Caracas, Miércoles, 23 de abril de 2014

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Con la lengua

¿Palabras obscenas?

El Nacional, 18 de marzo de 2001
Continuación:
¿Lenguaje obsceno?, 25 de marzo de 2001

Una vez más debo referirme al tema de las llamadas «palabras obscenas». Ante las críticas de algunos lectores a El Nacional por dar cabida, en artículos de opinión y otros textos, a presuntas malas palabras y frases consideradas obscenas, vulgares, groseras, etc, el ombudsman, Elías Santana, y su magnífico equipo promovieron un encuentro interesantísimo entre una lectora muy distinguida y otras personas, entre quienes tuvieron la gentileza de incluirme. La motivación inmediata fueron las protestas de dos o tres lectores contra Ibsen Martínez, por haber empleado en dos de sus fulgurantes crónicas la expresión «coños de madre» para referirse a ciertas personas a quienes, sin duda, sólo de esa manera puede definírselas.

Mucho he escrito sobre este asunto, y lo que dije en aquel encuentro, así como lo que diré aquí, no es sino reiteración de lo que otras veces he dicho.

Lo primero es llamar la atención sobre la ambigüedad de los términos. ¿Qué son «malas palabras», o palabras «groseras», «vulgares» u «obscenas»? «Grosero» viene de «grueso», y es lo ordinario, tosco, basto, por lo que muchas palabras groseras no tienen por qué ser obscenas, como «sobaco», «verija», «gargajo», «culo» o «mierda».

«Vulgar» viene de «vulgo», y a éste lo define el DRAE como «El común de la gente popular». De modo que tampoco pueden asimilarse, en cuanto al lenguaje, lo «vulgar» y lo «obsceno». Expresiones como «pa’allá» y «pa’cá», «me importa un chorizo», «Fulano peló gajo» son vulgares, pero no obscenas. «Lenguaje vulgar» dicen los lingüistas, para oponerlo a «lenguaje culto» o «académico».

«Obsceno», finalmente, es lo «Impúdico, torpe, ofensivo al pudor» (DRAE). Desde luego, hay palabras y frases que pueden ofender el pudor de ciertas personas, pero no de todas, por lo que lo «obsceno» de algunas expresiones es subjetivo, depende de la mentalidad de las personas y no del lenguaje mismo. Además, hay muchas cosas obscenas que no son palabras ni frases. La miseria extrema, el robo descarado de los dineros públicos, la sordidez de algunas conductas y de algunos ambientes son «obscenos», sin que tengan nada que ver con el lenguaje.

También hay que dilucidar dónde reside lo presuntamente obsceno de una palabra: ¿en la idea contenida en ella, en la palabra misma, en su sonido o en su estructura morfológica? La pregunta es pertinente, porque uno no se explica que vocablos como «prostituta», «ramera», «meretriz» y decenas más equivalentes no sean obscenas, y sí lo sea «puta». Ni tampoco por qué ciertas palabras son obscenas en unos lugares y en otros no. «Cholas» en los Andes son los testículos, y como tal hay quienes la consideran obscena; pero en otros lugares son las «chancletas» caseras. «Cuca», para algunos, como uno de los muchos nombres del órgano sexual femenino, es obsceno, pero para otros es una sabrosa golosina o un simpático nombre de mujer.

Lo único cierto de todo esto es que las «obscenidades» son meros convencionalismos, casi siempre teñidos de hipocresía y de ñoñez. Lo hipócrita reside, entre otras cosas, en que mucha gente las dice en privado y no se atreven a decirlas en público, y hasta critican a quienes lo hacen.

En realidad, estas palabras poseen una gran carga expresiva, y por eso su uso es catártico, sirve de desahogo emocional, a veces el único posible. Por eso no debe abusarse de ellas, pues su repetición indiscriminada y sin una buena dosificación las desgasta y hace que pierdan su potencia expresiva.

El equivocado es él

Dice el señor Efrén Blanchard, en carta a El Nacional (14/3/01), que yo estoy en un error al decir que el artículo «el» que se suele agregar al sustantivo Perú no forma parte del nombre de este país hermano, porque, afirma él, «lo cierto es que [...] el nombre oficial del país liberado por nuestro Antonio José de Sucre es República de el Perú».

El equivocado es él y en su propia carta está la prueba. Blanchard escribe, en efecto, que el nombre oficial de ese país es República de el Perú. Cuando él pone el artículo sin hacer la contracción, pero escribiéndolo en minúscula, da a entender, sin quererlo, que ese artículo no es parte del nombre sino un simple elemento gramatical. Si fuese parte del nombre iría con mayúscula, como en El Pao, El Tocuyo, El Amparo, etc.

Por otra parte, según la Constitución de 1993, vigente en el Perú, el nombre oficial de ese país es República del Perú, como lo dice explícitamente su artículo 43: «La República del Perú es democrática, social, independiente y soberana...». Esa misma fórmula, ya tradicional en las constituciones peruanas, se repite varias veces en el texto constitucional, y la contracción da a entender claramente que el artículo no es parte estructural del nombre propio. Es lo mismo que ocurre con el Brasil, el Uruguay, el Paraguay, nombres con los que acostumbramos usar el artículo, pero sin que éste sea parte integrante del nombre propio.

Testimonios de esto los hallamos a montón. Bolívar mismo, en su correspondencia, dice a menudo «el Perú», «del Perú» y «al Perú», siempre con el artículo en minúscula o haciendo la contracción.

Además, en el caso del Perú hay frases en que no se usa el artículo, como cuando decimos «En la frontera de Chile y Perú», en la que no usamos el artículo y sentimos que no es necesario usarlo. En cambio, si decimos «Vengo de Tocuyo», cualquier venezolano medianamente informado entiende que se trata de Tocuyo de la Costa, que no lleva artículo, pero nunca pensará que es de El Tocuyo, porque con éste el uso del artículo es imprescindible, pues forma parte estructural del nombre propio.

Más interesante que todo esto es, quizás, saber por qué en esos casos se agrega el artículo a nombres propios que no lo llevan como parte suya. Pero eso será materia para otra ocasión.

Finalmente, dice Blanchard que «Márquez escogió muy mal el ejemplo de contracción en su columna del pasado domingo 11 de mazo», pero, en realidad, fue él quien escogió muy mal el blanco, en su afán de refutar a alguien.


Alexis Márquez en La BitBlioteca

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