¿Atención presidencial para
América Latina?
Hay líderes con dotes especiales para conseguir
que la gente les apoye. Max Weber desarrolló el concepto de "carisma"
para representar este fenómeno, que es reconocible a simple vista,
aunque sepamos poco en realidad sobre sus características. Pongamos
a Andrés Velásquez a hablar de cualquier cosa al lado de Eduardo
Fernández; Alvarez Paz al lado de Donald Ramírez; Claudio
al lado de Lewis Pérez y tenemos una idea de la proyección
natural de algunas personas; igual pasó con la figura de Bill Clinton
al lado de George Bush o Bob Dole. En la mitología norteamericana
hay presidentes con carisma y otros faltos de ello, Kennedy poseyó
lo que a Nixon le faltó, aunque la presencia del carismo en una persona
no tiene nada que ver con sus conocimientos, su preparación o su
carácter. El presidente Clinton indudablemente tiene una dosis importante
de esa esencia carismática en el sentido de que su mirada, su abrazo,
su sonrisa o sus palabras frecuentemente le sirven de armas poderosas. Su
visita a Amética Latina tiene como fin aplicar sus recursos personales
al servicio de la construcción de una alianza para la apertura económica
en las Américas, según el modelo que ya rige las relaciones
entre Estados Unidos, México y Canadá. Es bueno que un presidente
utilice su carisma personal para este tipo de causa?
Puede parecer medio extraño plantear esta pregunta,
después de tantos años en que la gente se queja de que América
Latina no significa mucho para Estados Unidos, un pequeño patio de
atrás, un vecino con problemas que los estadounidenses quieren contener
para evitar la "contaminación", una fuente de ciertos insumos
tal vez, pero nada de importancia estratégica para requerir atención
de alto nivel. "No, hablamos español en Venezuela, son los brasileños
quienes hablan portugués". "No, el vuelo es de cuatro horas
y media a Nueva York, como si estuviera a la distancia de California".
(El venezolano se desespera con tanto desconocimiento). La solución
sería que Estados Unidos reconociera su miopía, se diera cuenta
de su craso error y viniera a visitar lo más posible para poner cemento
a las relaciones y captar un poco la geografía del continente, por
no hablar de la esencia de sus pueblos. Me viene a la mente, sin embargo,
un estudio publicado hace quince años por el profesor Robert Paarlberg,
quien construyó el argumento de que la atención presidencial
con respecto a asuntos latinoamericanos generaba tantos peligros como ventajas
y que, en muchos casos, el manejo de las relaciones era más productivo
y confiable cuando se dejaba en manos de especialistas conocedores de los
temas.
Cuáles son los costos y beneficios de prestarle
mayor atención a América Latina? Para Paarlberg, la injerencia
directa del Presidente en las relaciones regionales y bilaterales en América
Latina genera los siguientes riesgos: generalistas de alto nivel, ignorantes
de la región, pueden restarle la influencia a quienes tengan un conocimiento
superior de las situaciones relevantes, presidentes inexpertos en las realidades
de América Latina pueden confundirse al compararla con otras áreas
del mundo (Venezuela no es igual a Irán ni Arabia Saudí, ni
tampoco es igual a Colombia), los asuntos en negociación pueden politizarse
con mayor facilidad y el alto nivel de atención sobre ellos puede
atraer la atención de actores con intenciones opuestas; finalmente,
la inevitable secuencia en que el norteamericano desvía su atención
hacia otros problemas, sean estos domésticos o internacionales, generándose
decepción, así como la eventual reversión de las prioridades
declaradas con mucho discurso, champaña y comida mirafloriana. íOjo!
parece decirnos Paarlberg: la cosa no es tan sencilla como un apretón
de manos y fotos fraternales. La Alianza para el Progreso -proyecto presidencial
de alta prioridad- termina con la intervención de la República
Dominicana, la extensión de las dictaduras, las nacionalizaciones
y el estancamiento económico en la región.
Se reconocen también los beneficios que pueden resultar
de la atención de alto nivel. El compromiso presidencial tiende a
borrar los conflictos o dudas presentes en las burocracias profesionales,
debilitando la influencia de los opositores; silencia a los grupos económicos
con intereses particulares que deben estar subordinados al interés
nacional; atrae apoyo político a la iniciativa presidencial, asegura
una mejor acogida en los países latinoamericanos debido a la señal
de que las relaciones sí son importantes; en fin, el rol presidencial
aumenta la posibilidad de innovar y de implantar políticas necesarias,
pero que sufren la oposición de grupos no representativos.
Sin duda la agenda principal del presidente Clinton es
promover el movimiento para el libre flujo de comercio e inversiones en
la región -sin estimular el libre flujo de personas y estupefacientes-
(algún día comentaremos nuestra opinion de la política
antidrogas de Estados Unidos, pero no sería constructivo hacerlo
en el ambiente actual). Si bien se corren algunos riesgos con estas giras
latinoamericanas, en este momento los beneficios parecen superar los costos.
Ya están firmados los acuerdos para una zona de libre comercio en
el largo plazo, pero este objetivo todavía no ha captado la imaginación
de los residentes de América Latina (ni, a veces, de sus gobiernos)
y todavía suscita dudas y oposición dentro de Estados Unidos.
Cuando las resistencias son más emocionales que racionales, una respuesta
que apela a las emociones es la que promete más eficacia. Para esto
sirve el carisma y Clinton lo tiene en abundancia.
El Universal digital, 13 de
octubre de 1997
(*)Janet Kelly es directora académica
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