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Emila Troconis de Veracoechea

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La arquitectura del siglo XVI en las provincias que luego formaron la nación venezolana fue el reflejo de su situación económica. De allí que no hubo en esas construcciones ninguna manifestación de riqueza ni ostentación, puesto que los recursos limitados y la carencia de mano de obra especializada eran factores determinantes en la sobriedad de los resultados obtenidos.

En ningún momento podría compararse nuestra arquitectura a la de los Virreinatos de Nueva España y Perú: primero por la disponibilidad de recursos con que contaban esas dos regiones y segundo porque los artesanos europeos que pasaban a América obviamente preferían instalarse en aquellas áreas que les prometieran una vida holgada basándose en la especialización de su trabajo.

Haga click para ampliarEn estas tierras la arquitectura fue muy sencilla, sobre todo en sus comienzos. La armadura de horcones con paredes de bahareque y techo de paja fueron los elementos característicos de las primeras casas coloniales. Esto era válido tanto para las casas urbanas como para las de haciendas en los campos adyacentes a las ciudades. Pero en la medida en que fue mejorando la situación económica de las provincias, así mismo se notan los cambios en las construcciones de las casas de habitación.

En épocas de confrontaciones bélicas, como la Guerra de Independencia y la Guerra Federal y de fenómenos naturales como temblores y terremotos se observa un obvio deterioro urbanístico que muchas veces no puede ser rápidamente resuelto, puesto que en medio de estas calamitosas circunstancias las condiciones económicas de los propietarios no les permitía hacer la restauraciones requeridas, ya que ha que darle prioridad a otras necesidades, más apremiantes.

Haga click para ampliarCon el auge económico del siglo XVIII basado en la economía del cacao, comienza un cambio arquitectónico de importancia, en el cual tuvo parte efectiva la Compañía Guipuzcoana, cual demostró un gran interés por la construcción utilitaria. En esa época de bienestar se fabricaron nuevas casas en las ciudades, amplias y confortables casas en las haciendas y se remodelan las más antiguas y deterioradas.

Las diferencias fundamentales existentes entre las casas urbanas y rural de épocas pasadas se manifestaban en que en las primeras la vida familiar giraba alrededor del patio o jardín central; en cambio en las segundas, amplios corredores se construyeron.

Los largos corredores, con frequencia al frente de a casa, son una característica propia de las casas -hacienda venezolanas. Es el lugar de estar más indicado y confortable porque sirve para una gran variedad de actividades y para el descanso.

Haga click para ampliarEsas casas con corredores abiertos hacia el campo circundante, no necesitaban de fachada, debido a su aislamiento dentro del contexto rural al cual pertenecían, siendo los corredores la principal característica de las casas de hacienda. Estas se guiaron más hacia lo utilitario antes que copiar los lujosos detalles de las casas urbanas donde las familias más adineradas se solazaban en construir regias mansiones decoradas con arcos, que les brindaba la oportunidad de competir socialmente.

Los dueños de haciendas, aún cuando no vivieran allí todos los meses del años, trataban de que su casa de campo tuviera las comodidades mínimas para que la familia se sintiera a gusto durante su permanencia en ella. Con más razón si era su única vivienda principal, pues en este caso era todavía más necesario contar con una casa que le brindara una vida tranquila y agradable, en medio de las carencias de la época.

Las casas de haciendas formaron parte de la arquitectura civil, que junto a la militar y religiosa le dieron una fisonomía propia a aquellos tiempos coloniales, destacándose por la sobriedad volumétrica y la simplicidad que en todo momento las caracterizaron.

La arquitectura del azúcar, del cacao y del café

Graziano Gasparini

Haga click para ampliarLa arquitectura vinculada a la agricultura ha tenido siempre soluciones formales asociadas a las actividades que demandan los diferentes tipos de cultivos, a las condiciones propias del medio ambiente, a los factores socioculturales de los distintos momentos históricos y a las costumbres y tradiciones de cada comunidad. Además, la variedad de climas, lo accidentado o llano de la configuración topográfica, la abundancia o escasez de agua y la fertilidad de la tierra en contraste con la grandes áreas desérticas, también contribuyeron a la definición de los sistemas de aprovechamiento agrícola.

En América, desde tiempos precolombinos, se observan grandes diferencias entre los sistemas de cultivos practicados por las varias culturas; basta con recordar la práctica de la tala y quema de los Mayas en la peninsula de Yucatán, las chinampas de los Mexícas en los alrededores de Tenochutlán, los maizales de los Cholultecas, los de los Incas en los famosos andenes escalonados y el procedimiento de deshidratación de las papas, chuño, de los Aymara, para darse cuenta de las diferencias de criterios y de técnicas adoptados y que, aún hoy, siguen inalterados en muchos sitios del territorio americano.

A raíz de la conquista, el europeo no sólo aporta técnicas nuevas sino que introduce una gran cantidad de productos, semillas, siembras y cultivos, hasta entonces ignorados en el Nuevo Mundo. Los aportes son reciprocos porque en situaciones de semejantes intercambios culturales cada quién da y recibe. Es suficiente con mencionar la papa, desconocida en Europa hasta el siglo XVI, para darse cuenta de la enorme importancia alcanzada por este tubérculo en la dieta del Viejo Mundo. El español introdujo sus experiencias y conocimientos agropecuarios y, al mismo tiempo, hizo suyos los productos y conocimientos locales. Sin embargo, no todo fue uniformidad generalizada; un territorio de tanta magnitud marcado por una topografia tan cambiante, beneficiado y castigado por climas tan extremos y habitado por cientos de grupos étnicos disímiles, tenía que auspiciar la formación de costumbres, técnicas, sistemas, y prácticas agrícolas de carácter regional. Los pisos ecológicos determinaron los cultivos apropiados para la producción y, a la vez, establecieron las pautas de intercambios verticales.

Haga click para ampliarDurante el período colonial, a lo largo del siglo XIX y hasta las tres primeras décadas del siglo actual~ Venezuela fue un país que fundamentó su economía en la agricultura y la ganadería. Una economía que dio un vuelco total solamente en este siglo a raíz del descubrimiento de los ricos yacimientos petrolíferos.

La propiedad territorial establecida en la época colonial, sufrió cambios sustanciales después de las largas guerras de Independencia; las amplias extensiones de tierra fueron dividiéndose repetidas veces y repetidas veces cambiaron de dueño. En cambio, la institución de la esclavitud no se vio afectada en esos años de acontecimientos trascendentales y la oligarquía mantuana siguió beneficiándose de esa fuerza laboral hasta 1854 cuando fue promulgada la Ley de Abolición por José Gregorio Monagas. En realidad la legitimación jurídica de la apropiación de las tierras y la organización de la hacienda como forma productiva, se consolidó en las últimas tres décadas del siglo XIX. La exportación de café y cacao, desde 1870 hasta 1930, marcó un período de afianzamiento económico que tuvo gran resonancia en la sociedad venezolana a lo largo de sesenta años. La violenta caída de los precios en el mercado internacional acabaron con la agricultura de exportación y alteraron por completo la estructura tradicional de la hacienda. Eso coincidió con el comienzo del auge petrolero.

Aunque en la hacienda hubo casi siempre un cultivo principal, se practicaron otros complementarlos de menores proporciones; tampoco faltaron las actividades vinculadas a la ganadería. En las haciendas cañeras, por ejemplo, era frecuente el cultivo del café y, en las de café, el cultivo de la caña de azúcar. El cultivo del café se hacía en laderas colinosas no aptas para la caña; por lo tanto, fue la configuración del terreno la que, en última instancia, determinaba las superficies a cultivar y establecer el tipo de cultivo. En las haciendas de cacao también hubo frutales menores.

Los tres tipos de cultivo, caña, cacao y café, son los que motivaron al hacendado la construcción de una casa residencial con todas las dependencias de servicios, talleres, depósitos, establos, trapiches, patios, y espacios para procesar y almacenar las cosechas. Hubo, naturalmente, otros tipos de haciendas menores, principalmente en el área andina, dedicadas al cultivos simultáneo de trigo, papas, maiz y frutales.

Las haciendas cañeras se ubicaron preferentemente en los valles de los Estados Aragua, Miranda, Lara, Guárico y Sucre. Las haciendas de café más importantes se encuentran en los Andes, en los Estados Trujillo, Mérida y Táchira; le siguen los Estados Monagas, y Sucre y, por último, la zona central en los Estados Aragua, Carabobo y Distrito Federal. Las haciendas de cacao se ubicaron cerca de la costa, destacando el área Chuao-Choroní en el Estado Aragua, Barlovento en el Estado Miranda y el Distrito Benítez del Estado Sucre.

A diferencia de lo acontecido en otros países -como en el caso de Argentina- la ganadería no impulsó la construcción de casas de algún valor arquitectónico. Las casas de los latifundos ganaderos en los llanos siempre han tenido un carácter funcional relacionado con el trabajo de los empleados. Lo más frecuente era que el dueño tuviese una pieza en la casa del encargado para ocuparla durante los días de sus esporádicas visitas. Esta situación ha cambiado desde hace unos años.

¿Qué importancia tiene hoy, para nosotros, la arquitectura de las casas de hacienda? De entrada diré que la importancia es considerable; en primer lugar para que no se pierda la memoria de una fase fundamental de nuestra historia socioeconómica. En segundo lugar, debemos tomar en cuenta que la mayoría de ese tipo de construcciones se ha perdido irremediablemente -un 70%- a raíz de las guerras, de los abusos caudillistas, del abandono, desidía, quiebras, paludismo y urbanización. Los testimonios que nos vienen del pasado deben ser conservados y cuidados para las generaciones futuras porque sólo así será posible ofrecer una idea precisa de una forma de vida que por cuatro siglos marcó la base de la economía venezolana.

Desde el punto de vista arquitectónico no hay razones para inventar fantasías; sólo señalaré que muy pocas veces he experimentado el valor de la sencillez, la sensación de la serenidad y la invitación a meditar que me proporcionaron los momentos pasados en los corredores de estas casonas, en los espacios de sus patios y en los contactos con la naturaleza. Cuando una arquitectura logra estimular sensaciones, no hay duda que se trata de una arquitectura para ser vivida o, en otras palabras, de una buena arquitectura.

Fuente: Casas de Haciendas, Ediciones Armitano


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