Falta de liderazgo en Washington
MIAMI (AIPE).- El presidente Bill Clinton parece haber
olvidado, o no logra entender bien, que el bienestar económico de
Estados Unidos proviene del duro trabajo de su gente en un ambiente de libertad
y libre competencia. Parte esencial de esa libertad es la de los consumidores
en comprar lo que más les convenga, a la mejor calidad y menor precio,
sea un producto manufacturado en Ohio o en Bolivia.
Actualmente, buena parte del problema que enfrenta la petición
presidencial para que el Congreso renueve la "vía rápida"
(autorización para negociar tratados comerciales que luego el Congreso
aprueba o rechaza, pero que no puede enmendar) se debe a la poca claridad
y transparencia de los planes de la administración, enmarañados
con estipulaciones sobre protección de empleos, subsidios, normas
laborales y del medio ambiente.
Cuán diferente fuera si el presidente hablara claro
y le explicara a los ciudadanos estadounidenses las inmensas ventajas que
el libre comercio tiene para su bienestar individual y el incremento del
nivel de vida. Probablemente en ninguna otra parte del mundo están
más claros los beneficios de la división del trabajo que en
Estados Unidos, donde la gente tiende a concentrarse en hacer un oficio
dado, mientras compra los servicios y productos de otros que se dedican
a alquilarle los equipos y maquinarias, a traerle una pizza a la hora de
almuerzo, entregarle el producto de su trabajo a algún cliente en
menos de 24 horas y a 3.000 kilómetros de distancia, etc. El libre
comercio internacional no es otra cosa que la aplicación de la división
del trabajo más allá de las fronteras.
Posiblemente yo cortaría la grama de mi jardín
mejor que el joven haitiano que viene a hacerlo cada diez días, pero
el más elemental principio económico me indica que más
me conviene dedicar mi tiempo al periodismo y pagarle para que corte la
grama. Ambos salimos ganando. Asimismo, los estadounidenses pueden manufacturar
zapatos, pantalones y camisas tan bien o mejor que los chinos o dominicanos,
pero indudablemente que más les conviene dedicarse a fabricar cosas
como aviones y computadoras, aprovechándose de las ventajas competitivas
que les da una mano de obra mejor entrenada y todo el capital requerido
gracias a un activo mercado de valores y a tasas de interés muy inferiores
a las del resto del mundo.
El presidente Clinton, muchos otros políticos, líderes
sindicales y empresarios proteccionistas se empeñan en hablar del
diferencial de salarios existente con los países latinoamericanos,
como si ello fuese un obstáculo al intercambio comercial. Todo lo
contrario. Los salarios dependen básicamente de la productividad
del trabajador y, siempre y cuando los trabajadores estadounidenses sigan
gozando de mejor entrenamiento y mejores equipos y maquinarias, sus sueldos
seguirán siendo superiores a los de los trabajadores latinoamericanos.
Por su parte, el bienestar de los trabajadores latinoamericanos
dependerá de que sus gobernantes también comprendan los fundamentos
de la economía y abran las fronteras a la competencia mundial, permitiendo
que los empresarios locales busquen explotar las ventajas comparativas que
el país tiene, aprovechando la oportunidad de competir en un mercado
global, en lugar de uno restringido por una población pequeña
y de bajo poder adquisitivo.
En América Latina, acostumbrados por años
al paternalismo estatal y a las dañinas alianzas del poderoso capital
local con los políticos para así proteger los mercados internos
de la competencia extranjera, es menos probable que surja un verdadero líder
continental dispuesto a romper las tradicionales barreras mercantilistas,
procediendo unilateralmente a eliminar aranceles y cuotas. Por eso es esencial
que la bandera del libre comercio la vuelva a enarbolar un presidente de
Estados Unidos, con una visión que vaya más allá de
intereses electorales y de los de grupos de presión.
El verdadero líder, lejos de tratar de ser siempre
favorecido por las encuestas, proyecta una visión de largo alcance,
en búsqueda de un mejor futuro para su gente y para el mundo. Si
eso no lo hace el presidente de Estados Unidos, en la posguerra fría
y en su segunda administración, ¿de quién lo vamos
a esperar?
Las Américas requieren urgentemente de líderes
con visión bolivariana para asegurar que nuestros hijos y nietos
vivan en paz y prosperidad en el nuevo milenio. (*) Periodista venezolano, director de la agencia de
prensa AIPE.
E-mail: Ball.AIPE@worldnet.att.net |