Caracas, Viernes, 18 de abril de 2014

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El retorno del Ilustre Americano

El Nacional, domingo 1º de agosto de 1999

Cuando el general Antonio Guzmán Blanco tomó el barco que lo llevaría al Viejo Mundo en 1887, miró por última vez las costas de Venezuela, y comprendió que sus largos años de influencia política estaban llegando a su fin. Pocos en la historia republicana del siglo habían tenido tanta como él. Desde 1830, hasta su aparición en la escena, al siglo se lo habían repartido Páez y Monagas. Más inteligente que todos, no le fue difícil entender que los ciclos históricos no son eternos, y que no hay malabarismo capaz de prolongarlos en el tiempo. Quizás pensó en José Antonio Páez y en el patetismo de su último retorno, y optó por los ejercicios de la vanidad, que nunca le fueron ajenos, como invitado circunstancial de las Cortes europeas o como emisario de lujo de su revuelto país a los funerales de grandes personajes del Viejo Mundo.

Quiso gobernar a través de lugartenientes: un civil infortunado, Francisco Linares Alcántara, que no le fue fiel, y un militar, Joaquín Crespo, que tampoco resistió los cantos de sirena de la ambición personal, porque, a su turno, contaba con sus propios sargentos. Entre altos y bajos, llegó el ocaso del Ilustre Americano. Gobernó durante tres períodos: el Septenio (1870-1877), el Quinquenio (1879-1884) y La Aclamación (1886-1887). Pero a esto conviene sumarle su desmedida influencia durante el gobierno del abúlico mariscal Falcón, a partir del tratado de Coche de 1863 y de sus tratos y contratos con el alter ego de Páez, el solícito negociador Pedro José Rojas, que lo adoctrina.

Elías Pino Iturrieta señala que todo fue, esencialmente, extranjero durante el dominio guzmancista, desde las ideas hasta el dinero. «La universidad se regodea en la escuela de Comte...», dice con claridad el historiador. «Sucede algo semejante con el dinero: es mejor buscarlo en el extranjero, mediante una complaciente invitación a los capitalistas, en lugar de labrarlo poco a poco, de acuerdo con los confines del entorno, o en lugar de solicitarlo después de estudios concienzudos». De esa búsqueda desordenada de inversionistas nacieron aventuras tan diversas como arbitrarias. Cuando Guzmán Blanco pretende la inserción de aquel desierto llamado Venezuela en el orden capitalista mundial, a través de concesiones a capitales extranjeros para la explotación de nuestros recursos naturales, lo intenta sin límites y a discreción.

En 1879 inaugura el Quinquenio con el extravagante Protocolo Rojas-Pereire, motivo universal de escándalo. Mediante el protocolo le entrega al financista franco-portugués Eugene Pereire lo que a nadie se le había ocurrido ni antes ni después: todas las tierras baldías que fueran necesarias para la instalación de inmigrantes, todos los «criaderos» de carbón de piedra, descubiertos o no, todos los depósitos de guano y de fosfatos, todas las riquezas mineras, como minas de oro, plata, plomo, kaolín y asfalto; la explotación única y exclusiva de los bosques del Amazonas, la colonización de las islas venezolanas en el Caribe, el monopolio de la navegación de los ríos Orinoco, Apure, Arauca, etc. Se le autorizaba a establecer una «casa de la moneda», una fábrica de dinamita, a echar un cable submarino entre Venezuela y las Antillas francesas, y el monopolio para construir una red de ferrocarriles. ¿Quién podía imaginar tan insólito delirio? Fracasó el Protocolo Rojas-Pereire, pero -como lo comprueba Nikita Harwich Vallenilla en su estudio Guzmán Blanco y la modernización- no fracasaron algunos de los grandes negocios en él previstos.

En 1883 premia al norteamericano Horatio R. Hamilton, marido de una sobrina, con una generosa concesión para explotar el lago de asfalto de Guanoco. Hamilton la negocia en Nueva York, y en 1885 se constituye una de las compañías que más guerra dio en nuestros anales: The New York & Bermúdez Company, que, en tiempos de Cipriano Castro, se alió con el general Matos para derrocar al Cabito. Formó parte de los asuntos que prometió resolver el general Gómez, cuando (con algunos persuasivos barcos de guerra) vino a estas costas el almirante William Buchanan a la caída de Castro, en 1908. Alto pagó Venezuela por aquella pretendida vinculación del país a la «globalización» capitalista del siglo XIX.

Un adversario implacable dejó a la historia la más brutal de las requisitorias: Los «Ilustres» o la estafa de los Guzmanes, un libro escrito por el general Manuel Briceño. Otro de sus enemigos y rivales, Luis Level de Goda, escribió la Historia contemporánea de Venezuela / Política y militar / 1858-1886. Textos despiadados en los cuales la pasión política no le concedió espacio al equilibrio. Historiadores recientes (Ramón Díaz-Sánchez, Rafael Rondón Márquez, Tomás Polanco Alcántara, Germán Carrera Damas, Rafael Ramón Castellanos, Mary Floyd, entre ellos) analizaron al personaje y a su época con la ponderación final de la historia. Armando Rojas estudió sus misiones diplomáticas y su papel en los dilemas más antiguos de la política exterior: Colombia y Gran Bretaña.

María Elena González Deluca exploró el complejo universo de sus riquezas. Fue el venezolano más rico del siglo XIX. Era tanta su pasión por el dinero, que documentó sus bienes con precisión. Se miró en el espejo de su padre, expulsado, condenado a muerte y arruinado, y de allí nació (lo observa la historiadora González Deluca) su creencia de que no se podía tener éxito en la política si no se contaba con una base sólida para librar sus duelos. Invirtió su fortuna con astucia financiera. Con su declinación política, declinó su riqueza. Alguien imaginó el epitafio: «Los dineros del sacristán, cantando vienen, cantando se van». Entre las acusaciones que se le hicieron, la de haber sido el responsable de la muerte de Ezequiel Zamora (era su único acompañante) perturbó, incluso, a su padre, según Ramón Díaz-Sánchez. Este domingo de agosto (después de una larga penitencia, y, quizás, sin oficios religiosos) ingresan al Panteón Nacional (que él inventó) los despojos del Ilustre Americano. Sic transit gloria mundi.


Simón Alberto Consalvi en La BitBlioteca

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