Cabezal Sociedad
Revista Electrónica       Nº 14     Abril 1997
Sociedad
La pega como droga
Eva Josko de Guerón
Ya no los vemos tanto como antes, por lo menos los que tenemos acceso a Internet. Gracias a la presencia de las nuevas policías municipales en el Area Metropolitana de Caracas, los desgarradores y a menudo agresivos “niños huelepega” casi no se encuentran en los espacios urbanos que habitualmente frecuenta la clase media.

El hecho de que no se vean, empero, no significa que ya no existen. De repente, una se tropieza con ellos, aspirando su bolsita de plástico o durmiendo en la acera, en zonas menos controladas —al lado de un cajero automático en Santa Mónica, en la Plaza Miranda, en Catia, en el Valle. Pero más allá de las evidencias casuísticas y fugaces, las estadísticas (mundiales, continentales y locales) indican que existe una correlación entre los niveles de pobreza y la existencia de niños en la calle y, sobre todo, niños de la calle1. También muestran que aproximadamente la mitad de éstos últimos se drogan aspirando sustancias tóxicas, entre las cuales la preferida es la pega para zapatos. Resulta difícil, por ende, concluir que la reconfortante (cuasi) invisibilidad de los niños huelepega refleja la reducción del problema en Caracas y en el país; por el contrario, el crecimiento de la pobreza en los últimos años sugiere que la cantidad de niños en circunstancias especialmente difíciles, incluyendo aquellos que trabajan en la calle y los de la calle, ha ido aumentando y, con ellos, los que consumen o aspiran sustancias estupefacientes.

La pega de zapatero con base de solventes es particularmente atrayente para los niños que se encuentran en tales circunstancias1. No sólo es relativamente económica y fácil de conseguir, sino que al ser inhalada, la pega libera endorfinas que producen una sensación de bienestar, suprimiendo el hambre, el frío, la desolación. Los efectos de alivio, que han sido comparados a los del opio, así como su corta duración crean una avasallante dependencia psicológica que a menudo conduce a actos de desesperación o violencia para conseguir más pega. Sus contrapartes son la agudización de la marginalidad y el rechazo social de los adictos y, en algunos países como Brasil y Guatemala, los operativos de los escuadrones de la muerte contra los niños callejeros. Muchos huelepega asiduos, empero, no necesitan ser acribillados por los escuadrones de la muerte para morir. Bastan los efectos de los solventes —el altamente tóxico tolueno y el menos tóxico pero igualmente peligroso ciclohexano— neurotoxinas que degeneran las células cerebrales y el tejido orgánico2. "Las consecuencias de la inhalación de pega son nefastas e irreversibles. Algunas de tales consecuencias son: daños motores, insuficiencia respiratoria, pérdida de la audición, pérdida de la memoria, disminución de la habilidad cognoscitiva, espasmos, daño cerebral, daño de la médula espinal y ósea, daño de hígado y riñones, daños al feto, intoxicación y muerte súbita."3 Debido sus efectos sobre el organismo y sobre la personalidad del huelepega, la rehabilitación física y social de los adictos a menudo resulta imposible.

Las medidas posibles

Existen, sin embargo, varias medidas, algunas más eficaces que otras, que pueden tomar los fabricantes para frenar el abuso de la pega y evitar tales consecuencias. La identificación de los ingredientes en las etiquetas con las advertencias correspondientes sobre sus efectos puede ser un primer paso; la eliminación de los pequeños envases, limitando la distribución a clientes que adquieren cantidades industriales es otro. Como era predecible, tales medidas han surtido poco efecto en los países donde fueron instrumentadas: los niños, al igual que los fumadores, hacen caso omiso de las advertencias, si es que las pueden leer; las ventas al por mayor simplemente amplían la cadena de distribución con la incorporación de los "pegatraficantes" minoristas. En cambio, cuando se agregó aceite de semilla de mostaza (AITC) a la formula de las pegas en los Estados Unidos, la inhalación cayó casi a cero, pues este aditivo irrita las fosas nasales y actúa como repelente. Una alternativa más drástica es la producción de pegas con base de agua en sustitución de las pegas con base de solventes, tal como ya lo están haciendo algunos fabricantes. Muchos, empero, se han resistido a instrumentar medidas que no sólo protegen al productor sino que también tienen el potencial de proteger al niño consumidor, por lo menos de drogarse con pega. Entre las numerosas muertes de niños latinoamericanos atribuibles a la aspiración de pegas con base de solventes, una, la del guatemalteco Joel Linares, ocasionó una demanda judicial contra la casa matriz norteamericana de la empresa que fabrica tales pegas en América Central. El tribunal finalmente sentenció a favor de la multinacional; aunque no se pronunció sobre la sustancia de la demanda, aceptó el alegato que la casa matriz no es responsable de sus filiales.

Los fabricantes de las pegas y los narcotraficantes

Existe una diferencia evidente entre los fabricantes de pegas de zapatero y los narcotraficantes: en contraste con éstos, aquellos elaboran un producto legal y útil que luego se emplea con propósitos distintos y dañinos, no buscados ni deseados por parte de la empresa. Hay, sin embargo, otra diferencia quizás menos evidente, consecuencia de la primera: como se acaba de señalar, los fabricantes de las pegas tienen la posibilidad de tomar medidas para reducir el consumo de su producto o cambiar su composición para volverlo inocuo como droga. Pese a estas diferencias, se encuentra una notable similitud en la argumentación que desarrollan ambos en defensa de su actividad económica: el problema, alegan, no es el producto; el problema es la sociedad que crea las condiciones para su consumo. Indudablemente tienen razón, por lo menos en parte, hecho que obliga a reflexionar sobre cómo , tanto en el Norte como en el Sur, los actores privados y públicos aplican criterios contradictorios según su conveniencia y/o perspectiva.

La pega en Venezuela

En Venezuela, las pegas de mayor venta se distribuyen en envases de todos los tamaños. Las etiquetas no hacen ninguna advertencia sobre sus efectos nocivos. Como tampoco especifican los ingredientes, el consumidor no sabe si emplean agua o solventes, ni si se ha agregado aceite de semilla de mostaza. La existencia de los niños huelepega indica la falta de tales precauciones, por lo menos por parte de algunos de los fabricantes, si no todos. Ello amerita la conscientización de la sociedad civil, la industria del calzado y los zapateros remendones así como medidas para eliminar las neurotoxinas de las pegas o reducir su atractivo. Es evidente que la pega es solamente una parte del problema más amplio y complejo que presentan y viven los niños en y de la calle, que no quedará resuelto con la regulación del producto, por necesaria que ésta sea (de hecho, existen diversos sustitutos: desde el esmalte para uñas hasta la gasolina). Se requieren programas integrales y multidimensionales de atención a los niños y sus familias, cuando éstas existen. Pero aunque la industria de la pega no es la culpable de su situación, sí tiene una cuota parte de la responsabilidad. Si asume esa responsabilidad en sus procesos productivos y a través de la participación en los múltiples esfuerzos necesarios para abordar la problemática de los niños propensos al abuso de sustancias tóxicas, podrá marcar más claramente su diferencia con el narcotráfico.


1. Los niños en la calle trabajan en ella, realizando distintos tipos de actividades, pero pertenecen a algún tipo de hogar al cual suelen aportar cierta proporción de sus ingresos. Para los niños de la calle, ésta es su "hogar". Cf. UNICEF, Menores en Circunstancias Especialmente Difíciles: Venezuela, Santa Fé de Bogotá, 1995; Keyla Betancourt y Yolanda D’Elia, Menores Trabajadores en las Calles, Caracas: Fundación Escuela de Gerencia Social, s/f y Flérida Rengifo, Menores Trabajadores en las Calles: Una Actualización. Caracas: Fundación Escuela de Gerencia Social, 1996.
2. En los Estados Unidos existen severas restricciones relativas a la disposición de los desechos de estos tóxicos.
3. Red Luz, Boletín 2/97; véanse también las páginas de Casa Alianza (http://www.casa-alianza.org) y PANGAEA (http://pangaea.org/kids/latin/latin.htm) inter alii.

E-mail: egueron@link7.lat.net
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