Análisis póstumo de Tailandia
Aparte de la pura diversión de señalar con
el dedo, se pueden sacar algunas lecciones del desastre de la moneda tailandesa,
porque ¿cómo puede alcanzar un país proporciones de
desintegración cuando hace sólo unos meses apenas había
un problema? Y si la economía de Tailandia, uno de los tigres asiáticos,
puede pasar graves apuros, ¡ay de Latinoamérica y de algunos
países poscomunistas! El problema de Tailandia, al igual que el de
México hace unos años, era su vulnerabilidad, lo que significa
que si una cosa va mal en la economía, de repente muchas cosas van
mal. La causa de la crisis de Tailandia fue la combinación de un
sistema bancario inestable (cuya inestabilidad se vio acentuada por las
deudas en dólares de sus clientes), una gran deuda exterior a corto
plazo con el consiguiente riesgo de una crisis de financiación y
una total falta de transparencia asociada con una capa de corrupción
que lo impregna todo. En Tailandia, casi todos los políticos o funcionarios
tenían las manos en los bolsillos de algún banco o empresa;
y también cada banco tenía funcionarios metidos en el bolsillo.
El banco de Tailandia no podía subir los tipos de interés
para sostener la financiación exterior sin agravar los problemas
de préstamos de los bancos tailandeses, ni reducir los tipos de interés
sin arriesgarse a una crisis de financiación exterior. El banco central
pudo poner orden en el sistema bancario hace mucho tiempo, garantizar la
cobertura mediante activos de deuda exterior en dólares y pasar a
un régimen de tipo de cambio móvil, global y dentro de ciertos
límites. Pero con tanto macho, tanta política y tanto provincialismo,
la reforma nunca tuvo lugar. Así que la idea de que «el país
es diferente», de que las reglas de las finanzas mundiales no eran
válidas, resultó ser una soberana tontería. Cuando
llegó la crisis, Tailandia se parecía a todos los demás
que recurrían desesperados al Fondo Monetario Internacional (FMI).
La decisión de Tailandia de mayo pasado de recortar los tipos de
interés hizo que el envite contra el bat fuera una apuesta segura,
el cañonazo de salida de la crisis. Alentado por la ilusión
de unas reservas fuertes, el banco central de Tailandia jugó contra
los especuladores y perdió. Los controles de capital añadieron
una nueva dimensión al problema, pero no bastó para cambiar
el resultado. Si estos controles hubieran servido de puente para un programa
del FMI inmediato y de envergadura y una limpieza del sector financiero,
todo podría haber ido bien. Pero el escaparate proporcionado por
los controles de capital no sirvió para nada: su carácter
insostenible exacerbó la desintegración. Éstas son
algunas de las revelaciones que esta crisis ha puesto de manifiesto: - Negar
las cosas causa dificultades. Un problema -por ejemplo, un sistema bancario
débil- se deja sin resolver. Cuando ocurre algo importante, por ejemplo,
una devaluación que se percibe como demasiado pequeña, se
olvida en un abrir y cerrar de ojos lo que un país tiene de bueno.
Los mercados lo tratan como a un paria; se produce la desintegración
y el capital huye. Todos los problemas tienen que arreglarse antes de que
regrese un solo céntimo. - Evitar la vulnerabilidad. Una buena gestión
macroeconómica no intenta sacar el máximo de una economía:
evita utilizar el tipo de cambio real para lograr la deflación, evita
recibir capital extranjero con un vencimiento absurdamente corto, evita
trazar líneas en la arena sobre los tipos de cambio. Deja margen
para subir los tipos de interés, huye de los déficit grandes
y de la deuda exterior elevada y no se juega sus reservas. La buena macrogestión
deja margen en todos los frentes y ofrece abundante transparencia para que
los inversores en todas partes comprendan que su táctica es capaz
de responder a las dificultades que surjan. Como consecuencia, ese país,
igual que Chile hoy, será tan soso que los especuladores no perderán
el tiempo con él. - Nunca se sabe lo profundo que es el charco. Pocos
prestamistas o responsables políticos se fijan en el tamaño
y vencimiento de las deudas externas. La cuestión clave es si hay
miles de millones en deuda que de pronto corren el riesgo de no ser devueltos.
- ¿Quién presta? Un problema financiero sólo se desmanda
si la situación es de fuerte apalancamiento. Los movimientos masivos
en los tipos de cambio y en los precios de los activos resultan imposibles
a menos que un país tenga un gran déficit en cuenta corriente
y a la vez un pasivo importante y líquido. También cuenta
quién está al otro lado del préstamo. En el caso de
Tailandia, los bancos japoneses. Necesitan ganar dinero, pero no tienen
ni idea de los riesgos, como demostró el hecho de que prestaran dinero
a todo proyecto malo en los últimos 15 años. De modo que los
prestamistas y los supervisores bancarios tienen parte de la culpa. - No
luchar, dejar flotar la moneda. Los bancos centrales no pueden luchar contra
los especuladores, ni siquiera controlando el capital. Los bancos centrales
no pueden mantener los tipos de interés altos permanentemente, ya
que carecen de reservas y de margen político ilimitados. Al final,
acaban rindiéndose y esto anima a los especuladores. Esto es incluso
más cierto cuando la moneda sólo puede depreciarse, como en
el caso de Tailandia. Si existe la posibilidad de que la desintegración
se acelere porque las reservas están agotadas y porque no se puede
renegociar una gran deuda externa, defender la moneda implica el riesgo
de que la situación se agrave todavía más a medida
que más especuladores se unen a la refriega. - Los costes de pararse.
Después de que los ministros proclamen durante meses que nada va
mal y que no piensan hacer nada, las devaluaciones del 10% o del 15% no
hacen sino invitar a los especuladores a abrir la puerta de una patada para
ver si es posible una devaluación todavía mayor. Así
que hay que dejar flotar la divisa aunque sea malo para la inflación.
- Los responsables políticos son más estúpidos (tercos)
de lo que se cree. Persisten en sus errores. Las concepciones errónea
subsisten; niegan la realidad; buscan justificación defendiendo la
moneda. Sólo cuando el sistema aspira a la ortodoxia se producen
los cambios estructurales necesarios. La gente que fastidia las cosas rara
vez son aquellos que presiden la resolución de los problemas y la
recuperación. - El FMI tiembla. Tras la caída de México,
hablar de «evitar la crisis» y de «vigilancia incrementada»
sólo es eso, hablar. El FMI sabía los problemas de Tailandia,
pero no hizo públicas sus dudas. Pero no culpen al FMI; los hospitales
no obligan a los pacientes a cuidar su salud. Esperan a que acudan a la
sala de urgencias. - En toda crisis muere algún mito. En Tailandia,
el mito de que las economías asiáticas son diferentes se desvaneció.
Y también la idea de que los déficit son buenos cuando reflejan
inversión o que los préstamos grandes no son un problema si
son privados. Cada vez que un mito se hace añicos, las pantallas
de ordenador de los intermediarios mundiales buscan casos paralelos. La
actual contaminación de Asia es de este tipo, pero se exagera en
los casos de Malaisia y de Indonesia, aunque no de Filipinas. En Latinoamérica,
Brasil y Argentina están en línea de fuego. - Esperando al
Fondo. Una vez que una moneda se ve seriamente atacada, la degradación
prosigue hasta que se aplica el tratamiento completo del FMI (presupuestos
ajustados, monedas convertibles, reforma bancaria). Cuando el equipo del
FMI llega, siempre se pasa un momento difícil: la política
nacional no permite tal o cual cambio. Sólo cuando se acepta el programa
del FMI la moneda se estabiliza y los mercados de valores se recuperan.
Así que los gobiernos deberían dejar de hablar y tomarse su
medicina. La única cuestión es hasta qué punto se destruye
la economía cuando los políticos tiemblan. ----------------------------------------------------------------------
Rudi Dornbush es profesor de economía en el MIT y antiguo jefe de
economistas del FMI.
El País Digital de España, 18 de Octubre
de 1997. |