¿Por qué quieren vender PDVSA?
El argumento favorito de quienes propician la venta de PDVSA al sector
privado (léase al capital extranjero, porque el nacional no tiene
fuerza suficiente, salvo para servir en algunos casos de testaferro) es
patético por lo superficial. Consiste en decir algo así como
esto, palabra más, palabra menos: "¿Y de qué nos
ha servido el petróleo en manos del Estado? Con los ingresos petroleros
lo que han hecho los políticos es enriquecer a unos cuantos corruptos,
despilfarrarlos y botarlos en vagabunderías como Recadi, el control
de cambios y los auxilios financieros a los bancos. Entretanto, ha aumentado
la pobreza, los hospitales y las escuelas no funcionan, estamos expuestos
todo el día al asedio del hampa, etc., etc."
Aunque ese argumento pasa por alto algunas cosas buenas que se han financiado
con el petróleo (puente sobre el Lago de Maracaibo, Fundación
Ayacucho, unas cuantas Universidades, el Metro de Caracas y unas cuantas
etcéteras), nadie negaría que ese rosario de quejas refleja
bastante fielmente la cruda realidad. La ligereza y la superficialidad
en muchos, y la avariciosa mala fe en otros cuantos, reside en pretender
que esos males tienen su origen en la condición de empresa estatal
de PDVSA. Consiste también en el absurdo de creer que cuando
PDVSA sea propiedad privada, nuestras desgracias sociales quedarán
resueltas como por arte de birlibirloque.
¿Qué tiene que ver la naturaleza jurídica de
la propiedad de PDVSA con el buen o pésimo uso que los gobernantes
de turno hagan con los impuestos que PDVSA paga al Fisco? No se dan
cuenta de un hecho irrefutable: sea estatal o privada, PDVSA seguirá
proporcionando al Fisco más o menos la misma cantidad de dinero que
hoy (mucho más, a medida que se aumente la producción de crudo),
porque supone uno que a nadie en su sano juicio se le ocurriría rebajarle
los impuestos a una PDVSA en manos privadas.
Harina de otro costal es cómo administran esos recursos los administradores
que nosotros nombramos, es decir, el Presidente que elegimos y los
ministros que él nombra, así como los senadores, diputados,
gobernadores y alcaldes que también elegimos. Lo que debemos hacer
es poner mucho más cuidado en seleccionar a quiénes elegimos,
procurando no dar saltos en el vacío. ¿Por cuál
misteriosa razón esos gobernantes que vamos a elegir serán
más honestos y más capaces si PDVSA es propiedad privada en
lugar de pública? No existe absolutamente ninguna relación
entre una cosa y otra.
Para introducirnos en un mundo rocambolesco, en una fantasía abismal,
pienso que casi sería preferible pedir a Estados Unidos, Alemania
y Japón, que nos hagan el favor de enviarnos como Presidente, senadores,
diputados, gobernadores y alcaldes, a unos norteamericanos, alemanes y japoneses,
para que en unos 10 años barran la basura, reparen las grietas, aceiten
y engrasen los motores, nos enseñen hábitos de trabajo, ahorro
e inversión, y pongan a este país reluciente de limpieza y
en condiciones de arrancar. En el proceso se entrenarían muchos nativos
y en el momento oportuno tomaríamos de nuevo el control del país.
Pero eso sí, con PDVSA siempre nuestra (estoy seguro que así
lo pedirían los gobernantes extranjeros que designemos en esta intrépida
aventura), porque esa es la que produce los reales: o el buen gobierno los
gasta bien o el mal gobierno los malgasta.
El segundo gran argumento de los partidarios de la venta, consiste en
que el Estado ya no puede -con sus ingresos ordinarios- hacer frente a sus
necesidades elementales y ante la inminencia de un colapso de las finanzas
públicas, la única solución es vender PDVSA. Aquí
también hay mucha tela que cortar. Hay una íntima contradicción
en el argumento porque sus sostenedores se quejan -y con sobrada razón-
de que el Estado es un monstruo y hay que reducirlo y controlarlo, y al
mismo tiempo quieren vender PDVSA para darle más dinero a ese Estado
incompetente y manirroto! ¡Pónganse de acuerdo con ustedes
mismos, señores! ¿No sería más sensato, en lugar
de darle más recursos, reducirlo de tamaño de una buena vez,
no sólo en número de empleados sino en atribuciones y, de
paso, controlar la corrupción con seriedad? Podríamos comenzar
por reducir los 30 ministros a 10 y reducir a una sola las seis alcaldías
del área metropolitana, con sus seis alcaldes, sus seis concejos
municipales, sus seis policías y sus seis aseos urbanos.
Si ahora vendemos PDVSA y le entregamos esos reales al Estado, éste,
muy agradecido, los gastará con la velocidad del rayo, aumentará
el número de empleados públicos, comisiones especiales, comisionados,
concejos municipales, y todo lo que se pueda aumentar en ese campo. Y
en dos o tres años el Estado tendrá exactamente el mismo problema,
sólo que entonces no tendremos otra PDVSA para vender.
Y el tercer argumento es que la única forma de pagar la deuda
externa es vendiendo PDVSA. Nuevamente, se equivocan. ¿No es mil
veces preferible destinar a ese fin cada dólar adicional que por
concepto de impuestos ingrese al Fisco por exportaciones petroleras por
encima de la producción actual? Si para el año 2010 llegamos
a la meta que ha anunciado PDVSA de 6 millones de barriles diarios, estaríamos
hablando de un volumen cercano a 3 millones de barriles diarios destinados
al pago de la deuda, es decir, a los precios de hoy y con la tasa impositiva
vigente para la industria petrolera, un monto aproximado de US $ 15 mil
millones por año. Como ese nivel de producción no se puede
alcanzar de la noche a la mañana y la propia PDVSA estima llegar
allí progresivamente en unos diez o doce años, muy posiblemente
ya habríamos pagado por completo la deuda externa para el momento
cuando el país produzca los referidos 6 millones de barriles diario,
salvo que hubiese un colapso de los precios, no previsto hoy por las proyecciones
confiables del mercado. El Congreso se ocuparía de hacer las modificaciones
legales necesarias para que ni un dólar de esos ingresos extraordinarios
pudiese ser invertido en otra cosa que no fuese el pago de la deuda externa.
Si comenzamos ese empeño el año 2000, posiblemente para 2005
o 2006 ya Venezuela habría cancelado su actual deuda externa. Aún
con el 50 % de los ingresos extraordinarios de cada año, habría
suficiente para cancelar la deuda externa, y el otro 50 %, mas las ganancias
netas de PDVSA por su actual nivel de producción cubrirían
las nuevas inversiones necesarias para la expansión de las actividades
petroleras.
Y todavía seríamos dueños de PDVSA. |