¿Hablar o callar?
Nos encantan los actos de magia. A la implosión
del retén de Catia le siguió la declaración según
la cual sobre sus escombros se levantaría el edificio que nos representó
en la Feria Mundial de Sevilla, pero hasta el sol de hoy nada parece indicar
que las palabras se convertirán en realidad. Una vez más,
si no se apuran, al verbo le será imposible honrar lo que enuncia.
La palabra en Venezuela ha caído en tales niveles
de desprestigio que quienes oyen hablar ya no saben qué deben entender:
si lo que literalmente les dicen o exactamente lo contrario. Si un candidato
presidencial dice que va a eliminar el IVA, debemos suponer que va a llamarse
IGV o, verdaderamente, que va a ser eliminado? Si un ministro de la economía
dice que los intereses van a hacerse superiores, paulatinamente, a la tasa
de inflación: qué debemos prever? Pues lo que en efecto ocurrió:
los intereses están muy por debajo de la tasa de inflación
y el dinero de los ahorristas se hace polvo en los bancos. Si la policía
política de este, o cualquier otro gobierno, declara que no incurre
en la práctica de intervenir los teléfonos de nadie, pues
ya sabemos que están oyéndole las conversaciones con las amantes
a medio mundo.
Los ejemplos donde se hace añicos la palabra empeñada
son abundantísimos, traigo a cuento tan sólo dos más
para no cansarles demasiado: el presidente Pérez diciendo que uno
de sus hombres de seguridad no le había vendido a las Fuerzas Armadas
ni una navajita y, por otra parte, el presidente Caldera parodiando los
acuerdos de Pérez con el Fondo Monetario Internacional, llamando
su programa de Gobierno ``Mi carta de intención con los venezolanos''
para, oh dioses de la ironía, poco tiempo después firmar con
el mismo Fondo, el mismo programa de Pérez, pero con otro nombre:
La Agenda Venezuela. Vaya fascinación por la palabra: confían
tanto en su poder mágico que, trocándole el nombre a algo,
crean el espejismo de que todo ha cambiado. Humillan la inteligencia de
los ciudadanos, escurren como adolescentes psicológicos la evidencia
de sus propias contradicciones. Pero lo peor es que no faltan incautos que
les creen, que no tienen capacidad para ver lo que está detrás
del disfraz de sus nomenclaturas.
Todo este cuadro de palabras incumplidas a diario, ha hecho
del silencio un arma política de gran calibre. Si no me creen constaten
cómo en las encuestas la alcaldesa de Chacao, sin abrir la boca,
recoge todo el voto descontento con la retórica del político
militante o fíjense cómo Alfaro Ucero, callado, es percibido
como un hombre serio, de compromisos. La diferencia está en que a
miss Universo, desde que paseó su figura el año 1981, la concoce
la nación entera y a Alfaro la mayoría de los venezolanos
manifiestan ignorar de quién se trata, cuando oyen sus apellidos.
Quién puede dudar que vivimos en el reino de la
imagen, un reino donde cuenta más parecer que ser, donde la fuerza
carismática es más determinante que la de las ideas. La razón
construye sus castillos de arena y algo inexplicable hace que la mayoría
siga los pasos de quien sin que la más mínima explicación
pueda darse. Pero, cuidado, el carisma no es inmutable. El secretario tachirense
de Betancourt, el discreto Pérez, no guarda ninguna relación
con el que muta para convertirse en el indetenible hombre que camina de
la campaña de 1973. Tampoco guarda relación la imagen de Eduardo
Fernández en 1992, antes del golpe de Estado, cuando la gente lo
percibía como un futuro presidente, y la que exhibe hoy cuando hace
esfuerzos por retomar el ángel que se esfumó tras su valiente
defensa de la democracia. El favor de las mayorías y la justicia
no siempre corren en la misma pista, incluso a veces van en sentidos contrarios.
Ante la erosión institucional que amenaza con acabar
con todo, algunos apelan al ya manido expediente del cambio de nombre. La
Diex pasó a ser la Oni-Dex, pero no dejó de ser el antro que
hasta su directora admite que es. Ahora quieren cambiarle el nombre al Consejo
Supremo Electoral, para ver si por arte de magia renace contando los votos
con la celeridad que no ha demostrado tener. No les extrañe que un
buen día Caracas deje de llamarse Caracas, con el objeto de eliminar
la pesadilla del tráfico, y pase a denominarse caballerescamente,
Santiago de León. Tampoco les extrañe que si el nombre de
Venezuela es fruto del recuerdo de Venecia, y ya el óvalo identificatorio
del Palacio de Miraflores emula el de la Casa Blanca de Washington, pues
en aras del Tratado de Libre Comercio que nos propone el simpático
Bill Clinton, cambiáramos de nombre. El lema de la nación
podría ser: ``Todo está chévere en Venezuela'', así,
cuantas veces voceen nuestro lema, los cheverezolanos lo seguiremos maravillados.
No faltará algún ministro que quiera convencernos de la conveniencia
de estos cambios. No es cierto?
El Nacional on-line, 17 de octubre
de 1997
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