cualquier otra chuchería industrial, debemos estar conscientes del papel que nos están imponiendo como último eslabón, el más débil, de una cadena infernal. No siempre es el reino de la libertad el que conquistamos.

Hay libertad también, claro, porque también hay consumo racional y controlado en este mundo de consumo desmedido. A pesar de las grandes corporaciones y aparatos del narcotráfico, el ser humano no es un autómata y puede aprender a controlar su propia conducta. El verdadero rebelde no se somete a esos grandes aparatos.

Hay personas, tal vez la mayoría, que consumen por diversión y lo hacen sin peligro. No son adictas ni merecen ser expulsadas de la sociedad. Pero también hay personas que tienen una tendencia, sea emocional, sea física, a convertirse en adictas, es decir, las que no pueden controlarse y suelen terminar mal si no se detienen a tiempo. Tampoco merecen ser expulsadas de ninguna parte, sino auxiliadas por todos, amorosamente.

¿A cuál grupo perteneces tú? ¿Al de los consumidores ocasionales o al de los adictos? ¿Quién no consume drogas? Todos tomamos una copa, así sea esporádicamente, todos tomamos café, chocolate, o fumamos, etc. Para no hablar de esa otra forma de drogadicción que es la contaminación ambiental, que nos obliga, queramos o no, a consumir humo y mil productos que dañan las aguas que luego bebemos. Entonces agotamos manantiales de agua pura a fin de evitar consumir aguas contaminadas, con lo que ensuciamos el ambiente con botellas plásticas desechadas que pueden durar siglos estorbando la vida.

Todas son drogas, así sean legales. Una señora liba su primera copa de licor a los 60 años y esa primera copa la conduce a otra, a muchas y a todas porque había nacido propensa al alcoholismo y no lo sabía porque nunca antes había probado un trago. Otros necesitan esa copa como aliciente ante una vida miserable y entonces quieren bebérselas todas.

Por eso debemos combatir ese afán de lucro desmedido y sin escrúpulos, que es una de las peores adicciones. Hay empresarios que buscan el dinero como una adicción, igual o peor que la dependencia de sustancias nocivas. Alcanzan fortunas inmensas y entonces redoblan los esfuerzos para ganar más y más, sin importarles el daño que sus empresas puedan causar. Dice el proverbio árabe que hay un momento en que ya no podemos comer ni beber más, pero no hay un momento en que ya no podemos ganar más oro.

Nuestro papel es informarnos, estar alertas. Leer o aprender a leer, para apoderarnos de nuestra vida, como seres libres, evitar que cualquiera nos manipule, sea para consumir sustancias nocivas ilegales o para consumir sustancias legales no menos nocivas, como cualquier cereal o chuchería enchumbada de colorantes artificiales, frecuentemente saturados de excesos de sal, azúcar, colesterol y otros aditivos peligrosos. No son ilícitas, pero pueden ser igualmente dañinas y hasta mortales. A veces son incluso peores que muchas sustancias ilegales. Por ejemplo, la inmensa mayoría de los fumadores de cigarrillos, a diferencia de los que saborean habanos, no puede limitar el consumo a uno o dos al día, o menos, sino que termina rápidamente consumiendo compulsivamente grandes cantidades, hasta el enfisema pulmonar o el cáncer.

Ahora tenemos Internet, que nos ayuda a salir de ese estado de infancia indefinida en que nos mantiene la mayor parte de los medios de comunicación, que nos engañan y nos ocultan información clave sobre todos los temas posibles, especialmente los estratégicos, los más decisivos (ver Información verás).

No debemos dejarnos tomar por tontos. Navega por Internet —en uno de los tantos infocentros gratuitos, si no puedes adquirir una computadora conectada a la Red de redes. Busca sitios Web como www.altavista.com, www.google.com, www.netscape.com, www.yahoo.com, entre otros, y escribe palabras como droga, adicción, tabaco, drogadicción, narcotráfico, o una combinación de palabras, tales como cultura y drogas, pon la sustancia de tu curiosidad, si no eres consumidor, o de tu preferencia, si ya lo eres.

Abajo y a lo argo de este texto te hemos sugerido algunos lugares de Internet que contienen información valiosa y digna de crédito. En Internet vas a encontrar de todo: falsedades junto con verdades, manipulación junto con orientación. Por eso hay que navegarla con los ojos bien abiertos, como debemos hacer con cualquier otro medio de comunicación.

Pero en Internet vas a hallar algo muy importante que no se consigue habitualmente en los otros medios de comunicación, casi todos controlados por grandes intereses y por tanto destinados a lavarte el cerebro. En Internet puedes hallar información confiable sobre casi cualquier tema y en todos los idiomas. Hay que aprender a discenirla, pero por tu propia cuenta, usando tu conciencia, tu inteligencia y tu experiencia.

En Internet están también las grandes corporaciones, junto con muchos charlatanes, pero está también mucha más gente que suministra información alternativa, confiable, de calidad. Tú mismo puedes transmitir información por Internet, de diversas maneras. Los grandes aparatos de desinformación están destinados no a transmitir la realidad sino a inventarla. No tienes modo de verificar si lo que dicen de una guerra remota es cierto o no.

Las sociedades contemporáneas van más allá de las sociedades tradicionales. En la tribu era fácil enterarse de las noticias porque generalmente las veías tú mismo. Pero en la sociedad actual muchas veces ni te enteras de lo que pasó en la esquina de tu casa si no viene una gran corporación noticiosa a darte la versión que le convenga de lo que pasó.

Por eso no puedes confiar ingenuamente en lo que esos grandes aparatos te informan. Durante meses y meses nos machacaron la información de que en Iraq había armas de destrucción masiva. Los Estados Unidos invadieron para hallarlas cuando los expertos pedían más tiempo porque no habían encontrado nada. Finalmente a comienzos de enero de 2004 el equipo de búsqueda se retiró luego de no haber descubierto ningún arma de destrucción masiva.

Antes de que algún santurrón me diga que promuevo las drogas porque no las condeno incondicionalmente, diré que precisamente ese es el problema, que al infantilizar a la gente se la expone a toda clase de peligros, como los que padece con la información sesgada, deformada, incompleta y exagerada de los medios de comunicación. Una de esas consecuencias es, precisamente, el consumo desprevenido no solo de sustancias prohibidas sino de sustancias perfectamente legales que a veces son más dañinas que las ilegales.

Hemos dicho que el narcotráfico es un problema grave, que involucra la distribución indiscriminada e inculta de sustancias que en otra culturas se consideraron sagradas. El narcotráfico ejecuta acciones violentas. El narcotráfico engorda un sistema financiero internacional que se ha convertido en un parásito que vive en gran parte de la deuda externa de los países más pobres, amén del dinero lavado por los gangsters del tráfico de sustancias ilegales.

El problema no es la droga en última instancia. Se legalizó la producción, distribución y consumo de alcohol en los años 20 en los Estados Unidos y la Mafia abandonó esa actividad para dedicarse a otras. Los que tienen como profesión violar la ley encuentran siempre una amplia zona de desarrollo.

Alguna vez leí que no hay nada por inocente que sea contra lo que el hombre no atente. Hay seres humanos que deciden que su vida es una carrera de lucro incesante, siempre insuficiente y para lo cual no paran en ningún escrúpulo. Lo más risible es que para ellos la imagen inocente es crucial. Es en cierto modo su principal instrumento de trabajo. Un editor de un periódico amarillista querrá ocultar sus desmanes ante un público atontado que tal vez lo admira.

Combatir la producción, el tráfico y el consumo de drogas no es un asunto que pueda despacharse como una simple lucha del bien contra el mal, de policías y ladrones, de héroes contra villanos. No es una película de Hollywood, en las que por cierto los latinoamericanos aparecemos habitualmente bajo una luz no muy favorable, como los malos de la película, precisamente. Ese maniqueísmo, creer que todo se decide entre el bien y el mal puros, solo conduce a ocultar el problema, a ponerlo bajo el velo que más conviene a los narcotraficantes.

La producción, distribución, consumo y financiamiento de la industria de las drogas es, como todo asunto humano, complejo y es allí donde debemos examinarlo, con libertad, sin que nadie venga a dictarnos lo que debemos pensar.

He expuesto aquí algunas ideas para la discusión. No pretendo haber dicho la verdad. Tal vez sí, tal vez no. Dejo esa decisión al lector. Si algún mérito pretende tener este texto es haber propuesto un conjunto de análisis e ideas para la discusión, para el debate, para incitar al examen. Si con ellas he logrado despertar el interés del lector por informarse por sí mismo y arribar a sus propias conclusiones podré considerar este libro como un éxito.

No olvides jamás que eres una persona libre.

Caracas, enero de 2004

Referencias

Estas referencias solo tienen carácter de ejemplo de los materiales que recomendamos. Hay una inmensa bibliografía sobre el tema, que no ponemos aquí por dos razones: es imposible conocerla toda y está en constante renovación.

Cristina Ambrosini, Adicción y capitalismo, una asociación problemática, launion.com.ar/sociedad/ambros06.htm.

Jean Baudrillard (1990), La transparence du mal. Essai sur les phénomènes extrêmes, París: Galilée.

J. M. Briceño Guerrero (1994) El laberinto de los tres minotauros, Caracas: Monte Ávila.

Jaime Alberto Carmona P., Toxicomanía y sociedad de consumo, di.amigomed.edu.co/poiesis/Edicion002/poiesis2.Carmonap.htm.

Marcelo Colussi, El mundo de las drogas, lainsignia.org/2003/septiembre/soc_011.htm.

Comisión Nacional contra el Uso Ilícito de las Drogas (Conacuid, Venezuela).

Francisco Ferrara, ¿Legalizar las drogas resuelve algo?

Francisco Ferrara, Prevención de las adicciones.

Roberto Hernández Montoya (1999), «Pequeños asesinatos».

— (2003), Información verás, Caracas: Question.

Rosa del Olmo (1985), La sociopolítica de las drogas, Caracas: Universidad Central de Venezuela.

Thomas de Quincey, Confesiones de un consumidor inglés de opio, en varias ediciones.

Daniel Sierra, La droga y el narcotráfico, engranaje esencial del funcionamiento del gran capital.

Nathalie Valdés y Sara Sánchez (1999), El tabaco y las adolescentes. Tendencias actuales, Washington: División de Salud y Desarrollo Humano. Programa sobre Mujer, Salud y Desarrollo. Organización Panamericana de la Salud. Oficina Sanitaria Panamericana. Oficina Regional de la Organización Mundial de la Salud. PAHO/HDP/HDW/99-001.

Varios autores (1972), Marihuana & Cía., Caracas: Monte Ávila.


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