Caracas, Sábado, 19 de abril de 2014

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La magia del páramo

Publicado el 6 de mayo de 2000

Para Josefa Espinosa Espinosa y Luisa Espinosa de Zambrano
Y también para Sandra Dick y Lubio Cardozo

Madre abandonó las tierras rojas de las llanuras Pitijoc para asentarse en las neblinas que bordan de violeta los valles Timotíes. ¿Cuánto hace de eso? Ni ella misma lo supo. Sólo recordaba: «Fue el mismo día en que los cujíes elevaron sus dedos al cielo y los pájaros hablaban de colores, mientras la tierra entregaba sus entrañas a los cántaros».

En sus cabellos de musgo y en sus ojos de ancestros hechos iris en el fondo de una vasija de barro, he aprendido a interpretar el vuelo de los azulejos y los pico e’plata que se posan en las lágrimas del sensén de los naranjos en flor.

En casa —vigas y columnas de madera roída por el tiempo—, Madre nos tenía a todos: gatos, perros, gallinas y yo, con lazos rojos en el cuello para que no viéramos espantos en la noche, ni nos llevaran las brujas que caminan en la oscuridad sobre los techos de zinc (mapas herrumbrosos sobre nuestras cabezas). Ni a ella ni a mí, mejor dicho, a ninguno de nosotros nos gustaba andar de noche entre los cafetales, y menos aún por donde están las manillas y el volante del Studebaker, pues siempre se veían luces azules y se oía como si prendieran el motor y el carro echara a andar por el camino real. Madre dice: «Ese es el dueño que enterró los cobres cuando la guerra de los amarillos y los azules, godos y lagartijos. ¿Quién sabe? Ánimas santas, almas pacientes, rogad a Dios por nosotras, como rogamos por vosotras pa’que nos dé sus riales».

Teníamos por todos lados palmas benditas que ella quemaba en los días de tempestad, cuando los relámpagos poblaban de luz el páramo y los rayos fulminaban a los árboles más altos. «Así fue el día cuando pasó el cometa y el eclipse convirtió al día en noche, mientras los refusiles iluminaban el cielo. ¡Era medroso! Toditicos los animales se hincaron, y bramaban y ñarriaban y ladraban. Ángeles y serafines dicen: ¡Santo, Santo! También pasó un cochino grande con ojos de morocotas; hozaba la tierra y luego se hundió en la laguna de Los Cedros, pa’donde se mudó el encanto. Por eso, no le tire piedras al agua porque se enojan los momoyes y se van, y en la mudanza desbordan todas las aguas y de nosotros no queda ni el rastro. Así sucedió en la inundación del año cincuenta. Ángeles y serafines dicen: ¡Santo, Santo, Santo!».

Aquí sólo se ve montaña, caminos y cielo. Humo frío desciende de las nubes. Orquestas de aves trinan valses, y las mariposas del campo revolotean sobre las flores parameñas.

Una vez al año bajábamos al pueblo. Madre y yo nos bañábamos con agua de la cascada, jabón de Reuter y hojas de albahaca. Tomábamos una copita de miche con díctamo real para que no nos diera resfriado y permaneciéramos eternamente jóvenes y bellas como las campánulas azules que crecían en lo alto... Me tejía crinejas que cruzaba en un candado, me perfumaba con agua de florida y nos poníamos nuestros camisones de cretona y tafetán. Yo iba tiesa como los ángeles de anime que poníamos en diciembre en el pesebre del Niño. En el pueblo visitaríamos, como siempre lo habíamos hecho, la iglesia al mediodía porque nunca había nadie, salvo ella y yo. La iglesia —lugar de penumbras e imágenes de caras adoloridas que no dicen nada— me daba miedo. No podía dejar de temblar cuando los bancos comenzaban a crujir y Madre interrumpía el rosario: «Siga rezando, no ve que son las ánimas que nos están acompañando... Ángeles y serafines dicen: ¡Santo, Santo, Santo! No se le olviden las primicias para el Padre: una gallina, cinco huevos y el cafecito de las tres... ¡Amén!».

No me gustaba bajar al pueblo y visitar a la señorita Ernestina —alta, flaca, con la cara chupada y orgullosa como una reina—, quien estaba siempre vestida con zapatos, medias, guantes, camisero de mangas largas y velo negros, y desde hacía muchos años, no salía de su casa porque tenía lepra. Madre la visitaba a pesar de la enfermedad, porque toda la vida había sido muy buena con ella; además, decía Madre, que los que rezaban a San Lázaro y usaban alpargatas de cocuiza, como nosotras, no les daba ese mal. La esperábamos sentadas en la sala. ¡Qué sala! Había unas muñecas negras con ojos de vidrio que me observaban desde el sofá. No importaba en cuál silla me sentara, las muñecas igual me miraban con sus ojos inmóviles. Yo las odiaba. Sudaba de puro miedo, pero no podía dejar de verlas. Le dije a Madre:

—No me gustan esas muñecas, me hacen malasangre. Son negras, como el diablo, y me miran a cada rato.

—¿Qué mal le hacen?, no ve que son adornos de la niña Ernestina. ¡Ecita, tan buena, y ahora estar así! Déle un trapazo a la fiera tara que está en la paré. Esa debe ser la bruja que tiene así a la Niña...

—Luisa, nos interrumpió la señorita Ernestina, estos nísperos los tenía guardados para vos y la muchachita. Son mis hijos... Nadie puede tocarlos y comerlos, a menos que yo se los dé como ahijados. Yo los engendro con el árbol. Sabés que él es mi marido y, por eso, le dedico todos mis poemas y canciones. Desde ese 20 de enero en que me casé con el níspero, decidí cubrirme de negro y decir lo de la lepra, pero mirá — nos mostró la mano más blanca y cuidada que habíamos visto, mientras que el guante que la había cubierto caía a nuestros pies —. ¿Viste? ¡No tengo nada! Sólo lo hice para que ninguna mano masculina osara mancillar mi pureza reservada para el níspero.

Salimos llevando en una cesta, envueltos en periódico para que se maduren, a los hijos de la señorita Ernestina. En el jardín de palmas, sambenitos y azucenas, Madre quiso correr en pos de una chupita —con sus alas en perenne movimiento y sus largos picos chupando el jugo azucarado de las flores—, pues ella las adoraba: «Las chupitas y los caballitos del diablo son espíritus buenos; son los duendes de las lagunas que vienen a enamorar las flores y a jugar con nosotras pa’ver quién los agarra y los hace quedarse quietos un momento. ¡Nadie lo ha hecho! Monimoni, mi Monimoni». Madre corrió detrás del colibrí. Él la ignoró y se perdió en el jardín bebiendo en cada flor.

«Nena, hoy vamos a comprar un periquito, tela pa’ tapar los espejos de noche y a pasiar en el bús». Con el perico y la tela, esperamos la salida del autobús amarillo con rayas azules, verdes y rosadas, que sonaba juí, juí, juí y anunciaba en grandes letreros MOSQUEY MITICÚN Y VICEVERSA. Madre se preguntó: ¿Onde será Viceversa? Será un lugarango nuevo que han puesto así. Tanto tiempo de conocer yo todo esto y nunca lo había escuchao mentar. ¡Aguaite, que le van a machucar el camisón!».

Al autobús seguían subiéndose campesinos como nosotras: liquilique de dril, alpargatas, vestidos estampados, baratijas y pencas de chimo. Un viejo cejudo le ofreció de su cajeta a Madre, pero ella la rechazó, diciéndole: «¡Muchas gracias! Yo comía mucho, antes... Ahora me hace mal. Eso es un gran remedio pa’ahuyentar las culebras y curar los gusanos de monte. A ella le cure uno que me le salió en la frente». El autobús avanzaba con su asma en el motor y amenazaba con quedarse en cada una de las curvas de la carretera. Pasábamos potreros, ríos y casas desde donde nos decían adiós, mientras el colector recogía, de cada viajero, el bolívar del pasaje. Al llegar a Miticún, debajo de unos guamos, el autobús, casi ahogado, emprendía su agónico regreso hasta bajar su carga de paseantes en la esquina del mercado. Ahí lo esperaban otros, como nosotras, olorosos a campo y a cocina de leña.

«Nos tenemos que ir temprano, pues de noche salen muchas cosas feas en los caminos; menos mal que llevamos a la mula y el perico. Ellos nos las alejan». Monte arriba emprendimos el regreso. A la caída del sol los borococos entonaban su ronda: «Borococooo. Borococooo». Madre les respondió: «¡Ave María Purísima!». Después me dijo: «Los borococos son hijos del Malo, y si escupen en los ojos de alguien lo dejan ciego para siempre».

—Borococooo.

—¡Ave María Purísima!

Las lagartijas tomaban los últimos rayos de sol con sus barrigas pegadas a las piedras aún calientes. Una niebla espesa, como nata de leche, se fue apoderando del camino y nos cubrió a todos. Madre sintió una cosa que le penetró por la oreja: un chicharreo de mil alas, un rugido de tierra embravecida cuyas sacudidas no se pueden detener. Guaruras, tambores y flechas en acción. Gritó y corrió monte arriba. Dio botes de carnero y clavó la cabeza en el suelo, se tapó la otra oreja y se la comenzó a golpear. Efectivamente, de la improvisada cueva hecha en la oreja de Madre salió un bicho volador, o qué sé yo.

Madre dio ayes y ¡Gracias a Dios! «Se lo dije, Nena. De noche en los caminos salen muchas cosas feas. Usté por ser inocente, como el perico y la mula, me salvó». Con los animales, la tela de tapar espejos y nuestros camisones de cretona y tafetán ajados, llegamos al páramo, a la casa y al fogón.


Josefa Zambrano en La BitBlioteca

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