Caracas, Jueves, 24 de abril de 2014

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Tratado de regularización de la guerra a muerte

britto
El Nacional
, sábado 25 de mayo de 2002

Documentos sobre los sucesos de abril de 2002 en Venezuela

Nadie sabe quién empezó o mejor dicho todo el mundo sabe quién empezó: los otros. El regente Francisco de Heredia testimonia cómo el capuchino Fernando María del Coronil predica a los realistas que «de siete años arriba, no dejasen vivo a nadie». El compasivo José Tomás Boves denuncia que un sargentón bolivariano sentencia realistas mientras finge leer en un catecismo: «Templín, caguín, chiguín, se ajusticiará a todo godo que sea atrapado con las armas en la mano». El sosegado José Félix Ribas denuncia que el Urogallo celebra saraos donde los arpistas pierden el compás y los invitados republicanos la vida. Medios sesgados atribuyen al Pacificador Pablo Morillo el criterio de que para acabar con la insurrección hay que pasar por las armas a todo el que sepa leer y escribir. Partidas de exaltados degüellan a quien pronuncia «naranjas» con acento gachupín. El presbítero Andrés Torrellas acusa a los realistas de lucir en sus morriones plumas negras que amenazan de muerte a todo patriota. Ante tal panorama, el propio Bolívar, primero en reconocer —no en iniciar— la Guerra a Muerte, anuncia el 6 de julio de 1816 en su proclama de Ocumare: «La guerra a muerte que nos han hecho nuestros enemigos cesará por nuestra parte: perdonaremos a los que se rindan, aunque sean españoles. Ningún español sufrirá la muerte fuera del campo de batalla». Se abre así un difícil diálogo de cuatro años que apenas en 1820 concierta el Tratado de Regularización de la Guerra.

Corren los años, vuelan los centauros llaneros que el 24 de junio de 1821 les dan la paliza de su vida a los realistas en el Campo de Carabobo, y saltan los monárquicos huyendo a campo traviesa hacia Puerto Cabello. Durante la atropellada persecución pudo ocurrir esta conversa entre el mariscal de campo Miguel de La Torre y el Catire Páez, que le pisaba los talones:

—Mariscal, ¿dialogamos?

—No hablo con mestizos.

—Nombraré intermediario al marqués del Toro para que vuecencia no se sienta disminuido.

—Solo si todos los independentistas se entregan desarmados a mi ejército.

—¿Cuál ejército? Sus soldados quedaron derrotados y sus generales presos en la Batalla de Carabobo.

—La Gaceta de Caracas y la Gaceta de Madrid dicen que en Carabobo ganamos los españoles.

—Venezolanos y españoles podemos entendernos.

—Al pretender que hay venezolanos usted incita al odio social.

—Dialoguemos para evitar derramamiento de sangre.

—Solo si se restablece la esclavitud para los esclavos liberados al hacerse soldados patriotas, si se devuelve a sus amos las tierras que repartió Bolívar a los milicianos, si se anula la Independencia, se disuelven todos los poderes de la República, y sus integrantes electos se someten a juicio ante Fernando VII.

—¿Y entonces para qué murieron Cedeño, Plaza y Negro Primero?

—Todos fueron víctimas de francotiradores independentistas.

Los intentos de diálogo siguen hasta el 10 de noviembre de 1823, cuando al ser arriada definitivamente la bandera española en Puerto Cabello Miguel de la Torre intenta estrangular con ella al jefe de protocolo patriota, y prosiguen hasta hoy. No hay peor sordo que el que no quiere perder. Sobre todo si es como Jalisco: que nunca pierde, y cuando pierde, arrebata.


Luis Britto-García en La BitBlioteca

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