El bodeguero que vendía petróleo
Omar Enrique García-Bolívar
*
La gerencia actual de PDVSA es, por un margen grande, el único
ente ligado al sector público que tiene claro lo que significa dirigir
un negocio en tiempos de globalización. Haber hecho cosas como promover
un plan de expansión para producir 6 millones de barriles diarios
en 10 años, tratar de explotar al máximo nuestra fortaleza
energética con la ayuda del sector privado, penetrar mercados extranjeros
y expandir otras áreas del negocio energético; son definitivamente
acciones positivas. El mismo halago, sin embargo, no puede decirse del accionista
de PDVSA.
Por un lado PDVSA hace bien, muy bien las cosas, y por la otra el dueño
de las acciones de PDVSA (el Estado) no sólo incumple con sus funciones
elementales (seguridad, justicia, protección de fronteras e infraestructura)
sino que torpemente sacrifica la única función que cumple:
recolector de fondos y pagador de deudas, poniendo en riesgo las ganancias
del futuro.
Así, por ejemplo, el gobierno pagará una parte de la deuda
laboral mediante el uso de los 2 mil millones de dólares que habían
ingresado a PDVSA por pago de derechos de los inversionistas en la tercera
ronda de contratos operativos. Pero cuando uno considera que la deuda laboral
suma 8 mil millones de dólares y que este año el Estado debía
pagar 4,6 mil millones de dólares por motivo de prestaciones sociales,
el signo de interrogación se nos ilumina en la cabeza. Y uno podría
preguntarse varias cosas: si PDVSA no hubiese promovido esa ronda petrolera,
¿ de dónde hubiese obtenido el Estado esos fondos? ¿
de dónde sacarán los otros 2,6 mil millones de dólares?
¿ no se dieron cuenta que si el ingreso no se vuelve ganancia no
podrán cobrar impuesto sobre la renta (ganancia)?
En cualquier caso, más allá de estas interrogantes -que
son irrelevantes frente a un Estado (y un gobierno...sobre todo este) que
ha ganado concursos de ineficiencia- alarman las consecuencias que en el
mediano plazo puede crear la "genial" idea de usar los ingresos
de la apertura petrolera para pagar deuda. Y ni se diga las que se relacionan
con el tema del aumento de la gasolina.
El accionista de PDVSA no exige que se aumente el precio de la gasolina
que se consume en Venezuela por razones gerenciales. Que va. Se trata de
apetito por mas ingresos a fin de cubrir los gigantescos gastos del Estado.
Entonces el accionista se apropia de todo el dinero proveniente de venta
de gasolina y deja a la compañía que lo produjo con toda la
carga financiera que implican los costos de producción. Lo estúpido
de actuar así es que tarde o temprano esas pérdidas deberán
ser cubiertas por el accionista. Y en el caso del Estado eso significará
que no sólo va a tener que inyectar fondos a ese negocio del que
obtiene buena parte de su dinero, sino que el dinero a invertir deberá
restarlo de lo que usa para pagar sus deudas. O sea toda una "viveza
criolla".
Lo lógico en una compañía competitiva en un país
normal, es que los accionistas no anden apropiandose de cuanta moneda ingresa
a la tesorería de la compañía, ni anden provocando
que se aumente el precio de un producto a cuenta de que tienen una deuda
y no encuentran la forma y manera de pagarla. La racionalidad impone que
si los accionistas de una compañía desean competir en el mundo,
deben permitir que los fondos sean administrados por la gerencia, que se
cubran costos, que se reinvierta en el crecimiento y que al final del ejercicio
se repartan las ganancias. Cuando eso no sucede, y los ingresos, más
no las ganancias, son repartidas inmediatamente a los accionistas, lo más
probable es que estos deban asumir pérdidas, o sacrificar inversiones,
o incurrir en deudas o reinvertir fondos, o extinguir la compañía.
Lo que pasa en Venezuela con PDVSA y su accionista es algo así.
Claro, también existen negocios pequeños con vocación
de seguir pequeños que se pueden dar el lujo de confundir ingresos
con ganancias. En esos negocios, la identificación entre el patrimonio
de la empresa y el del dueño, y la pequeña escala de sus operaciones
permiten que cuanto ingreso a la caja, vaya de una vez al bolsillo del dueño.
Pero si el negocio pretende ser grande y competir y ganar en varios mercados,
debe someterse a ciertas reglas, a la racionalidad y al profesionalismo.
No hacerlo es la receta para el fracaso y la frustración.
En Venezuela, aceptar que cuanto ingrese a PDVSA vaya inmediatamente
al bolsillo del Estado no tiene sentido, ni es normal. Tarde o temprano
la compañía verá afectada su eficiencia. Y de algo
que hubiese podido ser el primer vagón del tren de la economía
venezolana sólo quedará una "bodega". Por ahora
todo indica que PDVSA actúa con tino, pero su accionista sin duda
que actúa como un "bodeguero".
*Profesor UCAB. |