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El libro invisible

Juan Cruz

Diga usted en Francfort que tiene un libro. Pero no lo muestre. Cuéntele a algunos periodistas de qué trata, y no se olvide de decírselo también a los editores; dé detalles, hasta los más nimios. Diga después quiénes lo esperan y ponga grandes nombres en el escenario de su fábula. Dentro de la pompa de jabón que fabrique no se olvide de citar también las cifras que se barajan en la puja que ya se ha iniciado en algunas de las bolsas literarias abiertas en el mundo. No se detenga. Cuando esté ante la pregunta obvia -¿dónde está el libro?-, haga un guiño de suficiencia y de extrañeza -«¿a qué viene tamaña vulgaridad?»- y siga hablando de su proyecto en blanco. El resultado será inapelable: usted habrá iniciado una expectativa de muchos ceros que se rentabilizará luego o nunca, pero habrá dado el golpe. Fin de la fábula. Es de un editor americano. Bueno, así son las cosas en Francfort, muchas veces; ahora circula un manuscrito que no existe, ni siquiera se sabe si existe el autor o es una fabricación de pompa y circunstancia y todo el mundo hace el retrato robot del personaje. ¿Quién es, de dónde viene, a quién sirve? ¿Quién lo compra, cuántas páginas tiene? A veces hay libros de verdad, con autor incluso, pero éstos que son tan evidentes te los muestran a oscuras, en una habitación sugerente sobre cuya cama te echarías a descansar los pies y los ojos después de tanta escalinata metálica como hay en el mastodonte que constituye ya la Feria del Libro de Francfort. Es curioso: lo que es invisible se hace obvio y se rueda secreto sobre lo ya existente. Un día un hombre se detuvo en medio del hotel principal de la Feria a vocear los nombres de autores míticos -Joyce, Proust, Nabokov, Cervantes- para comprobar qué hacían los agentes literarios, los editores y los periodistas: nadie atendió a la broma y nadie volvió la mirada para ver si estaban libres los derechos de los monstruos. Lo contó Umberto Eco, de algún modo en uno de sus libros, y el mismo Eco hizo con sus obras más famosas un ejercicio de prestidigitación que las convirtió en sujetos de una expectación memorable. Luego sus libros fueron verdad, pero mientras los hizo invisibles creó en su entorno una atmósfera de misterio que también los convirtió en imprescindibles, como si existieran desde la antigüedad. Ésta es la fiesta de los editores. Ayer por la mañana estaban desayunando al lado Peter Mayer, que fue presidente de Penguin y que es uno de los grandes -y más admirables- editores del mundo, el nieto de Nabokov, que no escribe sino que publica, y Andrew Wylie, por el que pasan a veces los grandes manuscritos invisibles. Decía Erica Jong, la escritora norteamericana: «¿Los ves? Están ellos. Es su feria, se divierten, van en sus grandes coches, felices, ¿y dónde estamos nosotros?» De broma, y en serio, también, añadía: «Serían muy felices si no estuviéramos, si no tuvieran que publicarnos y además llevarnos en sus coches. Si los autores fuéramos invisibles estarían más tranquilos». Y eso decía: No sólo son a veces invisibles los libros; lo son también los autores en esta feria. No es verdad del todo; coincidimos en el baño con Cees Noteboom, el escritor holandés, Dario Fo ha hecho reír hasta a los circunspectos, Saramago no ha parado de firmar y ser filmado en medio de la celebración portuguesa, Luis Sepúlveda, Mario Vargas Llosa, Antonio Sarabia y otros han estado en carne y hueso, e incluso con sus libros verdaderos. Pero, sí, prueba la atmósfera de Francfort que aquella parábola que citamos al principio es más verosímil cada vez. Cuanto más invisible, más caro. Es un lema y es también un monumento virtual que cada año se alza en medio de la biblioteca invisible que va fabricando una extraña, paralela y real nueva historia de la edición en el mundo.


El País Digital de España, 17 de Octubre de 1997.


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