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Del 14 al 21 de Octubre de 1997
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Falta de liderazgo en Washington

Carlos Ball(*)

MIAMI (AIPE).- El presidente Bill Clinton parece haber olvidado, o no logra entender bien, que el bienestar económico de Estados Unidos proviene del duro trabajo de su gente en un ambiente de libertad y libre competencia. Parte esencial de esa libertad es la de los consumidores en comprar lo que más les convenga, a la mejor calidad y menor precio, sea un producto manufacturado en Ohio o en Bolivia.

Actualmente, buena parte del problema que enfrenta la petición presidencial para que el Congreso renueve la "vía rápida" (autorización para negociar tratados comerciales que luego el Congreso aprueba o rechaza, pero que no puede enmendar) se debe a la poca claridad y transparencia de los planes de la administración, enmarañados con estipulaciones sobre protección de empleos, subsidios, normas laborales y del medio ambiente.

Cuán diferente fuera si el presidente hablara claro y le explicara a los ciudadanos estadounidenses las inmensas ventajas que el libre comercio tiene para su bienestar individual y el incremento del nivel de vida. Probablemente en ninguna otra parte del mundo están más claros los beneficios de la división del trabajo que en Estados Unidos, donde la gente tiende a concentrarse en hacer un oficio dado, mientras compra los servicios y productos de otros que se dedican a alquilarle los equipos y maquinarias, a traerle una pizza a la hora de almuerzo, entregarle el producto de su trabajo a algún cliente en menos de 24 horas y a 3.000 kilómetros de distancia, etc. El libre comercio internacional no es otra cosa que la aplicación de la división del trabajo más allá de las fronteras.

Posiblemente yo cortaría la grama de mi jardín mejor que el joven haitiano que viene a hacerlo cada diez días, pero el más elemental principio económico me indica que más me conviene dedicar mi tiempo al periodismo y pagarle para que corte la grama. Ambos salimos ganando. Asimismo, los estadounidenses pueden manufacturar zapatos, pantalones y camisas tan bien o mejor que los chinos o dominicanos, pero indudablemente que más les conviene dedicarse a fabricar cosas como aviones y computadoras, aprovechándose de las ventajas competitivas que les da una mano de obra mejor entrenada y todo el capital requerido gracias a un activo mercado de valores y a tasas de interés muy inferiores a las del resto del mundo.

El presidente Clinton, muchos otros políticos, líderes sindicales y empresarios proteccionistas se empeñan en hablar del diferencial de salarios existente con los países latinoamericanos, como si ello fuese un obstáculo al intercambio comercial. Todo lo contrario. Los salarios dependen básicamente de la productividad del trabajador y, siempre y cuando los trabajadores estadounidenses sigan gozando de mejor entrenamiento y mejores equipos y maquinarias, sus sueldos seguirán siendo superiores a los de los trabajadores latinoamericanos.

Por su parte, el bienestar de los trabajadores latinoamericanos dependerá de que sus gobernantes también comprendan los fundamentos de la economía y abran las fronteras a la competencia mundial, permitiendo que los empresarios locales busquen explotar las ventajas comparativas que el país tiene, aprovechando la oportunidad de competir en un mercado global, en lugar de uno restringido por una población pequeña y de bajo poder adquisitivo.

En América Latina, acostumbrados por años al paternalismo estatal y a las dañinas alianzas del poderoso capital local con los políticos para así proteger los mercados internos de la competencia extranjera, es menos probable que surja un verdadero líder continental dispuesto a romper las tradicionales barreras mercantilistas, procediendo unilateralmente a eliminar aranceles y cuotas. Por eso es esencial que la bandera del libre comercio la vuelva a enarbolar un presidente de Estados Unidos, con una visión que vaya más allá de intereses electorales y de los de grupos de presión.

El verdadero líder, lejos de tratar de ser siempre favorecido por las encuestas, proyecta una visión de largo alcance, en búsqueda de un mejor futuro para su gente y para el mundo. Si eso no lo hace el presidente de Estados Unidos, en la posguerra fría y en su segunda administración, ¿de quién lo vamos a esperar?

Las Américas requieren urgentemente de líderes con visión bolivariana para asegurar que nuestros hijos y nietos vivan en paz y prosperidad en el nuevo milenio.


(*) Periodista venezolano, director de la agencia de prensa AIPE.
E-mail: Ball.AIPE@worldnet.att.net


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