Caracas, Miércoles, 23 de abril de 2014

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 Ortografía

Bello

Publicado en El Araucano, Santiago de Chile, 10 y 24 de mayo de 1844.
Exprese su opinión en nuestro foro sobre la nueva ortografía de la Real Academia Española

La Facultad de Humanidades ha expuesto de un modo tan luminoso los fundamentos de sus reformas ortográficas, que parecería un trabajo superfluo defenderlas de nuevo, si no viésemos cada día que las innovaciones de utilidad más evidente encuentran numerosos opositores en las filas de los espíritus rutineros, de los cuales hay muchos aun entre los que se llaman liberales y progresistas. Examinemos, pues, las objeciones que se hacen a la nueva escritura.

A todas ellas podemos oponer la práctica y la doctrina de la Academia Española, que es la autoridad a que muchos se acogen, y que en esta materia es digna de respeto sin duda. Extraños debieron parecer a la vista egemplo, egecución, egercicio, escritos con g en lugar de la x etimológica, extraños cuanto, elocuencia, acuoso, con c; baile, aire, peine, con i latina; etc. Sin embargo, no se paró la Academia en esa extrañeza, ni tuvo escrúpulo en apartarse de la etimología para simplificar la escritura. ¿No podremos, pues, dar nosotros algunos pasos más en el mismo camino, guiados por los mismos principios, y llevando puesta la mira en el mismo objeto de la sencillez ortográfica, que es, en otros términos, la facilidad de las dos artes más importantes para la vida social, de los dos instrumentos más poderosos de civilización, la lectura y la escritura? ¿Hasta donde ha llegado la Academia podremos llegar, y no más? La Academia misma ha sido de diferente opinión, y lo ha dicho expresamente. La Academia introdujo ciertas reformas, y se abstuvo de otras, que no le parecieron oportunas. "No han faltado escritores (dice en el prólogo de su Ortografía) que han pretendido dar a la g en todos los casos y combinaciones la pronunciación menos áspera que ya tiene con la a, la o, y la u, remitiendo a la j toda la gutural fuerte, con lo cual se evitaría el uso de la u, que se elide sin pronunciarse después de la g, y siguiendo otra vocal, como en guerra, guía, y la nota llamada crema o los dos puntos que se ponen sobre la u cuando ésta ha de pronunciarse, como en agüero, vergüenza, y otros. Pero la Academia, pesando las ventajas e inconvenientes de una reforma de tanta trascendencia, ha preferido dejar que el uso de los doctos abra camino para autorizarla con acierto y mayor oportunidad". Así se expresa aquel cuerpo acerca de la más atrevida de las reformas que pide el alfabeto castellano; de una reforma que nuestra Facultad de Humanidades tampoco ha creído conveniente adoptar, desde luego; y sin embargo, la Academia permite, excita a que se introduzca esta reforma con el ejemplo de los doctos.

A los que aleguen, pues, la autoridad de la Academia en favor del uso actual oponemos la autoridad de la misma Academia. A los que opongan lo extraño y feo de las innovaciones, diremos que la verdadera belleza de un arte consiste en la simplicidad de sus procederes; que el objeto de la escritura es pintar los sonidos, y que cuanto más sencillamente lo haga, tanto más bella será; que extraño en esta materia no quiere decir más que nuevo; y que si lo nuevo es más sencillo, más fácil y, por consiguiente, mejor que lo viejo, debe abrazarse sin escrúpulo. En fin, a los que suspiren por sus amarteladas etimologías les recordaremos que en nuestro alfabeto la etimología ha sido siempre una consideración muy subalterna, y que la Academia Española no ha tenido el menor miramiento a ella cuando las alteraciones le han parecido convenientes. Lo único que puede oponerse con alguna plausibilidad es la violencia que tendremos que hacer a nuestros hábitos para practicar las reformas. Pero en este mismo obstáculo tropezaba la Academia cuando trató de sustituir en tantas palabras la c a la q, la g a la x gutural fuerte, la i latina a la griega, y no se arredró por eso. Ése es un inconveniente que puede alegarse más o menos contra todas las innovaciones; un inconveniente que a costa de una ligera molestia de pocos días produce ventajas eternas y de muy superior importancia.

Dícese también que es necesario que estas reformas partan de un centro común, de una autoridad literaria reconocida; porque no siendo así, se adoptarían en un país unas y en otro otras, y aun se verían en uno mismo muchas ortografías diferentes según el juicio o capricho de los escritores; vendría la escritura a ser un caos; y la lectura, lejos de ganar en facilidad, se erizaría de embarazos y perplejidades. Pero no puede hacerse este reparo a las innovaciones recomendadas por la Facultad de Humanidades: ellas no alteran el valor usual de ninguna letra, de ninguna combinación. El que sepa leer lo escrito con la ortografía que hoy se usa, podrá leer sin la menor dificultad lo que se escriba con la nueva ortografía, porque en ella no encontrará ni letras ni combinaciones que hayan de pronunciarse de diverso modo que antes. Lo mismo suena general con g, que jeneral con j; hacer, honor, humanidad sin h, que con h No es posible pronunciar la q sino con el sonido de k, sea que le siga o no la u muda. Ni es de temer que en la marcha progresiva de las simplificaciones ortográficas se prefieran otros medios a los adoptados por nuestra Facultad de Humanidades. No puede haber diferencia de opiniones en cuanto a la preferencia de la j sobre la g para representar el sonido gutural fuerte; y convenidos en simplificar la ortografía, no es posible que se desconozca la propiedad de la i latina en los diptongos ai, ei, of, ui, donde quiera que ocurran, y en la conjunción i, ni que dure mucho tiempo la práctica de escribir letras mudas que para nada sirven. Reformas hay para las cuales puede hacerse uso de medios diversos. Por ejemplo, para que los sonidos de la c y de la z tengan cada uno su signo peculiar y exclusivo, unos recomendaran que la c se pronuncie siempre como k, y que se proscriba del alfabeto la q; y otros sustituirán a la c fuerte la q o la k, escribiendo qama, qorazon, qutis, aqlamazion, aqrostico, o bien kama, korazón, etc. Pero las reformas sancionadas por la Facultad no son de este número: los medios adoptados por ella son todos obvios, naturales, analógicos; cualquier sistema que se imagine para simplificar el alfabeto castellano debe principiar necesariamente por ellos.

La Facultad ha sometido sus procederes a estas reglas fundamentales:

1a Caminar a la perfección del alfabeto, que consiste, como todos saben, en que cada sonido elemental se represente exclusivamente por una sola letra;

2a Suprimir toda letra que no represente o contribuya a representar un sonido;

3a No dar por ahora a ninguna letra o combinación de letras un valor diferente del que hoy día se les da comúnmente en la escritura de los países castellanos;

4a No introducir gran número de reformas a un tiempo.

Recorramos ahora cada una de las innovaciones recomendadas por la Facultad; así podrán apreciarse mejor sus acuerdos.

La Academia había propendido hace tiempo a separar enteramente los usos de la i latina y la y griega, empleando la primera como vocal y la segunda como consonante. Con este objeto, propuso que se sustituyera la i latina a la griega en todos los diptongos ay, ey, oy, uy, en que el acento carga sobre la primera vocal; excepto en fin de dicción. En vez de ayre, peyne, coyma, como antiguamente se escribía, introdujo la práctica de escribir aire, peine, coima, pero siguió escribiendo taray, fey, voy, muy. No parece que había fundamento alguno para esta excepción singular. Dícese que estaba ya para promulgarse la regla general de la sustitución de la i a la y en todo diptongo grave terminado por y, cuando uno de sus miembros hizo presente que, adoptándose generalmente la regla, sería preciso corregir la ortografía de la estampilla con que se firmaban los despachos y provisiones reales, yo, el rey, dificultad que a los señores académicos pareció insuperable. Se propuso, pues, y se adoptó la excepción de los diptongos finales. En las repúblicas americanas ha sido, sin embargo, frecuentísima la practica de escribir esos diptongos universalmente con la i vocal llamada latina. La Facultad no ha hecho más que extender esta práctica a la conjunción y, y aun en eso la han precedido algunas repúblicas americanas y varios escritores europeos.

Esta reforma es dictada por la primera de las reglas antedichas. Son diferentísimos el sonido vocal con que principia la dicción imajen, y el articulado con que principian ya, yo. Deben, pues, pintarse con diferentes signos en todos casos. En la ortografía chilena no quedaba más que uno solo en que se empleaba la y consonante en lugar de la vocal. La Facultad ha eliminado esta excepción solitaria; la i, según su sistema, es perpetuamente vocal, y la y, perpetuamente consonante; la primera se llama i; la segunda ye. Y se logra esta simplificación alfabética sin alterar en nada los valores conocidos y usuales de estas dos letras, conforme a la regla tercera.

No estará de más observar que algunas personas pronuncian mal la consonante y, dándole el sonido de la vocal i. Pronuncian, verbigracia, yacer, yugo, como si estuviesen escritos iacer, iugo. Estas personas, consultando su oído, creerán acaso que igual motivo hay para escribir iacer, iugo, que para escribir Pedro i Juan; y que, si la Facultad es consecuente, debiera proscribir del alfabeto la y griega, y reemplazarla en todos casos por la i latina. Pero los que así discurren se fundan en una pronunciación viciosa, aunque a la verdad no muy rara en América ni en la Península. El sonido legítimo de nuestra consonante y se amalgama íntimamente con el de la vocal que le sigue, como lo hace la v en las dicciones vano, vivo. Acércase mucho al de la g italiana en piange, y al de la j inglesa en joke; aunque, si no me engaño, es algo más suave.

[RESPUESTA A UN SUSCRIPTOR]

Interrumpimos este artículo para responder a las objeciones hechas a la ortografía de la Facultad de Humanidades en el comunicado de Un Suscriptor, que acabamos de leer en la Gaceta del Comercio.

La primera es la necesidad de enseñar al niño dos métodos ortográficos, el antiguo y el nuevo, para que pueda emendar todo lo que hay escrito en letra de molde y de mano. En esto hay exageración. El método antiguo y el nuevo son uno mismo con muy ligeras alteraciones; y para que el niño se imponga de ellas bastará que cuando esté familiarizado con el nuevo se le hagan estas tres advertencias:

1a Muchos acostumbran poner en lo escrito una h que no significa nada, como en hombre, hato, hilo; no hagas caso de ella; lee como si no hubiera tal h;

2a Se acostumbra también poner después de la q una u, escribiendo, por ejemplo, quema, quiso; esta u tampoco significa nada; lee como si no hubiera tal u;

3a También se suele usar y en lugar de i, escribiendo por ejemplo, Pedro y Juan, comer y beber.

Póngase luego al niño en la mano un libro escrito de este modo, ejercítesele en él un par de días, y está concluido el aprendizaje de los dos métodos. Obsérvese que toda reforma ortográfica ha debido ocasionar igual embarazo. Cuando la Academia sustituyó la c a la q y la g o la j a la x, ¿no fue tan necesario como ahora hacer a los niños algunas advertencias para que pudiesen leer los innumerables libros escritos con la q y la x etimológicas?

La segunda objeción consiste en la dificultad de buscar las voces en el diccionario. Éste es un inconveniente que sólo puede alegarse respecto de la supresión de la h; y existe únicamente para los adultos que saben algo, y que dudan, o sobre el verdadero significado de una palabra, o sobre su legítima pronunciación, o sobre su ortografía. Éstos, sin duda, tendrán una que otra vez que buscar una palabra con h y sin h. Pero ¿no sucede ahora lo mismo? ¿No les es necesario buscar una palabra con b o con v; con z, con c o con s; y también con h y sin h? Oye uno hablar por la primera vez de un árbol cuyo nombre suena aya; lo busca probablemente en la a; no lo encuentra, y tiene que buscarlo en la h. La verdadera causa de estas dobles investigaciones es unas veces la incorrecta pronunciación, y otras el uso de letras inútiles o el doble valor de las letras. Lo primero no puede evitarse en ningún sistema de ortografía; lo segundo se evitaría completamente por medio de una ortografía racional y sencilla. Ataquemos la raíz del mal: simplifiquemos el alfabeto. Propagadas las reformas (como no pueden dejar de serlo según el rumbo que llevan hoy las cosas), se harán lugar en los diccionarios; y pronunciando bien, no habrá nunca que pasar de una letra a otra para buscar en ellos las voces sobre que deseamos consultarlos.

Dícese que los buenos castellanos niegan que para la pronunciación no sea necesaria la h. Desearíamos oír de la boca de esos buenos castellanos la diferencia de pronunciación de hombre con h y ombre sin h.

La tercera objeción es que suprimiendo la h inútil no podremos encontrar la etimología de las palabras. ¡Grande inconveniente por cierto para los niños que aprenden a leer! Vuelvo al ejemplo de la Academia. Cuando la Academia escribió cual con c y enjambre con j, ¿hizo alguna cuenta de la etimología? La infinidad de escritores que antes de la Academia escribieron aver, avia, uvo, sin h y con v, ¿ignoraban acaso que este verbo se derivaba del latino habere? ¿Y quién ha dicho que la escritura tiene por objeto conservar las etimologías? Los latinos escribían habere con h porque esta letra tenía para sus oídos un valor real: abere no les hubiera pintado el verdadero sonido de la palabra. No es así en nuestra lengua. Abolido el sonido, es fuerza abolir la letra; y si no lo hicieron nuestros abuelos, no es esa una razón para que dejemos de hacerlo nosotros.

Objétase también lo que se tiene adelantado por la escritura usual para aprender el latín, el francés, el italiano, etcétera. Vuelvo otra vez y otras ciento a la Academia. Si es una lástima que escribiendo ombre sin h desaparezca la etimología de esta palabra, y su afinidad con homo en latín, y homme en francés, fue un error que la Academia, escribiendo cuando con c, hiciese desaparecer su etimología y su afinidad con el quando de la lengua latina y el quand de la francesa En suma, la Academia debió haber dejado la ortografía como se estaba, porque las reformas adoptadas por ella han sido otros tantos bofetones a la etimología, y otras tantas dificultades para el aprendizaje de las lenguas extranjeras, vivas y muertas. Ella debió escribir hasta el fin de los siglos enxambre y execución con x, quando y quanto con q. Contrayéndonos a la h, si la supresión de esta letra nos aleja de los idiomas extranjeros en algunos casos, en otros nos aproxima y nos pone en armonía con ellos. Escribiendo aber sin h, nos acercamos a los italianos y a los franceses, que escriben avere, avoir. Escribiendo ombre, onor, orror, umanidad, sin h, nos acercamos a los italianos, que escriben uomo, onore, orrore, umanità; que apenas conservan tres o cuatro hh inútiles en su moderna escritura. No vemos que se gene nada con la ortografía de una lengua para adquirir el conocimiento de otra. A veces las hallaremos concordes; a veces no; y con esto tolo está dicho que nuestra ortografía, cualquiera sistema que se elija, será siempre un indicio falacísimo para saber la ortografía latina, francesa, etc. ¿Una dicción castellana se escribe con b? La dicción correspondiente en latín, en francés, en italiano, en inglés, se escribirá quizá con v. Escríbese comúnmente buitre: la palabra latina es vultur; la francesa vautour; la inglesa vulture. Escribiendo pruebo conservamos la afinidad latina, probo; pero discordamos con el francés je prouve, con el italiano io provo, con el inglés I prove. Pudiéramos aglomerar no pocos ejemplos de esta especie. Pero ombre sin h, se nos dice, significa sombra en francés. ¿Y qué hay de malo en eso? Lo que es nombre en castellano es con todas sus letras número en francés, y nadie se ha quejado de esa coincidencia hasta ahora.

Objétase asimismo la confusión que resulta de la supresión de la h, porque a, verbigracia, puede ser una preposición y un tiempo de aber; e, una conjunción y un tiempo del mismo verbo; abría puede ser un tiempo de aber o un tiempo de abrir; aya, un tiempo de aber, una nodriza o un árbol. Esta confusión, si tal puede llamarse, existe en la lengua hablada; del mismo modo se pronuncia aya o haya cuando se dice dudo que haya llegado la nave, que cuando se dice la haya es un árbol copado, o la niña se echo en brazos del aya. Y si existe en la lengua hablada, ¿por qué no en la escrita, que debe ser un retrato del habla? Y si lo consigue completamente, ¿no habrá hecho poco? Pero la verdad es que estas homonimias no han ocasionado jamás un momento de embarazo a nadie, porque el contexto determina suficientemente la palabra. Amo es sustantivo y es verbo; lo mismo puede decirse de ama, de cambio, de encuentro, de corta, de corte, de lego, de destierro, de castigo, de duelo, de enojo, de baile, de danza, de cena, de luces, de mora (sustantivo, adjetivo y verbo) y de otras innumerables voces, y a buen seguro que nadie haya vacilado jamás tomando lo uno por lo otro. El señor corresponsal de la Gaceta de Comercio confesará que para confundir a ora sustantivo con ora conjunción se necesitaría ser más que medianamente estúpido. Además, hora y ora han sido originalmente una misma palabra, y, o debemos escribirlas ambas con h, si respetamos la etimología, o ambas sin h, si la apreciamos en lo que vale.

Últimamente, ya que el Señor Suscriptor de la Gaceta de Comercio gusta tanto de las afinidades y etimologías de la h, querríamos preguntarle cómo escribe las palabras teología, teocracia, apoteosis, ateo, ateísta, politeísta, panteísta, síntesis, sintético, y otras mil, que, según su origen deberían escribirse theologia, theocracia, etc. Seguramente sin h; a pesar de que en las voces correspondientes del latín, del francés, del inglés y de otras lenguas sea necesaria esa letra. Pero son tantos los casos en que la ortografía castellana corriente se ha separado de las etimologías, que extrañamos haya todavía personas de buen juicio bastante preocupadas a favor de ellas para sobreponerlas a consideraciones de mucho más alta importancia. Las lenguas no paran nunca; y alterando continuamente en su movimiento las formas de las palabras, es necesario que estas alteraciones se reflejen en la escritura, cuyo oficio es representar el habla. Conservar letras inútiles por amor a las etimologías me parece lo mismo que conservar escombros en un edificio nuevo para que nos hagan recordar el antiguo.

La supresión de la u muda, que es otra de las reformas ortográficas aprobadas por la Facultad de Humanidades, es una consecuencia inmediata de la regla segunda: no es posible defender bajo ningún aspecto la conservación de una letra enteramente inútil.

No se puede decir lo mismo de la u muda que, colocada entre la g y las vocales e, i, hace que demos a la g el sonido suave que tiene antes de las vocales a, o, u. Suprimida esta u muda en guerra, guitarra, daríamos un valor nuevo a las combinaciones ge, gi, que, si bien desusadas en la ortografía de Chile y de algunos otros países castellanos, se conservan con el valor fuerte de j en la gran mayoría de los libros que circulan entre nosotros. La Facultad, pues, ha juzgado que era necesario, en conformidad a la regla tercera, tolerar la subsistencia de las combinaciones gue, gui, en que la u muda avisa que no debe pronunciarse je, ji.

Esta es la anomalía más incómoda de nuestro alfabeto, por la necesidad que de ella se origina de marcar con una señal particular la u cuando en aquellas combinaciones se pronuncia, como en agüero, agüita.

La marca de los dos puntos, llamada crema o diéresis, era un signo prosódico destinado a representar la verdadera diéresis, esto es, la resolución de un diptongo en dos sílabas, como en süave, viüda; y se le da un significado diferente cuando la colocamos sobre la u en gue, gui; porque en estas sílabas las vocales ue, ui forman siempre diptongo. Este doble valor de la crema no deja de ser también un inconveniente. Sensible es sin duda que subsistan tales defectos en nuestra escritura, pero no ha llegado el tiempo de removerlos.

Acerca de la supresión de la h muda, poco tenemos que añadir a lo que dijimos en la segunda parte de nuestro artículo precedente. Los que han tenido a la mano ediciones españolas anteriores a la Academia, habrán notado cuán frecuentemente se suprimía esta letra a principio y en medio de dicción. Escribíase yo e, tu as, él a, etc. Era rarísimo encontrar el verbo haber con h aun en libros de hombres eruditos. Tenemos actualmente a la vista una Explicación de las sátiras de JUVENAL por DIEGO LÓPEZ, impresa en Madrid el ano de 1642, y allí leemos: "o se a de usar mal de la hacienda, ni de lo que con ella se a ganado. Es de ombre sabio guardarla, i considerar que el ombre no solo a de querer ser rico para sí, sino para sus hijos, parientes i amigos, i principalmente para la república, como dice Cicerón". Consérvase allí el h en las voces en que todavía se aspiraba por haberse sustituido a la f latina, como en hacer, hacienda, hambre, hijo, hormiga, etc. La h latina había llegado a ser una letra muda, y por eso se pintaban sin ella ombre, Omero, umedecer, etc. Aun la aspiración en que se había convertido la f era ya debilísima y empezaba a desaparecer; y de aquí es que en este mismo libro encontramos ermosura, ermosos, etc. La Academia, restableciendo la h en las dicciones que ya se solían escribir sin ella, dió un paso retrógrado. Dejóse dominar en sus primeros trabajos por el principio etimológico, que con mejores fundamentos abandonó después en gran parte.

La reforma que en este punto ha sido admitida por nuestra Facultad de Humanidades tiene a su favor el ejemplo de la nación italiana, que también conservó mucho tiempo la h muda etimológica. Algunos eruditos, percibiendo la impropiedad de este uso, aconsejaron que se suprimiese aquella letra como inútil; y ahora vemos casi enteramente purgado de aquel vicio el alfabeto italiano, en que hoy día, según creemos, no se escriben con h sino las cuatro formas de avere, ho, hai, ha, hanno, para distinguirlas de otras palabras. Pero hubiera sido mejor suprimirla siempre, porque, como hemos dicho, le basta a la escritura ser tan clara como el habla; su oficio es retratarla hasta con sus lunares e imperfecciones; y por otra parte no hay necesidad de distinguir lo que por el contexto se distingue facilísimamente.

Pero, proscribiendo la h superflua, ha juzgado la Facultad que era necesario retenerla donde tiene un valor real, es decir, en las interjecciones ah, eh, oh, ha, ho y otras. Pronunciadas estas palabras con la emoción que están destinadas a representar, llevan consigo una aspiración sensible, que se parece algo a la articulación de las sílabas aj, oj, ja, etcétera, aunque mucho menos fuerte; de donde procede que la vocal anterior a la h pueda formar sinalefa con la vocal siguiente, como en ¡ah ingrato!, ¡oh atroz inhumanidad!

La h suena también en las combinaciones hua, hue, como en Huánuco, hueco; donde tiene exactamente el sonido de la w inglesa en water, web. La Facultad, sin embargo, creyó mejor suprimirla aquí. Conservada, hubiera representado un sonido distinto del que tiene en las interjecciones; hubiera sido por consiguiente una letra equívoca, que se pronunciaría unas veces de un modo y otras de otro. Además, la articulación inicial de Huasco, hueste, se produce espontánea y necesariamente siempre que la u no precedida de consonantes forma diptongo con la vocal que sigue. Podía, pues, sin inconveniente omitirse un signo que en combinaciones semejantes representaría un sonido que por la conformación de nuestros órganos vocales no puede dejar de producirse.

La Facultad hubiera deseado que se pintasen siempre con señales diversas los dos sonidos articulados de raro; en otros términos, que cuando la r es fuerte, como en razón, rebelde, honra, se duplicase siempre en la escritura. Más aun así seria siempre un defecto el representar con un carácter doble un sonido verdaderamente indivisible. En corregir, no duplicamos el sonido que la r tiene en corazón, como en innato duplicamos el sonido de la n. No debiéramos, pues pintar la segunda articulación de corregir por una r doble, sino por algún signo peculiar. La misma observación es aplicable a la ll. Naturalmente, el que ve escrito cabello debería pronunciar cabel&endash;lo, como los italianos pronuncian quello, capelli, poverella Pero tendremos por mucho tiempo que resignarnos a esta y otras imperfecciones, reconociendo como letras simples la ch, la ll y la rr.

Contrayéndonos a la rr, la Facultad de Humanidades ha creído conveniente que se escriba siempre con esta letra el sonido fuerte de la r; excepto en principio de dicción, donde ocurre tan a menudo, que la innovación hubiera sido incómoda, y donde, por otra parte, no siendo posible pronunciar r, el habla corregirá espontanea y aun necesariamente la imperfección de la escritura. Limitada la reforma a la r cuando no es inicial, se logra no sólo el restituir a la rr muchos de los sonidos que le tiene usurpados la r, como en honra, Israel, Ulrica, sino el distinguir con claridad lo que por el método que en el día se sigue ocasiona dudas y da motivo a enunciaciones viciosas. ¿Cómo adivinarán el niño y el hombre de poca instrucción que en el principio del segundo miembro de las voces compuestas la r vale rr, verbigracia, en prerogativa, prorogar, cariredondo? ¿Cómo sabrán que después de la b se debe pronunciar unas veces r, verbigracia, en abrazo, abrojo, sobrado, y otras veces rr, verbigracia, en abrogar, subrogar, subrepción, obrepción? La reforma de que hablamos remueve este inconveniente, y da un paso más hacia el sistema de sencillez y analogía perfecta, a que deben conspirar todas las reformas alfabéticas.

La Facultad ha recomendado también la práctica que muchos observan en el día de no separar las dos rr. Representándose por este doble signo un sonido indivisible, no hay más razón para dividirlo que para dividir la primera l de la segunda en cabal-lo, o la c de la h, en muc-hac-ho. Es una antigua regla de ortografía el separar en fin de renglón las letras dobles, como en peren-ne, in-nato; pero se la da una extensión indebida aplicándola a la letra doble cuyo valor es simple. Lo que se trace con la ll debe observarse por paridad de razón con la rr. La latitud indebida que se ha dado a ciertos cánones ortográficos ha sido una de las causas de la corrupción del alfabeto. Decíase, por ejemplo, que ninguna consonante podía duplicarse en principio de dicción, y por una errada aplicación de esta regla se escribió antiguamente lorar, lamar, en vez de llorar, llamar; y todavía se escribe rezar, reír, en vez de rrezar, rreír.

La Facultad, deseosa de simplificar en lo posible la escritura, ha dado también una regla general para la división de las dicciones a fin de renglón en un caso que según el uso actual ofrece dudas y dificultades a los niños. Úsase hoy dividir así las dos primeras sílabas de las dicciones des-animar, ex-ánime, ab-orígenes, ad-aptar, etc., para conservar integral las partículas compositivas con que principian ciertas palabras. Si esta práctica fuese constante, se podría creer que merecía respetarse. Pero hay muchísimos casos en que nadie o pocos se cuidan de separar las sílabas del modo dicho; por ejemplo, en adorar, adornar, adolecer, anarquía, monarquía, enemistad, paralelo, paralaje, subir, etc., etc.; en todos los cuales, atendiendo a la sola composición, deberíamos silabar ad-orar, ad-ornar, ad-olecer, en-emistad, an-arquía, mon-arquía, par-alelo, par-alaje, sub-ir, etc.; lo que no se practica. Observando constantemente la regla de no despedazar las partículas compositivas, no sólo los niños, los adultos, los literatos tropezarían frecuentemente en el silabeo. El conocimiento de la lengua griega sería necesario para distinguir los varios miembros de muchas palabras compuestas. La Academia ha percibido la propiedad de silabar pers-picaz, cons-truir, obs-tar, sacudiendo aquí también el yugo de las etimologías para representar mejor el genio del habla castellana. ¿Por qué, pues, no guiarse por el mismo principio en todos casos? Indudablemente propendemos a unir la consonante que se halla entre dos vocales con la vocal siguiente: pronunciamos e-ne-mistad, su-bir, a-dor-nar, y así ha creído la Facultad que conviene escribir siempre sin excepción alguna. Sólo hay dos consonantes que parecen asociarse mejor con la vocal precedente: la x y la r. La r es constante que no puede principiar dicción; los órganos de la voz lo repugnan; no pueden enunciarla sino es apoyándola en un sonido vocal anterior. Por consiguiente, la pronunciación parece exigir que silabemos cor-azón, natur-al. Lo mismo es aplicable a la x. La Facultad, sin embargo, ha preferido hacer universal la regla, desatendiendo la ligera violencia gue tenemos que hacernos para silabar Ana-xágo-ras, e-xamen, co-razón, natu-ral, en obsequio de la facilidad y sencillez.

La x dió motivo a una larga discusión. Querían algunos miembros de la Facultad que se desterrase esta letra del alfabeto, sustituyéndole la combinación cs. Pero prevaleció la opinión contraria por una razón que nos parece incontestable. El sonido de la x se ha suavizado tanto en la pronunciación, que casi se confunde con el de la s. Pronunciar ecsamen, ecsonerar, dando su verdadero y perfecto valor a la c, parecería afectación y recalcamiento. Pronunciamos más bien egsamen, egsonerar, dando a la combinación gs un sonido suavísimo, que se aproxima al de la s, pero sin confundirse con él. La x, en suma, representa ya una articulación peculiar.

Hemos dado una idea sucinta de los fundamentos que ha tenido la Facultad para sus innovaciones ortográficas. Rechazando las otras que se le propusieron por don Domingo Faustino Sarmiento, ha hecho justicia a su celo por la propagación de la enseñanza primaria, mandando estampar en el libro de actas una expresión de reconocimiento a sus interesantes trabajos.


Real Academia Española, Ortografía de la lengua española. Edición revisada por las Academias de la Lengua Española [prólogo]
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